Personalizar legibilidad
Aa

SOREN — EL ESPECTRO

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Qué ocurre cuando la persona más observadora del mundo empieza a dudar de su propia realidad? Sumérgete en un thriller psicológico fascinante donde el orden milimétrico y la obsesión por los detalles son las únicas barreras que separan a un hombre del caos absoluto. Con un ritmo medido, una atmósfera opresiva y un protagonista inolvidable que lee el estrés físico de los objetos como si fueran libros abiertos, esta novela te mantendrá atrapado entre el misterio de una intrusión imposible y el enigma de una mente brillante y rota. Una lectura imprescindible para los amantes de las tramas inteligentes y los misterios íntimos.

Genero:
Scifi
Autor/a:
RODNEYMOUNGUEKA
Estado:
hace un día
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

CAPÍTULO 1 Trescientos sesenta y cinco

Soren despertaba siempre once minutos antes de que sonara la alarma.

No era una virtud ni un don. Era, sencillamente, que su cuerpo había aprendido a desconfiar de los despertadores igual que había aprendido a desconfiar de casi todo lo demás. Se quedaba inmóvil bajo la manta, con los ojos abiertos en la penumbra gris del dormitorio, escuchando cómo el edificio se preparaba para el día: el zumbido intermitente del frigorífico dos pisos más abajo, el chasquido de las tuberías al dilatarse, el peso desigual de alguien que caminaba en el cuarto de arriba y apoyaba más el talón izquierdo que el derecho. Podía oír todo eso. Podía oírlo desde hacía tantos años que ya no lo consideraba oír, sino simplemente estar despierto.

A las seis y once apagó la alarma antes de que sonara, con el gesto exacto de quien conoce la posición del botón sin necesidad de mirarlo.

Se sentó en el borde de la cama. Los pies descalzos sobre el parqué, que estaba frío y que crujía en tres puntos concretos: a un palmo de la pata izquierda de la cama, en mitad del pasillo y delante del umbral de la cocina. Los evitaba sin pensarlo, del mismo modo en que otras personas evitan un charco.

El apartamento era pequeño y ordenado de una manera que a las visitas —cuando las había habido, hacía ya bastante— les resultaba difícil de comentar sin que sonara a diagnóstico. No era la limpieza obsesiva de quien teme el desorden. Era otra cosa: cada objeto ocupaba el lugar donde causaba menos interferencia. Los vasos, en el armario bajo, agrupados por altura. Los libros, en una sola estantería, apoyados unos contra otros sin huecos, porque un libro inclinado ejercía una presión oblicua sobre sus vecinos y Soren no podía dejar de notarla. Las sillas, arrimadas a la mesa hasta el tope. Los cuadros, ninguno.

En la cocina encendió solamente la luz de la campana extractora. La luz general le resultaba agresiva a esa hora; le daba la sensación de que la habitación entera lo miraba. Puso agua a hervir, colocó la taza en el mismo lugar de la encimera donde la colocaba todos los días —el mármol tenía allí una decoloración circular, apenas visible, la huella de siete años de repetición— y abrió el armario que había sobre el fregadero.

Dentro había un bote de vidrio ámbar, sin etiqueta, con tapa de rosca.

Y todos los días, antes de nada, Soren contaba.

Había leído en alguna parte que a las personas como él les recomendaban no hacer eso. Que contar era un síntoma, no una solución. Que alimentaba el mismo mecanismo que pretendía calmar. Probablemente fuera cierto. Probablemente cada mañana, al desenroscar aquella tapa y volcar el contenido sobre un paño de cocina extendido, estuviera reforzando exactamente aquello de lo que quería librarse.

Le daba igual. Contar era lo único de su vida que dependía enteramente de él.

Volcó las cápsulas sobre el paño. Eran pequeñas, de un blanco ligeramente sucio, con una banda gris en el centro. No tenían nombre comercial impreso. Nunca lo habían tenido. Se llamaban, en la receta del doctor Nevel, por una fórmula abreviada que Soren se sabía de memoria y que jamás había pronunciado en voz alta delante de nadie.

Él las llamaba de otro modo.

