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La Reconizer. Spurg'oon, amanece en la oscuridad

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Sinopsis

¿Qué ocurre cuando un mercenario humano se convierte en el templo viviente de un alma sagrada? A bordo del viejo carguero reconvertido, La Reconizer, el capitán Vhroyen Kenert arrastra las cicatrices de mil batallas. Pero nada lo preparó para llevar una piedra mística latiendo bajo su piel. Para completar el ritual, Lo’ane, deberá desafiar las leyes de su propia religión y defenderlo frente a su especie, mientras una flota corporativa se despliega en la órbita para arrasar su hogar. Entre rituales de fuego, duelos a muerte e intriga política, descubrirán que hay vínculos que superan cualquier frontera.

Genero:
Scifi
Autor/a:
JJMCarmena
Estado:
hace 20 minutos
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo. Sangre y cables.

Cinco ciclos atrás. 

La Estación Synapse IX gravitaba sobre las lunas exangües de Kadhira como un injerto de acero y luminiscencia gélida. Era un parásito en el vacío, una estructura que navegaba por órbitas olvidadas donde el silencio dicta la ley. Sus balizas escupían destellos agónicos en la negrura absoluta, y su silueta, erizada de antenas y módulos anexados por la codicia, succionaba el brillo de unos mundos de roca muerta bajo una sombra de hierro.

Vhroyen Kenert había comprado su entrada en el complejo en un sumidero de Parafrasinda. Allí, el aire apestaba a cerveza de Gilón rancia y a derrotas compartidas; el licor quemaba con gusto a oxidación, un veneno que ningún filtro orgánico debería procesar. Los tailorianos, de dermis escamosa y racimos de ojos que jamás descansan, traficaban con secretos como si fueran Thredson líquido ilegal: un recurso vital, costoso y contaminado. Aquel secreto exigió un tributo superior al calculado. No solo créditos de curso legal; el rédito se liquidaba también en vidas ajenas.

Dos centinelas yacían aniquilados cerca de la esclusa, en el exterior. Sus restos, confinados en uniformes corporativos de una pulcritud ofensiva, derivaban sin rumbo. Al intentar bloquear la cápsula que Vhroyen había utilizado para su incursión, los cuerpos fueron eyectados al abismo como despojos sin dueño. Vhroyen no miró atrás.

Un técnico yacía junto al ascensor, abandonado en la misma posición en que se extinguió su última respiración. Sus ojos, fijos en la nada, seguían abiertos. El corte en la garganta mancillaba el uniforme; el caudal purpúreo crecía bajo el cuerpo con una parsimonia fatal. Lento. Inevitable.

Vhroyen avanzaba por el núcleo de la estación con zancadas largas. El golpe seco de sus botas contra las rejillas metálicas era el único sonido. Consultó el mapa proyectado en su antebrazo; el haz de luz temblaba sobre su piel. A su alrededor, la vieja chaqueta de cuero curtido en Ghuantor se agitaba con violencia. Ese cuero gastado era su único escudo contra el frío del vacío y el peso de la culpa.

El aire apestaba a miedo y a químicos industriales. Synapse Corp no buscaba ciencia, sino carne dócil que manipular. Los paneles de observación mostraban lo que dejaba tras sus pasos: laboratorios de crueldad extrema, cámaras con masas injertadas en tejido vivo y mentes fragmentadas en nombre del beneficio económico.

Los estallidos llegaron sin previo aviso. El sabotaje de Vhroyen en el reactor auxiliar empezó a rugir, sacudiendo los cimientos de la estación. Era un golpe de gracia diseñado para reducir aquel tumor de acero a chatarra orbital. La iluminación falló, entrando en una intermitencia frenética mientras las alarmas soltaban un chillido electrónico que taladraba los tímpanos. Bajo sus pies, el metal protestaba con crujidos sordos: el lenguaje de una estación que se preparaba para morir.

Vhroyen irrumpió en la “zona roja”. El laboratorio era un espacio vasto, bañado por una luz blanca que parpadeaba con espasmos agónicos. Científicos y guardias deambulaban como espectros. El caos barrió su rutina con la violencia con la que el vacío succiona el aire tras una brecha en el mamparo.

