Luces en el Cielo
Adán era un amante de las estrellas. Le agradaba pasar horas mirando, a través de su telescopio, el manto nocturno cosido de lentejuelas de plata. Y en esa noche del 29 de febrero, decidió hacer un pequeño viaje por la ruta, con el objetivo de realizar una de sus muchas observaciones; observaciones que, más allá de investigar y tomar registro de lo maravilloso que era el espacio, llegaban a ser una obsesión.
Decir que fue en esta fecha no era un dato aislado, pues aquella fue la vez en que su padre lo llevó de campamento y tuvo su primer contacto más íntimo con los astros. Vio todos los que el cosmos —y su telescopio barato de aquella época— le permitieron, y pudo notar que varios de estos parecían formar figuras.
«Esas son constelaciones», le dijo su padre; y Adán se obsesionó.
Desconocía la fascinación que sentía por aquellos cuerpos celestes. Antes de aquel primer contacto, ya se quedaba minutos con la cabeza en alto hacia el firmamento sin ninguna razón en especial. El simple hecho de contemplar el cielo —de un tono azulado oscuro, cuya inmensidad le era imposible discernir— con sus inquietantes y brillantes secretos, y de ver las estrellas, tan sencillas pero llamativas que le daban un toque casi mágico, lo maravillaba.
Y aquí estaba, ahora de adulto, con la intención de repetir aquella experiencia.
Si bien había lugares donde podía hacer una reserva para acampar, zonas donde la oscuridad estaba garantizada y no había contaminación lumínica, Adán prefirió lanzarse a la aventura, tal como lo había hecho su padre.
Estacionó en un claro, en medio de una arboleda, a unos pocos kilómetros de la ruta; tan alejado que, si gritara a todo pulmón, nadie podría oírlo. Allí, sobre la hierba, armó su carpa. No tenía intención de dormir, pero de todas maneras la montó. Si quería experimentar aquella noche como la primera vez, debía hacer todo casi igual.
Se sentía contento. Demasiado. La mudanza y las largas jornadas laborales le habían impedido disfrutar de su pasatiempo. Aparte, en la zona en la que vivía, no podía contemplar el firmamento como él quería.
Si bien podía irse cualquier fin de semana al bosque y mirar, había algo que faltaba: la sensación casi mágica que experimentó fue en un año bisiesto, y no era lo mismo hacerlo en cualquier otro día o año.
Con la carpa lista, fue a lo importante: sacó el telescopio del maletín. Ayudándose con la linterna, colocó el trípode, el plato encima, el brazo, el tubo óptico, el diagonal y el buscador. Una vez armado, alzó la vista y buscó el primer objeto. Una vez localizado, alineó el buscador hasta encontrarlo. De un estuche parecido a una cangurera, sacó uno de los oculares, el de veinticinco milímetros, para empezar. Lo colocó en el diagonal, tomó aire y acercó el ojo derecho.
Una vez ajustado el foco, ahí estaba. Redonda y brillante. Blanca y con manchas ennegrecidas. El satélite natural, el primer objeto que le hicieron ver, al igual que a muchos niños con su primer telescopio.
En primera instancia, vio la Luna llena por completo. Si quería apreciarla más de cerca y observar su superficie rugosa y surcada, tan solo tenía que cambiar de ocular por uno de menor distancia focal. Cambió al de diez milímetros y vio los mares y las montañas lunares con mayor detalle. Se centró en las llanuras oscuras y recordó un pasaje de uno de sus libros:
Decía que, anteriormente, los primeros astrónomos creían que esas formaciones eran extensas masas de agua; de ahí el nombre «mares lunares». Sin embargo, mucho tiempo después, se descubrió que no eran más que magma solidificado, producto de los impactos que dejaron los asteroides al colisionar hace millones de años.
Sacó de su mochila un cuaderno negro, repleto de dibujos y anotaciones de la Luna y las constelaciones, y se dispuso a dibujar la que acababa de observar.
Una vez terminado el dibujo, redireccionó el buscador y trató de encontrar una constelación. Ubicó la de Orión, aquella que, de niño, creía que era un torso humano con una falda, sin piernas ni cabeza, que sostenía un arco. Al investigar, descubrió que no estaba tan equivocado: era la figura de un hombre, el cazador de la mitología griega e hijo de Poseidón, cuyo nombre también era Orión.
