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Mi amor de la infancia se convirtió en mi vecino.

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Sinopsis

Estoy enamorado de Kim Tae-hyung desde que éramos niños. Patético, lo sé. Después de dos años sin verlo, finalmente conseguí superarlo. <mentiroso> Entonces el imbécil se mudó al departamento de al lado. Ahora tengo tres problemas: Tae sigue demasiado guapo, Mina quiere quitármelo aunque técnicamente nunca fue mío y su hermano Do-yun quiere salir conmigo. ¿Lo peor? Desde que Do-yun se acercó, Tae parece celoso. Pero eso es imposible. ¿Verdad? —Seok-jin, estudiante universitario y futuro paciente psiquiátrico.<mentiroso></mentiroso></mentiroso>

Genero:
Humor,Lgbtq
Autor/a:
Risel 💕✨
Estado:
hace 8 horas
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

EL PROBLEMA CON LOS VECINOS



Estar enamorado de Kim Tae-hyung durante catorce años me había enseñado tres cosas: que el amor no tiene dignidad, que los hombres guapos deberían pagar impuestos adicionales y que jamás, bajo ninguna circunstancia, debes enamorarte de tu mejor amigo.

La cuarta la aprendí un lunes a las siete y doce de la mañana:

Si consigues sobrevivir a todo lo anterior, asegúrate de que el imbécil no vuelva a mudarse al departamento de al lado.

Pero todavía faltaban aproximadamente nueve minutos para que mi vida se fuera a la mierda, así que en ese momento mi preocupación principal era encontrar el calcetín izquierdo.

—¿Dónde carajos…?

Me agaché para mirar debajo de la cama.

Una botella de agua.

Un cargador que llevaba tres meses buscando.

Una moneda.

Una caja vacía de preservativos que no pensaba explicar.

Y ningún calcetín.

« Excelente » .

Me incorporé demasiado rápido y me golpeé la cabeza contra el borde del escritorio.

—¡Hijo de…!

Mi celular comenzó a vibrar sobre la cama.

Hani.

Por supuesto.

Contesté mientras me sobaba la cabeza.

—Si llamas para decirme que ya llegaste, te felicito.

—Buenos días para ti también, princesa.

—No soy una princesa.

—Llevas veinte minutos ignorando mis mensajes.

—Estoy ocupado.

—¿Haciendo qué?

Miré el único calcetín que llevaba puesto.

—Construyendo mi futuro.

—Estás buscando ropa, ¿verdad?

La odiaba.

Hani tenía la desagradable costumbre de conocerme demasiado.

—Tengo una emergencia.

—¿De verdad?

—Perdí un puto calcetín.

Hubo un silencio.

—Voy a colgar.

—Qué clase de amiga abandona a alguien en un momento así.

—Una que tiene clase a las ocho y que te dijo ayer que prepararas tus cosas.

—Preparé mis cosas.

—Jin.

—Preparé algunas cosas.

—Jin.

—Sé dónde están mis pantalones.

—Es un avance.

Miré hacia abajo.

—Los estoy usando.

—Estoy muy orgullosa.

—Gracias.

—Ahora encuentra el calcetín y mueve el culo. Si vuelves a llegar tarde, el profesor Han va a exhibirte frente a todos.

—Ese hombre me tiene envidia.

—Ese hombre tiene cincuenta y ocho años.

—Precisamente. Yo todavía tengo cartílago.

Hani soltó una carcajada.

—Tienes diez minutos.

—Quince.

—Diez.

—Doce y cerramos trato.

—No estamos negociando un secuestro.

—Con esa actitud nunca vas a triunfar en los negocios.

Colgó.

Grosera.

Arrojé el teléfono sobre la cama y volví a buscar. Finalmente encontré el maldito calcetín debajo de una sudadera. Me lo puse saltando sobre un pie, tropecé con una mochila, choqué contra la puerta y logré mantenerme de pie gracias a un movimiento que probablemente habría impresionado a cualquier profesional del ballet.