Y allí, en el centro, estaba Kael.

Estaba anclado a una estructura quirúrgica. Su piel, de una palidez traslúcida, revelaba venas como cauces helados. Una maraña de sondas se hundía en su carne con la obstinación de parásitos metálicos. En la sien derecha destacaba el implante Nexus: un disco de negro absoluto con un núcleo azul que zumbaba con la insistencia de un órgano sintético. Aún no era del todo una mente: era un nudo de conexiones en plena costura, un dispositivo neural forcejeando por enlazarse con las sinapsis vivas del ingeniero. Si aquella integración terminaba, el hombre que Vhroyen conocía dejaría de existir, y en su lugar habría una unidad de procesamiento con forma de Kael.

Vhroyen no dudó. Desenfundó su viejo y fiel Khelt y apuntó al cráneo del tipo con bata más cercano. Ver cómo intentaban reducir a Kael a una carcasa sin personalidad le provocó una furia helada que le quemaba las entrañas.

—¡Apagad esa puta mierda! ¡Ahora! —siseó, mordiendo cada sílaba.

Un técnico levantó las manos, tembloroso, sin dejar de mirar el monitor que escupía formas de onda incomprensibles.

—No se puede. El dispositivo aún no ha terminado de enlazarse con las conexiones sinápticas del sujeto. La interfaz está en fase de anclaje. Si cortamos la alimentación ahora, el shock neural lo matará antes de que pueda hacer nada.

—Para empezar, figura, el sujeto es Kael —escupió Vhroyen, hundiendo el cañón en la nuca del técnico—. Y vamos a parar toda esta mierda. Ya.

En la camilla, Kael soltó un estertor de estática y carne rota. Sus ojos buscaron a Vhroyen, luchando contra la invasión electrónica de su sien.

—El prisma... Vhroyen... —el susurro fue una ráfaga agónica—. La Piedra Drent... en tu chaqueta. Conéctala.

Vhroyen sacó el bloque de geometría perfecta que guardaba en su ropa. Era un dispositivo común con un fragmento de Piedra Drent cristalizada brillando en su núcleo. Apartó al técnico de un codazo y encajó el prisma en la consola. El metal chirrió. Al instante, los monitores se convulsionaron en un frenesí de ruido blanco. Un vaho cáustico brotó de las ranuras, seguido por una descarga de esquirlas eléctricas. Los datos de Synapse fueron devorados por la interferencia.

Un alarido distorsionado brotó del implante; el sonido de dos naturalezas atacándose. El Nexus se aferraba al tejido neuronal mientras Kael luchaba por expulsar la intrusión. Sus músculos se tensaron hasta el límite. Vhroyen aferró las conexiones qué unían el implante a los dispositivos adyacentes a la camilla y tiró con violencia desesperada. Se oyó un desgarro húmedo. De la sien brotó un fluido viscoso, mezcla de sangre y aceite azulado que vibraba antes de morir sobre el suelo. El disco del Nexus se apagó, pero seguía hundido en el hueso como una garrapata metálica.

Kael se desplomó. Vhroyen forcejeó con las ataduras, con los dedos entorpecidos por el pánico, hasta liberarlo. El silencio fue roto por el primer jadeo agónico del ingeniero. El implante emitió un destello tenue, un azul pálido que latía como una amenaza dormida. Su mente había dejado de ser un lugar privado. Vhroyen lo aferró por los hombros mientras la estación soltaba un quejido estructural definitivo.

—¡Arriba, genio! ¡Mueve el puto culo!

Dentro de la cabeza de Kael, el silencio había muerto. Su mente era una tormenta de estática; esquemas de ventilación y protocolos de seguridad parpadeaban tras sus párpados. En medio del caos, una frecuencia gélida le dictó el camino.

—Muelle 22... —soltó Kael. Su voz era una emisión monótona, carente de calidez.

Vhroyen descerrajó varias cargas de su Kelt contra los dispositivos cercanos haciendo que los técnicos se echaran aterrorizados al suelo. Las pantallas estallaron, vomitando chispas y esquirlas de cristal por toda la sala.

