Capítulo 1
El sofocante calor en pleno verano se filtraba por las rendijas del auto. Pegado al siento de copiloto, apenas logré contemplar cómo los árboles del arcén se fundían en una ráfaga verde y polvorienta antes de que el cansancio por el madrugón y el sopor del viaje me rindieran ante el sueño.
—Sam…
El murmullo lejano de su hermano lo devolvió a la realidad. Abrió los ojos con lentitud, cegada de golpe por la luz de sol que reverberada sobre el parabrisas. Marshall continuaba al volante, firme y concentrado en la carretera vacía.
—Por fin despiertas —dijo, echándome una mirada rápida a través del espejo retrovisor—. Estabas moviéndote muchísimo ¿Otra pesadilla?
—Algo así —murmuré, pasándome una mano por la frente sudorosa —. ¿Qué hora es?
—Las 9:21. Ya casi llagamos.
Había pasado todo el trayecto con la sien apoyada contra el crisal vibrante de la ventanilla, observando el paisaje y las curvas de la carretera con esa obstinación silenciosa que se le había instalado en el cuerpo tras el accidente. Habían pasado siete semanas desde que despertó en la sala blanca y desinfectada de un hospital, con la cabeza vendada, la mirada perdida y la memoria convertida en un lienzo borrado a la fuerza.
Los especialistas le habían explicado la extensión del traumatismo craneoencefálico y la amnesia retrógrada irreversible.
Apenas se irguió en el asiento, una oleada intensa de mareo y náuseas le oprimieron el estómago. Intenté fijar la vista en la línea del horizonte para controlar el molestar. Marshall, al percatarse de su palidez, bajó su ventanilla para dejar entrar aire, pero la bocanada de calor denso y olores a humo de escape empeoró las cosas en un segundo.
—Voy a vomitar —alanzó a articular, cubriéndome la boca con desesperación.
—¡Demonios, Sam, aquí dentro no!
Marshall frenó en el arcén en una maniobra brusca. Apenas la rueda tocó la tierra de la berma, empujo la puerta y se arrojó hacia afuera. Vació el estómago sobre la hierva seca en medio de arcadas dolorosas. Se quedó unos instantes apoyado contra el chasis, respirando el viento caliente pero constante que corría por la llanura. Lentamente la opresión en el pecho fue cediendo.
Retomaron la marcha. Para aligerar la tensión, Marshall encendió la radio y sintonizó una estación local con las canciones del verano, que fuimos tarareando a medias. A medida que avanzaban, los terrenos de cultivo dieron paso a las primeras casas, estaban aún a las afueras de Totorani.
—¿Qué tal se ve? —preguntó Marshall, apagando la música al ingresar a la avista principal.
—Se ve bien —respondió Samuel, contemplando las palmeras y las fachadas de las casas sin mucho entusiasmo. No era desinterés real, sino esa molesta sensación de incertidumbre que lo perseguía desde hacía semanas y que le impedía estar tranquila.
Marshall se estacionó frente a un pequeño autoservicio.
—Sam puedes comprar algo de comer, mientras le pongo gasolina al auto.
Samuel asintió sin responder. Su estómago, recuperado del mareo, ahora exigía comida con urgencia. Se adentro en la tienda, buscando golosinas, piqueos y gaseosas. Estaba comparando dos paquetes de papas fritas cuando una voz masculina resonó detrás de él:
—¿De verdad piensas comerte todo eso?
Se giró, sorprendido. Un muchacho lo observaba sonriendo. —
—¿Disculpa? —contestó Samuel, enarbolando una ceja ante su descaro.
El muchacho se retiró, y antes que pudiera responder, la muchacha que atendía en el mostrador le pregunto si ya tenía todo lo necesario. Samuel pago en la caja, y cuando salió fuera no vio a aquel extraño. Marshall también había terminado lo suyo y estaba pagando al muchacho del grifo.
Subieron al auto, y avanzaron unos diez minutos, estaban en la carretera que daba a la playa. Como era un sábado, Totorani estaba en su apogeo vacacional: las calles del centro estaban más llenas de veraneantes, los jóvenes paseaban en bañadores de colores chillones, y el eco lejano de la música se mezclaba con el estruendo de las olas rompiendo contra la playa.
Continuaron el camino cinco minutos hasta detenerse frente a una casa de dos plantas con fachada blanca bien cuidad y un jardín delantero que estaba cercado por un cerco de barrotes de fierro. La vivienda de sus tíos maternos, Eduardo y Celia Fernández. El tío Eduardo, un hombre de pocas palabras, operaba una modesta agencia de excursiones con tres minivans que iban y venían desde la playa al bosque y a la laguna. Mientras que la tía Celia administraba un minisuper en el centro de la ciudad.
Apenas tocaron el timbre, la puerta se abrió de par en par. La tía Celia, una mujer de unos cuarenta años, de cabello negro corto y rostro marcado por líneas de expresión amables, no les dio tiempo de pronunciar palabra: los envolvió a ambos en un abrazo efusivo.