Me quedé quieto.

Nadie había visto aquello.

Perfecto.

Tomé mi mochila, las llaves y una barra de cereal que encontré sobre la encimera.

Mi departamento no era grande, pero era mío. Bueno, técnicamente era del señor que me cobraba una cantidad obscena cada mes por permitirme existir entre esas cuatro paredes, pero había vivido ahí suficiente tiempo para considerarlo mi pequeño reino.

Un dormitorio.

Una sala.

Una cocina diminuta.

Un baño donde podías lavarte los dientes sentado en el inodoro si querías optimizar tu tiempo.

Universidad.

Independencia.

Pobreza.

La santísima trinidad.

Abrí la puerta mientras intentaba meter la barra de cereal en la mochila.

Y choqué contra una caja.

—Mierda.

La caja se inclinó.

Dos brazos aparecieron detrás y la sujetaron antes de que cayera.

—Cuidado.

Me congelé.

No por la caja.

Por la voz.

Hay voces que uno olvida.

La cajera del supermercado.

El profesor de matemáticas de secundaria.

El tipo que te vendió un seguro por teléfono.

Y luego están las voces que el cerebro guarda en una habitación especial porque es un imbécil incapaz de dejarte vivir.

Esa voz había cambiado un poco.

Más grave.

Pero la reconocí.

« NO» .

La caja descendió.

Primero aparecieron unos dedos largos.

Después una muñeca.

Una camiseta negra.

Un cuello.

Una mandíbula que recordaba perfectamente.

Y finalmente la cara.

Kim Tae-hyung estaba parado frente a mí.

Lo primero que pensé fue que los dos años sin verlo habían sido muy amables con él.

Lo segundo fue que quería demandarlos.

Porque aquello era ridículo.

Tae siempre había sido guapo. Incluso cuando éramos niños tenía esa clase de cara que hacía que las señoras del barrio le pellizcaran las mejillas y dijeran que iba a romper corazones cuando creciera.

Resultó que las viejas sabían cosas.

Ahora el cabello oscuro le caía desordenadamente sobre la frente. Tenía los hombros más anchos de lo que recordaba y esa expresión tranquila que siempre me había dado ganas de golpearlo.

O besarlo.

Dependía del día.

A veces ambas.

Sus ojos se abrieron.

—¿Jin?

Ah.

Mi nombre seguía sonando igual en su boca.

Qué desgracia.

—No.

Tae parpadeó.

—¿No?

—Te equivocaste de persona.

Lo rodeé.

O lo intenté.

Una mano me agarró del brazo.

—Jin.

Miré sus dedos.

Luego su cara.

—Secuestro.

—¿Qué?

—Me estás reteniendo contra mi voluntad.

Tae empezó a sonreír.

< <No sonrías>>.

Sonrió.

<<Hijo de puta>>.

La misma sonrisa.

Tal vez un poco peor.

—Eres tú.

—Lamentablemente.

—¿Qué haces aquí?

Lo miré.

Después miré la puerta de mi departamento, que seguía abierta detrás de mí.

Volví a mirarlo.

—Estoy robando.

Tae soltó una risa.

Y durante un segundo fue como si no hubieran pasado dos años.

Ese fue el problema.

Mi cuerpo recordó antes que yo.

Recordó su risa.

Recordó cómo arqueaba ligeramente la nariz.

Recordó la presión de sus dedos alrededor de mi brazo.

Recordó demasiadas cosas que yo había trabajado arduamente para guardar en el cajón mental etiquetado como:

KIM TAE-HYUNG: NO ABRIR.

—Sigues siendo igual —dijo.

—Tú no.

Sus cejas subieron.

<<Mierda>>.

—¿No?

—Estás más viejo.

Bien. Excelente recuperación.

—Tenemos la misma edad.

—Entonces envejeciste mal.

Tae se rio otra vez.

