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LEVITICUS

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Sinopsis

Jan no se imagina que una cita a ciegas será su perdición. El fanatismo religioso será la clave dentro de una historia que te llevará a cuestionar hasta donde llega la locura.

Genero:
Drama
Autor/a:
U.VOLCAN-O
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
5.0 (3 reseñas)
Clasificación por edades:
18+

El Sacrificio de Jan

LA VÍSPERA DEL MILAGRO

El calor de la tarde pesaba en el parque solariego, pero los escalofríos de Jan eran por pura expectativa. Se acomodó el cuello de la franela, con los dedos temblorosos y la respiración entrecortada. Apenas una hora antes, mientras se bañaba, el teléfono había sonado interrumpiendo su rutina. Salió de la ducha a toda prisa, empapando el suelo, solo para escuchar la voz que llevaba dos meses esperando. Era su cita. Al fin conocería al amor de su vida. Mientras avanzaba hacia la zona más apartada del parque, rodeado por el murmullo lejano de los transeúntes, su celular vibró en el bolsillo. Lo sacó de un tirón.

—¡Hola! —contestó, conteniendo el aliento—. ¡Ya estoy aquí! ¡Casi llego, amor mío! Me muero por verte y llenarte de besos. Por ti bajaría la luna de ser necesario. Ya te veo.

Al colgar, un pensamiento cargado de fe le inundó el pecho: «¡Hoy es el gran día! Dios al fin me está dando la oportunidad de conocer el amor».

—¡Hola! —saludó con una sonrisa brillante al llegar al claro escondido entre los árboles.

Allí lo esperaba un hombre de unos cuarenta y cinco años. Vestía un traje de corte impecable, elegante, con facciones maduras y atractivas. En sus manos sostenía un paquete plano, envuelto en un papel de regalo fino y satinado.

—Después de dos meses, al fin nos conocemos, Jan —afirmó el hombre con una voz suave, extrañamente densa—. Dos meses de noviazgo digital. Te compré esto. Espero que te guste, mi amor.

Jan tomó el paquete, abrumado. Sintió un vuelco en el estómago; jamás nadie había tenido un detalle semejante con él. Rompió el papel con cuidado y descubrió una camisa de seda negra, tan suave que parecía líquida.

—¡Está hermosa! —exclamó Jan, pero sus ojos se detuvieron en una pequeña tarjeta blanca—. La dedicatoria... dice: «Dios tarda, pero no olvida». Es un poco inusual, ¿no crees?

—Es que tardamos tanto tiempo en encontrarnos, Jan. Una eternidad, diría yo. Pero los tiempos del Señor son perfectos; Él me trajo hasta ti.

—Sí, Héctor... Dios nos ha unido hoy —coincidió el joven, sintiendo un leve escalofrío que no supo descifrar.

Héctor no respondió de inmediato. Dio un paso hacia él, acortando la distancia con una parsimonia gélida. La calidez artificial que había mostrado en los chats pareció esfumarse en un parpadeo. Su mirada, fija en los ojos del muchacho, se volvió densa, profunda y desprovista de cualquier rastro de ternura.

—Dios nos ha unido hoy, Jan —afirmó Héctor, y su voz, ahora despojada de suavidad, resonó con una solemnidad eclesiástica que heló el ambiente—.

Algo en aquel tono de voz no encajaba. Jan dio un imperceptible paso atrás, sintiendo por primera vez que la seda negra en sus manos no se sentía como un regalo, sino como un sudario.

LAS MÁSCARAS DEL SANTUARIO

—Sí, Héctor... Dios nos ha unido —coincidió el joven, dando un paso al frente—. El regalo es precioso. Igual que tú.

—¿Igual que yo?

—Eres un hombre muy guapo, Héctor. Mucho.

—No —lo corrigió Héctor, recorriéndolo con una mirada fría, analítica—. Tú eres el hermoso aquí, Jan. Un chico espectacular. Joven. Lleno de vida. No tienes idea de cuánto deseé que llegara este día.

—¿En verdad te lo parezco? —Jan se inclinó hacia él, cerrando los ojos, buscando sus labios.

Héctor le puso una mano en el pecho, deteniéndolo con una firmeza sutil pero inquebrantable.

—¿Qué pasa? —preguntó Jan, parpadeando, desconcertado.

—No pasa nada. Es solo que... estoy un poco nervioso.

—¿Tú? ¿Nervioso a tu edad?

—Precisamente por mi edad. Soy un hombre que debe guardar las apariencias, Jan. Especialmente en mi comunidad. En la iglesia no perdonarían que ande en estos pasos. Si se enteran...