—¡Al fin están aquí! Mira lo grande que has crecido, Marshall…
Entraron a la sala que a comparación con afuera se sentía fresca. El tío Eduardo y Sabine se unieron al recibimiento. Sabine, tomo del brazo a Samuel apenas dejaron el equipaje y lo arrastró a la cocina sentándose en la silla del comedor, Samuel la imito. Marshall entró detrás de ellos.
–Llegaron justo a tiempo para el almuerzo —comento tía Celia.
Samuel noto que era verdad, porque la mesa ya tenía los cubiertos y todo listo, solo falta servir el almuerzo. Mientras comían.
—Cariño no me sirvas aún a mí, tengo que ir al minisúper, va a llegar a dejar cerveza —explico el tío Eduardo. Se despidió del resto y salió de casa.
—Debe haber mucha demanda para el minisuper porqué hay muchos veraneantes —comento Marshall.
—Sí, la gente rica ha alquilado las residencias de la playa y se pasea por el malecón con sus vehículos de lujo como si la ciudad fuera de su propiedad —replico Sabine.
—Bueno, más ventas para los tíos, ¿no? —comento Marshall.
En el comedor había una pequeña televisión, que estaba prendida, estaban pasando los adelantos del capítulo que pasarían el Lunes de la telenovela La Fragancia del Amor.
—Tía, ¿en qué punto va la historia de la novela? Creo que lo último que vi fue que se descubría que el testamento que dejo el papá del protagonista era falso.
—¡Ni me lo recuerdes! —dijo la tía Celia, llevándose las manos a las mejillas con dramatismo estilizado —. Justamente ayer Thiago por fin encaró a Carmina. Dicen que el actor que hace de Thiago es un alfa real, aunque no me extraña.
Samuel escucha el diálogo en un segundo plano, mientras intentaba terminar de comer. Sabine que esta sentada a lado suyo le dijo —¿Ya haz visto La fragancia del Amor?
Samuel negó con la cabeza.
—No te pierdes de nada, la historia es la de siempre ya sabes el alfa rico que se enamora del omega pobre, y cuyos padres se oponen, pero el actor que hace del protagonista, es guapísimo —comento Sabine sin poder ocultar su emoción. Lo que hizo que Samuel soltara una risita.
La fijación colectiva con las telenovelas acerca de las jerarquías le resultaba extrañas, porque como beta no podía comprenderlas por completo, el enamorarse a primera vista solo con feromonas, no le parecía lo más razonable del mundo. Para la mayoría, la atracción o el conflicto no eran elecciones conscientes, sino inevitabilidades biológicas. Sin embargo, el vivía al otro lado del espejo.
Sam puede percibir que Sabine tenía una mirada despierta, los cabellos negros recogidos en una coleta desenfadada. Era su último verano en Totorani antes de partir hacia la universidad, y devoraba cada minuto con un entusiasmo casi febril.
Durante los primeros cuatro días, Sabine le enseño a Sam todo sobre Totorani: las callejuelas que podía tomar como atajos, la playa chica donde las olas eran más suabes, la ubicación de las heladerías y tiendas más conocidas. Pero, sobre todo, le enseñó como funcionaba el minisúper. Con la llegada constante de veraneantes, el negocio requería manos extras, y Sam aceptó la tarea con una docilidad agradecida. Trabajar tras el mostrado le daba una rutina.
Aquella tarde de martes, el calor dentro del minisúper era apenas tolerable, a pesar de los ventiladores de techo que giraba con un chirrido rítmico, distribuyendo el aire saturado de aroma a galletas, detergente, protector solar y fruta. El empleado fijo había renunciado repentinamente el día de ayer, el tío Eduardo estaba en uno de sus tours, mientras que la tía Celia fue al banco a realizar algunos pagos. Para colmo Marshall apenas llegar había cogido un resfriado.
Solo estaban Sam y Sabine, aunque la concurrencia había bajado, Sam no había atendido a nadie por su cuenta aún, siempre pedía ayuda para algo, ya sea digitar algún monto, corregir algún error, preguntar cierta cosa. Sin embargo, habían sobrevivido.
—Aprenderás —le dijo Sabine guiñándole el ojo, mientras corregía la postura de él frente a la caja registradora —. Totorani en verano es un caos.
Sam esbozó una sonrisa paciente. Sabine, de dieciocho años y con esa vitalidad radiante, se movía entre los pasillos con la destreza de quien conoce cada rincón. Le enseñó el manejo básico de la caja.
—Solo digitas el código, presionas el botón de subtotal, recibes el efectivo y das el vuelto. Nada complicado —agrego ella.
Cerca de las cinco y media de la tarde, la luz dorada del crepúsculo comenzó a filtrarse oblicuamente a través de las mamparas del frente. Fue en ese momento cuando la atmósfera dentro del local experimentó una alteración drástica, instantánea y brutal.
