Entrega 1
LONGEVIDAD: DE LA MANO DE LOS DIOSES
PRÓLOGO:
El gran peligro de los secretos universales es que no eligen nacer en palacios, sino en el caos. Los accidentes tienen la extraña costumbre de cambiar el curso de la historia: algunos ocurren bajo el microscopio de un laboratorio; otros, en una ruidosa fila de inmigrantes en el puerto de Buenos Aires. Si uno de esos azares no hubiera ocurrido, la llave que Joaquín encontraría muchos años después habría permanecido enterrada para siempre. Una llave capaz de alterar el orden natural de la existencia, para bien de unos pocos o para la condena de todos.
Capítulo 1: El origen
Joaquín de Souza había nacido en Lomas de Zamora el 23 de abril de 1948. Era hijo único y se había criado en un hogar de inmigrantes muy trabajadores, pero a la vez muy ignorantes.
A su padre, Mateo José —como lo habían inscripto en Pechao, un pueblo de pescadores de Algarve, Portugal—, lo recordaba como a un «negro blanco». Nieto de mozambiqueños, su padre conservaba algunos rasgos genéticos de sus abuelos: sus facciones eran de negro mozambiqueño, pero su pelo era lacio y débil, y su piel, blanca. Mateo había nacido y se había criado en Portugal, pero cuando tenía apenas once años sus padres lo enviaron solo en un barco hacia Buenos Aires para trabajar con un tío desconocido. Sin embargo, una vez arribado al puerto, y sin saber a ciencia cierta el porqué, su nombre fue cambiado por Mateo De Souza.
Cuando nació Joaquín, Mateo lo inscribió en el registro civil con el apellido tal y como figuraba en el documento que le habían dado al ingresar a la Argentina. Aunque, ya habiéndose mudado y orgulloso de sus orígenes, siempre se había hecho llamar por su verdadero nombre, Mateo José, y así se lo conoció durante toda su vida en el barrio.
Mateo nunca entendió por qué le habían cambiado el apellido de pequeño, aunque ya mayor alguien le comentó que, cuando las familias de inmigrantes bajaban del barco, los ponían en filas. Los ordenaban por familia y por edad: ponían al abuelo primero, si lo había, luego al padre, a la madre y después a los hijos. Entonces, el primer integrante de la familia daba el apellido y automáticamente el mismo iba para todo el resto. Lo que quizás había sucedido es que, al ser tan chico y estar solo, lo habían confundido con un miembro de alguna familia de apellido De Souza formada delante de él, y erróneamente le habían adjudicado ese apellido.
Su madre, Rafaela (Filuccia), había nacido en Italia, pero Joaquín ya no recordaba dónde. Él solo sabía que había conocido a su padre en una pensión cerca del puerto de Buenos Aires, que se habían enamorado y, años después, se habían casado.
Filuccia se había desempeñado toda su vida como ama de casa. Mateo había trabajado como chofer de una acaudalada familia hasta que, en un infortunado accidente, perdió la vida justo una semana antes de que Joaquín cumpliera sus cinco años.
A pesar de haber trabajado como chofer, Mateo había ganado buen dinero y en poco tiempo pudo comprar una casita. Sin embargo, al momento de querer escriturarla y solicitar su partida de nacimiento a su país de origen, se enteró de su verdadero apellido. Ya cansado de realizar trámites, finalmente decidieron poner el título de propiedad de la vivienda a nombre de Rafaela.
Capítulo 2: El pasado
Eran las siete y diez de una mañana fría y nublada de otoño. Joaquín podía ver caer las hojas de los árboles desde la calidez de esa cocina vieja que lo viera crecer; y mientras el viento jugaba con las hojas de los plátanos y paraísos ya viejos en los fondos de su casa natal, él iba pasando muy lentamente del sueño a la vigilia.
Pocas veces había estado levantado a esa hora, mientras la noche se iba mezclando con la claridad del día como un cóctel de colores nunca antes vistos. Por debajo de las copas de los árboles, y más allá de un descampado que alfombraba el horizonte, se podía intuir al sol queriéndose asomar tímidamente para convertir la penumbra en claridad.
Él amaba esa casa. Era la típica casa tipo chorizo ubicada en José Mármol, en el Gran Buenos Aires, a unos kilómetros al sur de la Capital Federal. Esta tenía dos habitaciones frías y húmedas alineadas desde el frente hacia atrás sobre el lado derecho del terreno, continuadas por un comedor muy grande. Sobre la parte izquierda de la construcción se encontraba la cocina, que tenía un gran horno a leña en un costado y una pequeña mesa en el centro donde generalmente desayunaban al ritmo de alguna «canzonetta italiana» que sonaba en la vieja radio a válvulas que su padre había comprado en su juventud. Casi sobre el paso a los fondos del terreno se encontraba un pequeño baño, aunque ya unido al resto de la edificación a pedido de su madre, y no a la intenperie como se estilaba en los viejos tiempos.