Las llamaba el filtro.

Las agrupó en columnas de diez con el canto de la mano, como quien reparte fichas. Era un método que había perfeccionado con los años: diez columnas formaban un bloque de cien, y con cuatro bloques y sesenta y cinco unidades sueltas se completaba el año. Trescientos sesenta y cinco. Un comprimido por día. Ni uno más, porque uno más significaba haberse asustado; ni uno menos, porque uno menos significaba haber sido descuidado, y el descuido, en su caso, no era un defecto de carácter sino una categoría de riesgo.

Contó el primer bloque. Cien.

El segundo. Doscientos.

El tercero. Trescientos.

Y entonces, al agrupar el resto, le sobró espacio.

Se detuvo. No con sobresalto: con una especie de suspensión educada, como quien nota que una frase que acaba de leer no encaja con la anterior y vuelve atrás sin dramatismo. Deshizo las columnas con la palma de la mano, extendió las cápsulas sobre el paño y volvió a empezar.

Cien. Doscientos. Trescientos.

Sesenta y tres.

Trescientos sesenta y tres.

Se quedó mirando el paño durante un tiempo que no habría sabido medir. El agua rompió a hervir detrás de él, y el silbido metálico del hervidor subió de tono hasta que el termostato lo cortó con un chasquido seco. No se movió.

Faltaban dos.

Existían explicaciones. Existían muchas explicaciones y Soren, que era un hombre razonable en todo lo que no le concernía directamente, las fue examinando una por una con la misma disciplina con que examinaba un mecanismo averiado.

La primera: que hubiera contado mal. Improbable. Había contado dos veces y su relación con los números no era la de la mayoría de la gente. Los números se le quedaban quietos. Nunca se le movían.

La segunda: que se le hubieran caído. Plausible. El bote se abría, las cápsulas eran pequeñas y el suelo de la cocina tenía una junta oscura entre los azulejos donde algo así podía perderse sin hacer ruido. Se agachó. Miró bajo el mueble con la linterna del teléfono, pasó la mano por el rodapié, movió el cubo de la basura. Nada. Solo polvo y una arandela de latón que había perdido meses atrás y que ahora, absurdamente, le produjo alivio: era una prueba de que las cosas se caían, de que el mundo perdía objetos, de que él no era una excepción.

La tercera: que se hubiera tomado dos alguna noche sin recordarlo. Y esa era la que le apretaba el pecho.

Porque le había ocurrido. Una vez, cuatro años atrás, tras una semana mala, se había levantado de madrugada, había bebido un vaso de agua y a la mañana siguiente no había conseguido reconstruir si se había tomado la dosis o no. Aquel día había vivido dieciocho horas con la duda instalada en el esternón, sin atreverse a tomar otra por miedo a duplicarla ni a saltarla por miedo a lo contrario, y al llegar la noche estaba tan agotado por el propio miedo que se durmió vestido, encima de la colcha, sin cenar.

La cuarta explicación no la formuló.

Estaba ahí, esperando su turno con toda la paciencia del mundo, y él simplemente no le abrió la puerta.

Recogió las cápsulas con el canto de la mano, las devolvió al bote, enroscó la tapa y anotó en el cuaderno de tapas negras que guardaba junto al bote, con su letra pequeña y perfectamente horizontal:

363. Revisar.

Después escribió la fecha. Después subrayó la palabra revisar una sola vez, porque subrayarla dos habría sido concederle demasiado.

Se tomó la del día con medio vaso de agua. La cápsula bajó y, como todas las mañanas, no ocurrió nada perceptible. El filtro no era una cortina que cayera de golpe. Era más bien como el momento en que uno sale de una calle con obras y entra en un portal: el ruido no desaparece, se aleja. Se vuelve algo que sucede fuera de uno.

Diez minutos más tarde, mientras se anudaba los cordones, ya podía oír solo lo que oye la gente normal.

Más o menos.

