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Historia sin título

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Sinopsis

Habia una vez una chica con bata blanca y vestido rojo... Maggie lleva demasiado tiempo negandose a cerrar puertas que no la llevan a ningún sitio. Cuando rompe con Harry por octava vez, se queda sin novio... Y sin trabajo. Maravillas de liarte con tu jefe. Cuando le llega una oferta en el departamento de psiquiatría del reputado hospital Royal Free, Maggie ve una oportunidad dorada para empezar de cero. Lo que no espera es encontrarse con un psiquiatra tan brillante, como exasperante. Fred es un caso de arrogancia crónica y está seguro de conocer las respuestas a... Bueno todo. Él lo llama seguridad en uno mismo. Maggie prefiere el término soberbia. Mientras ambos se toman la medida entre discusiones, treguas y cafés de dudosa procedencia, entenderán que las personas adecuadas, a veces, también llegan en el momento oportuno. Porque ya se sabe lo que dicen: cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana.

Genero:
Romance
Autor/a:
Amara
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1. Terapias de café

—¿Qué hora es?

Yo contuve la sonrisa por respeto, principalmente.

—¿La conoces desde los doce y aún no sabes que siempre llega tarde?

Jenna repiqueteó sobre la mesa con sus uñas rosas. Estaban largas y perfectamente esmaltadas, pero había pedido cita para hacérselas de nuevo a finales de semana.

Al parecer, había pedido rosa empolvado y esas eran muy chicle.

—Sé que siempre llega tarde —insistió con un suspiro—. Pero hemos quedado a las nueve y son… —me retiró la manga, ya sin paciencia, y jadeó al ver el reloj—. ¡Y veinticinco! A este paso nos va a dar tiempo de cambiar de sitio.

Yo me acabé la tostada, procurando no retirar los ojos de ella. Cuando se le ponían tan redondos, era mejor mantener contacto visual.

Como invocada por las quejas, Kate cruzó la puerta de la cafetería en el tenso instante en que a Jenna le empezó a temblar el ojo izquierdo.

La amiga pródiga se acercó a la mesa con pasos cortos y veloces. Era su patentada forma de moverse cuando sabía que iba tarde. Y no me refiero a que lo hacía cuando llegaba tarde. Lo hacía porque llegaba tarde.

Se dejó caer en la silla con dramatismo, como si el suficiente aplomo pudiera hacer caer en el olvido los veinticinco minutos de retraso.

Observé maravillada su expresión de perro apaleado por la vida. Estaba casi segura de que la practicaba frente al espejo.

—Buenos días —exclamé, peinándole un mechón negro que las prisas habían revuelto en su coronilla.

—¡Buenos días! —me saludó con una sonrisa inmensa.

Oh, el alivio de tener a alguien que no te mirara con cara de perro. Y hablando de perros… Kate miró a la otra ocupante de la mesa. Debió verlo complicado, a juzgar por el mohín que se le escapó, pero aun así lo intentó.

—¡Amiga!

Jenna levantó una mano.

—Ni te molestes —Kate se desinfló con prudencia—. ¿Se puede saber dónde estabas?

Kate sacudió una mano y puso cara de estar harta del mundo mientras se quitaba la chaqueta.

—Ahora mismo te lo cuento —prometió, en vano, probablemente. Lo más seguro era que se hubiese dormido—. Pero antes voy a pedir. ¿Queréis algo?

—Hombre, llevo media hora aquí. No esperarás que tenga la taza llena, ¿verdad? —Jenna sonrió con cara de falsa.

Kate le retiró la taza con soltura.

—Pues eso lo arreglo yo rápido, cariño —se asomó a la mía y me la puso delante—. Termínatelo, que te traigo otro. ¿Qué os pido?

—Capuchino semidesnatado. Y diles a ver si pueden quitarle la espuma.

—Café con leche de almendra y caramelo —pidió Jenna.

Kate apretó los labios. Odiaba pedir cosas complicadas, pero debía decidir entre eso o tener que escucharnos.

—Marchando —dijo casi entre dientes.

Chica lista.

Cinco minutos después volvió con las tazas. El trajín de la barra había quemado su falsa culpabilidad antes de tiempo.

—Ya podríais pedir algo normalito por una vez. El de la barra tenía ganas de escupirme —farfulló, dejándose caer sobre la silla.

Jenna pestañeó con inocencia.

—¿Y cómo sabes eso?

—Oh, no sé. Quizá haya sido la cara de culo que me ha puesto al pedirle un café con leche de almendra y caramelo —ironizó. Le dio un sorbo al suyo y chasqueó la lengua—. Si ha escupido en alguno, el mío no es.

Me tuve que reír.

Jenna nos habló sobre su viaje a Dorset después de comprobar la consistencia de su café en busca de restos de saliva.

Se explayó sobre el calor que hacía, el retraso del vuelo, el calor que hacía, que perdieron su maleta y, por supuesto, el calor que hacía.

