Capítulo 1: Los susurros de la oscuridad
La ciudad de Londres se desplomaba bajo una cortina de lluvia torrencial, ocultando sus secretos más oscuros entre las sombras de sus calles empapadas. Los callejones se retorcían como serpientes, donde cada rincón podía esconder un mal impensable. En el corazón de este caos, se encontraba Damian Blackwood, un detective con un pie en el inframundo y el otro en el mundo de los mortales.
Damian no era un detective cualquiera. Su despacho, un antro lúgubre lleno de reliquias de tiempos olvidados y textos arcanos, emanaba un aire pesado, cargado de siglos de conocimiento prohibido. Un cigarro encendido colgaba de sus labios mientras observaba el aguacero desde su ventana, sus ojos brillando con una mezcla de cansancio y resolución.
Un golpe resonó en la puerta, sacándolo de sus pensamientos. Era la clase de golpe que había aprendido a no ignorar.
"Adelante," gruñó, sin molestarse en levantarse.
La puerta se abrió lentamente, revelando una figura empapada y desesperada. Una mujer joven, con ojos amplios y asustados, titubeó en el umbral. Damian observó cada detalle, desde la cruz de plata colgando de su cuello hasta las marcas de uñas en sus brazos.
"¿Eres tú... Damian Blackwood?" preguntó ella, su voz temblando con el peso de la esperanza y el miedo.
"El mismo," respondió él, exhalando una bocanada de humo. "¿Qué es lo que necesitas, señorita...?"
"Theresa. Theresa Coulter," dijo, dando un paso al frente. "Es mi hermana. Algo la ha poseído. Los médicos no saben qué hacer, y los sacerdotes... ellos no pueden ayudar. Alguien me dijo que tú... que tú podrías..."
Damian la miró con una mezcla de interés y resignación. Estos casos nunca eran fáciles. Los demonios no soltaban sus presas sin luchar. Pero algo en los ojos de Theresa le dijo que no tenía elección. Este era su trabajo, su maldito destino.
"Está bien, Theresa," dijo, apagando el cigarro en un cenicero desbordado. "Cuéntame todo desde el principio."
Theresa tomó asiento, su cuerpo temblando ligeramente. "Todo empezó hace unas semanas. Mi hermana, Sarah, comenzó a actuar de manera extraña. Al principio, eran solo pequeñas cosas. Decía que oía voces. Veía cosas que no estaban allí. Pero luego... empezó a cambiar. Sus ojos... no eran sus ojos. Era como si algo la estuviera mirando desde dentro."
Damian asintió, su mente procesando cada palabra. "¿Algo más? ¿Alguna señal física? Marcas, heridas, símbolos?"
Theresa tragó saliva, asintiendo. "Sí, tiene marcas en la espalda. Como si algo la hubiera arañado desde dentro."
"Bien," dijo Damian, levantándose y cogiendo su gabardina. "Voy a necesitar ver esas marcas. Y necesito saber exactamente dónde y cuándo empezó esto."
Theresa se puso de pie, sus ojos llenos de esperanza renovada. "Gracias. Gracias, señor Blackwood."
Damian esbozó una sonrisa sardónica. "No me des las gracias todavía. Los demonios no son fáciles de desalojar, y suelen llevarse algo contigo cuando se van."
El trayecto hacia la casa de Theresa fue corto pero cargado de tensión. La lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas del coche de Damian, un vehículo antiguo que parecía haber sobrevivido a más guerras que su dueño. Las calles de Londres eran un laberinto de recuerdos y misterios, y Damian conocía cada uno de sus recovecos.
Llegaron a una casa antigua, de esas que parecían susurrar historias de siglos pasados. Theresa abrió la puerta con manos temblorosas, y la oscuridad del interior pareció absorber toda la luz exterior.
"Está arriba," dijo, guiando a Damian por una escalera crujiente. "En su habitación."
La puerta del cuarto de Sarah estaba entreabierta, y desde dentro emanaba un aire frío y denso. Damian sintió la presencia antes de verlo: una energía oscura, retorcida, que parecía burlarse de él.
Sarah estaba en la cama, atada con correas de cuero a los postes. Su piel estaba pálida, y sus ojos, negros como el abismo, lo miraron con una malevolencia inhumana. Al ver a Damian, una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.
"Al fin," dijo una voz que no era la de Sarah, resonando en la habitación como un eco siniestro. "El famoso Damian Blackwood. ¿Listo para fracasar de nuevo?"
Damian se acercó lentamente, sacando de su abrigo una pequeña botella de agua bendita y un rosario antiguo. "Siempre estoy listo," murmuró, sus ojos llenos de determinación.
El primer exorcismo de la noche estaba por comenzar, y en el mundo de Damian Blackwood, las cosas siempre empeoraban antes de mejorar.







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