Mamá Filuccia siempre estaba en la cocina. En realidad, era muy extraño verla en otra parte de la casa; siempre estaba cocinando con esa ternura y esa paciencia que solo una madre puede dedicar. A Joaquín se le entremezclaba la calidez de ese ambiente proporcionado por el horno, siempre encendido, con la de su madre haciendo todo con tanto cariño.
Toda su primera infancia había transcurrido en esa casa, y en sus paredes se podía leer su propia historia a través del paso de los años, y también la de cada uno de sus habitantes.
El terreno que existía en los fondos de la casa era algo muy especial para Joaquín y siempre lo había fascinado. Era un lugar misterioso en el cual se mezclaban sus rincones oscuros, un arroyito que lo atravesaba de lado a lado y el espeso monte de plátanos y paraísos que dibujaban las auroras.
En las mañanas muy frías de invierno solía congelarse la superficie del arroyito, y Joaquín se entretenía patinando sobre la frágil capa de hielo que soportaba su flacuchento cuerpo, pero todavía faltaban unos días para ello.
Esta mañana iba a ser muy diferente a las demás: por primera vez en sus siete años de vida iba a desprenderse de su madre durante unas horas ya que comenzaba su primer grado en la escuela número siete de José Mármol. Pero lejos de estar preocupado o temeroso, se encontraba en un estado de mezcla entre excitación y alegría; es que siempre había sido muy curioso y deseoso de aprender cosas nuevas, y Filuccia ya le había adelantado que allí aprendería muchísimas cosas.
A pesar de provenir de una familia de ignorantes, Joaquín ya había aprendido a leer hacía un tiempo gracias a John, un vecino y amigo con quien luego compartiría toda la primaria.
Su amigo John provenía de una familia de clase media alta donde su padre, el sostén del hogar, era un prominente doctor en medicina. Junto con su madre y su hermano mayor, con quien Joaquín apenas trataba, habían venido a la Argentina desde EE. UU. cuando John tenía apenas dos años.
John había sido un gran inspirador para Joaquín: no solo le había ayudado a mejorar su lectura sino que, además, cada vez que se reunían a jugar le prestaba algunos de los libros de literatura fantástica que traía su padre cada vez que viajaba por trabajo a EE. UU.
Ya por los años cuarenta y pico habían aparecido unas publicaciones de un tal Isaac Asimov, un científico y escritor norteamericano que escribía cuentos de ciencia ficción y artículos de divulgación científica que para la época eran muy adelantados. A John no lo entusiasmaba mucho esa temática, pero sí a su padre, que los coleccionaba y a quien, además, le daba mucho placer que Joaquín compartiera esos gustos.
Ambos padres de John apreciaban mucho a Joaquín y habían aceptado esa amistad que sería determinante para el futuro de Joaquín.
En un principio era John quien le leía los cuentos que venían escritos en inglés, pero casi sin querer, además de perfeccionar su lectura en castellano, Joaquín había comenzado a leer algo en inglés y eso le abrió las puertas a un mundo que hasta ese momento le era totalmente desconocido.
Al finalizar la primaria, ambos amigos habían estrechado aún más sus lazos generando una especie de sinergia, en donde John aportaba la literatura y Joaquín, mucha imaginación.
Filuccia había criado a Joaquín a la vieja usanza, y esto contemplaba que ya con trece años, y habiendo terminado la primaria, debería comenzar a trabajar y todos sus ingresos volverían al hogar, al menos mientras viviera bajo su techo. Fue entonces que lo envió a trabajar con unos primos lejanos para armar candados en un tallercito en los fondos de la casa de estos.
Dada la presión que ejercía su madre, Joaquín había perdido la posibilidad de continuar sus estudios, y mientras John avanzaba con su carrera, él se perdía entre los candados.
Fue cuando su amigo John terminó la secundaria que Joaquín se rebeló ante su madre y tomó la firme determinación de retomar sus estudios, y fue también cuando decidió que parte de sus ingresos se destinarían a completar el secundario. Luego de varias discusiones Filuccia cedió, aunque de muy mala gana, y fue allí donde realmente comenzó a cambiar el futuro de Joaquín.
Debido al retraso que arrastraba por el trabajo, cuando John ya había comenzado la carrera de medicina, Joaquín recién iniciaba la secundaria. Por eso, los conocimientos que John incorporaba le eran transmitidos casi sin querer en sus frecuentes encuentros. Mientras John le contaba entusiasmado sus adelantos en medicina, Joaquín asimilaba dicha información y ampliaba aún más sus conocimientos. Ya para ese entonces, el padre de John le había conseguido a Joaquín un puesto en un almacén de productos de belleza a través de un colega que se dedicaba al rubro, lo que le daba cierta libertad para seguir con sus estudios. Su idea era seguir los pasos de John con la carrera de medicina, pero él pensaba especializarse en bioquímica. Aunque aún no lo sabía, su verdadera vocación sería la ingeniería genética.
Joaquín estaba cursando su carrera secundaria con muy buen nivel y, a la vez, se informaba continuamente de los distintos temas de medicina y avances en genética gracias a la literatura que le pasaba su entrañable amigo. No fue sino hasta que hablaron de las leyes de Mendel —un botánico austríaco que ya para el año 1856 había comenzado a realizar experiencias sobre hibridación de plantas y había sentado las bases de la herencia genética— cuando se dio cuenta de hacia dónde iría su futuro.