Más o menos era la frase con la que Soren había aprendido a vivir. Nunca había conseguido explicarle a nadie —tampoco lo había intentado seriamente— que el filtro no lo volvía normal, sino solamente suficiente. Con el filtro, el mundo seguía diciéndole demasiadas cosas; simplemente se las decía desde más lejos, con una voz que ya no obligaba a contestar. Podía cruzar una calle sin saber la carga exacta de cada vehículo que se acercaba. Podía subir una escalera sin sentir la fatiga acumulada de cada peldaño. Podía sostener una taza sin percibir la microfisura del asa.

Podía, sobre todo, mirar a una persona y ver a una persona.

Eso último era lo que más le costaba explicar y lo único que de verdad le importaba.

Antes de salir se detuvo en el recibidor, como cada mañana, y comprobó tres cosas: que la ventana de la cocina estuviera cerrada, que el gas estuviera cortado y que la llave girase dos vueltas en la cerradura. Las tres comprobaciones le llevaban once segundos. Las hacía en el mismo orden desde hacía siete años. Aquella mañana las hizo dos veces.

* * *

El tranvía de las siete y veintidós iba lleno hasta la mitad del trayecto.

Soren viajaba de pie, siempre de pie, siempre en el mismo lugar: junto a la segunda puerta, con la espalda contra el tabique que separaba el pasillo del hueco de la validadora. Aquel tabique era el único punto del vagón donde ninguna barra de sujeción quedaba al alcance de su mano. Lo había elegido por eso, aunque nunca se lo hubiera explicado a sí mismo con esas palabras.

Llevaba el abrigo gris de siempre, la bolsa de lona cruzada al pecho y, dentro de la bolsa, un estuche rígido que pesaba más de lo que parecía. La gente que lo miraba —y lo miraba poca gente, porque Soren tenía el talento involuntario de resultar exactamente tan interesante como el respaldo de un asiento— habría dicho que era un hombre de treinta años algo delgado, con el pelo oscuro mal cortado y esa expresión de disculpa permanente que tienen los que llevan mucho tiempo pidiendo perdón por ocupar espacio.

Nadie habría dicho nada más. Esa era la idea.

En la parada de la avenida subió un grupo de estudiantes y el vagón se comprimió. Un hombre con un maletín de aluminio se colocó demasiado cerca, tan cerca que Soren pudo notar el desplazamiento del aire cada vez que respiraba. Y ahí, inevitablemente, empezó lo de siempre.

No era una visión. Nunca había sido una visión, y le irritaba profundamente que las escasas veces que había intentado describirlo la otra persona hubiera imaginado algo así como líneas de colores flotando en el aire. No había líneas. No había colores. Era más parecido a una convicción: la certeza absoluta, no razonada, de cómo estaban repartidas las fuerzas dentro de un espacio.

Sabía, por ejemplo, que el pasamanos que tenía a la izquierda soportaba en ese momento el peso de cuatro personas y que tres de ellas descargaban su masa en el mismo tercio de la barra. Sabía que la soldadura del extremo inferior tenía una porosidad y que llevaba años cediendo un poco cada invierno. Sabía —y esto era lo que le resultaba difícil de explicar— cuánto faltaba. No en cifras. En una especie de distancia. Como cuando uno mira una escalera y sabe, sin contarlos, si va a llegar arriba de un tirón o no.

Faltaba mucho. La barra aguantaría años. Eso lo tranquilizó.

El hombre del maletín cambió el peso de pierna y la percepción se reorganizó entera, igual que se reordena el reflejo de una habitación cuando alguien mueve un espejo.

Soren cerró los ojos y respiró contando hasta cuatro, como le habían enseñado. Con el filtro, aquello era soportable. Era ruido de fondo, un rumor de tensiones y trayectorias que podía apartar del mismo modo en que uno aparta una conversación ajena en un restaurante.

Sin el filtro no era ruido de fondo.

Pero eso lo sabía por muy pocas veces, y ninguna de ellas figuraba entre sus recuerdos preferidos.

Abrió los ojos. Una mujer mayor sentada frente a él lo miraba con esa mezcla de curiosidad y compasión que Soren conocía bien y que le producía una vergüenza sorda. Le sonrió sin enseñar los dientes y desvió la vista hacia la ventanilla.