Si bien no le interesaba dicha mitología, ya que la veía como simples relatos de ficción, aquella historia sí era digna de ser escuchada:
El relato —uno de los más conocidos entre sus muchas versiones— decía que, luego de proclamarse como el máximo cazador de animales del planeta, la diosa de la Tierra, Gaia, furiosa por semejante afirmación arrogante, le envió un escorpión gigante que lo mató. Tras su muerte, Artemisa, diosa de la caza, le pidió a Zeus que lo subiera al firmamento para honrar su memoria. El escorpión también fue elevado al cielo, en el lado opuesto, para que su constelación y la de Orión nunca volvieran a cruzarse.
Sea como fuere la historia —incluso en otras versiones era la misma Artemisa quien lo mataba—, esta le resultó interesante por la conexión entre el ser ficticio y la figura real.
Además, fue la primera constelación que vio, por lo que la dibujó sin dudarlo.
Cuando acercó por cuarta vez el ojo para calcar la figura, le pareció ver una estrella más, en el lado derecho del Cinturón de Orión. Alzó la vista y miró los tres astros a la distancia. Sí, había otra, igual de grande y brillante.
Fue cuestión de un instante; ni siquiera la vio aparecer. No le pareció extraño, pero sí resultó emocionante pensar que una supernova acababa de estallar. Cuando una estrella muere, libera una cantidad de energía tan potente que puede ser visible desde distancias muy lejanas, y su brillo puede durar semanas o meses.
Pero algo no cuadraba.
La estrella se hacía más grande.
Con el buscador, apuntó al punto exacto donde estaba la estrella extra, dirigió el telescopio y colocó un ocular de seis milímetros. Ahora era más grande que una de las estrellas del Cinturón de Orión y, al poco tiempo, casi tan grande como la Luna. El cielo nocturno se tiñó de un tono azulado alrededor, al mismo tiempo que la canica blanca crecía.
De tratarse de una supernova, la explosión sería de unos pocos segundos y alcanzaría un tamaño ya establecido desde el primer instante de su aparición; esta, en cambio, se hacía más grande.
Entonces… un cometa. Un asteroide acercándose. Aunque tomó su hipótesis con pinzas. Si una roca espacial se dirigía a la Tierra, lo sabría, más aún si se tenía en cuenta semejante tamaño. No lo decía porque lo supiera todo, sino porque la NASA u otras agencias espaciales lo habrían detectado hacía ya meses y habrían informado de ello.
El tamaño era el adecuado como para intentar ver algo dentro de aquella luz. Volvió a mirar por el telescopio y se encontró con algo… extraño. Dentro de la masa brillante, había unos puntitos rosados que se agitaban. Se sintió como si analizara una muestra de células en un microscopio, en lugar de observar un extraño objeto en el cielo.
Volvió a alzar la vista. La estrella ya había superado a la Luna.
Y de un segundo al otro, explotó.
Cientos… ¡Miles de rayos se dispersaron por el cielo como una lluvia! Ubicados en el lugar donde la estrella había explotado, largas tiras, como fideos brillantes, avanzaban en forma de arco por el manto cósmico y se perdían en el horizonte o entre los árboles. Era como si el planeta hubiera sido introducido en una jaula de pájaro gigante.
Entonces sí era un asteroide. Uno… extraño, a decir verdad.
De todas maneras, eso no le impidió pensar que aquello que veía era lo más hermoso que sus ojos habían presenciado. Jamás había visto el firmamento tan brillante y hermoso en persona. Era mejor que muchos de los videos de lluvias de meteoritos que circulaban por internet. Un fenómeno del cual hablaría con fervor y orgullo, al haber sido de los primeros en presenciarlo.
No había tiempo para dibujarlo, así que tomó unas fotografías e hizo un video. Sería de las primeras personas en captar este fenómeno majestuoso.
Mientras grababa, una de las figuras alargadas tomó otra trayectoria. Se separó de las demás, que parecían dibujadas en el cielo, y tomó una forma propia: la de un tubo con una punta ovalada. Pasó a unos quinientos metros de donde se encontraba Adán y, un instante antes de tocar el suelo, algo fue eyectado: una bola rosada que se perdió entre los árboles. Se oyeron sonoros crujidos, hojas agitándose y un temblor en el suelo, acompañado de un estruendo con eco.
Todo se silenció. Los grillos y las hojas meciéndose dominaron el entorno.
Adán quedó paralizado, con la vista fija en el lugar donde aquel fragmento había caído y el haz de luz, que se desvaneció a los pocos segundos.