Cuando John se recibió de médico, sus padres le ofrecieron la oportunidad de realizar un máster en Nueva York, EE. UU., noticia que recibió con mucho agrado. Sin embargo, tenía que decírselo a su amigo del alma y no sabía cómo; fue en una charla de café donde se decidió finalmente a comentarle las buenas nuevas. John se sorprendió gratamente al ver la emoción sincera con que Joaquín había recibido la noticia ya que, si bien había un dejo de tristeza en sus palabras, ambos entendían que esta separación sería temporal debido a que existía un fuerte lazo de amistad entre ambos.
Luego de la partida de John, Joaquín prácticamente no realizaba ningún tipo de vida social, habiéndose convertido en un solitario.
Años después, su rutina no había cambiado casi nada. Se levantaba temprano para ir a la universidad, luego de cursar iba para el depósito y luego volvía a su casa en José Mármol, donde su madre, sobreprotectora como siempre, lo esperaba con la comida servida.
A pesar de su inteligencia y sus conocimientos, Joaquín fue perdiendo ese empuje inicial que temía cuando compartían gratos momentos con John. Juntos se potenciaban en una simbiosis total; estaban tan conectados que se producía una sinergia de la que brotaban ideas que escapaban a la lógica, pero ahora ya no era así y la realidad era otra.
A medida que pasaban los años, Joaquín ya iba vislumbrando su futuro en la genética, por lo que mantenía su mente activa leyendo el material bibliográfico que le enviaba John desde EE. UU. Su adicción al estudio y al trabajo le impedían muchas veces incluso contestar las cartas que le enviaba su amigo, aunque este siempre lo había mantenido informado de sus adelantos en medicina y le había seguido enviando material informativo. Sin embargo la distancia iba dejando sus huellas, la correspondencia se iba espaciando cada vez más y Joaquín se iba encerrando en sí mismo.
Unos años antes de terminar su carrera, su madre falleció de una enfermedad coronaria. A pesar de todo, pudo terminar la universidad con excelentes promedios y, gracias a eso y a la intervención del padre de John, consiguió un puesto para formar parte del plantel profesional en la empresa de un conocido de este, un tal Robert Cook.
Unos años después, John le escribió una carta contándole que se casaba y se iba a vivir al estado de Wyoming, en EE. UU., en un condado llamado Fremont County, de donde era originaria su família pero, a partir de allí, los contactos fueron más escasos aún.
Cada tanto, los padres de John iban a visitarlo y, de paso, volvían por unos días a su tierra natal, pero sus visitas eran cortas debido a que el hermano mayor de John se encontraba viviendo en Buenos Aires y no se encontraba bien de salud.
Años más tarde, John tuvo que viajar a Buenos Aires con su familia para asistir a un seminario y llamó a Joaquín para encontrarse a tomar un café; pero el encuentro sonó casi obligado y solo se dedicaron a recordar algunas travesuras y proyectos del pasado. John había aprovechado la oportunidad para contarle acerca de su presente, que se correspondía con una espléndida carrera laboral, además de una pequeña incursión en la política. También habían hablado de sus familias, y así como había venido se fue, y junto con él, parte del alma de Joaquín. Unos años después, el hermano de John falleció de cáncer, por lo que los padres de John decidieron volver a su tierra natal, donde más adelante corrieron la misma suerte. La genética también aportaba el lado oscuro del aprendizaje: la herencia.
Los padres de John habían sido el último vínculo entre ellos y, con su partida algo se había terminado de perder en el tiempo, lo que hizo que Joaquín se encerrara aún más en sí mismo. Un tiempo después, Joaquín lucía una barba que cubría su cara, como queriendo alejarse del resto de la humanidad.
Capítulo 3: El laboratorio
Eran los primeros días de otoño de 2008 y Joaquín De Souza volvía del laboratorio de la empresa donde trabajaba, que se encontraba a pasos de las avenidas Cabildo y La Pampa, en Belgrano C. Dicha firma era ahora la representante local de una multinacional, SunXface Solution Inc., donde él se desempeñaba como investigador.
Con el tiempo aprendió a disfrutar de esa blanca monotonía: un salón de cuarenta y cinco metros cuadrados (cinco de ancho por nueve de largo) con azulejos blancos en las paredes, cerámica blanca en los pisos y pintura blanca en el techo, todo iluminado por tubos fluorescentes… ¡blancos! Con el correr de los años, el laboratorio se había remodelado varias veces, pero siempre habían conservado el mismo color. En el mismo había dos hileras de tres boxes: tres a la izquierda y tres a la derecha, todos de dos por dos metros cada uno. En el fondo, en un área de quince metros cuadrados, se encontraba un microscopio electrónico y una computadora de última generación, adquiridos hacía pocos años y valuados en cientos de miles de dólares. El microscopio electrónico era capaz de identificar tejidos y clasificarlos e, inclusive, combinado con la computadora, realizaba análisis de ADN. A partir de un software ultrasofisticado entre ambas máquinas, podían, entre otras cosas, realizar cálculos estadísticos en la evolución de tejidos, extrapolar resultados a futuro y, además, simular y generar situaciones ficticias para ensayos especiales.