—Me extrañaste.

—Muchísimo. Algunas noches despertaba gritando.

—Lo sabía.

—De felicidad.

Su mano todavía estaba en mi brazo.

Bajé la vista.

Él siguió mi mirada y finalmente me soltó.

¿Por qué noté que me había soltado?

No importaba.

—Espera —dije—. ¿Qué haces tú aquí?

Tae señaló con el pulgar la puerta de enfrente.

No. Mi cerebro tardó aproximadamente tres segundos en procesarlo.

Puerta.

Tae.

Caja.

Puerta.

Tae.

Caja.

Vecino.

—No.

—¿Otra vez no?

—No puedes vivir ahí.

—Buenos días a ti también.

—Hablo en serio.

—Yo también.

Se agachó para recoger otra caja.

Fue entonces cuando vi que la puerta del departamento que llevaba varias semanas vacío estaba completamente abierta. Dentro había más cajas, una maleta y un par de muebles todavía envueltos.

Sentí que algo se hundía dentro de mi estómago.

—Te mudaste.

—Eso suele significar tener cajas.

—Sé lo que significa mudarse.

—No parecía.

—¿Por qué aquí?

—Porque necesitaba un departamento.

—Hay millones.

—Este me gustó.

—Hay mejores.

—Está cerca de la universidad.

—Hay universidades mejores.

Tae dejó de mover la caja.

Me miró.

Yo lo miré.

—Jin.

—¿Qué?

—¿No te alegra verme?

Y ahí estaba.

La pregunta.

Dicha con naturalidad.

Sin drama.

Sin saber que yo había pasado una cantidad vergonzosa de tiempo intentando precisamente dejar de alegrarme de verlo.

Habíamos crecido puerta con puerta.

Catorce años compartiendo prácticamente todo.

Comida.

Videojuegos.

Cumpleaños.

Vacaciones.

Secretos.

Una bicicleta que Tae rompió y que todavía juraba que había sido culpa mía.

Mi primer cigarro, que ninguno de los dos supo fumar.

Su primera borrachera.

Mi primera ruptura.

Bueno.

''Ruptura''.

Había salido con un chico durante tres semanas cuando tenía diecisiete.

Tae lo odiaba.

Nunca supe por qué.

Después Tae se fue.

Y yo descubrí algo muy importante sobre las personas que forman parte de tu vida durante demasiado tiempo:

Cuando se marchan, dejan espacios con su forma.

Al principio tropiezas con ellos.

Luego aprendes a rodearlos.

Finalmente dejas de mirarlos.

Yo había dejado de mirar.

O eso pensaba.

—Claro que me alegra —dije.

Su expresión cambió inmediatamente.

Maldita sea.

¿Por qué parecía tan feliz?

—Solo me sorprende.

—Quería decírtelo.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Quería darte una sorpresa.

—Las sorpresas son embarazos y auditorías fiscales. Esto es terrorismo.

Tae soltó una carcajada.

—Definitivamente te extrañé.

Mi estómago hizo algo extraño.

Lo ignoré.

Yo era adulto.

Los adultos ignorábamos emociones.

Por eso teníamos gastritis.

—Bueno, felicidades —dije—. Ya me viste.

Miré el teléfono.

7:19.

—¡Mierda!

Eché a correr hacia las escaleras.

—¡Jin!

Me giré mientras bajaba.

—¿Qué?

Tae estaba apoyado contra el marco de su nueva puerta.

—¿Vas a ayudarme a desempacar?

—¡No!

—¡Te compro comida!

Me detuve.

—¿Qué comida?

Tae sonrió.

<<Soy débil>>.

—La que quieras.

—A las seis.

—Sabía que me extrañabas.

Le enseñé el dedo medio.

Su risa me acompañó escaleras abajo.


—No.

Hani bebió de su café.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Hani.

—Jin.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Repetir mi nombre como si yo fuera estúpido.

—No necesito repetirlo para eso.