Al otro lado del cristal, la ciudad pasaba mojada. Había llovido de madrugada y las fachadas tenían ese gris denso, casi vegetal, que solo aparece en los edificios viejos cuando la piedra se satura. Un operario del ayuntamiento subido a una escalera cambiaba una bombilla de una farola. Soren lo miró durante tres segundos y pensó, sin quererlo, que la escalera estaba mal apoyada: demasiado vertical, con el punto de contacto sobre una junta del bordillo. Pensó que si el hombre se estiraba veinte centímetros más hacia la izquierda, la base resbalaría.

Se llevó la mano al bolsillo. Dentro había un papel doblado en cuatro, una lista de la compra de la semana anterior que no había tirado. Lo apretó entre los dedos hasta que el cartón del envoltorio del billete crujió, y se obligó a leer los carteles publicitarios del vagón hasta memorizar un número de teléfono que no le servía para nada.

El tranvía arrancó.

No volvió a mirar atrás. Llevaba trece años entendiendo que había una diferencia entre ver lo que podía ocurrir y ser responsable de que ocurriera, y llevaba trece años sin creérselo del todo.

Bajó dos paradas después. Mientras caminaba hacia la calle sin salida notó que se había dejado dentro del vagón la lista de la compra, y que aquello, misteriosamente, le molestaba más de lo razonable.

* * *

El taller ocupaba la planta baja y el sótano de un edificio industrial reconvertido, al final de una calle que terminaba contra un muro de ladrillo y que olía a solvente y a pan, porque enfrente había un obrador. Sobre la puerta, una placa de latón que Teodora Renn pulía personalmente cada quince días rezaba: RENN — INSTRUMENTACIÓN DE PRECISIÓN. RESTAURACIÓN Y CALIBRADO. Debajo, más pequeño y en letra distinta, alguien había añadido hacía décadas: desde 1946.

Soren llegó, como siempre, veinticinco minutos antes de su hora.

Le gustaba el taller vacío. Le gustaba la luz de las lámparas de brazo articulado encendiéndose una a una, el olor a aceite fino y a papel de lija, la fila de bancos con sus alfombrillas antiestáticas, los armarios de cajones estrechos donde cada tornillo tenía su lugar y su nombre. Era el único sitio del mundo donde su necesidad de orden no parecía una enfermedad, sino una cualificación profesional.

Colgó el abrigo. Se lavó las manos hasta la muñeca, se las secó, se puso la bata. Encendió el hervidor pequeño del rincón. Y solo entonces miró la pizarra de trabajos.

En la columna de su nombre, la letra grande y algo brusca de Teo había escrito una sola línea:

SOREN — MICHELSON DEL INSTITUTO. LO DEVUELVEN MAÑANA. SIN PRESIÓN.

Y debajo, más pequeño:

Es broma. Toda la presión.

Soren sonrió. Fue una sonrisa breve, casi privada, y se le borró enseguida, pero existió.

El interferómetro estaba en el banco del fondo, cubierto con una funda de algodón. Lo destapó con cuidado. Era un aparato antiguo, de los años sesenta, con la bancada de fundición pintada de aquel verde institucional que ya no fabrica nadie, los micrómetros con las escalas grabadas a mano y una placa de inventario del Instituto Politécnico atornillada en el lateral. Pesaba cuarenta y un kilos. Había llegado nueve días antes en una furgoneta, envuelto en mantas, con una carta del departamento de física en la que un catedrático explicaba con una cortesía casi dolorosa que el instrumento tenía valor histórico, que se utilizaba en las prácticas de tercero desde hacía cuarenta años y que si no podía repararse, lo entenderían.

Tres técnicos lo habían mirado antes que Soren. Uno del propio Instituto y dos de una empresa de la capital. Los tres habían dicho lo mismo con distintas palabras: que las franjas de interferencia aparecían inestables, que el fallo no se localizaba, que probablemente fuera fatiga estructural de la bancada, y que en tal caso no había reparación posible.

Soren no había abierto todavía la bancada.

