Un trabajo cualquiera
La taberna de Liria estaba más llena de lo habitual aquella mañana.
No era extraño. A esas horas, los agricultores ya habían terminado buena parte de sus primeras tareas y los comerciantes comenzaban a llegar al mercado con carretas cargadas de frutas, verduras, sacos de harina y toda clase de mercancías.
El ruido de las conversaciones se mezclaba con el sonido de los platos, las risas y el golpeteo de las botas contra el suelo de madera.
En una de las mesas del fondo, un joven llevaba varios minutos mirando fijamente un papel.
No estaba leyendo.
Simplemente lo miraba.
—Joren.
Nada.
—Joren.
El joven parpadeó y levantó la cabeza.
—¿Qué?
La chica sentada frente a él señaló el papel con un dedo.
—Llevas cinco minutos viendo el mismo lado.
Joren bajó la mirada hacia la hoja.
—Estoy pensando.
—Estás viendo una hoja en blanco.
—Es parte del proceso.
Zelia soltó un suspiro y se recargó contra el respaldo de la silla.
—Claro.
Joren tomó el papel y lo giró.
En el otro lado había una lista de encargos.
—Mira, este.
Zelia se inclinó para leer.
—“Reparar una cerca.”
—Muy poco.
—“Transportar tres cajas al almacén.”
—Muy aburrido.
—“Ayudar a recoger una cosecha.”
Joren hizo una mueca.
—Eso suena peor.
Zelia levantó una ceja.
—¿Quieres trabajar o no?
—Quiero trabajar en algo emocionante.
—Estamos en Liria.
Joren dejó caer los hombros.
—Eso no significa que no pueda aparecer algo emocionante.
—Ayer arreglaste una puerta.
—Era una puerta difícil.
Zelia lo miró en silencio.
—Tenía una bisagra rota.
—Exactamente.
Joren volvió a bajar la mirada hacia la lista, como si aquella explicación hubiera sido perfectamente razonable.
Zelia negó con la cabeza.
—Aquí hay uno.
Joren levantó la cabeza.
—¿Qué dice?
—“Se solicita ayuda para encontrar ganado desaparecido.”
—¿Cuánto?
—Cincuenta monedas.
Joren extendió la mano de inmediato.
—Dámelo.
Zelia apartó el papel antes de que pudiera tomarlo.
—Ni siquiera terminé de leer.
—Son cincuenta monedas.
—Podría ser peligroso.
—Son cincuenta monedas.
—Podrían ser seis cabras.
—Entonces serán cincuenta monedas por seis cabras.
Zelia lo observó durante unos segundos.
—Eres terrible negociando.
—No estoy negociando.
—Exactamente.
Finalmente le entregó la hoja.
Joren la tomó y la leyó rápidamente.
—¿Dónde?
—Una granja al este del pueblo.
—Cerca del bosque.
—Sí.
Joren sonrió.
—Perfecto.
Zelia entrecerró los ojos.
—No dije que fuera perfecto.
—Pero lo pensaste.
—No.
—Un poquito.
—No.
Joren se levantó de la silla.
—Entonces vamos.
Zelia tomó su arco y se puso de pie.
—Primero terminamos de desayunar.
Joren abrió la boca para protestar.
Zelia lo miró.
Él cerró la boca.
—Está bien.
Volvió a sentarse.
—Qué mandona.
—Y tú qué hambriento.
—Eso no tiene sentido.
—Para mí sí.
Liria era un pueblo sencillo, pero nunca parecía estar quieto.
La plaza central comenzaba a llenarse conforme avanzaba la mañana. Una fuente de piedra ocupaba el centro y, alrededor de ella, los comerciantes acomodaban sus puestos.
Había frutas de distintos colores, verduras recién recogidas, panes, quesos, carne, especias y pequeños productos hechos por artesanos locales.
Una carreta pasó junto a ellos cargada hasta arriba de sacos.
Un hombre que llevaba una bolsa enorme sobre el hombro tuvo que hacerse a un lado para dejarla pasar.
—¡Cuidado! —gritó alguien.
—¡Estoy teniendo cuidado! —respondió el hombre, justo antes de tropezar.
La bolsa cayó al suelo.
Joren se quedó mirando.
—¿Ves? Eso es entretenimiento.
Zelia siguió caminando.
—No pienso ayudarlo.
Dieron tres pasos.
Joren disminuyó el paso.
Zelia ni siquiera tuvo que mirarlo.
—No.
—Yo no dije nada.
—Ya sé qué estás pensando.
Joren suspiró.
—Solo iba a...
—Sí.
Ambos regresaron para ayudar a recoger las cosas.
Unos minutos después continuaron su camino.
—Eso nos costó tiempo —murmuró Zelia.
—Pero ganamos experiencia.
—¿Experiencia en qué?
—Cargar bolsas.
Zelia lo miró de reojo.
—Fantástico. Dentro de diez años serás el mejor cargador de Liria.
Joren sonrió.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
Siguieron avanzando entre los puestos del mercado.
Un grupo de niños corría detrás de una pequeña criatura luminosa que parecía un conejo. El animal dejó escapar un destello y desapareció detrás de un puesto.