—¿Entonces no es por mí? —Jan suspiró, aliviado—. ¿Me lo prometes?

—Claro que no, mi amor. Yo deseo esto tanto como tú, pero debo ser recatado en la calle. Al menos donde alguien pueda vernos.

—Entiendo. Pero no te imaginas las ganas que tengo de besarte.

—Y yo a ti. —Héctor sonrió, una mueca que no llegó a sus ojos—. Pero dime, ¿tu madre sabe de esto? ¿Sabe lo que eres?

—Sí, lo sabe. Y me apoya. Ella está muy orgullosa de mí y se alegra de que busque mi felicidad.

Héctor lo observó de soslayo. Una chispa de lástima oscura cruzó sus pupilas.

—¿Cómo es tu vida, Jan? ¿De verdad te gusta vivir así?

—Mi vida no es la gran cosa, Héctor. Pero sí, me gusta quién soy. Me costó tiempo aceptarme, pero lo logré. Mi mamá me cuida mucho, aunque sé que tú la tienes más difícil. Esa doble vida te puede traer problemas con tus creencias.

—Ciertamente —respondió Héctor, y su voz adquirió un tono extrañamente plano—. Pero siempre he sabido usar la máscara. Es fácil aparentar. Las iglesias están llenas de personas como nosotros, escondidas en las sombras.

Y su mirada se tornó vacía. Algo extraño había en ese hombre.

DAÑO COLATERAL

—¿Y por qué no te liberas de una vez? ¿Por qué no dejas atrás el miedo y reconoces tu verdad en público?

—No es tan sencillo. Perdería demasiado. Y no es que tú no lo valgas, Jan, pero a mi edad, con una reputación, una profesión y un liderazgo espiritual que mantener... el bajo perfil es mi única opción.

Jan asintió, recordando algo.

—¿Es por los dos niños que tienes en tus fotos de perfil? ¿Ellos son tu familia?

—Eran mis hijos.

—¿Eran? ¡¿Tienes hijos?! O sea... ¿estás casado?

—Soy viudo.

—¿Viudo? Lo siento mucho... ¿Ella falleció por alguna enfermedad?

—Se lanzó desde la azotea del edificio donde vivíamos —soltó Héctor, sin un solo rastro de emoción en el rostro—. No soportó la noticia.

Jan dio un paso atrás, con el pecho oprimido. La frialdad de Héctor empezaba a calarle en los huesos.

—¿Qué... qué noticia?

—La de nuestros hijos: Felipe y Lucas. Fueron asesinados hace dos años.

Héctor le dio la espalda, rígido como una estatua. Jan, asustado y compungido, se acercó con cautela y le puso una mano en el hombro.

—¡Dios mío, ¡Cuánto lo lamento! No debí preguntar...

—Tranquilo. Son los designios del Señor. El tiempo se ha encargado de sellarlo.

—La muerte de tus hijos y de tu esposa en esas condiciones no es algo que se olvide con el tiempo, Héctor. Puedes desahogarte conmigo. Llora si lo necesitas.

Jan lo abrazó por la espalda, buscando reconfortarlo. Sin embargo, Héctor se zafó del agarre con un movimiento brusco y se giró, mirándolo fijamente.

—Yo amaba a mis hijos —susurró Héctor, y por primera vez sus manos temblaron—. Lucas tenía dieciséis años y Felipe apenas iba a cumplir uno. Los perdí por culpa de una plaga social. Fueron un daño colateral.

—¿Daño colateral? No entiendo... ¿Quién les hizo eso?

—No importa. Yo me entiendo. —Héctor dio un paso hacia él, extendiendo una mano para acariciar la mejilla de Jan. El tacto de sus dedos era frío como el mármol. Jan cerró los ojos, intentando recuperar la calidez del momento—. Entonces... ¿eres feliz?

—Sí. Mi mamá va a estar dichosa de saber que al fin encontré a alguien.

—Feliz... —repitió Héctor.

De pronto, la caricia se transformó en una garra. Héctor aferró a Jan por el cuello con una fuerza descomunal y, tras un breve y desesperado forcejeo, lo estampó contra el suelo pavimentado. El impacto le sacó el aire a Jan.

—¡¿Así que eres feliz, engendro?! —rugió Héctor, transformado.

—¡No! ¡¿Qué haces?! ¡¿Por qué me tratas así?! —gritó Jan, intentando arrastrarse hacia atrás.

Héctor metió la mano bajo su elegante saco y extrajo un revólver pesado, de cañón oscuro. Apuntó directamente a la cabeza del joven. Jan, confundido, sintió que se le halaba la sangre.

