Chapter 1 Solo fue un accidente.
Lo primero que recuerdo es la luz.
No la del hospital...
La del sol.
Entraba lentamente por la enorme ventana de cristal, dibujando una franja dorada sobre el suelo y trepando poco a poco por la pared hasta llegar a las cortinas.
Durante unos segundos no entendí dónde estaba y tampoco intenté hacerlo.
Solo me quedé quieta, mirando aquella luz como si fuera algo que llevaba muchísimo tiempo sin ver. Había algo extraño en ella: era cálida, tranquila, demasiado normal.
Parpadeé.
El techo era blanco, pero no tenía ese blanco frío que yo asociaba con los hospitales. Las paredes eran de un tono crema muy suave. Había un sillón junto a la ventana, una pequeña mesa de madera y una televisión apagada. Sobre otra mesa había una jarra de agua, un vaso y un pequeño arreglo de flores.
Todo parecía diseñado para que una persona pudiera olvidar dónde estaba.
Entonces sentí el peso de mi cuerpo: la garganta seca, un ligero dolor en el estómago, la cabeza pesada y aquella sensación desagradable de no saber exactamente qué pasaba conmigo.
Entonces intenté moverme y me di cuenta de todos los cables que estaban conectados a mi cuerpo.
—Buenos días.
La voz hizo que girara ligeramente la cabeza.
Una enfermera de aspecto agradable estaba junto a la puerta y sonreía.
—Buenos días —respondí.
Mi propia voz me pareció extraña.
La mujer se acercó a la cama y comprobó algo en una pequeña pantalla que tenía junto a la mesita.
—¿Cómo se siente? —preguntó al tiempo que me miraba a los ojos con cierta ternura o, tal vez, lástima.
Pensé en la pregunta. No sabía qué responder.
—Cansada.
—Es normal —comentó, al tiempo que arreglaba un poco mi ropa con mucha suavidad.
Ella comprobó nuevamente los valores del monitor y después acomodó ligeramente la almohada detrás de mi cabeza.
—Ha dormido varias horas.
Miré alrededor.
—¿Estoy en una habitación privada, cierto?
—Sí.
No pregunté quién la había pagado... No necesitaba hacerlo.
Miré las flores.
—¿Las envió mi esposo?
La enfermera siguió mi mirada.
—Pues sí. Hermosas, ¿cierto?
Me quedé observándolas.
—Sí, son "perfectas".
La enfermera sonrió de nuevo.
Había algo que no me gustaba de aquellas flores. Quizás que fueran tan perfectas, como todo en mi vida...
Cerré los ojos.
Y durante unos segundos ocurrió algo extraño.
Volví a tener ocho años.
No estaba en aquel hospital. No estaba casada. No tenía una casa enorme. No tenía un apellido que aparecía en revistas. No tenía millones de personas observando cada cosa que hacía.
Solo tenía ocho años y estaba en mi habitación.
Podía sentir las sábanas. Podía escuchar los pasos de mi nana al otro lado de la puerta.
—Alexandra, cariño. Es hora de levantarse.
Abrí los ojos.
La luz de la mañana entraba por las cortinas. Mi nana apartaba suavemente una de ellas.
—Buenos días, princesa.
Yo siempre protestaba. Siempre quería cinco minutos más. Ella se reía.
Y durante aquellos pocos segundos, antes de que el recuerdo desapareciera, sentí algo que no había sentido en muchísimo tiempo: seguridad.
Algo muy sencillo: la sensación de que no podían hacerme daño.
Abrí los ojos.
La habitación del hospital volvió a aparecer.
La enfermera seguía allí.
—¿Está bien?
Me quedé mirando la ventana.
—Acabo de sentirme como cuando era niña. Mi nana me despertaba por las mañanas.
Sonreí apenas.
—Ya no recordaba esa sensación.
La enfermera no preguntó cuál. Quizás no hacía falta.
Se limitó a decir:
—Intente descansar.
Cuando salió de la habitación, volví a mirar las flores.
Me parecieron una advertencia.
---
El psiquiatra llegó aproximadamente una hora después.
Era un hombre mayor, quizá de unos sesenta años. Tenía el cabello completamente gris y unas gafas de montura fina que se acomodó sobre el puente de la nariz antes de sentarse.
Parecía más bien un hombre circunspecto, como esos médicos de mucha experiencia que ni siquiera intentan ser agradables con los pacientes.
Dejó una carpeta sobre sus piernas.