—¡Se fue por ahí!
—¡No lo pierdas!
—¡No lo estoy perdiendo!
Zelia observó la escena.
—Pobres niños.
Joren señaló al pequeño animal.
—Pobre conejo.
—No es un conejo.
—Parece un conejo.
—Tiene orejas largas, cuatro patas y una cola.
—Entonces es un conejo.
Zelia lo miró.
—Brilla.
Joren se quedó pensando.
—Un conejo mágico.
—Eso tampoco ayuda.
Una mujer salió de una tienda cargando una canasta y tuvo que esquivar a los niños.
—¡Otra vez esos pequeños!
Desde una granja cercana llegó el sonido de una cabra.
Después otro.
Y otro.
Joren se giró.
—¿Eso fue una cabra?
—Sí.
—Sonó como si se estuviera riendo.
—Las cabras hacen eso.
—Esa parecía estar burlándose de mí.
Zelia se encogió de hombros.
—Probablemente lo estaba.
Joren siguió caminando con expresión ofendida.
—No me gusta este pueblo.
Zelia sonrió apenas.
—Llevas viviendo aquí años.
—Eso no significa que tenga que gustarme.
La granja estaba a unos veinte minutos de Liria.
El camino se iba alejando poco a poco de las casas hasta convertirse en una senda rodeada de campos.
Había hileras de árboles frutales, pequeñas parcelas de verduras y cercas de madera que separaban los terrenos.
El dueño de la granja los esperaba junto al corral.
Era un hombre de mediana edad con las manos cubiertas de tierra.
—¿Son ustedes los del encargo?
—Sí —respondió Zelia.
Joren levantó una mano.
—Cincuenta monedas, ¿verdad?
Zelia giró lentamente la cabeza hacia él.
—Después del trabajo.
—Era una pregunta.
El granjero soltó una pequeña risa.
—Cincuenta.
—Perfecto.
Zelia negó con la cabeza.
—No le hagas caso.
El hombre señaló el corral.
—Han desaparecido seis animales durante las últimas dos semanas.
La sonrisa de Joren desapareció un poco.
—¿Seis?
—Tres ovejas y tres cabras.
—¿Todas de noche? —preguntó Zelia.
—Sí.
—¿Han encontrado rastros?
—Al principio pensé que habían escapado. Pero revisamos las cercas y no encontramos nada roto.
Zelia se agachó cerca del suelo.
Joren se acercó al corral y apoyó una mano sobre la empuñadura de su espada.
—¿Y nadie vio nada?
—Nada.
—¿Perros?
—Tenemos dos.
El granjero señaló a un par de perros que descansaban bajo la sombra de un árbol.
—Pero no ladraron ninguna de las noches.
Zelia levantó la mirada.
—Eso es raro.
—Eso pensé yo.
Joren miró hacia el bosque que se extendía más allá de los campos.
—¿Por dónde salieron?
—No lo sé.
—Entonces tendremos que buscar.
Zelia ya estaba examinando el terreno.
—Aquí.
Había unas marcas en la tierra.
No eran demasiado claras, pero continuaban más allá de la cerca y se internaban hacia una zona de árboles.
Joren se agachó junto a ella.
—Definitivamente es grande.
—Ajá.
—¿Un jabalí?
—Podría ser.
—¿Un lobo?
—Demasiado grandes.
—¿Un oso?
Zelia se incorporó.
—No hay osos por esta zona.
Joren levantó una ceja.
—Entonces será algo más interesante.
—No te emociones.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sabemos qué es.
Joren sonrió.
—Precisamente.
El granjero los acompañó hasta el borde del bosque.
—Si encuentran algo, no se arriesguen.
Joren puso una mano sobre la empuñadura de su espada.
—No se preocupe.
Zelia lo miró de lado.
—Eso fue exactamente lo que dijiste la última vez.
—Y salió bien.
—Terminaste en un estanque.
—Pero salí.
El granjero los observó alejarse.
—¿Siempre son así?
Zelia levantó una mano sin voltearse.
—Sí.
El bosque no era especialmente profundo, pero los árboles crecían lo bastante juntos como para que la luz del sol llegara en pequeños parches al suelo.
Zelia iba delante.
Joren la seguía, apartando ramas con una mano.
—¿Todavía hay huellas?
—Sí.
—¿Segura?
Zelia se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—Joren.
—Solo preguntaba.
—Las estoy siguiendo.
—Correcto.
Continuaron.
Las marcas se hicieron más claras.
Joren se agachó.
—Definitivamente es grande.
—Ya lo dijiste.
—¿Y si es un monstruo?
—Entonces correremos.
Joren levantó la mirada.
—¿Correremos?
—Sí.
—Pensé que pelearíamos.
—Tú puedes pelear. Yo correré.
Joren sonrió.
—Qué buena compañera.
Zelia continuó caminando.
—Lo sé.
Un ruido salió de entre los arbustos.
Ambos se detuvieron.
Joren desenvainó la espada.
Zelia tomó una flecha.
El arbusto volvió a moverse.