EL ÁNGEL VENGADOR

—¡¿Eres feliz esparciendo tus aberraciones por internet?! ¡Dañando las almas de los inocentes!

—¡Yo no he dañado a nadie! ¡Déjame! ¡Yo solo soy feliz como soy!

—¡Asqueroso! ¡Contagiando a jóvenes con tus ofrecimientos pecaminosos en las redes!

—¡¿Pecaminosos?! ¡Tú me escribiste primero, Héctor! ¡Tú me buscaste!

—¡Te escribí para cazarte, maldito engendro del pecado! —el rostro de Héctor estaba desencajado, las venas de su cuello a punto de estallar—. ¡Ustedes son una enfermedad! ¡Dios condena a los perversos como tú!

—¡No! ¡Dios es amor! —lloró Jan, con el terror paralizándole las piernas—. ¡Él ve nuestros corazones!

—¡Cállate, monstruo!

—¡No soy un monstruo! ¡Dios me hizo así!

—¡Dios no comete errores! La homosexualidad es una aberración contra la naturaleza. Lo dice la Palabra Sagrada.

—¡La Biblia fue escrita por hombres!

—¡La Biblia fue dictada por la boca del Altísimo y cada letra es una ley eterna!

—¡Es el mismo libro donde las serpientes hablan y los muertos caminan! —gritó Jan en un arranque de desesperación.

Héctor, cegado por la furia, le asestó una patada brutal en las costillas. Jan se encogió en el suelo, gimiendo de dolor.

—¡No me pegues más, por favor! ¡Tú no eres así, Héctor!

—¡Ustedes me volvieron así! ¡Ustedes destruyeron mi vida!

—¡Estás confundido, este no eres tú!

—¡Estoy más claro que nunca! ¡Le sirvo al Rey de Reyes, y Él ordena que los que practican tales cosas deben morir!

—¡No lo hagas! ¡Piensa en mi mamá! Ella me espera... se va a morir de tristeza si no regreso...

—¡¿Y cómo crees que murió mi esposa?! ¡Se mató por la misma asquerosidad! ¡Yo me sentí defraudado por mis propios hijos cuando descubrí que habían nacido con esa misma lepra espiritual! ¡Tuve que hacerlo! ¡Tuve que librar a mi casa de la maldición!

Jan abrió los ojos de par en par, el horror congelándole la sangre.

—¿Tú... tú los mataste?

—¡Porque no eran naturales! ¡Dios condena a los pecadores como ellos y como tú!

—¡Mataste a tus propios hijos! ¡Eres un monstruo! ¡Un maldito asesino!

—¡No soy un asesino! ¡La Biblia dice en Levítico 18:22: «No te echarás con varón como con mujer; es abominación»! ¡Son una lacra mundial! ¡Alguien tiene que limpiar las calles! ¡Yo soy la mano de Dios! ¡Soy su Ángel Vengador! Desde hace dos años, cuando purifiqué a mis hijos, he estado limpiando esta ciudad. ¿No has visto las noticias? Los parques, las plazas, las redes... ¡las estoy saneando!

—¡Entonces fuiste tú...! Todos esos cuerpos... ¡tú los mataste!

—¡No eran personas! ¡Eran vasijas del mal! Esta generación perversa merece el fuego que destruyó a Sodoma y Gomorra. Dios purifica con sangre.

—¡Eso fue en otra época! —suplicó Jan, buscando una salida conceptual—. ¡Jesús vino a predicar amor! ¡Él cambió la ley! ¡Se juntó con los marginados, con los pecadores!

—¡Cállate! ¡No te atrevas a poner ese nombre en tu boca sucia! —Héctor recitó, con los ojos desorbitados y la voz temblando en un trance místico—: «Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre». ¡Levítico 20:13! La sangre de los impuros debe correr, igual que la de las mujeres lapidadas, igual que la estirpe maldita de Canaán, condenada a la esclavitud por ver la desnudez de su padre. ¡Todo está escrito!

—¡Estás demente! ¡Suéltame, por favor, déjame ir!

—¡Vas a morir hoy! A mi hijo mayor... yo intenté salvarlo. Lo metí en las terapias de conversión de la iglesia. Nuestros pastores oraban para exorcizar sus demonios en el nombre de Cristo. Y estaba funcionando... ¡Hasta que empezó a hablar por redes con alguien! Alguien que le llenó la cabeza de ideas libertinas y lo desvió del redil. Un perfil con el nombre de... Maya. ¿Te suena, Jan? ¿O prefieres que te llame por tu usuario?