La miré con desprecio.

Estábamos sentados al fondo del salón mientras el profesor preparaba su presentación. Había llegado dos minutos antes que él.

Dos.

Una victoria era una victoria.

—Tae se mudó al departamento de enfrente —repetí.

Hani dejó lentamente el vaso sobre la mesa.

—¿Tu Tae?

—No es mi Tae.

—El Tae.

—Eso suena peor.

—El Tae del que llevas enamorado desde que tenías—

—Habla más fuerte. Creo que los de administración no escucharon.

Hani sonrió.

—Pensé que ya lo habías superado.

—Lo superé.

<<Mentiroso>>.

—Completamente.

<<MENTIROSO>>.

—¿Entonces cuál es el problema?

Abrí la boca.

La cerré.

Buen punto.

Odiaba cuando tenía buenos puntos.

—No hay problema.

—Perfecto.

—Perfecto.

—Entonces puedes ser su vecino sin convertir esto en otra temporada de ''Jin toma decisiones horribles''.

—Ese programa fue cancelado.

—Tu historial dice lo contrario.

El profesor comenzó a hablar.

Me acomodé en la silla.

Hani abrió su libreta.

Yo hice lo mismo.

Duré exactamente cuarenta segundos.

—Está más guapo.

Hani cerró los ojos.

—Por supuesto.

—No digo que me importe.

—Naturalmente.

—Es una observación científica.

—¿Hubo microscopio?

—Inspección visual.

—Qué profesional.

—Gracias.

Hani me miró de reojo.

—¿Qué tan guapo?

Pensé en Tae.

Camiseta negra.

Cabello revuelto.

Brazos.

Manos.

Sonrisa.

<<DIOS>>.

—Normal.

—Ajá.

—Se dejó crecer el cabello.

—Eso no responde.

—Tiene los hombros más anchos.

Hani empezó a sonreír.

—¿Algo más, científico?

—Cállate.

—¿Abdominales?

—No los vi.

<<Todavía>>.

Fruncí el ceño.

¿Todavía?

¿Qué clase de pensamiento era ese?

Saqué mi bolígrafo con violencia.

Se acabó.

No iba a volver a caer.

Había pasado dos años reorganizando mi cerebro después de Tae.

No pensaba tirar todo ese trabajo por la borda simplemente porque el universo había decidido ponerlo a cinco metros de mi cama.

Yo era una persona adulta.

Madura.

Racional.

A las seis de la tarde iría a ayudarlo a desempacar.

Comería gratis.

Regresaría a mi casa.

Eso era todo.

Nada podía salir mal.


A las seis y siete estaba frente a su puerta con una bolsa de cervezas.

No porque estuviera nervioso.

Porque desempacar daba sed.

Toqué.

Nada.

Volví a tocar.

—¡Está abierto!

Giré el pomo.

—Un día van a robarte y voy a reírme.

Entré.

—Tú acabas de entrar sin permiso.

—Tocé.

—Y después entraste.

—Me invitaste.

—Entonces deja de quejarte.

Su voz venía del pasillo.

Dejé las cervezas sobre la encimera.

—¿Dónde estás?

—Baño.

—¿Ya pediste comida?

—No.

—Tae.

—Acabo de terminar.

—¿De qué?

Apareció, y mi cerebro dejó de funcionar.

Kim Tae-hyung salió del baño con el cabello mojado y una toalla alrededor de la cintura.

Nada más.

Absolutamente nada más.

Me quedé mirándolo.

No mucho.

Tal vez dos segundos.

Tres.

Cinco era una acusación grave.

Tae se pasó otra toalla por el cabello.

—¿Qué?

—Nada.

Mis ojos bajaron.

Abdomen.

Ah.

Volvieron a subir.

—¿Terminaste? —preguntó.

—No.

Silencio.

Tae arqueó una ceja.

Yo también me escuché.

<<Mierda>>.

—¿No?

Podía salvarlo.