Acercó el taburete, se sentó, encendió la lámpara de brazo y estuvo un rato sin tocar nada. Era la parte del trabajo que sus compañeros no entendían y que Teo, que llevaba cuarenta años en el oficio, respetaba sin entender. Simplemente miraba. A veces media hora. A veces más. Rasch, que llevaba en el taller desde antes que él, había dicho una vez, medio en broma, que Soren no reparaba máquinas: las velaba, como se vela a un enfermo.

Lo que ocurría en esas medias horas era difícil de traducir.

Ponía la mano abierta sobre la bancada, sin apretar, y esperaba. Y al cabo de un rato el instrumento dejaba de ser un objeto para convertirse en un reparto. Podía sentir —esa era la palabra menos falsa que había encontrado— cómo el peso de cada componente se transmitía hacia los tres puntos de apoyo, cómo la fundición había ido acomodándose durante seis décadas a esa distribución, cómo el calor del laboratorio la dilataba de día y la contraía de noche, y cómo en algún lugar de esa geometría había una discordancia. Una nota que no pertenecía al acorde.

Ese era, en realidad, el motivo por el que hacía ese trabajo y no otro. Los objetos no le pedían nada. No se ofendían si tardaba en contestar. No había que mirarlos a los ojos. Y cuando uno los entendía, se dejaban entender del todo, sin reservas y sin trampas, que era exactamente lo contrario de lo que hacían las personas.

La localizó a las nueve menos cuarto.

No estaba en la bancada. Estaba en la columna del brazo móvil, en la unión entre el fuste y el collar de sujeción: una holgura de nada, un juego mínimo que aparecía solo cuando la temperatura subía por encima de cierto punto y que desplazaba el espejo lo justo para que las franjas temblaran. En frío, el conjunto estaba perfecto. Por eso los tres técnicos, que habían trabajado por la mañana con el taller a dieciséis grados, no habían encontrado nada.

Soren se levantó, fue al armario y volvió con un pasador de bronce, una lámina de calce de dos centésimas y el destornillador de mango de madera que solo usaba él porque el mango estaba gastado con la forma de su mano.

Trabajó una hora y cuarenta minutos.

Extrajo el pasador original y lo dejó sobre el paño verde. Estaba intacto a simple vista, pulido por el uso, sin una sola marca. Solo bajo la lupa binocular aparecía lo que Soren ya sabía desde antes de sacarlo: un desgaste ovalado, apenas perceptible, de un lado y no del otro. Seis décadas de dilataciones habían ido comiéndose una milésima aquí, otra allá, siempre en la misma dirección, y ninguna de esas milésimas había significado nada por sí sola. Juntas significaban que un catedrático había escrito una carta pidiendo disculpas por su propia máquina.

Fabricó el pasador nuevo en el torno pequeño del sótano, midió tres veces por costumbre y no por necesidad, lo montó, ajustó el calce y volvió a apretar el collar con la llave dinamométrica, deteniéndose exactamente donde debía detenerse.

Le gustaba ese momento. Le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta: el instante en que un conjunto de piezas que llevaba años trabajando en contra de sí mismo volvía a tirar en la misma dirección. No era orgullo. Era otra cosa, más pequeña y más útil, algo parecido al alivio.

* * *

A las diez y media el taller ya estaba lleno. Rasch discutía por teléfono con un proveedor y repetía la palabra plazo con una insistencia agotadora. La aprendiz, Mira, limpiaba un teodolito con la lengua entre los dientes. La radio sonaba bajito y sonaba mal, con esa saturación de los altavoces viejos. Y Teodora Renn, setenta y un años, un metro cincuenta y cinco, gafas colgando del cuello con una cadena de abalorios, se acercó al banco del fondo con dos tazas y dejó una junto al codo de Soren sin decir nada, que era su manera de decir muchas cosas.

—¿Vive? —preguntó al fin.

—Vive.

—¿Qué era?

—El collar del brazo. Dilatación diferencial. En frío no se ve.

Teo se inclinó, se puso las gafas, miró la unión y volvió a quitárselas.

—Cuarenta años dando clase con esta máquina y nadie se dio cuenta.

—No es fácil de ver.

—No, no lo es —dijo ella, y lo miró—. Y sin embargo.