Jan sintió que el mundo se desvanecía. El llanto atrapado en su garganta estalló en un gemido desconsolado. Héctor lo había estado cazando a él directamente.

—Mi hijo se volvió rebelde, rechazó al Señor. Tuve que liberarlo a él y al pequeño, que ya estaba siguiendo sus pasos. ¿Entiendes ahora, Maya? Te busqué por dos años. Dios tarda, pero no olvida. Tu juicio ha llegado.

—¡Déjame ir! —suplicó Jan, arrastrándose de rodillas—. ¿Te hace feliz matar gente?

—¡No es matar! ¡Es ejecutar la justicia divina! «¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones». Primera de Corintios 6:9. Es la voz del Creador, no la mía.

—¡Estás ciego! ¡Ese Dios de odio es una creación de tu locura! ¡El mandamiento dice claramente: ¡NO MATARÁS!

—Dios ordena la muerte de los impíos. El libre albedrío solo es el camino corto al infierno.

—¡¿Hasta qué punto son capaces de llegar ustedes por su fanatismo?!

—¡Cállate! El pecado se sella con sangre.

—¡Mi mamá me está esperando! —Jan lloraba a moco tendido, aferrándose a las botas de Héctor—. ¡Se va a morir de dolor si no vuelvo! ¡Por favor!

—¡Como murió mi esposa por tu culpa! ¡Por tus mensajes corrompiendo a mi hijo!

—¡Fue tu culpa! —le gritó Jan, sacando fuerzas de la pura desesperación—. ¡Tú los mataste! ¡Tú destruiste a tu familia! ¡Tus hijos estarían vivos si no fueras un maldito loco!

—¡Cállate! ¡Cállate!

—¡Eres un asesino! ¡Mataste a tus propios hijos! ¡Mírate!

Héctor retrocedió un paso, tapándose los oídos con la mano libre. Las palabras de Jan perforaron su armadura de autosuficiencia. Su respiración se volvió errática; el peso de la realidad empezó a resquebrajar su delirio.

—¡No soy un asesino! —gimió Héctor, dejándose caer de rodillas sobre el césped, con el arma apuntando al suelo—. ¡No soy un asesino...!

—¡Lo eres! ¡Violaste la ley de tu propio Dios! ¡No matarás, Héctor! ¡No matarás!

Héctor comenzó a llorar de manera descontrolada, rompiendo en un sollozo infantil y patético, con los hombros caídos.

—¡Sí...! ¡Soy un asesino! ¡Fui el instrumento... uno de sus jueces... y mis manos están manchadas!

Jan vio su oportunidad. Con cuidado, se puso de pie, midiendo cada milímetro de sus movimientos.

—Déjame ir, Héctor. Dios perdonará que te detengas aquí. Déjame ir.

Un silencio sepulcral se apoderó del claro del parque. Solo se escuchaba el viento entre las hojas y los sollozos del hombre armado. Héctor respiró hondo, tragándose las lágrimas, y levantó la cabeza. Su mirada era una mezcla de derrota y locura.

—¡Vete! —ordenó con un hilo de voz—. ¡Vete antes de que me arrepienta!

—¿Seguro? —Jan dio un paso atrás, vacilante.

—¡Que te vayas! ¡Solo lárgate!

Jan comenzó a caminar de espaldas, sin quitarle los ojos de encima. Héctor permanecía de rodillas, estático, mirando fijamente el suelo. Jan apresuró el paso en cuanto llegó al límite de los árboles, dándose la vuelta para correr.

Héctor levantó la vista. Vio la silueta del chico alejándose, libre. Vio la silueta de Maya, el causante de su desgracia. Un frío glacial le recorrió la espina dorsal, barriendo cualquier rastro de remordimiento.

Con el pulso firme y el rostro completamente rígido, Héctor alzó el arma, apuntó y apretó el gatillo.

El estruendo de la detonación espantó a las aves del parque. A lo lejos, se escuchó un grito seco, ahogado, seguido por el sonido sordo de un cuerpo desplomándose contra la maleza.

Héctor se puso en pie con lentitud. Limpió el polvo de sus pantalones con total parsimonia.

—No soy un asesino —masculló para sí mismo, con una sonrisa vacía dibujándose en sus labios—. Soy la mano de Dios.

Guardó el arma en el bolsillo interior de su saco de seda y echó a caminar en dirección contraria, perdiéndose entre las sombras del parque mientras la tarde moría.

—Soy la mano de Dios —repitió en un susurro, listo para su siguiente cita.

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Trama absorbente

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Buenos personajes

1

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Diálogos potentes

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Diálogos potentes

author

Me gusta mucho esta narración. me parece que es un material impactante

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