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Enfermedad De Lirio Negro

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Sinopsis

En el gran reino de Hermes el gran consejo de sabios guiados por el miedo y el temor ordenaron la extensa casería de todo ser que no sea de la realeza o pertenezca ala caballería del reino y que estos sepan usar la magia sean asesinados por órdenes de estos mismos sabios a costas de la princesa desaparecida y descendiente al trono vacío y mientras que poco a poco los cuatro reinos temen por desaparecer por culpa del lirio negro.

Genero:
Fantasy,Adventure
Autor/a:
andres
Estado:
hace 7 días
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

La niña y el príncipio

En un poblado pequeño junto al mar, los aldeanos comentaban con frustración e ira. Desprecio era lo que sentían por aquel que una vez juró proteger al mundo.

—Patrick, la oveja negra —murmuraban los campesinos mientras labraban sus huertos en la tierra estéril, a las afueras del pueblo de Maribel.

—¡Hey, atrápenla! —gritaban enfurecidos los comerciantes. Una pequeña niña les había vuelto a robar fruta, de esa misma que llevaban al centro del pueblo para vender a precios exorbitantes—. ¡No dejen que escape esta vez! ¡Es la segunda vez que lo hace! ¡Si la alcanzan, átenla de pies y manos y córtenle ambos brazos!

Los comerciantes estafados la perseguían a toda prisa por las calles. Estaban seguros de que esta vez no se saldría con la suya, pues los caballeros del reino se encontraban en el pueblo y acudirían a ellos de inmediato; guerreros mucho más veloces y ágiles que la pequeña.

—Debo escapar... tengo que escapar... —se repetía la niña con las piernas ardiendo por el cansancio, corriendo por callejones estrechos de ladrillo que resultaban imposibles de trepar cuando más lo necesitaba—. Ellos me matarán si me alcanzan.

Sus perseguidores le pisaban los talones sin importar los obstáculos. Gracias a su baja estatura, la pequeña lograba colarse con agilidad por pasajes muy cerrados, pero la suerte no le duró mucho: unos metros más adelante, el camino se cortaba ante un muro macizo.

—No... es un callejón sin salid...

—¡Aquí estás! —reclamaron los comerciantes, sonriendo con malicia al verla acorralada.

Sin embargo, avanzaron con cautela mientras la rodeaban. Aunque la pared del fondo, hecha de ladrillo macizo, le cerraba cualquier escape, querían asegurarse de no darle tregua.

—¡No! ¡No me atraparán! —gritó la niña.

Apretó la bolsa con el botín robado contra su brazo derecho y extendió el izquierdo hacia el suelo. Con el rostro encendido de furia, abrió los cuatro dedos que aún conservaba y concentró toda su energía en esa extremidad.

—¡¿Qué tratas de hacer, mocosa?! —exclamó uno de los mercaderes.

Otros comenzaron a llamarla tonta, burlándose de que creyera que así podría salvarse y gritándole que ya era tarde. Sin embargo, en los ojos de la niña no había miedo; había algo mucho más temible.

Un viento extraño comenzó a filtrarse en el callejón. Avanzaba despacio pero constante, como si una fuerza lo atrajera desde todos los rincones del poblado. El fenómeno llamó la atención de alguien en el pueblo; alguien que sabía con exactitud lo que estaba a punto de ocurrir. De pronto, la ráfaga se volvió violenta. Los hombres retrocedieron asustados ante lo que veían: todo el aire del callejón se arremolinaba y concentraba directo en la palma de la pequeña.

—¿Qué...? ¿Es un mago? ¡No, es una bruja! ¡La niña es una bruja! —soltó uno con el rostro descompuesto de horror.

Otro, armándose de valor, bramó:

—¡Es una bruja! ¡Debemos matarla aquí mismo antes de que se lleve a los niños del pueblo! ¡Hay que quemarla en la hoguera!

Sin romper la concentración, la pequeña alzó la mirada que mantenía clavada en su mano y les dedicó un gesto rebosante de odio por haberla llamado bruja.

—¡No soy una bruja, malditos ignorantes! ¡Ustedes son los monstruos! ¡Ustedes fueron los que mataron a mamá y a papá!