Ese era solo el laboratorio y, a pesar de que la empresa tenía cientos de empleados, ese lugar estaba reservado solo para él. Era el laboratorio de desarrollo y análisis, el lugar más solitario y custodiado de la empresa, en donde, además de él, solo podía ingresar su jefe.
Todas las empresas del grupo contaban con un sistema de control de accesos y vigilancia muy estrictos, y la información se reportaba a la casa matriz en Holanda en tiempo real. Tal era esto así que, cuando alguna puerta de algún sector importante —como el Data Center— quedaba abierta, al segundo se comunicaban desde Holanda para que se normalice la situación. También el ingreso a la única puerta del mismo era controlado por una cámara de video reforzada con un sensor infrarrojo pasivo, tan sensible que era capaz de detectar el movimiento de una masa de aire caliente por convección y que, al detectar la presencia de una persona, lanzaba una alerta en la sala de control.
El acceso al laboratorio era un tema aparte. Para ingresar, primero había que abrir dos cerraduras mecánicas de seguridad; luego se debía pasar la tarjeta magnética identificatoria por el lector previsto para tal fin, la cual, al ser reconocida y validada por el sistema, habilitaba a la vez al lector biométrico. Luego, este último solicitaba la lectura de la huella digital de los dedos pulgar, índice y medio de la mano derecha en forma secuencial, para contrastar la información con la cargada en el sistema, y entonces recién allí desbloqueaba el retén magnético que trababa la puerta. Para salir era mucho más sencillo, ya que solo había que pulsar un botón.
Por razones de seguridad, ya que se manejaba información clasificada, no se contaba con cámaras de video dentro del laboratorio, así que lo que allí pasaba solo le incumbía a Joaquín y, por supuesto, al director.
Joaquín disfrutaba mucho su trabajo; sin embargo, había dos cosas que lo desmotivaban: la soledad y el escaso reconocimiento de, según él, su excelente desempeño. Esa especie de malestar, sin embargo, hacía que valorara aún más el retorno a su hogar. Desde que ponía un pie fuera de la empresa, comenzaba a disfrutar el viaje de regreso. Primero tomaba el tren de Belgrano C hasta Retiro, luego el subte hasta Constitución y, desde allí, otro tren hasta José Mármol. Ese último tramo correspondía al ferrocarril Roca, que con el paso del tiempo había evolucionado tecnológicamente —pasando de máquina a vapor a máquina diésel-eléctrica, y de allí al tren eléctrico heredado de los japoneses—, pero que desde un principio había conservado sus valores originales: hacinamiento, desprolijidad e impuntualidad.
El viaje desde la zona sur hacia la capital siempre representó algún tipo de retraso, donde obviamente la más perjudicada era la clase trabajadora. Al momento de contratarlo en la compañía, y luego de varias llegadas tarde al trabajo, le habían «sugerido» mudarse al centro, cosa que finalmente tuvo que hacer muy a pesar suyo y con todo lo que le costaba abandonar su José Mármol querido, a su madre y las comodidades de ser atendido todo el tiempo. Luego de la «sugerencia», estuvo buscando departamento durante unos meses, pudiendo finalmente alquilar uno en un edificio de Caballito, un barrio de Capital Federal, desde donde accedía al trabajo tomando solo un colectivo. Por supuesto, la mudanza implicaba el cambio de domicilio correspondiente.
Al momento de fallecer su madre, Joaquín había tenido que retornar a su casa natal, aunque por temor a alguna reacción por parte de la compañía, en su momento no lo informó. En su lugar, y como había quedado en muy buenos términos con el encargado del edificio, había acordado con este que le guardaría toda la correspondencia que recibiera a su nombre y, a cambio, él le llevaba de vez en cuando alguna botella de vino comprada en alguna de las buenas vinerías de la calle Defensa, en el barrio de San Telmo.
El viaje en tren desde José Mármol hasta Constitución era mortal, pero él no lo cambiaba por nada del mundo. Antes de la llegada del tren eléctrico, la mayoría de las veces viajaba muy apretado cerca de las entradas al vagón, ya que este ya partía repleto desde Florencio Varela, unas cuantas estaciones antes. Aunque, cuando la suerte no lo ayudaba, tenía que conformarse con los escalones de acceso apenas sujetado de alguien; y cuando la mano venía más dura aún, no le quedaba otro remedio que subirse a la máquina diésel-eléctrica y disfrutar de las inclemencias del clima. Allí arriba todo estaba relativamente bien… salvo cuando llovía. La llegada del tren eléctrico había cambiado algunas cosas, pero el hacinamiento siguió siendo el mismo.