—Era un infierno —exclamó, abanicándose con las manos y reviviendo la emoción. Jenna era una actriz del método, qué os puedo decir.

—Gracias a Dios que no vives en el sur —comentó Kate.

—¿El de Reino Unido o el de Europa? —apostillé, más por molestar que por verdadero interés.

Jenna soltó un resuello.

Kate sonrió.

—¿Te la imaginas en Sevilla?

—Se derretiría antes de cruzar Francia.

—Corta el rollo, bonita —me interrumpió, echándose la melena roja tras el hombro—. Te he visto meter unos calcetines al congelador. Y ni me hagas recordarte cuando el iluminado de Harry te llevó a Sevilla y me llamaste llorando porque se te había hecho un cerco de sudor en tu camisa de lino.

La sangre me huyó de la cara y no precisamente por la mención de la camisa. Aunque descanse en paz.

Kate giró todo el cuerpo hacia mí.

—Esa fue la vez que se te quemó la axila, ¿no?

Naturalidad, Spencer. Naturalidad.

—Fue en Chipiona —me oí decir, como si lo hiciera desde la mesa de al lado.

—Chipiona —resopló Jenna—. ¿Y qué demonios hay en Chipiona?

Kate sonrió de medio lado.

—¿El mausoleo de Rocío Jurado?

—El mausoleo de la Jurado y Lord Harold Cavendish de guía turístico… Qué fiestón.

Tenía que mantener la fachada de que seguía burlándome de mi ex. Ex que ya no era ex, pero que mis amigas aún consideraban ex.

Intenté reírme, pero me salió un híbrido espantoso entre carcajada falsa y foca asmática.

Ellas se giraron a cámara lenta. El silencio fue explícito.

—¿Maggie?

Ah, Jenna. Cómo no.

Odiaba ese tono. Era suave. Pensado para despistarte.

Evité el contacto visual.

—¿Ajá?

—Completa la frase —murmuró, apoyando el codo en la mesa sin quitarme la vista de encima—. Harry es…

—… ¿Un incomprendido?

Jenna cerró los ojos con pesar y Kate dejó caer la cucharilla.

Me planté una sonrisa de circunstancias. Acababan de pillarme; mejor terminar de quitar la tirita. La excusa la traía preparada de casa: el corazón quiere lo que el corazón quiere.

Era un clásico. Un poco trillado, pero innovar nunca salía bien. Qué triste era tener que buscar motivos para justificar salir con alguien… Y encima yo era una ilusa reincidente.

—Maggie, dime que no —imploró Jenna con los ojos aún cerrados.

Era lo mejor. Así no podría ver mi sonrisa de sé que la estoy cagando, pero esta vez es diferente.

—¿Sorpresa? —tarareé, permitiéndome una sana dosis de humor negro.

Kate se unió a Jenna en su sesión de oscuridad voluntaria. Cuando abrió los ojos, me los clavó con el cansancio de una madre vieja y decepcionada.

Kate se masajeó la sien.

—Vaya noticiones nos traes de buena mañana —se quejó.

Ni me ofendí.

Después de todo, ¿qué esperaba? Después de dos años y ocho rupturas intermitentes, después de acabar en las casas de ambas bebiendo ron con Coca-Cola y escupiendo veneno, ¿mis amigas iban a saltar de euforia cuando me metía voluntariamente en el noveno round?

No podía juzgarlas. Sería inmoral.

Ahora la clave era la rapidez. Como con las bandas de cera: cuanto antes las quitabas, menos te dolía. Aunque yo siempre gritaba y le pegaba una patada al inodoro.

Céntrate, Margaret. Te desvías.

—Vale, he vuelto con Harry —dije de corrido, como si así pesara menos—. Sé que no os gusta y no os juzgo. Pero el otro día me pidió que me quedara a la salida para hablar. Me pidió perdón. Me dijo que me echaba de menos, que extrañaba nuestras charlas… Ya sabéis. Al final me ofreció una copa, nos pusimos cómodos…

—Oh —Kate se llevó una mano al pecho, con unos ojos enormes—. ¿Milord te echa de menos? Jenna, rápido, escríbele una epístola —remató, sacudiéndole un brazo.

La expresión de Jenna se partió en una sonrisa.

—¿Sigo? —pregunté al cabo.

Jenna me dio unos toquecitos en el dorso de la mano.

—Sigue.

—Bueno, pues estuvimos hablando. Recordamos viejos tiempos. ¡Ay, chicas! —suspiré con aire soñador—. Estuvimos tan a gusto… Me recordó al principio, ¿sabéis? Después reconoció que había estado un poco distante y me pidió perdón.

—Maggie, con el debido respeto —comenzó Jenna, como quien carga respetuosamente una escopeta—. Distante es no contestar un par de días a los mensajes. Él desapareció un mes sin dar señales y volvió moreno y con otra colgada del brazo.