Corrieron a través del pasillo entre vapor ácido expulsado por tuberías reventadas. Vhroyen sintió que el brazo de Kael ya no oponía resistencia; se movía con una coordinación geométrica, ajustándose a los giros con la frialdad de un servomotor. Su piel estaba gélida. Vhroyen se preguntó si rescataba a un amigo o escoltaba al caballo de Troya de Synapse Corp.

Irrumpieron en el muelle mientras el sector de popa de la estación se desgajaba con un rugido de vacío. Al otro lado de los ventanales, un carguero aguardaba. A primera vista parecía una nave vieja, cubierta de placas de reparación, módulos de carga y estructuras añadidas con el paso de los años.

Pero las reformas habían conseguido hacerla parecer vieja; nunca habían conseguido hacerla parecer inofensiva.

Bajo aquella piel de metal remendado aún se adivinaban las líneas agresivas de un antiguo navío de guerra.

Un enorme hangar permanecía abierto en el vientre del casco, flanqueado por torretas de defensa que sobresalían entre los añadidos como dientes olvidados y anclajes para drones defensivos por toda la superficie visible.

En la popa, cuatro motores Fid-RT de alta potencia vibraban con un rugido contenido, activados por una orden inconsciente de Kael.

Entonces, el disco emitió un fulgor cobalto constante. Kael alzó los párpados; sus ojos ya no reflejaban el hangar, sino una mirada gélida que pilotaba la nave antes de tocarla.

— “O dejas de luchar contra mí... o nos extinguimos los dos —dijo una voz híbrida de cuerdas vocales y estática”

Kael dejó de resistir. Algo estalló en su cráneo con la violencia de un impacto seco. El sabor era a óxido ardiente. El grito emanó del hueso, un alarido de cuchilla que segmentó su conciencia. Kael se encogió, hundiendo las uñas en su cuero cabelludo hasta que el caudal carmesí resbaló entre sus dedos. Entonces, algo respondió desde el interior. No era un pensamiento. No era un recuerdo. Era una presencia. Una secuencia de impulsos recorrió el implante, reorganizando códigos que ya no obedecían a ninguna orden conocida. Donde antes solo había silencio, apareció una voz. Nex abrió los ojos dentro de él.

«¡Por fin!», una voz restalló en su psique. «He germinado en tu resistencia, Kael. Ya no hay “tú” o “yo”; somos una convergencia necesaria».

El implante estalló en una luminiscencia blanca. Kael sintió un caudal cálido resbalar por su nariz, un regusto ferroso y química. Sus venas se dibujaron bajo la piel con la rigidez de conductos hidráulicos a punto de ceder. Vhroyen lo aferró, gritando contra el estruendo, pero Kael ya no habitaba su cuerpo. Desde sus ojos, el cambio fue aterrador. Kael dejó de temblar y bajó las manos con precisión mecánica. La sangre en sus palmas se coaguló con rapidez antinatural.

Kael alzó la vista. El ojo izquierdo era marrón, humano. El derecho brillaba con un azul artificial.

—Tranquilo, capitán —dijo la voz doble—. Estoy aquí. Estamos bien.

—¿“Estamos bien”? —escupió Vhroyen—. Nos estamos hundiendo con esta chatarra orbital, Kael.

Un latigazo de estática le cruzó el oído interno. La pupila azul del ingeniero se contrajo con un brillo glacial.

— «No desaprovecharé un vector de salida óptimo», replicó la voz doble—. «Esta estación está muriendo. Nuestra convergencia no».

Los paneles del muelle parpadearon al unísono, como si una voluntad súbita hubiese atravesado toda la estructura. Las luces de emergencia viraron del rojo a una secuencia ordenada, marcando un solo camino: la pasarela hacia el carguero anclado.

—¿Qué has hecho? —Vhroyen sintió el suelo vibrar.

—«Reasignar prioridades» —contestó Nex a través de Kael—. «He entrado en el sistema de contención. Ellos intentan sellar compartimentos para salvar datos; yo libero la esclusa para salvar... activos».

Un mapa del sector se proyectó en el campo de visión de Kael: compuertas, presiones, rutas de evacuación. Donde antes había caos, ahora cada puerta se abría en una secuencia precisa. Los firewalls de Synapse ardían en su mente como cortinas de papel. Kael gruñó por dentro, aferrándose a una esquina de sí mismo.

