◈ 1. Si te mueres, voy a perseguirte… con un látigo.
Comparar un veneno a una obra de arte resultó ser una de las ideas más bizarras que Zuwen tuvo en toda su vida.
Pero esa era la única analogía que podría acercarse a los magníficos efectos que estaba sufriendo su cuerpo.
El veneno se expandía desde su estómago a todo su sistema nervioso, haciendo que sintiera cientos de miles de agujas tocando cada nervio.
Zuwen, tomando en cuenta esas sensaciones, llegó a considerarlo una obra maestra de lo más torcida.
“Irónico. Soy su esposa y no me dijo nada”, susurró mientras corría a toda velocidad por los pasillos del palacio imperial. Su objetivo era llegar a su departamento y tomar el antídoto.
Para Zuwen, las consecuencias de ser guardaespaldas de la retorcida princesa de este mundo tecnomágico no eran algo nuevo.
Esa mujer le había dado laxantes, sedativos y otros compuestos tantas veces que la cantidad ya era absurda. Provocando que los monitores del palacio resumieran estos episodios en una plantilla.
Pero esta era la primera vez que un incidente involucraba un claro intento de asesinato. Y el único ser capaz de producir un arma tan maléfica era el más renombrado maestro de venenos.
Un genio del más alto calibre, quien tenía una clara obsesión con las toxinas de las leyendas y sus horribles consecuencias.
Por eso se sentía confundida y con el corazón roto: el maldito genio era su esposo.
“Ese silencioso bastardo malnacido…”, susurró entre dientes sin saber si estaba bien insultarlo, tomando en cuenta lo mucho que lo admiraba.
Desde el momento en que Zuwen vio el líquido en la taza que la princesa le ordenó tomar, sintió que algo estaba mal.
Sin embargo, tomó la decisión de arriesgarse porque parte de su trabajo era aceptar órdenes estúpidas.
Pero la extraña alarma que sonó en su mente luego de tomarlo despertó un miedo irracional.
Nadie podría salvarla y prefería morir en su propia casa antes que ser humillada frente a todas esas personas que la veían como un objeto descartable.
En cuanto comenzó a correr, lanzó una alerta en la intranet de los guardias, avisando su destino.
Mientras tanto, detrás de la mujer que corría una maratón por su vida, flotaba Mun, un hada de la Luna. Ella era invisible para todos los seres vivos excepto Zuwen.
El hada refunfuñaba entre dientes, irritada por las circunstancias.
En resumen, Mun consideraba que este mundo era la demostración perfecta de las contradicciones de existir.
No importaba cuán avanzada fuera una civilización, incluso con magia y tecnología, las luchas de poder siempre terminaban destruyendo cualquier posibilidad de utopía.
Y Zuwen no era diferente. A pesar de ser una mujer superpoderosa e inteligente, se volvía ingenua y necia cuando se trataba de emociones.
Por su parte, la susodicha corría analizando los efectos del veneno, sin poder negar que eran ejemplares: en minutos, lágrimas de sangre comenzaron a caer por sus mejillas mientras saltaba por encima de otras personas.
Cuando percibió sangre en su garganta, nariz, oídos y otros lugares que espantarían hasta al más grande asesino pervertido, una ola de pánico la llevó a usar sus poderes. Saltó de sombra en sombra y corrió de cabeza por los techos.
Aunque sabía que esto aceleraría los efectos del veneno, la esperanza de encontrar un antídoto en el departamento que compartía con el maldito miserable de su esposo la hizo correr aún más rápido.
Un trayecto de 20 minutos caminando lo recorrió en 13.
Para cuando llegó a su casa, se dirigió directo al baño y comenzó a inducirse el vómito; era su única esperanza de sobrevivir.
No lo había hecho antes porque vomitar en el palacio imperial significaba humillar al emperador.
Pero ya era demasiado tarde; la neurotoxicidad le hizo perder el equilibrio y golpearse la cabeza contra el lavamanos.
Zuwen yacía en el piso del baño, mirando el techo con los ojos dilatados, desangrándose.
A pesar de haber vomitado gran parte del veneno, los espasmos continuaban haciendo que expulsara sangre y espuma por la boca.
Se estaba ahogando.
‘Voy a morir’, pensó con miedo.
No podía hacer nada, ni siquiera mover un músculo. Entonces Mun apareció frente a ella.
