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EXPEDIENTE 711

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Sinopsis

En San Jerónimo, cada cierto tiempo, los perros se reúnen para cumplir un ritual que nadie comprende. ¿Qué ven? ¿Qué los llama? Nadie se atreve a preguntar. Mateo, un joven que cuida de su anciano padre, decide romper las reglas y buscar respuestas. Pero hay misterios que es mejor dejar intactos, pues algunas preguntas pueden revelar verdades que jamás debieron salir a la luz, algo que solo causara pena y dolor.

Genero:
Mystery,Thriller
Autor/a:
ZeCarlos
Estado:
hace 13 horas
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 1

Capítulo I

Mi nombre es Mateo Salcedo y vivía con mi padre en una casa antigua, en el extremo más alejado de San Jerónimo.

No éramos una familia grande. Mi madre murió cuando yo tenía nueve años y nunca tuve hermanos. Durante mucho tiempo solo fuimos mi padre y yo, tratando de mantener la casa en pie, reparando goteras, cortando leña y aprendiendo a vivir con los silencios que dejan las personas cuando se van.

Mi padre ya era un hombre anciano. Sus piernas habían dejado de obedecerle después de una caída hace tres años y sus manos temblaban tanto que, a veces, no podía sostener una taza. Necesitaba ayuda para levantarse, bañarse, vestirse y caminar de una habitación a otra.

Yo era quien se ocupaba de todo.

No me molestaba.

Él había hecho lo mismo por mí cuando yo era niño. Ahora me correspondía cuidar de él.

En San Jerónimo existía una regla que todos conocíamos desde pequeños:

“Nadie debía estar afuera de noche, especialmente después de la medianoche.”

No estaba escrita en ningún lugar, pero nuestras madres nos la repetían siempre. Los ancianos la recordaban cuando el sol comenzaba a desaparecer detrás de la montaña.

Después de oscurecer, las calles empezaban a quedarse vacías. Las puertas se cerraban. Las ventanas se cubrían con cortinas gruesas y las luces de las casas se apagaban una por una, pasadas las diez de la noche.

Yo nunca había tenido problemas con esa costumbre. La noche siempre me había parecido demasiado enigmática en aquel pueblo. Desde detrás de nuestra casa se podían ver los montes cubiertos de bosque, oscuros y silenciosos, como si la oscuridad comenzara justo al final de mi patio.

Durante el día, la montaña parecía tranquila y transitable.

Por la noche, no.

No sabía explicar qué cambiaba. Eran las mismas casas, los mismos árboles y la misma tierra húmeda. Sin embargo, cuando la oscuridad cubría San Jerónimo, todo parecía alejarse. Los sonidos se volvían más profundos. La distancia entre una casa y otra parecía mayor. Incluso la luz de las lámparas se volvía débil, como si no lograra iluminar demasiado.

La primera vez que vi algo extraño eran exactamente las tres y diecisiete de la madrugada.

Yo estaba en la cocina, junto a la ventana. Me había levantado para calentar agua para mi padre, quién debía tomar sus medicamentos a esa hora. Él dormía en la habitación contigua y yo intentaba no hacer ruido mientras encendía la estufa.

Entonces lo vi.

Al otro lado del camino, frente a nuestra casa, había un perro.

Era grande, de pelo color caramelo y patas delgadas. Estaba completamente inmóvil, con la cabeza levantada y la mirada fija hacia nuestra casa.

No ladraba.

No olfateaba el suelo.

No parecía buscar comida ni esperar a que alguien le abriera una puerta.

Solo miraba.

Me acerqué al vidrio y entrecerré los ojos, tratando de descubrir qué llamaba la atención del animal. La montaña se extendía al fondo, cubierta por una oscuridad compacta. No había luces, movimientos ni nada que pudiera explicar el interés del perro.

Pensé que quizás había visto algún animal entre los árboles. Un venado, un zorro o cualquier otra cosa que yo no alcanzaba a distinguir.

Mi padre tosió en la habitación.

Aparté la vista y fui a ayudarlo.

Cuando regresé a la cocina, el perro ya no estaba.