Mierda. ¿Por qué siempre tiene que recordar tan literalmente la realidad?

—Es complicado —suspiré, rendida.

—Complicado es no liarte a palos cuando el tipo se pasa la vida diciendo «supuestamente» —se quejó Kate, bajando el timbre una octava en la última palabra.

La miré sin parpadear.

A decir verdad, esa palabra, dicha con esa voz, activó un gatillo de trauma sin resolver. Harry abusaba mucho de esa coletilla.

Escuchar a mis amigas criticar a alguien a quien me aferraba con ahínco no era plato de buen gusto. Peor aún cuando daban en el maldito clavo.

Lo malo de las epifanías es que la lucidez va y viene como el wifi del vecino de enfrente. Yo veía a ratos a Harry por lo que era: una mezcla de esnobismo y malas costumbres. Lamentablemente, aquella lucidez quedaba sepultada bajo decisiones nefastas y setenta y cinco gramos de chocolate diarios.

Noventa si caía domingo.

—Lo capto, lo capto —murmuré, señalándolas con la cucharilla—. Solo quiero recordaros que no soy la única con cadáveres en el armario.

De haber sido uno de mis pacientes, le habría advertido de que estaba usando la agresión como mecanismo de defensa.

Y para una psicóloga, no hay nada más irritante que darse cuenta de que saberse la teoría no te exime de cagarla en la práctica.

Kate se encogió de hombros y Jenna ni se inmutó. Maniobra de despiste: fallida.

Necesitaba urgentemente amigas tontas.

—Bueno, ¿y en qué han quedado las cosas con Lord Cavendish?

Ignoré el apelativo. Era otra mofa hacia Harry y su manía de recordarle al mundo que era tataranieto del príncipe Leopold, duque de Albany, y el número doscientos treinta y tres en la línea de sucesión al trono británico.

—Este fin de semana va a casa de sus padres, pero el miércoles vamos a salir a cenar.

Jenna apretó los labios. Kate apartó la vista.

En el fondo agradecía sus intentos por evitar los comentarios mezquinos.

—Adelante —invité, resignada.

Jenna obedeció con la intensidad de un dique roto.

—¿Un miércoles? ¿En serio?

Chasqueé la lengua.

—Es que esta semana tiene la agenda fatal. Hasta Jossie me ha dicho que está hasta arriba. ¿Os acordáis de Jossie, su secretaria? Debe tener reuniones por todos lados y…

La melodía de un mensaje entrante me interrumpió. La pantalla se iluminó y las palabras mensaje de voz de Harry me sacudieron como una visita al dentista.

Me llevé el móvil a la oreja, pero Jenna me agarró de la muñeca.

A su lado, Kate negó suavemente.

—Por nosotras no te cortes, mujer —dijo, con la barbilla apoyada en la mano y una sonrisa encantadora.

Ah, pero el chispazo de deleite en sus ojos habría podido guiar náufragos en una noche de tormenta.

Era mi amiga, pero era un mal bicho.

Rendida, subí el volumen, no sin suplicarle a Harry por telepatía: Por favor, no digas alguna estupidez.

Con el corazón en un puño, le di al play.

«Hola, nena. Estoy volviendo de casa de mis padres. Ha sido un fin de semana de lo más inusual… En fin, no hablemos de cosas molestas. Estoy en la autopista. Supuestamente debería llegar a tu casa a eso de las doce y media. ¿Me esperas allí? Sé que te aviso con poco tiempo, pero todo ha sido una locura y hasta el último minuto no he sabido si me iba ahora o después de comer. Bueno, dime algo. Te echo de menos».

El audio terminó.

La mesa quedó sumida en un silencio contenido. Solo se escuchaba el trajín de la cafetería.

Levanté la vista.

Jenna ponía tanto empeño en ocultar la sonrisa que tenía los ojos vidriosos y se le habían inflado las aletas de la nariz. Kate fue más explícita: se tapaba la boca con la mano, pero podía escuchar perfectamente su preocupante risita.

Esos sonidos asmáticos solo podían provenir de una patología no diagnosticada.

En fin, hasta aquí llegó mi paciencia.

—¡Pero mujer, no te vayas! —exclamó Jenna en cuanto me puse de pie. El gallo que acababa de escapársele sonó más burlón que su propia risa. Miró a Kate, ahogada tras su mano, y le pegó una patada por debajo de la mesa—. La mando a la calle, ¡te lo juro!

Pero la promesa de Jenna llegó tarde. Yo ya me estaba colgando el bolso.

—Da igual —dije, encaminándome a la salida—. Aun así tengo que irme.

A mi espalda, Kate sonaba extasiada.

—¿Vas a recibir al duque de Albany con una comitiva?

Rodé los ojos y alcé un brazo en despedida sin mirar atrás.

—Pagáis vosotras.

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