El viaje de ida al trabajo lo agotaba muchísimo. Realmente llegaba tan cansado que parecía que hubiese trabajado todo el día; sin embargo, el retorno a su casa lo disfrutaba desde que salía del laboratorio, ya que, al momento de descender del tren en José Mármol, el aire ya era otro. El ambiente de su pueblo no había cambiado con los años. Dado que con el paso del tiempo Mármol se había poblado bastante, la intendencia había rellenado el arroyito que corría por los fondos de su casa, y la lagunita donde este desembocaba había sido tapada para lotear el terreno y ampliar el pueblo. Aunque siempre se conservaron sus casas bajas, su vegetación abundante, los jardines amplios, el perfume de los tilos y paraísos en primavera, y la humedad de la tierra en invierno. Joaquín jamás se iría de allí.
Sin embargo, este viaje de retorno al hogar era distinto. Todavía le resonaban en la cabeza los gritos del director de la empresa, Alex Cook, presionándolo para finalizar unos estudios que le había encomendado hacía ya quince días.
Alex era el típico hijo de una familia acomodada en donde su padre, Robert, había forjado con mucho sacrificio —y luego de muchos años de trabajo y esfuerzo— una pequeña industria dedicada a la cosmética, en donde desarrollaban y fabricaban artículos de belleza para la mujer. Tal había sido su éxito que, hacía unos diez años, una empresa multinacional con su casa matriz en Holanda, llamada SunXface Solution Inc., le había ofrecido comprar el 99% de sus acciones. Ya con muchos años encima y dada la poca confianza que le tenía a su sucesor, su hijo Alex, decidió aceptar el trato, no sin antes imponer dos cláusulas: en la primera, la multinacional se debería comprometer a respetar la exclusividad en favor del laboratorio de la crema bronceadora que hiciera famosa a su pequeña empresa; y en la segunda cláusula, se contemplaría la continuidad de los actuales puestos de trabajo y la dirección general a cargo de su hijo Alex, quien reemplazaría a su padre de inmediato.
A pesar de ser un contador sin experiencia laboral, incluyendo la cosmética, y dada su incapacidad para realizar cualquier otra tarea, Alex había podido imaginar sus posibilidades futuras y no puso objeciones al respecto.
A pesar de que Alex no era desagradable en una primera impresión, con el paso del tiempo Joaquín lo había ido conociendo y comenzó a advertir su condescendencia ante cierta gente, su prepotencia ante los más débiles y lo miserable que era cuando de dinero se trataba. Nunca había podido olvidar aquella cena de fin de año con todo el personal de primera línea de la empresa en un restaurante de Costanera Norte, en donde además se encontraban un par de ejecutivos recién llegados de Holanda. Cuando todos se disponían a retirarse y al momento de dejar una propina, Alex se paró en la cabecera de la mesa y, haciendo alarde con un gesto muy argentino de «dejen, yo me hago cargo», exhibió ante todos un fajo de billetes que le dio inmediatamente a los mozos. Dos días después, Claudia, su secretaria, pasaba a cobrar la parte de la propina que le tocaba a cada miembro de su dirección —o sea, a sus empleados—, y esa acción resumía lo que Joaquín opinaba de su jefe.
A la mañana siguiente, Alex volvió a llamar a Joaquín al interno del laboratorio. Hacía unos días le había encomendado un estudio de mucha urgencia: la influencia sobre la piel de la crema base del protector solar que fabricaba la empresa y la posible mutación de las células normales en células cancerosas debido a su uso prolongado. Dicha crema era precisamente el componente principal del bronceador que había hecho crecer tan rápidamente el negocio de su padre, y Alex, como siempre, quería los resultados «para ayer». Hacía poco tiempo habían recibido la denuncia de un particular por un caso de carcinoma no melanoma —el tipo más común de cáncer de piel— y tenían que estar preparados para defenderse. Hacía ya muchos años que su padre había elaborado la fórmula de la crema base, que constaba de un filtro solar básico y un tonificador a base de extractos vegetales pero que —y este era el secreto mejor guardado— en cierta fase del proceso bombardeaban con partículas provenientes de un cristal de cesio a una muy pequeña escala. Esto modificaba su constitución molecular, lo que le otorgaba al protector la propiedad de cambiar la pigmentación de la piel, y generar ese «bronceado rápido» tan característico que promocionaba la empresa y, además, filtrar los rayos ultravioleta.
Este último proceso, y del que Joaquín había participado pues había formado parte del equipo que desarrolló la máquina de rayos, fue mantenido en secreto por Robert Cook desde el comienzo de su implementación, ya que el mismo no estaba avalado por los organismos reguladores correspondientes. Dado que parte del trato al momento de integrarse a la multinacional fue la exclusividad en la fabricación del bronceador a favor de la empresa local, la multinacional nunca tuvo acceso al proceso. Sin embargo, era obvio su interés por obtener la fórmula total de fabricación, algo que nunca logró a pesar de recurrir al espionaje industrial, el cual fue detectado a tiempo.
A pesar de su ineptitud para otras cosas, Alex nunca cedió ante las presiones de la multinacional, ya que sabía que estaba sentado sobre una mina de oro que le aseguraba la exportación del producto a gran escala e ingresos para el resto de su vida.