No le di demasiada importancia.

Al día siguiente apenas pensé en él.

La noche siguiente, sin embargo, había cuatro de ellos haciendo prácticamente lo mismo.

Los vi poco después de las tres de la mañana. El perro color caramelo se encontraba en el mismo lugar que la noche anterior. A su lado había un animal pequeño de pelo blanco, un mestizo color café y otro perro grande, con el lomo manchado.

Los cuatro miraban hacia la montaña o hacia mi casa, no pude distinguirlo bien desde mi perspectiva.

Esta vez sentí curiosidad.

Tomé una linterna y abrí la puerta.

Mi padre se despertó al escucharla.

—¿Mateo?

—Soy yo —respondí—. Vuelvo enseguida.

—¿A dónde vas?

Miré hacia los perros.

—Solo voy a ver una cosa.

No contestó, pero escuché cómo se movía en la cama.

Bajé los escalones.

Los perros no reaccionaron.

La luz de la linterna pasó sobre sus cuerpos y ninguno giró la cabeza. Me acerqué al más pequeño. Caminé delante de él. Después pasé por detrás. Finalmente me detuve a pocos pasos de su hocico.

Nada.

No levantó las orejas.

No movió la cola.

Ni siquiera pareció notar mi presencia.

El perro blanco tenía una cicatriz fina sobre el ojo izquierdo. Me agaché y le hablé con suavidad.

—Hola.

El animal siguió mirando hacia la montaña.

Me puse de pie y observé a los otros tres. Todos mantenían la misma postura, como si estuvieran esperando algo.

—¿Qué ven? —pregunté.

Era una pregunta absurda. Lo sabía.

Aun así, después de decirla, sentí una incomodidad extraña, como si no hubiera sido el único en escucharla.

Me quedé allí durante varios minutos.

A las tres y veintisiete, los perros se movieron.

No lo hicieron poco a poco. Los cuatro bajaron la cabeza al mismo tiempo y comenzaron a caminar en distintas direcciones. El perro blanco desapareció por una calle lateral. El mestizo entró en el patio de una casa. El perro del lomo manchado cruzó el camino y se perdió detrás de una cerca.

El enorme perro color caramelo fue el último en irse.

Antes de desaparecer, miró hacia mi puerta.

No hacia mí.

Hacia la ventana donde mi padre dormía.

Regresé adentro lentamente, de espaldas y cerré la puerta, algo me inquietaba de todo esto.

A la mañana siguiente le conté lo ocurrido.

Mi padre dejó de cortar el pan.

—¿Cuántos perros?

—Cuatro.

—¿Y qué hacían?

—Miraban la casa o la montaña. No lo sé.

Mi padre bajó la vista hacia sus manos.

—No vuelvas a salir a verlos.

—¿Por qué?

Tardó tanto en responder que pensé que no lo haría.

—Porque no es normal que los animales hagan lo mismo al mismo tiempo.

Eso fue todo.

Durante el día intenté olvidar la conversación. Me ocupé de mi padre, limpié la casa y salí a buscar leña. Pero cada vez que miraba hacia la calle encontraba un perro.

Al principio eran solo algunos.

Uno junto a la tienda de mi casa.

Otro cerca de la iglesia.

Dos bajo el techo de una casa abandonada.

No recordaba si siempre había habido tantos perros en el pueblo o si nunca me había percatado de su presencia hasta ese momento.

Ninguno hacía nada extraño durante el día. Caminaban, olfateaban, se echaban al sol. Si alguien se acercaba, se apartaban.

Por la noche era distinto.

La tercera noche preparé comida.

No quería acercarme sin nada en las manos. Me convencí de que los perros simplemente estaban hambrientos, que tal vez se reunían por alguna razón común que yo no comprendía.

Puse varios trozos de carne en un plato y esperé hasta que el reloj se aproximara a las tres.

Cuando miré por la ventana, ya no había cuatro perros frente a mi casa.

Había perros en toda la calle.

Se encontraban dispersos por todas partes: junto a las puertas, en las esquinas y debajo de los aleros. Había perros viejos, cachorros, animales con collar y otros que parecían llevar mucho tiempo viviendo en la calle.