La campanilla de puerta sonó con un repique agudo y la atmósfera dentro del local pareció cambiar. Aunque no podía percibir las feromonas, la reacción de los clientes que estaban aún dentro fue inmediata: dos señoritas murmuraban en voz baja, ajustándose las bolsas de compras, y un joven que esperaba en el pasillo adyacente retrocedió varios pasos con la mirada fija en el suelo.
Sam alzo la mirada, frente al mostrados se hallaban un muchacho de una presencia aplastante. Tenía una estatura imponente, hombros anchos y una postura impecable. Su rostro poseía rasgos afilados y simétricos: pómulos marcados, mandíbula firme y una melena rubia ligeramente despeinada. Pero lo que verdaderamente congeló el aliento de Sam fueron sus ojos. Eran de un matiz gris, con toques azulados, impregnados de un cansancio arrogante y una irritabilidad contenida.
Avanzó por pasadizo central entre los estantes de enlatados con un paso firme y frío. Vestía unos jeans desgastados y una camiseta negra sin estampados. Sam lo observó acercarse. Exudaba una hostilidad contenida. Colocó sobre el mostrador dos botellas de agua mineral congelada y un paquete de cigarrillos importados. Los objetos impactaron la madera con un golpe seco.
—Eso es todo —dijo el recién llegado. Su voz era grave, rasposa, con una sequedad que no admitía amabilidades.
Samuel trago saliva. Sus dedos, repetidamente torpes, tomaron los productos. Marcó el precio del agua y luego el de los cigarrillos. La cuenta total debía ser exactamente 6.00 soles. Sin embargo, el nerviosismo y la mirada aplastante del muchacho hicieron que sus dedos temblaran sobre los botones de plástico. En lugar de digitar 6 seguido de dos ceros, presionó la tecla del cero una vez más. La pantalla digital parpadeó y mostró una cifra absurda: 60,00.
—… Mierda —murmuró Sam entre dientes, dándose cuenta del error. Intentó presionar la tecla de borrado, pero la máquina emitió un pitido agudo y molesto, bloqueando el cajón del dinero.
El muchacho entrecerró los ojos. La línea de sus labios se volvió implacablemente delgada. Dobló los brazos sobre el pecho y fijó sus pupilas grises directamente en el rostro de Samuel, clavando su mirada como si quisiera perforarle el cráneo.
—¿Vas a demorar todo el día cobrando o estás intentando estafarme? —inquirió con un tono helado que hizo vibrar el aire alrededor —. Pensé que este lugar era la única tienda decente, pero parece que no es así.
—Yo… me equivoqué digitando —farfullo Samuel, sintiendo que el rostro le ardía de vergüenza.
—Entonces corrígelo —dijo el joven, enarcando una ceja —. No tengo todo el día.
Sabine apareció luego de ir al baño, unos minutos que le parecieron eternos a Samuel.
—¡Sabine!
—¿Qué paso, Sam? Ah… —Sabine se interrumpió al muchacho frente a la caja. Su actitud cambió al instante, alisándose la camisa —. Buenas tardes.
—Se trabó el total —explicó Samuel—. Digite 60 en lugar de 6.
—Tranquilo —dijo Sabine. Introdujo una pequeña llave, giro el cilindro y el cajón salto hacia afuera con un chasquido metálico. Listo, son 6 soles. Disculpa la demora, mi primo solo esta ayudándonos por estos días.
El muchacho dejó un billete de diez soles sobre el mostrador, recibió su cambio en silencio y tomó las botellas de agua y la caja de cigarrillos. Echó una última mirada impasible a Samuel, una mirada fría, distante, como si examinara una cosa, y se dio la vuelta, saliendo del local.
Sabine atendió a los demás clientes que estaban esperando y cuando no quedo uno soltó un suspiro prolongado.
—¡Dios mío, Sam! Casi me da un infarto cuando vi a quién atendías —exclamó Sabine.
—¿Quién es? —preguntó Samuel, tomando un sorbo de agua de una botella que le ofreció Sabine—. Parecía de muy mal humor.
—Me parece que se llama Nathaniel —explico Sabine, inclinándose sobre el mostrador—. Comenzó a venir hacer unos días, debe haber venido a pasar año nuevo.
—Es muy serio —comentó Samuel.
—¡Es de piedra, Sam! Nunca sonríe ni dice gracias. Pero siempre viene acompañado de su amigo, Renato. ¡Ah, Sam, si vieras a Renato! Es guapo, atento, amable, gracioso y educado. Cada vez que viene las piernas se me vuelven de gelatina.
Samuel observó el brillo en la mirada de su prima.
—Te gusta ese tal Renato —afirmó con una leve sonrisa.
—¡Me fascina! —admitió Sabine—. En cambio, su amigo parece bastante insoportable, la verdad. Además, siempre despide sus feromonas, como si quisiera que todos supieran que es alfa, debe ser terrible egocéntrico.
Samuel guardó silencio. Recordó la silueta de Nathaniel: la rigidez atlética de sus hombros, el mentón afilado. Aunque fuera beta, podía estar seguro que ese joven era un alfa imponente.







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