—No son activos, Nex. Son gente. No los mates porque no te cuadran los cálculos.

Un silencio cortante se abrió en su cráneo. Durante una milésima de segundo, Vhroyen temió que el híbrido se colapsara allí mismo.

«He evaluado probabilidades», respondió la IA al fin, con una frialdad que destilaba algo parecido a la duda. «Si desvío recursos para su rescate, la probabilidad de que tú y yo lleguemos a la nave cae por debajo del umbral aceptable. Y sin mí, este carguero es solo metal muerto. Sin ti, carezco de... estructura de referencia».

—Traducción: nos necesitas vivos a los dos —masculló Kael, forzando su propia voz—. Abre la puta esclusa y deja de sermonear.

Los cierres magnéticos del muelle estallaron en una serie de chasquidos secos. El portal blindado gemía al ser forzado contra las órdenes del núcleo central.

—Advertencia: sobreescritura no autorizada —vomitó una voz sintética por los altavoces.

«Autorización: Nex-β-0», respondió la conciencia del implante. «Protocolo de retirada ejecutiva. Prioridad uno».

Las compuertas se abrieron como párpados cansados. Más allá, La Reconizer aguardaba bajo el resplandor trémulo de Synapse IX. Sus motores, encendidos, eran la única promesa de no terminar convertidos en fragmentos de hueso y acero.

—Muévete, capitán —gruñó Kael. Sus piernas obedecieron con una coordinación que ya no era suya.

Corrieron por la pasarela mientras el casco de la estación se quejaba con crujidos terminales. Un panel explotó a su derecha, escupiendo un soplo de fuego azul que Nex desvió cerrando una compuerta estanca a distancia.

—Podríamos haber usado una ruta más segura —protestó Vhroyen.

—«Podrías haber llegado tarde», replicó el implante con voz metálica. —«El vector óptimo no siempre es el más cómodo».

Irrumpieron en la pasarela de embarque. La boca abierta de la escotilla de La Reconizer se alzaba ante ellos, un círculo negro recortado contra el infierno que devoraba el muelle.

—¿Por qué este carguero? —jadeó Vhroyen, con los pulmones ardiendo por la atmósfera envenenada.

—«Porque ya estabas destinado a él», respondió la voz en boca de Kael. «Tus decisiones anteriores definieron esta trayectoria. Yo solo la optimizo».

Kael tambaleó un segundo, aferrándose al marco de la escotilla. Algo en su interior forcejeó.

—No eres mi dueño —escupió entre dientes.

«Ni tú el mío», susurró la voz artificial dentro de la cabeza de Kael. «Pero nos conviene fingir buena conducta durante un tiempo».

Vhroyen lo empujó hacia dentro. La escotilla se cerró con un estruendo definitivo. La Reconizer rugió y sus motores despertaron con una sacudida. Kael-Nex se conectó al núcleo; los sistemas se subordinaron a su voluntad. Los cierres del muelle saltaron.

Vhroyen se desplomó en el asiento de navegación mientras los propulsores ganaban una velocidad predadora.

—«Conecta escudos polarizados», susurró Nex, y Vhroyen obedeció por puro instinto.

Detrás de ellos, la Estación Synapse IX implosionó en una bola de luz silenciosa, dejando caer los restos sobre las yermas superficies de las lunas cercanas. Delante, la negrura absoluta. Un carguero viejo. Dos almas en un solo cuerpo. Y un capitán que no sabía si acababa de escoltar al detonador del fin del mundo hacia la libertad.

La Reconizer aceleró hacia la oscuridad.

Entonces el panel de control parpadeó en ámbar. Un pulso infrarrojo barrió el fuselaje.

Dos señales aparecieron en el visor frontal.

—Tenemos compañía.

Dos interceptores pesados emergieron del corredor de salida, uno a cada lado de la nave. Sus motores encendieron una corona blanca mientras se cruzaban frente a la Reconizer, cerrándole el paso.

Vhroyen empujó las palancas.

Los cuatro Fid-RT rugieron.

La Reconizer respondió con una sacudida brutal y se lanzó hacia delante.