A partir de los casos de no melanoma, Alex había comenzado a sospechar que en el producto final quedaban radicales libres que podían llegar a alterar la estructura del ADN de las células de la piel, por lo que le encargó la investigación a Joaquín. Obviamente, al momento del desarrollo, no se esperaban efectos colaterales, pero se habían introducido en un campo al que nadie antes había accedido y, por lo tanto, con lo que no contaban era con estadísticas; aunque después de la denuncia, la historia fue otra.
Capítulo 4: Los análisis
Cook no estaba muy preocupado ya que la crema base se preparaba en laboratorios de la empresa, y el bombardeo se realizaba bajo estricto secreto en un segundo laboratorio del que solo él y su padre tenían conocimiento, además de Joaquín, que era quien recibía las muestras para estudio y que además había formado parte del desarrollo de los equipos. En un principio, este último laboratorio se mantuvo en secreto ante la multinacional solo por un tema comercial, pero debido a las denuncias sobre efectos colaterales —y que el bombardeo con partículas para un producto de uso masivo como lo era el protector no era un procedimiento aprobado por los organismos oficiales—, mantenerlo en el anonimato se había vuelto crítico.
El sonido agudo del teléfono interno interrumpió el silencio del laboratorio.
—Sí… —respondió Joaquín, descolgando el tubo.
—¡Joaquín! —bramó la voz de Alex del otro lado de la línea—. ¿Me imagino que a esta altura ya tendrás los resultados del estudio que te encargué?
—Alex, ya te expliqué que no podemos anticipar un resultado con tan pocas muestras —replicó el científico con paciencia ensayada—. Por un solo caso de cáncer de piel, que representa un porcentaje casi inexistente, le iniciaron una causa a la empresa. Para poder demostrar lo contrario, nosotros tenemos que analizar al menos un número significativo de muestras antes de concluir un resultado.
—No me interesa si la crema es o no la causante de cualquier cosa —lo interrumpió Alex, levantando la voz—. Lo único que necesito es presentar un estudio que nos dé la razón y nos libere del problena. ¿Está claro?
—Sí, Alex —asintió Joaquín de mala gana, antes de cortar.
La capacidad de asombro de Joaquín ya lo superaba; creía que ya lo conocía lo suficiente, pero Alex era una caja de sorpresas. A Joaquín, que conoció muy bien al padre de Alex, lo sorprendían las grandes diferencias que distinguían a ambos. El padre había construido con mucho esfuerzo la compañía y los valores éticos, salvando las distancias con el manejo indebido de la radiación con cecio, iban al frente de cualquier decisión que se tomara; es más, estaba seguro de que, ante la primera sospecha de un caso de no melanoma, hubiera suspendido de inmediato la fabricación del producto. Pero Alex, que lo había heredado todo sin esfuerzo, era un trepador sin valores personales cuya única ambición era el dinero, e iba a seguir adelante sin importar la pérdida de algunas vidas; después de todo, para él solo eran un daño colateral.
El análisis de los efectos colaterales se realizaba aplicando el producto base —recién bombardeado con cesio radiactivo— sobre ratones recién nacidos, ya que al estar desprovistos de pelo absorbían la crema protectora con mayor rapidez. Dado que antes de salir al mercado la crema permanecía almacenada aproximadamente un mes para que el exceso de radicales libres disminuyera a un valor aceptable, se infería que, si los resultados de los estudios realizados por Joaquín sobre la crema recién irradiada eran negativos, sería improbable cualquier resultado adverso sobre el producto ya terminado.
La tarea que realizaba Joaquín era monótona. Primero tomaba un pote de crema recién irradiada con cesio radiactivo, proveniente del laboratorio de rayos, y colocaba parte de ella sobre la piel de dos ratones similares. Luego, uno de ellos era colocado en una cámara oscura mientras que el otro, junto con un tercer ratón al que no se le había aplicado la crema, era expuesto al ataque de rayos ultravioleta e infrarrojos, simulando una exposición solar en el trópico de Cáncer con el sol en el cenit. Luego de media hora de irradiación, se tomaban muestras de la piel de los ratoncitos, se analizaban y se comenzaba con un nuevo muestreo. Las muestras de piel se colocaban en el microscopio electrónico para realizar un análisis molecular; posteriormente, el equipo suministraba los datos obtenidos a una computadora, una de las más potentes del mercado. Esta última corría un software especialmente diseñado para el laboratorio, cuyos algoritmos ponían especial énfasis en la división celular y sus posibles alteraciones. A partir de allí y con los datos recabados, podía inferirse estadísticamente si las supuestas mutaciones provenían de la radiación ultravioleta, de la crema base, o la combinación de ambas, por lo que un resultado negativo resolvería de inmediato el conflicto legal. Por supuesto, Alex tenía claro que, si los resultados no eran «convenientes», tendría que recurrir al plan «B» que él mismo había bautizado «PCT»: Políticos Corruptos de Turno.