Fragmento… ¡Un pedazo de meteorito!
Encendió la linterna de su teléfono y, sin dejar de grabar, caminó.
Internado en la arboleda, avanzó con calma mientras debatía sobre la forma de la piedra espacial. También rondaba por su mente el color de la misma: ¿rosado? No había visto algo semejante. Conocía piedras de colores, como el cuarzo rosa, pero esto… ¿Acaso había caído un mineral puro y desconocido? Los meteoritos, de por sí, tenían minerales propios, como la taenita o el piroxeno, pero este era de un rosa acristalado.
De cualquier manera, debía tener cuidado y no tocar dicho objeto con las manos desnudas. No porque fuera peligroso —aunque por si acaso pudiera serlo—, sino porque podría dañarlo. La piel humana tiene aceites y microorganismos que podrían alterar su superficie y acelerar su proceso de oxidación. Quería conservar el material original e investigarlo por su cuenta, para luego leer las investigaciones más acertadas de los científicos que hubieran encontrado sus propios fragmentos.
Se detuvo en un claro, uno cuya formación, evidentemente, no había sido natural. Había una línea de árboles caídos a la derecha, ramas colgando de otros que aún seguían en pie y un espacio desde el cual se podía apreciar el cielo, donde vio que la jaula iba perdiendo nitidez. Observó a la izquierda, donde el caminito de troncos conducía hasta un cráter en el suelo. Sobre él se había formado un montículo, de un tamaño tal que una persona acurrucada podría caber dentro.
Se acercó a grandes zancadas, mientras se tambaleaba entre los troncos y las hojas.
El cráter tenía una forma alargada y una gran anchura, de modo que cualquier animal podía entrar. A simple vista, no vio ninguna piedra. Agachado, intentó buscarla más de cerca, pero ni siquiera así detectó restos del fragmento rosado. Por último, olfateó. Los meteoritos recién caídos suelen dejar un rastro penetrante, parecido al azufre; pero no olió más que tierra húmeda y madera fresca.
¿Qué diablos había caído entonces? No había rastro de meteorito, ni siquiera un pequeñísimo fragmento que le confirmara que se había desmoronado. Tampoco había un olor reconocible. Repasó algún caso similar que recordara de algún artículo, pero en todos los que recordaba quedaban esquirlas o polvo.
Pese a lo extraño del suceso, eso no le impidió tomar registro del mismo. Grabó la zona: los árboles caídos y el suelo. Afirmó en su video que algo había caído y describió, mientras señalaba con el dedo, la trayectoria que había seguido.
Una vez que bajó el dedo en dirección al cráter y al montículo, le pareció ver algo al fondo, entre los árboles. Grabó dicho lugar. Creyó ver una figura asomada que lo miraba. Fue tan rápido que ni siquiera pudo distinguir cómo era.
Aguardó unos instantes, pero no pasó nada. Pensó que había sido obra de su imaginación.
A pesar de ello, sintió un hormigueo frío que le recorrió la columna y una extraña tensión en las extremidades. Mantuvo el silencio un poco más e intentó de discernir algo. Solo escuchó a los grillos y el crujir de las hojas de los árboles.
En el fondo, en lo más profundo de sus pensamientos, algo —quizás su instinto— le dijo que debía volver.
Fingió normalidad y grabó unas últimas cosas antes de regresar por donde había venido. Apresuró el paso, sin dejar de sentir que algo no estaba bien. Y mientras más crecía esa inquietud, menos lógico resultaba todo lo que acababa de ver. ¿Un meteorito no registrado había caído una noche cualquiera, cuyo acercamiento y explosión habían sido antinaturales, y no había dejado fragmentos, pero sí un hueco en la tierra?
Se oyeron unas pisadas de más.
Adán se volteó y apuntó con el celular. Esperó, pero nada aconteció. Solo estaba él en aquella arboleda.
Continuó su camino.
Otro paso sobre la hierba.
No se volteó y siguió.
Una vez que llegó a su campamento, desarmó el telescopio, al igual que la carpa. Sudaba copiosamente y sus manos temblaban. Lanzó varias miradas furtivas hacia el lugar de donde había venido, lo que entorpeció el proceso de desmontar el telescopio y la carpa. Los sonidos más simples, como las hojas, el viento y los grillos, sonaban con mayor intensidad, como si le advirtieran de que algo se acercaba.