Soren bajó la vista al banco y movió el destornillador dos centímetros a la izquierda, hasta dejarlo paralelo al borde.

—Ahora hay que calibrarlo —dijo.

—Ahora hay que calibrarlo —repitió Teo, y se fue, porque también sabía cuándo irse.

La calibración era otra cosa. La calibración era la parte que lo delataba.

Consistía, en teoría, en ajustar el tornillo micrométrico hasta que las franjas de interferencia quedaran centradas y estables, comprobando el desplazamiento contra la escala grabada y contra un comparador digital que Teo había comprado en los años noventa y que aún funcionaba. En teoría uno ajustaba, miraba, corregía, volvía a mirar. Iteración. Paciencia. Los buenos técnicos tardaban veinte minutos. Los muy buenos, doce.

Soren apoyó dos dedos en la cabeza del micrómetro.

Y entonces, como siempre, no hubo iteración.

Notó el paso de la rosca —no lo calculó: lo notó, del mismo modo en que uno nota que una puerta está a punto de encajar antes de oír el clic—, notó la resistencia mínima del muelle antagonista, notó dónde estaba el punto muerto del mecanismo y cuánto había que pasarse para compensarlo. Giró. Un movimiento continuo, sin tanteo, sin volver atrás. Se detuvo.

Retiró los dedos.

Luego, y solo luego, se inclinó sobre el ocular.

Las franjas estaban centradas. Perfectamente inmóviles, alineadas como rayas de una cebra dormida.

Miró el comparador digital. Marcaba una desviación de tres milésimas de milímetro respecto al valor nominal, dentro de la tolerancia por un margen tan amplio que resultaba casi ofensivo.

Se quedó quieto un momento, con las manos apoyadas en el borde del banco.

Debería haber mirado la escala mientras giraba. Todo el mundo miraba la escala mientras giraba: para eso estaba grabada. Él no la había mirado. No la miraba nunca, y llevaba años montando pequeños gestos alrededor de esa ausencia —inclinarse un poco, entornar los ojos, dejar la mano un segundo de más sobre el tornillo— para que pareciera que sí.

Ese día, con el taller ruidoso a su espalda, se le había olvidado fingir.

Sintió el calor conocido subiéndole por la nuca. La vieja alarma: alguien te ha visto. Se giró despacio, sin urgencia, como quien busca un trapo.

Mira seguía con su teodolito. Rasch seguía con el proveedor. Teo estaba en la oficina acristalada del fondo, de espaldas, con el teléfono contra el hombro.

Nadie lo había visto.

Soren volvió a inclinarse sobre el ocular, aunque ya no hacía falta, y estuvo así casi un minuto, mirando unas franjas perfectas y respirando contando hasta cuatro.

* * *

A mediodía comió en la mesa de la esquina lo de siempre: un sándwich preparado en casa, una manzana y un café que dejaba enfriar hasta que estuviera tibio, porque el calor excesivo le resultaba desagradable en la garganta. Mira se sentó enfrente con su táper y le habló durante quince minutos de un concierto al que había ido y de un chico que la había decepcionado en el concierto, y Soren la escuchó de verdad, asintiendo en los sitios correctos, haciendo dos preguntas que demostraban que había estado atento, y cuando la chica se levantó agradecida y feliz por haber sido escuchada, él se quedó un momento con la manzana en la mano.

Aquello —eso, exactamente eso: veinte minutos de cháchara sobre un chico decepcionante— era la clase de cosa por la que valía la pena tomar una cápsula todos los días.

Por la tarde revisó el informe del interferómetro, lo escribió a mano en el formulario del taller, lo pasó a máquina y lo imprimió. En el apartado Diagnóstico, después de mucho dudar, escribió: Holgura térmica en collar de brazo móvil, visible solo por encima de veintidós grados. Sustituido pasador; calzado a dos centésimas. Calibrado dentro de tolerancia.

No escribió cómo lo había encontrado. Nunca escribía cómo lo encontraba.

A las cinco y media Teo apareció otra vez con el abrigo ya puesto y el bolso al hombro. Se detuvo junto al banco, miró el instrumento montado, limpio, con la funda doblada al lado.

