Capítulo 1
Madre está muriendo más rápido cada día y su sustento se apoya en el dinero que gano por limpiar estanterías y ordenar libros siete horas al día, seis días a la semana. Ni aun dándole la comida en la boca recuerda mi cara, ni quién soy y mucho menos quien es ella.
Hay días en los que se cruza en mi mente la idea de ahogarla con una almohada mientras duerme y ser libre de su existencia en mi casa y mi vida, pero es mi madre y al instante de pensar como le arrebato la vida, pienso que fue ella quien me dio la mía y cuidó de mí en mi niñez. Me siento miserable después de eso.
Ir a trabajar y cuidar de esos libros de segunda mano me distrae y amo con todo mi corazón que lo haga, pues son siete horas de paz, limpieza y orden.
Al empezar mi turno a las once de la mañana cada día, me saluda don Giraldo quien es el encargado de la única caja registradora del local y el cual cada día sin falta me saluda con una sonrisa de oreja a oreja.
—Muy buenos días, señor Obdulio—dijo Giraldo.
—“Señor” está de más. Aún falta un año para cumplir cuarenta, don Giraldo.
—Entonces el ”don” sobra también, Obdulio. No hace falta tanta formalidad entre nosotros.
—Buenos días, Giraldo.
Observa cómo me alejo de la caja para después yo desaparecer en el cuarto de limpieza y empezar con mi jornada en pro del cuidado de estos libros huérfanos.
La librería Luz Perpetua, para ser un local que vende libros usados, es bastante grande y reconocida en la ciudad por manejar libros de excelente calidad y precios accesibles. Suelo comprar uno a la semana para leerle a mi madre en las noches después de la cena, aunque ella solo asimile frase si y frase no y al instante que retiene una palabra, se evapora en su mente al llegar una nueva. Realmente leo para mí mismo, pero lo hago en su compañía porque escucharme la ayuda a dormir mejor y las noches que no lo hago me levantan gritos y sollozos que vienen de su habitación, presa de un pánico que ni siquiera ella sabe cuál es la razón de ser.
Aunque cuento con varios compañeros que conmigo realizaban la labor de limpiar y ordenar, soy el más destacado en lo que a rendimiento se hablaba. Por lo demás, soy un total y completo mediocre para relacionarme con las personas que me rodeaban. No suelo ser el más conversador, no comparto en grupo y a duras penas saben cómo me llamo. No los culpo en lo absoluto y tampoco los odio. Simplemente soy así y ya.
El único que sigue hablándome sin importar todos los años en los que no he iniciado una sola conversación por cuenta propia, era Giraldo. No importaba cuantas veces rechazaba sus peticiones para salir con él y los muchachos después de cerrar e ir al bar San Cuadrado que queda en la esquina de la cuadra. No me interesa en lo más mínimo.
Soy consciente de ser alguien reservado, retraído y vivir solo para el trabajo y para que mi madre no muera de hambre mientras lo deseo muy en el fondo de mi alma. El único motivo por el que no he perdido la cabeza son los pequeños detalles que me brinda esta vida.
Sentir la brisa tocando cada parte de mi cuerpo como si estuviera acariciándome. Consolándome. El olor vivo de los parques con abundante flora y fauna. Sentarme en una banca y simplemente ver la vida que los demás pueden mostrarme en los pequeños ratos fugaces desde que entran en mi campo visual hasta que se van. La mayoría son personas que no vuelvo a ver o no recuerdo ver tres veces, pero hay personas que no saben que verlos todos los días pasar hace parte de mi rutina. Me agrada que no sé den cuenta.
El sentimiento de desprecio que invade cada parte de mi ser tiene nombre y apellido y suele aparecer cuando llego a casa y veo a mi madre tumbada en una cama y sus limitados y torpes movimientos imitan a un juguete que funciona con pilas. Simplemente la observo observarme sin alma ni ganas en su mirada. Como uno mira a alguien que ha fallado a una promesa o como uno mira a un hijo descarriado.
Como todos los días le preparo su cena y me siento a su lado en una silla aparte, vieja y desgastada como todo lo que hay en esta habitación, incluyéndonos.
Sus ojos empiezan a verme con una mirada parecida a la que tiene un perro al momento de pedir comida. Una mirada tan tierna y llena de amor mientras le doy su comida y le leo un libro que claramente no entiende, pero disfruta.
Solo espero a terminarlo e irme a descansar.
La desconexión que me brinda el trabajo y el ver momentos escasos de vidas pasar mientras estoy sentado en una banca rodeado plantas y árboles, junto con el sueño y el descanso en las noches, forman la divina trinidad de placer que rescato cada día de mi vida. La trinidad me mantiene vivo. Me mantiene cuerdo.
Cuando llegué al trabajo al día siguiente me di cuenta de que Giraldo aún no había llegado. Era raro porque es él quien abre el local todos los días pues tiene la llave, ya que es el hermano de la dueña y además siempre es el primero en llegar.
No le di importancia. No tendría que saludarme hoy y eso evitaría que metiera mis dedos en su boca con el objetivo disociado y desesperado de devolverle el saludo como una persona que está en todas sus facultades.
Sin embargo, cuando entré en el cuarto de mantenimiento, él se encontraba ahí. Giraldo estaba sentado en el suelo, y encima de él, de una forma desafortunada para todo ser vivo con el sentido de la visión desarrollada, se encontraba en paños menores la señorita Girasol, quien es una persona muy sabia y noble.
Tanto Giraldo como Girasol se incorporaron con una agilidad sobrehumana. Esto me sorprendió mucho viniendo de alguien como Girasol, pues no se espera esa clase de movimientos tan veloces de alguien que celebró sus ochenta y cinco años recién cumplidos el mes pasado.
Tanto ellos como yo no sabíamos qué hacer y solo podíamos estar completamente quietos. Paralizados. Se me ocurrió de repente, en modo de saludo cordial, acercarme y como una persona que está en todas sus facultades, opte por introducir mis dedos de la mano derecha en la boca de Giraldo.
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