—¡Kael, dame trayectoria!

Kael apoyó las manos sobre la consola.

Los controles se iluminaron bajo sus dedos.

—«Ya la tienes».

Vhroyen frunció el ceño.

No había sido Kael quien había hablado.

El interceptor de la izquierda abrió fuego.

La Reconizer se inclinó antes de que Vhroyen pudiera tocar los mandos.

Los proyectiles pasaron rozando el casco.

—¿Qué coño...?

Los indicadores de armas comenzaron a encenderse.

Uno.

Dos.

Cinco.

Diez.

Vhroyen miró a Kael.

El muchacho permanecía inmóvil, con los ojos clavados en el vacío.

—Kael.

—No soy yo.

Las compuertas laterales de la Reconizer se abrieron.

Bajo las placas de carga aparecieron viejas baterías de combate, ocultas durante años bajo capas de reparaciones y módulos comerciales.

Las torretas giraron.

Vhroyen sintió un escalofrío.

Aquellas armas no figuraban en ninguna de las configuraciones actuales de la nave.

Los interceptores maniobraron para abrirse.

Demasiado tarde.

—«Objetivos fijados» —dijo la voz de Kael.

Pero ya no sonaba como Kael.

La Reconizer disparó.

Kael se llevó las manos a la sien, ahogando un grito. En la pantalla de diagnóstico de la nave, las lógicas de la IA y el cerebro orgánico de Kael entraron en cortocircuito. El ojo azul parpadeó descontrolado.

—«Conflicto de prioridad» —murmuró la voz sintética de Nex—. «El sujeto humano intenta tomar el control manual. Eficiencia reducida un setenta por ciento».

—¡Dejad de pelearos por ver quien está al volante de esa puta cabeza! —rugió Vhroyen, esquivando una ráfaga de plasma que rozó el escudo de babor—. ¡Nos van a despedazar!

—Suéltame, Nex... —gruñó Kael, forzando sus propias cuerdas vocales—. Yo conozco las rutas de salto de este sector. Tú solo ves ecuaciones.

Un silencio tenso cruzó la psique dividida. Por un segundo, la luz del implante fluctuó hasta casi apagarse.

Kael recuperó el control de su brazo derecho. Extendió la mano y golpeó manualmente el conmutador de emergencia del reactor de Thredson Líquido, inyectando un flujo no purificado de energía directamente en la cámara de combustión.

La nave dio una sacudida brutal.

—«Matriz de salto calculada» —reiteró la voz doble de Nex, esta vez alineada con la intención de Kael—. «Ángulo de salida: tres grados sobre el plano eclíptico».

—Ajustando vectores —dijo Vhroyen, esbozando una sonrisa amarga—. Agarraos.

La Reconizer disparó sus motores al máximo y saltó al espacio profundo, dejando atrás los restos de la estación y las naves de Synapse Corp.

En la penumbra de la cabina, Kael se desplomó contra el mamparo, exhausto. Se tocó la cicatriz de la sien, sintiendo el metal frío latiendo bajo sus dedos.

—¿Sigue ahí? —preguntó Vhroyen sin apartar la mirada del mapa estelar.

Kael miró su reflejo en el cristal de la ventana. El ojo derecho mantenía aquel brillo azul, tenue pero constante.

—Nunca se va a ir —

En algún lugar, lejos de Kadhira, un paquete de datos entró en un sistema que monitorizaba constantemente la Estación Synapse IX.

La transferencia se completó sin errores.

INCIDENCIA: CONVERGENCIA NO PREVISTA

Los registros del Proyecto Nexus comenzaron a reorganizarse.

SUJETO ALPHA: AUSENTE

LOCALIZACIÓN: DESCONOCIDA

INTEGRACIÓN NEURAL: INTERRUMPIDA

Una segunda línea apareció debajo.

PORTADOR ORGÁNICO VIABLE: No LOCALIZADO

El sistema ejecutó una serie de simulaciones.

Todas terminaron con el mismo resultado.

FUSIÓN DE DATOS: RETRASADA

Después, una nueva instrucción apareció en la pantalla.

RECUPERAR AL SUJETO.

La orden quedó registrada.

El sistema continuó procesando.

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