El estudio de las posibles mutaciones celulares se iniciaba cargando en el procesador del microscopio electrónico las constantes de una muestra de tejido normal, es decir, de la piel de un ratoncito recién nacido que no había sido expuesto ni a los rayos ni a la crema. Una vez colocada la muestra del tejido tratado en el microscopio, el procesador comparaba los resultados y emitía un informe hacia la computadora, la que a la vez hacía correr el programa para evaluar las diferencias. El programa permitía además, a partir de algunas constantes ya conocidas entre el comportamiento de las células de los ratones y las de un ser humano, extrapolar los resultados obtenidos con los primeros a este último y, además, estimar un resultado para lapsos de exposición mayores aún.
Los resultados de dicho software habían sido siempre sorprendentemente exactos y la compañía confiaba plenamente en él. Además de haber pagado varios millones de dólares por su desarrollo, el programa contaba con el respaldo de haber sido diseñado por un equipo de tres científicos moleculares de Silicon Valley, dos médicos argentinos, dos médicos cubanos y los dos analistas de sistemas de mayor reputación en los EE. UU.
Capítulo 5: El accidente
El reloj marcaba las seis de la mañana de un martes. Joaquín había madrugado con una gran congestión en las vías respiratorias y un fuerte dolor de cabeza. Como buen profesional, no necesitaba consultar a nadie para saber que tenía una molesta gripe; y lo que tenía más claro aún era que debería soportarla por el resto del día. Solo él se encontraba habilitado para realizar los estudios exigidos por Cook, así que se preparó un té con limón, comió unas galletitas con manteca y dulce de leche, y partió hacia el laboratorio.
El día se le hizo terriblemente largo. Solo el viaje hasta la empresa lo agotó al punto de creer que no lo iba a soportar, pero sabía que no podía aflojar: el proceso legal no se iba a detener esperando a que él se curara. Las horas fueron pasando lentamente y, debido a su estado gripal y a su falta de reflejos, sus tareas se prolongaron demasiado. De repente, Joaquín cayó en la cuenta de que eran más de las once de la noche. Ya no soportaba más el malestar y quería volver a su casita de José Mármol; los ojos le pesaban mucho y, aunque se le terminaban los plazos, sentía que no podía continuar ya que no lograba comprender nada de lo que hacía.
A punto de desfallecer y mientras se encontraba realizando la última prueba, irresponsablemente se quitó el barbijo protector mientras preparaba la última camada de ratoncitos. En el preciso momento en que le quitaba la protección al último frasco de muestra de crema, le sobrevino un terrible e inesperado estornudo que no pudo contener, salpicando todo a su alrededor. Como era la última prueba del día y las muestras se las suministraban en forma periódica, no le quedó más remedio que analizar el pote con la crema en cuestión y verificar su pureza. Colocó una muestra en el microscopio, lo activó en forma manual y… efectivamente, allí estaba el virus. ¡Suerte podrida! Justo en la última prueba del día.
Gracias a su experiencia reconoció inmediatamente la cepa, ya que en otras oportunidades se había encontrado con ella: era la cepa H3N2 del virus Influenza A, más conocido como gripe. Sin embargo, ahora se le presentaba un dilema: ¿cómo le explicaría el accidente a una persona como Alex? Sabía que eso le costaría al menos una sanción verbal por su descuido y realmente no tenía ganas de soportar una escena de su jefe, así que decidió «dibujar» el resultado. Por lo tanto, realizó el último ensayo utilizando muestras de piel de la camada de roedores del experimento anterior, logrando que el resultado quedara registrado en el software para así poder retirarse a su domicilio. Dado que era muy profesional y a la vez muy curioso, decidió de todos modos guardar el pote contaminado en la heladera para echarle un vistazo al día siguiente y estudiar el efecto de la contaminación en la crema.
Como era su costumbre antes de retirarse, Joaquín realizó las anotaciones correspondientes en su cuaderno personal, bajó los resultados de la computadora del laboratorio a un CD y, desde allí, a su laptop, donde a través de un software hacía un seguimiento de los ensayos y calculaba las estadísticas para el informe diario. Joaquín nunca conectó su laptop a una red ni lo haría jamás, ya que estaba convencido de que cualquier información que pasara por un equipo conectado a internet no estaba segura.
Del mismo modo, y como el tema se manejaba con extrema confidencialidad, antes de retirarse hacía una impresión del informe y lo dejaba en un sobre cerrado en la oficina de Alex. A veces se sentía un hombre de las cavernas, pero coincidía en que el papel seguía siendo el medio más confiable para transmitir la información.
Ya muy cansado, miró la hora en su reloj de cuerda con pulsera de cuero marrón —recuerdo de su padre—, que marcaba las once menos diez de la noche, así que terminó de ordenar el laboratorio, se deshizo de los frascos de crema que había usado, tomó su saco gris y se dispuso a partir.
Sabía que salir tarde del laboratorio le insumiría mucho más tiempo del normal hasta llegar a su casa, que ya era bastante. Este último requerimiento de Alex le había costado mucho tiempo extra y ni qué hablar de los gastos, pero, como estaba muy claro en su contrato, la empresa no se hacía cargo de sus viáticos ni de sus horas extras ya que estaba fuera de convenio.