Atropellado, intentó guardar su cuaderno. Se le resbaló y cayó.
Al tomarlo, una rama se partió.
Alzó la vista y observó.
Oscuridad. Solo eso.
Mantuvo la mirada unos instantes. Un puntito brillante apareció detrás de un árbol. Permaneció allí unos segundos y luego flotó hacia la izquierda. Al abandonar el tronco, otro puntito lo siguió. Iban en diagonal, despacio y con un ligero temblor.
Luciérnagas, pensó. Luciérnagas… ¿blancas? ¿Acaso existían?
El primer punto se acomodó en horizontal, mientras que el otro siguió su movimiento. Se quedaron estáticos, a unos dos metros y medio del suelo. El movimiento no parecía natural: los bichos no se movían de un lado a otro como si estuvieran conectados. Sintió que aquellos puntos lo observaban.
Alzó el celular, todavía con el brillo de la pantalla encendido. Al instante, aquello que tenía enfrente lanzó un gutural grito.
Lo vio tan solo unos segundos. Era una cosa de color blanco, de más de dos metros, de complexión robusta, pero escuálida. No tenía cabello y su cabeza tenía forma de rombo, con dos orejas puntiagudas.
La cosa pegó un salto anormal, como si se deslizara por el suelo, hacia el frente.
Adán sintió que cuatro finos dedos, en forma de garras, se cerraban en torno a su cuello. Fue alzado hasta quedar por encima de aquellos dos puntos. Oyó la respiración pesada de la cosa. Baja, vibrante. El aire cálido le llegaba hasta la cara.
Intentó liberarse, aunque sabía que era inútil. Ese estúpido instinto que le decía que todavía podía salvarse.
La esquelética y fría mano de la cosa, al sentir el movimiento de escape, se aferró con más fuerza y no se movió un milímetro.
Sus ojos brillaron de un color rosa, igual al que Adán había visto dentro del meteoro antes de explotar y en el fragmento caído. Dentro del bólido vio más.
Cientos… miles…
Su mente no alcanzó a procesar lo que se avecinaba. No solo acababa de presenciar un majestuoso espectáculo de luces, sino también el acontecimiento que marcaría un antes y un después en la historia de la humanidad. La prueba definitiva de que no estaban solos.
Sin poder resistirse, observó aquellos puntos rosados. Dejó de forcejear y, por raro que pareciera, dejó de sentir presión en el cuello. No solo eso: sus manos, brazos, piernas… ya no sentía su cuerpo. Por más que quisiera apartar la mirada, era incapaz. Ahora solo podía ver aquellos pequeños ojos brillantes.
Al poco tiempo, la oscuridad a su alrededor empezó a tornarse de un tono violeta. Podía ver el pasto y los árboles como si tuviera visión nocturna. Todo, excepto a la criatura, cuya sombra sí podía distinguir.
Empezó a dolerle la frente, la única parte de su cabeza que sintió. Fue como si una aguja helada, de la misma forma y tamaño que un lápiz, poco a poco se incrustara: primero en la piel, luego en la carne, el cráneo… hasta que llegó a su cerebro. El lóbulo frontal fue el primer afectado. Una sensación lo embargó, algo lejano, como un temblor involuntario. La aguja llegó hasta el temporal. Oyó el viento, pero tan fuerte al punto de la saturación. Al llegar al parietal, el dolor se volvió real, un dolor que le retorcía los sesos y se agitaba como un gusano que se comía sus neuronas. Y al momento que aquel monstruito llegó al occipital, todo se desfiguró.
Colores, cientos de ellos, aparecieron. Era como si su conciencia se transportara a una dimensión donde el dolor era lo único que podía sentirse. Su cabeza ardía tanto que el cerebro parecía cocinarse en lava; lava fría, igual de ardorosa.
Cuando fue por unos instantes consciente de lo que pasaba, quiso gritar. ¿Por qué razón? Nadie lo iba a escuchar.
Adán, acurrucado en el montículo donde vio caer a la cosa, no paraba de dibujar símbolos. Trazos extraños, pero con una seguidilla lógica que parecía ocultar algo detrás. Los dibujó con una lapicera y, al quedarse sin tinta, usó sangre del dedo que se cortó para continuar. No había razón para hacer eso, aunque parecía lo único que su derretido cerebro era capaz de hacer.





![Kira [Completa]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_0e6399958cd358c30469b2d86d41f0e9.jpg)