Joren contuvo la respiración.
Algo salió disparado.
—¡AHÍ!
Joren corrió tras la criatura.
—¡Joren!
—¡Lo tengo!
—¡Espera!
—¡No se me va a escapar!
Corrió varios metros.
La criatura dobló entre unos árboles.
Joren la siguió.
Y entonces se detuvo.
Frente a él había un zorro.
Un zorro perfectamente normal.
El animal lo miró.
Joren bajó lentamente la espada.
El zorro inclinó la cabeza.
Joren miró hacia atrás.
Zelia llegó unos segundos después.
Lo encontró de pie frente al animal.
Silencio.
—No digas nada —murmuró Joren.
Zelia miró al zorro.
Luego a Joren.
—No iba a decir nada.
El zorro se lamió una pata.
—Solo iba a preguntar si pensabas matarlo.
—No.
—Qué alivio.
El zorro salió corriendo.
Zelia se llevó una mano a la boca, intentando contener la risa.
—No te rías.
—No puedo.
—Zelia.
Ella bajó la mano, pero seguía sonriendo.
—Lo siento.
—No te creo.
—Estoy intentando parar.
Joren guardó la espada.
—Seguimos las huellas equivocadas.
—Sí.
—Eso explica todo.
—No explica por qué perseguiste al zorro.
Joren se cruzó de brazos.
—Parecía sospechoso.
Zelia soltó una carcajada.
—Era un zorro.
—Uno sospechoso.
Regresaron hacia el camino principal.
Unos minutos después encontraron una sección de la cerca rota.
Zelia se agachó.
—Aquí.
Las marcas continuaban alrededor de la zona.
Pero no se internaban hacia el bosque.
Seguían hacia otro terreno.
Joren levantó la mirada.
—¿Escuchas eso?
Zelia se quedó quieta.
Desde unos metros más adelante llegó un gruñido.
Ella levantó el arco.
—Sí.
Avanzaron con cuidado.
Al salir de entre los árboles encontraron un claro.
Había varios jabalíes alrededor de una zona de tierra removida.
Joren se quedó quieto.
—Ah.
Zelia bajó el arco.
—Ya entiendo.
Los animales habían estado atravesando la cerca desde otro lado y entrando en los campos durante la noche.
Entre ellos había varias de las ovejas y cabras desaparecidas, perfectamente tranquilas.
Joren guardó la espada.
—Entonces no había monstruo.
—No.
—Solo jabalíes.
—Y una cerca mal colocada.
Joren miró a los animales.
—Me siento un poco decepcionado.
Zelia empezó a caminar.
—Yo estoy feliz de no tener que pelear.
—Eso también.
Después de conseguir que los animales regresaran a la granja, el granjero les entregó las cincuenta monedas.
Joren las contó una vez.
Después otra.
Zelia lo observó.
—¿Qué haces?
—Comprobar.
—Ya las contaste.
—Ahora estoy comprobando que las conté bien.
Zelia le quitó una moneda de la mano.
—Ahora vamos a comer.
Joren miró la moneda que había desaparecido.
—Con esto quería ahorrar para una espada nueva.
—La espada que tienes funciona.
—Está vieja.
Zelia lo recorrió con la mirada.
—Tú también.
Joren se llevó una mano al pecho.
—Eso dolió.
—Sobrevivirás.
Cuando regresaron a Liria, la plaza estaba todavía más llena.
El mismo hombre de la enorme bolsa seguía caminando por el mercado.
La misma carreta continuaba atravesando la calle principal.
Y, esta vez, un burro se había plantado en medio del camino sin intención alguna de moverse.
Su dueño tiraba de las riendas.
—Vamos.
El burro no se movió.
—Vamos.
Nada.
Joren se detuvo.
—¿Quieres apostar cuánto tarda?
Zelia siguió caminando.
—No.
Joren se quedó mirando al animal.
—Yo digo cinco minutos.
—No.
—Tres.
—Joren.
—Dos.
El burro rebuznó.
Zelia miró hacia atrás.
—Ganó él.
Joren soltó una carcajada.
—Eso fue trampa.
Continuaron hasta la taberna.
La comida no era especialmente elegante, pero era caliente y abundante.
Joren terminó su plato antes que Zelia y dejó caer los cubiertos.
—¿Y ahora?
—Ahora pensamos qué hacer mañana.
—Podemos buscar otro trabajo.
—Sí.
—Uno mejor.
Zelia tomó su vaso.
—Eso espero.
Joren se recostó en la silla.
Por la ventana podía verse parte de la plaza. Comerciantes, agricultores, viajeros y vecinos seguían con sus actividades como cualquier otro día.
Nada había cambiado.
Y para ellos, tampoco.
Todavía eran dos jóvenes intentando ganarse la vida como podían.
Había trabajos pequeños, monedas contadas y caminos que aún no conocían.
Por ahora, eso era suficiente.
Mañana volverían a buscar otro encargo.
Y otro después de ese.
Sin saber que, en algún momento, uno de ellos los llevaría mucho más lejos de lo que cualquiera de los dos podía imaginar.








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