Entonces lo volví a ver.

Era el perro grande de color caramelo, con el pelo espeso y brillante a pesar de la humedad. Tenía el cuerpo robusto, las patas fuertes y una mancha blanca en el pecho.

Junto a él había un cachorro.

El pequeño no debía tener más de dos meses. Se mantenía pegado al costado de su madre, temblando de vez en cuando, aunque la noche no era especialmente fría.

Entonces me di cuenta de que el perro grande era una hembra.

La perra miraba hacia la montaña.

El cachorro también intentaba mirar, pero se escondía cada pocos segundos detrás de las patas de ella.

Me quedé observándolos desde la puerta.

La perra no parecía perdida. Tampoco parecía asustada. Se comportaba como si supiera exactamente dónde debía estar.

Tomé el plato y caminé hacia ellos.

Los perros no se movieron cuando pasé entre sus cuerpos. Algunos respiraban con fuerza. Otros permanecían sentados, completamente rígidos.

La perra color caramelo tampoco reaccionó.

Dejé un trozo de carne frente a ella.

No lo olió.

Lo acerqué un poco más.

Nada.

El cachorro sí levantó la cabeza. Miró la comida, luego a su madre y después a mí. Dio un paso hacia delante, pero la perra extendió una pata y lo detuvo sin apartar la vista de la montaña.

El gesto fue tan preciso que sentí un escalofrío.

—Tranquila —murmuré—. No voy a hacerle nada.

La perra no me miró.

El cachorro volvió a esconderse contra su cuerpo.

En ese momento comprendí que no estaban esperando comida.

Estaban esperando a la misma hora.

El reloj me avisó que eran las 3 de la madrugada.

Los perros se quedaron inmóviles.

A las tres y diecisiete, algo cambió en el ambiente.

No fue un sonido ni un movimiento visible. El aire parecía volverse más pesado. La noche se nubló alrededor de las casas y el bosque quedó tan silencioso que pude oír mi propia respiración.

Entonces todos los perros levantaron la cabeza.

Al mismo tiempo.

El cachorro soltó un gemido.

La perra color caramelo se colocó delante de él.

Yo miré hacia la montaña.

No vi nada.

Solo los árboles, la niebla y la oscuridad.

Los perros permanecieron así durante un buen tiempo. Algunos temblaban. Otros mostraban los dientes ligeramente, aunque no ladraban. La perra mantenía el cuerpo firme frente a su cachorro, cubriéndolo por completo.

Yo seguía sosteniendo el plato de comida, esperando y contando el tiempo.

A las tres y veintisiete, como había ocurrido la noche anterior, todos los perros se movieron.

Fue tan repentino que retrocedí por el susto.

Los animales comenzaron a caminar por las calles. Algunos regresaron a sus casas. Otros se alejaron hacia el centro del pueblo. El cachorro siguió a su madre, tropezando con sus propias patas.

La perra color caramelo pasó junto a mí.

Por primera vez, giró la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los míos.

No parecían los ojos de un animal perdido.

Parecían los ojos de alguien que me había estado observando desde antes de que yo comenzara a observarla.

El cachorro se acercó al plato y olfateó la carne. Luego levantó la mirada hacia mí.

La madre dio un paso.

El pequeño la siguió.

Antes de marcharse, el cachorro regresó y me lamió la mano.

Su lengua estaba helada.

La perra esperó unos metros más adelante, mirando hacia la montaña.

Después ambos desaparecieron entre la niebla.

Yo permanecí solo en medio de la calle, con el plato todavía entre las manos.

Desde la ventana, mi padre me observaba.

No me llamó.

No encendió la luz de su cuarto.

Solo cerró lentamente la cortina.

Y por primera vez entendí que no era la presencia de los perros lo que le preocupaba.

Era aquello que obligaba a los perros a comportarse así.

No sabía qué era.

No sabía qué sucedería después.

Y entonces, sin siquiera imaginarlo, ocurrió aquello que más temía.

Capítulos
1. Capítulo 1
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