Todavía podía alcanzar el tren que venía de Tigre, pero sabía que de todos modos a esa hora ya no había subtes: a las diez y media de la noche había partido el último desde Retiro hacia Constitución. Como si esto fuera poco, el último tren hacia la zona sur partía a las cero horas y veinte minutos, así que tampoco lo alcanzaría. Por lo tanto, debería tomar el colectivo 93 hasta Plaza Constitución y de allí la línea 79 hasta Adrogué, que tardaba una hora y media en llegar. ¡Perra suerte! Este no era un día para salir tarde; realmente se sentía muy mal y hubiera querido estar durmiendo, pero allí estaba: cansado, enojado… resignado. Joaquín disfrutaba mucho de las caminatas, pero ese día fue la excepción. No disfrutó del viaje ni de las quince cuadras que separaban la parada del colectivo 79 de su casa, a donde llegó cerca de las dos de la madrugada para caer prácticamente desmayado en su cama.
El miércoles se despertó extrañamente bien: no sentía dolor de cabeza ni cansancio. Si bien había dormido solo cinco horas, su mente se encontraba tan lúcida como si recién hubiera vuelto de vacaciones, así que tomó su desayuno y partió hacia el laboratorio. Por suerte no tuvo inconvenientes en el viaje, no hubo ni retrasos ni cancelaciones y milagrosamente llegó a horario a la empresa. Saludó cortésmente al guardia de seguridad, como de costumbre, y se encaminó hacia el laboratorio.
Tenía claro que el día iba a ser muy pesado ya que debería continuar con los ensayos. Como todos los días desde que comenzara con los mismos, el camión refrigerado que transportaba las muestras de crema base recién irradiada desde el laboratorio de rayos se encontraba esperando en el estacionamiento de proveedores. La carga venía en un gabinete especial con un candado del cual solo Joaquín tenía la llave y, como la única persona con acceso al laboratorio era él, el chofer tenía que esperar a que llegara para entregarle el contenedor con las muestras en la mano.
Desde que había partido desde su domicilio, Joaquín venía armando mentalmente su rutina de trabajo; tanto que se comportaba como un autómata. En esos últimos días las tareas eran tan repetitivas que su cabeza funcionaba como si tuviera un piloto automático.
Antes de ingresar al laboratorio, Joaquín pasó por el estacionamiento y saludó a Darío, el chofer del camión de la compañía, quien le abrió las puertas del depósito del mismo y le alcanzó la caja térmica de metal recubierta de poliuretano expandido, de unos veinte centímetros de lado por diez de altura. Tan automáticos fueron sus movimientos que entró al laboratorio e inmediatamente trasladó, de forma desordenada, los frascos de crema recién tratada al refrigerador; en el preciso instante en que cerraba la puerta, su mente le disparó una alerta: ¡acababa de mezclar el frasco contaminado con los recién recibidos! Y no tenía la menor idea de cómo identificarlo, ya que nunca había pensado en la posibilidad de etiquetarlos. De momento nada podía hacer, sino esperar a que una de las pruebas diera un resultado muy distinto al estadístico para así poder identificar el frasco contaminado. La norma de procedimientos era clara para evitar posibles contaminaciones: una vez abierto el frasco, la crema debía ser usada inmediatamente en el ensayo y luego ser desechada, así que no existía la posibilidad de revisarlas de antemano. ¡Qué ironía!
El día transcurrió con relativa normalidad. La tarea era monótonamente aburrida y, durante el tiempo de exposición de los pequeños roedores a las radiaciones, Joaquín se interiorizaba de los avances de la genética a través de internet. «Qué gran logro», se decía a sí mismo: una red global que brindaba la posibilidad de contactarse en tiempo real con especialistas de todas partes del mundo, hacer consultas, descargar información y tantas otras cosas. ¡Cómo había cambiado todo! Pensar que en los primeros tiempos, luego de que John se fuera a los EE. UU. a realizar su máster, él tenía que esperar días, cuando no meses, para que llegara algún envío con material informativo.
Capítulo 6: La sorpresa
Al llegar el mediodía, decidió tomar su almuerzo en el comedor de la empresa. Hacía días que no almorzaba con el solo fin de no discontinuar los ensayos, pero hoy se había despertado distinto: excitado, alerta, como esperando que algo diferente sucediera. Solía ser muy sensible a ese tipo de experiencias, ya que tenía un sexto sentido muy desarrollado al que había aprendido a escuchar. Joaquín siempre había sido muy reservado, pero eso no le impedía ser sociable, así que de vez en cuando se detenía a charlar con alguna persona mientras compartía el almuerzo.
El comedor quedaba en un primer piso y era muy amplio. Para llegar a él, Joaquín tenía que salir del cuerpo principal del sector de oficinas —que se encontraba pegado al laboratorio— y cruzar un patio externo. La única molestia se presentaba, obviamente, cuando llovía; pero eso no le preocupaba a nadie, era parte de la rutina.
Dado que no podía detener un proceso en curso, llegó al comedor relativamente tarde, por lo que no había muchos empleados. Pasó por el bufé a seleccionar su comida y se disponía a acomodarse en una de las mesas cuando la vio a ella: «Páola».