El cuerpo le temblaba por la tremenda presión del aire que no dejaba de crecer en su palma. La rabia amenazaba con desbordarla, pero el recordatorio del peligro la obligó a calmarse. Miró fijamente su mano.

—Esto es suficiente.

Detuvo la extracción de aire y encaró a la turba, que entre el terror intentaba reunir valor para abalanzarse sobre ella.

—¡Escúchenme bien, imbéciles de pacotilla! ¡Seguiré robándoles hasta que queden en la miseria! Yo seré una heroína que salve a los pobres y vele por los más necesitados, porque ustedes no hacen más que enriquecerse mientras otros sufren. ¡Mi nombre es Pandora, y seré la heroína más famosa del mundo!

—¡Está delirando, atrápenla! —rugieron los comerciantes lanzándose al frente.

Pandora descargó la ráfaga contra el suelo. El impacto reventó los adoquines de piedra y la propulsó por los aires directo hacia los tejados que antes le impedían la salida. Llegó a la cima exhausta; canalizar magia de ese calibre a su edad la dejó al límite de sus fuerzas. Aún así, corrió sobre las tejas hasta que divisó una pila de paja en el callejón de abajo. Se arrojó de inmediato al vacío, usando el último e imperceptible hilo de aire de su mano para amortiguar el golpe.

Cayó sobre la paja y echó a correr a trompicones, pero el escape fue cortado de raíz: desde lo alto de las casas, una figura blindada cayó en picada contra el suelo, resquebrajando las losas de piedra con un estruendo brutal. El impacto casi mandó a Pandora a volar. La niña quedó tendida en la tierra, mirando con espanto a la mole que acababa de descender de la nada.

—Mi nombre es Luv. Caballero del reino de Hermes, gobernado actualmente por la princesa Lucía que aún se encuentra desaparecida. No escaparás de tus pecados, ladrona.

El pánico se apoderó de Pandora. Soltó el botín y echó a correr como jamás lo había hecho en su vida, intuyendo el peligro letal de aquel sujeto. El caballero, con calma gélida, envainó su espada y apoyó la pierna derecha hacia atrás, adoptando la postura de un velocista.

—Aquellos que cometieron crímenes deben ser castigados, sean niños o adultos en estado senil. Nadie escapará de la justicia que yo, Luv, he de impartir por todo el reino; mi palabra es la ley y está respaldada por la corona.

En una fracción de segundo, Luv descargó la fuerza sobre la pierna trasera, quebrando el suelo de piedra en mil pedazos. Salió disparado como una flecha y atrapó a Pandora en un abrir y cerrar de ojos. Para frenar semejante inercia, deslizó esa misma pierna derecha hacia el frente, patinando y quebrando el empedrado a su paso hasta detenerse en seco.

—Te tengo —sentenció Luv, inmovilizando el cuerpo de la niña con un solo brazo.

—¡¿Cómo...?! —gimió Pandora, incapaz de asimilar lo que acababa de presenciar, consciente de que caer en sus manos solo significaba el peor de los destinos.

Los pobladores que presenciaron la escena contemplaban atónitos la destreza del caballero.

—¡Escuchen, queridos pobladores! —proclamó Luv con voz firme—. No se preocupen más. Su ladrona ha caído y será juzgada hoy mismo en la plaza del pueblo de Maribel. Su sentencia es la muerte por aterrorizar a este pueblo de un modo tan asqueroso y ruin.

Luv comenzó a caminar hacia la plaza central mientras una agotada Pandora yacía incapaz de mover un solo músculo.

«No puedo moverme... Gasté demasiado poder para saltar del callejón y amortiguar la caída», pensó, respirando entrecortadamente. Al relajarse su cuerpo tras el terror del momento, un hilo espeso de sangre negra comenzó a brotarle de la nariz. No daba para más.

«Supongo que mi historia terminó aquí. Estoy acabada... Me creía especial por tener poderes y no supe usarlos para salvar a nadie. Ahora seré ejecutada en la plaza central a manos de un caballero. Qué destino tan cruel. Si tan solo hubiera nacido en la época de los héroes, como en las historias que mamá me contaba... Mamá, tengo miedo. ¿Acaso no existen héroes valerosos que salven a todos sin importar nada? Porque justo ahora... necesito a uno que venga a salvarme».

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