El hada estaba echada sobre un libro abierto que flotaba sobre el cuerpo de Zuwen y la observaba pensativa.
“Escribe”, ordenó a su libro. Pero una de sus plumas con rebeldía se desprendió de sus alas.
Mun, entrecerrando los ojos, murmuró enojada: “Dictado mental”.
La pluma tembló y regresó a su lugar.
Las palabras comenzaron a aparecer en una de las hojas del libro a la velocidad de sus pensamientos.
[Mun > Bobi: Una vez me preguntaste por qué nunca quise volver a encarnar.
Esta es mi prueba: (Foto17f83a63.jpg)
Esta estúpida es la protagonista de su propia historia y mira lo que le pasa por su falta de inteligencia emocional.
Gracias a haber visto las vidas de esta imbécil, no quiero ser la protagonista, ni siquiera tengo ganas de ser un mentor mágico.
¿De qué sirve dar consejos si no te van a escuchar…]
Zuwen, que apenas lograba distinguir la figura de Mun, percibió tristeza e impotencia en su pequeño rostro.
Pero el miedo y sus ojos desenfocados la estaban engañando.
“Otra vez, la misma historia”, murmuró Mun, pausando su dictado mental.
Zuwen intentaba decirle con la mirada que entendía que no podía ayudarla, pero el dolor hizo que cerrara los ojos.
Mun en realidad estaba aburrida y exhausta. Otra vez tenía que ver a su amiga morir por culpa de su analfabetismo emocional y su relación con el igualmente imbécil de Enki.
[… Conozco tan bien a esta mujer que puedo ver en su rostro cómo se inventa lo que estoy sintiendo.
Estoy segura de que piensa que me siento mal por no poder ayudarla, pero en realidad siento vergüenza ajena y ganas de sacarle la mierda a punta de zapatazos.
Todo esto podría haberse evitado si ella y su estúpido esposo se hubieran dignado a tener una conversación.
Si tan solo esta tonta aceptara mis consejos…]
Mun miró a Zuwen, buscando alguna opción en su mente.
“Niñita, si quieres vivir…”, suspiró el hada. Pero se detuvo cuando una idea fantástica irrumpió en su mente.
Una idea que podría modificar el desenlace de esta historia.
‘No recuerdo haberle mencionado ese nombre… ¿Será posible?’, pensó el hada mirando fijamente a Zuwen.
“Tienes que despertar a la dramática, necia y estúpida de Nina”, exclamó Mun, emocionada.
La agitación desapareció de su rostro y fue reemplazada por una sonrisa sarcástica.
“Nina también es tu nombre”.
Eso fue lo último que escuchó Zuwen antes de perder la conciencia.
Las palabras de Mun provocaron algo en la mente de la mujer que seguía ahogándose en su propio vómito y desangrándose.
Mun quedó estupefacta durante unos segundos.
Luego de terminar de hablar, el sonido de una notificación surgió del libro. Cantidades increíbles de magia comenzaron a acumularse en su cuerpo.
Sentada sobre el libro flotante, Mun flexionó los dedos con una sonrisa maléfica.
[… Acabo de notar que esta es la primera vida en la que puedo mencionar el nombre de Nina.
Ojalá esta estúpida pueda sobrevivir a este asqueroso veneno capaz de hacer sangrar a alguien por los siete agujeros.
Haré lo que esté en mis manos.
Te escribo luego, Bobi, sé un buen chico y no te olvides de contarme los chismes sobre los otros.
Besos. Mun.
Pd: Te mandaré los datos sobre esta forma. Si consigues un cuerpo como el mío…]
La mujer comenzó a convulsionar.
“¡Demonios, Zuwen, si te mueres, voy a perseguirte por todos los universos con un látigo y vas a saber quién es Mun…!”
El hada se abalanzó y giró el cuerpo de Zuwen. Intentaba evitar que se ahogara con su propio vómito y que las convulsiones le hicieran más daño.
En consecuencia, no notó que había apretado el botón de enviar con el pie.
El mensaje se envió, incluyendo los gritos de Mun en los que reñía a Zuwen para que no se muriera.
Bobi, que lo recibió, levantó su inexistente ceja luego de leerlo, preguntándose qué debería sentir luego de semejante mensaje. ◈




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