—Van a llorar mañana en el Instituto —dijo.

—Es un buen aparato.

—Es un aparato muerto que tú has resucitado. —Se subió el cuello del abrigo—. Soren.

—¿Sí?

—¿Estás durmiendo?

La pregunta le llegó de lado, como todas las de Teo.

—Sí.

—Mmm —dijo ella, que era el sonido que hacía cuando no se creía algo pero había decidido no pelearse por ello aquel día—. Cierra tú. Y vete a una hora decente, no a la tuya.

Soren cerró a las siete y diez. Antes de apagar la última lámpara comprobó dos veces que la llave de paso del compresor estuviera cerrada. La segunda vez fue innecesaria y él lo sabía mientras la hacía.

* * *

Volvió andando, aunque llovía otra vez, una llovizna finísima que no mojaba tanto como enfriaba. Compró pan en la tienda de la esquina, y la mujer del mostrador le dio conversación sobre el tiempo, y él respondió lo justo y con amabilidad, y ella lo llamó cielo al despedirse, como llamaba a todo el mundo, y a Soren aquello le duró tres calles.

En el portal, al meter la llave, se detuvo un instante.

Del cuarto piso bajaba música: un bajo eléctrico repetido, alguna cosa moderna que Soren no habría sabido nombrar. El chico nuevo, el del ático, que llevaba dos meses en el edificio y que ya había conseguido que dos vecinos dejaran notas en el tablón. Diecinueve o veinte años. Se cruzaban a veces en la escalera y el chico siempre lo saludaba con un movimiento de cabeza demasiado enérgico, como si Soren y él compartieran algo.

Soren no compartía nada con nadie. Pero devolvía el saludo.

Subió. Cenó de pie, junto a la encimera: pan, queso, dos tomates. Fregó el plato, lo secó, lo guardó. Se duchó. Leyó cuarenta minutos un manual de metrología de 1971 que ya había leído tres veces y que le gustaba precisamente por eso, porque no le reservaba sorpresas.

A las diez y media apagó la lámpara del salón.

Y a las diez y treinta y cinco, ya en pijama, ya con los dientes lavados, hizo una cosa que no formaba parte de su rutina.

Se quedó parado en mitad del pasillo, mirando hacia la cocina.

Revisar, había escrito por la mañana. Subrayado una vez.

Se dijo que no. Se dijo que contar dos veces en el mismo día era exactamente el tipo de cosa que convertía una precaución en una enfermedad, que lo sabía perfectamente, que se lo habían explicado y que él mismo había estado de acuerdo. Se dijo que se metería en la cama y que por la mañana, con luz, revisaría el suelo otra vez, movería la nevera, miraría dentro del cajón de los cubiertos, y que aparecerían, y que se sentiría ridículo, y que ese sentimiento ridículo sería el mejor regalo posible.

Se lo dijo todo entero, con frases completas, de pie en el pasillo, descalzo sobre el parqué frío.

Después fue a la cocina.

Encendió la luz de la campana. Sacó el bote. Extendió el paño. Volcó las cápsulas.

Y las agrupó en columnas de diez con el canto de la mano, sin prisa, con el cuidado casi tierno de quien no espera nada.

Cien.

Doscientos.

Trescientos.

Contó las que quedaban sueltas una segunda vez antes de aceptar el número, y una tercera antes de aceptar que la segunda no había sido un error.

Trescientos sesenta y dos.

No se movió. Tenía las dos manos apoyadas en el borde de la encimera y la luz de la campana le caía sobre los nudillos, y durante un rato bastante largo lo único que pasó en aquella cocina fue el zumbido del frigorífico y el goteo de un canalón en el patio.

Faltaba una más que por la mañana.

Aquello no admitía ninguna de las tres explicaciones. No había contado mal tres veces. No se le habían caído entre las nueve de la mañana y las diez y media de la noche, porque entre esas dos horas el bote no había salido del armario, y el armario no había sido abierto, porque Soren se había tomado su dosis antes de guardarlo y recordaba el gesto con la nitidez inútil con que lo recordaba todo.