—Señora Alexandra...
Pronunció mi nombre con una pausa extraña.
Como si estuviera comprobando que yo era realmente yo.
—¿Sabe dónde está?
—Sí.
—¿Puede decirme dónde?
—En alguna sala de descanso privada de algún hospital importante. Es el único tipo de lugar por el cual mi esposo pagaría.
—¿Sabe qué día es?
—No estoy segura.
—¿Sabe por qué está aquí?
Miré mis manos.
—Tuve un accidente.
El hombre no escribió nada.
—¿Un accidente?
—Sí.
—¿Puede explicarme qué ocurrió?
—No recuerdo muy bien.
Me observó durante varios segundos.
—¿No recuerda?
—No.
Abrió la carpeta y miró dentro de ella.
—Alexandra, ha sufrido una intoxicación grave.
No respondí.
—Los médicos consideran que la ingesta fue intencionada.
Levanté los ojos.
—Se equivocan —respondí con firmeza.
—¿Está diciendo que no intentó quitarse la vida?
—No, no intenté quitarme la vida.
—¿Entonces qué ocurrió?
—Fue un accidente.
El médico permaneció en silencio. No parecía creerme. Tampoco parecía sorprendido.
—¿Tiene pensamientos de hacerse daño en este momento?
—No.
—¿Los ha tenido anteriormente?
—No.
—¿Se siente deprimida?
—No.
—¿Tiene miedo?
Pensé unos segundos.
—No.
Era mentira. Pero las mentiras, cuando llevas suficiente tiempo practicándolas y diciéndotelas a ti misma, pueden salir con una facilidad sorprendente.
El médico cerró la carpeta.
—¿Sabe por qué su esposo está aquí?
Mi cuerpo se tensó.
—¿Está aquí?
—No en esta habitación.
Eso me tranquilizó. Solo un poco.
—Pero está esperando noticias.
Miré las flores.
—Ya las envió.
El médico siguió mi mirada.
—Sí.
Volvió a mirarme.
—¿Tiene usted una buena relación con su esposo?
Tardé demasiado en responder.
—Sí.
—¿Es feliz con él?
—Sí.
Otra mentira, pero esta vez dolió.
El médico hizo una anotación.
—¿Hay algo que quiera contarme?
Negué con la cabeza.
—No.
—Alexandra, puede hablar conmigo.
—No tengo nada que decir.
—Entonces tendremos que continuar hablando hasta averiguarlo.
Por primera vez levantó ligeramente las cejas y me miró a los ojos.
—No tiene que proteger a nadie aquí.
Sentí un nudo en la garganta. No respondí.
La puerta se abrió.
Una joven apareció en el umbral. Llevaba una bata blanca y tenía varias carpetas contra el pecho.
—Doctor...
Se detuvo.
—Perdón. Me dijeron que estaba aquí.
El psiquiatra levantó la mirada.
—¿Qué necesita, doctora?
Ella entró unos pasos.
—La residente de medicina interna pidió que le entregara esto.
Entonces la vi.
Y algo dentro de mí se rompió.
No fue una sensación gradual. No tuve tiempo de entender quién era. No tuve tiempo de preparar una respuesta. No tuve tiempo siquiera de respirar correctamente.
La reconocí: Anika.
Empecé a llorar.
Simplemente rompí en llanto. No un llanto silencioso, no unas simples lágrimas. Lloré como si hubiera estado conteniendo el llanto durante años y alguien acabara de abrir una puerta.
El psiquiatra se levantó inmediatamente.
—Alexandra.
No podía contestarle.
Anika se quedó inmóvil. Me miraba. Yo también la miraba con los ojos nublados en lágrimas.
Y entonces comprendí algo que no había comprendido hasta ese momento.
No podía contarle al médico lo que había pasado.
No podía contárselo a la enfermera.
No podía contárselo a mi familia.
Pero cuando vi a Anika, una parte de mí supo que, después de tantos años, por fin había encontrado a alguien que podía entenderlo.
Ella también había estado allí.
En la universidad.
Había llevado los mismos uniformes.
Había asistido a las mismas clases.
Había aprendido las mismas reglas.
Había escuchado las mismas promesas.
Pero, de alguna manera, había conseguido salir de allí siendo ella misma.
Yo no.
Y mientras seguía llorando, pensé que quizás esa era la razón por la que seguía viva.
No porque quisiera vivir.
Quizás solamente porque, después de tantos años, alguien había llegado para escuchar mi historia.