Era un hombre inteligente.

Había aprobado estadística.

—Estoy evaluando si tantos abdominales compensan tu falta de personalidad.

Perfecto.

Tae miró hacia abajo, como si acabara de recordar que estaba prácticamente desnudo.

Después volvió a mirarme.

Una sonrisa lenta apareció en su cara.

Conocía esa sonrisa.

Problemas.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Compensan?

—Necesito una inspección más detallada.

¿Por qué dije eso?

¿Por qué?

Tae dio un paso hacia mí.

Yo había estado bromeando.

Ese fue mi primer error.

Dio otro.

Segundo error: no retrocedí.

Se detuvo frente a mí.

Demasiado cerca.

El agua todavía recorría su cuello.

<<No mires, no mires>>.

Miré.

<<Soy un pervertido>>

—Inspecciona —dijo.

Bajé la mirada.

Tercer error.

La toalla estaba demasiado abajo.

Muchísimo.

Demasiado.

Criminalmente abajo.

—He terminado.

Me giré.

—Qué rápido.

—El producto no cumplió mis expectativas.

—¿Seguro?

—Completamente.

Una mano rodeó mi cintura.

Todo mi cuerpo se tensó.

Tae me hizo retroceder apenas.

Mi espalda chocó contra su pecho.

Y ahí estaba otra vez ese maldito problema con la memoria.

Tae siempre había sido físico conmigo.

Abrazos.

Brazos sobre mis hombros.

Dormirse encima de mí.

Robarme la almohada y terminar abrazándome a mitad de la noche.

Para él nunca había significado nada.

Para mí había significado demasiadas cosas.

—Estás rojo —murmuró.

—Tengo hipertensión.

—Tienes veintidós años.

— Hipertensión Precoz.

Sentí su risa contra mi espalda.

<<Dios, mátame>>.

—Jin.

—¿Qué?

—Te extrañé.

Y de repente dejó de ser gracioso.

Me quedé quieto.

Su brazo seguía alrededor de mi cintura.

Habían pasado dos años.

Dos años desde la última vez que habíamos estado así.

Tae apoyó la barbilla sobre mi hombro con una naturalidad insultante.

Como antes.

Como si no hubiera desaparecido de mi vida.

Como si mi corazón no hubiera tenido que aprender lentamente que ya no debía esperar su mensaje antes de dormir.

Tragué saliva.

—Suéltame.

Tae lo hizo inmediatamente.

Me giré.

—¿Qué?

—Ponte ropa.

—¿Por qué?

—Porque vivimos en una sociedad.

—Tú ya me viste desnudo.

—¡TENÍAMOS SEIS AÑOS!

Se echó a reír.

Le lancé un cojín.

Lo esquivó.

—Además —dije—, no quiero volverme gay.

Tae parpadeó.

—Jin, eres gay.

Lo señalé.

—Precisamente. Mira lo tarde que llegaste.

Tae se quedó en silencio.

Después se rio tan fuerte que tuvo que apoyarse en la pared.

Y mientras lo veía reír, con el cabello mojado, una toalla peligrosamente suelta y la misma expresión que había conocido durante casi toda mi vida, comprendí algo terrible.

Dos años.

Había tenido dos malditos años.

Dos años para olvidarlo.

Dos años para acostumbrarme a no tenerlo cerca.

Dos años para convencerme de que Kim Tae-hyung había sido simplemente mi primer amor y que algún día sería una historia divertida que contaría mientras estaba borracho.

Había funcionado bastante bien.

Hasta las siete y doce de aquella mañana.

Tae levantó la cabeza.

—¿Qué quieres comer?

Lo miré.

<<Estamos jodidos>>.

—Pollo.

—¿Picante?

—Obviamente.

—Extra picante.

—Me conoces.

Tae sonrió.

Sí.

Ese era precisamente el problema.

Me conocía.

Y yo todavía lo amaba.

<<¡Mierda!>>

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