Y no se la había tomado él, porque llevaba trece años sin tomar una segunda cápsula sin anotarlo.

Quedaba la cuarta explicación.

La miró de frente por primera vez en todo el día, y resultó no tener nada de dramático. Era una frase corta y bastante razonable, del tipo de frases que uno escribiría en un informe: alguien había estado aquí.

Lo raro no fue el miedo.

Lo raro fue que el miedo tardase tanto en llegar, y que en el intervalo, en esos cuatro o cinco segundos limpios que precedieron a todo lo demás, lo único que hizo Soren fue calcular. Sin querer, sin decidirlo, con la misma facilidad con que había girado aquella mañana un tornillo micrométrico sin mirar la escala, su cabeza recorrió el apartamento: la cerradura de la puerta y sus dos vueltas, el pestillo interior que nunca usaba, la ventana de la cocina, la escalera de incendios, el patio, la altura, la distancia hasta el alféizar del vecino.

Cuatro maneras de entrar. Dos de ellas sin dejar marca.

Después llegó el miedo, y fue como se le había manifestado siempre desde los diecisiete años: una contracción en el diafragma, un frío en las muñecas, la certeza inmediata y desproporcionada de que iba a ocurrir algo irreparable.

Se agarró al borde de la encimera con las dos manos y respiró contando hasta cuatro.

El mármol crujió bajo sus dedos.

Fue un ruido pequeño, seco, casi doméstico, el sonido que hace una piedra vieja cuando se le pide un poco más de lo que puede dar. Soren soltó las manos de inmediato, como quien se retira de una plancha caliente, y se quedó mirando el borde de la encimera durante mucho rato.

No había ninguna grieta.

Todavía no.

Recogió las cápsulas una por una, sin agruparlas esta vez, y las fue metiendo en el bote con una lentitud que no tenía ningún objeto. Enroscó la tapa. Devolvió el bote al armario. Cerró la puerta del armario y comprobó que estuviera cerrada.

Luego abrió el cuaderno de tapas negras, y bajo la anotación de la mañana, con la misma letra pequeña y perfectamente horizontal, escribió una sola línea:

362.

No escribió revisar.

Apagó la luz de la campana, se sentó en la silla de la cocina, en la oscuridad, de cara a la puerta del pasillo, y esperó a que se hiciera de día.

¡Cuéntale a RODNEYMOUNGUEKA lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Don’t look back! - Kookmin One shot

Dzib Colli: Me encanto sabes expresar correctamente la historia ame

Leer ahora
MANIA

Yaneli encarnación: Muy buena novela desde q leí el primer capítulo me enganche con ella.excelene novela

Leer ahora
Mi Alpha Protector ( #1)

VRO50: LA HISTORIA ESTA GENIAL, ENGANCHA DESDE EL PRIMER CAPITULO,LA ORTOGRAFIA Y SINTAXIS SE PUDE MEJORAR

Leer ahora
Obsesionado

Sarai: Me gusta la valentia de Eloísa, Alexander lo detesto no merece perdón de ella nunca está LOCO tienen que internalo.

Leer ahora
Chiaroscuro (GL story)

LISSETTE: Son muy pocas para expresar lo que pienso de tu obra. Conoces lo que haces y me transmites lo que tu deseas. GRACIAS me tienes extaciada

Leer ahora
Perverso Deseo +21 (Extremadamente Taboo)

Ely: Una historia fuera de lo normal. Poco a poco te va llevando y envolviéndote en su nido, sientes la misma tensión que ellos. Aunque es una historia tabú, pero agarra. Gracias

Leer ahora
Cautiva

lisbetmilagro26041: Me gustó mucho la historia, es divertida y la forma de escribirla nos mantiene enganchados a la trama. Muchas gracias ❤️

Leer ahora
THE FIANCE

Jeon Jimin : 🌈Me encanta,es fascinante la amé,es una de mis favoritas la verdad la he leído muchísimas veces, hasta ahorita me atrevo a comentar, todas tus historias son arte , espero leerte pronto 💐💗

Leer ahora
SOREN — EL ESPECTRO