Los Moldeas con Maicena
Los moldeas con Maicena
Salimos al pueblo a comprar el mercado y abastecernos de víveres para varios días. La lejanía de la casa en que vivíamos nos obligaba a hacerlo así. Las calles empedradas del centro y sus casas de cantera rosa siempre eran un deleite para nuestros ojos. El amplio jardín municipal, con sus árboles de ficus, siempre nos cobijaba con su sombra. Los vendedores de los alrededores le daban ese toque pintoresco, típico de cualquier pueblo mexicano.
Caminamos rumbo a la presidencia municipal después de hacer las compras, pero la lluvia nos sorprendió, obligándonos a refugiarnos en la Casa de la Cultura. Ya dentro, comenzamos a organizar a la gente y a llamar a quienes se habían quedado fuera para que no se mojaran. Permanecimos en la puerta, expectantes, esperando que algún taxi pasara cerca del lugar, pero no sucedió.
Pasaron largos minutos hasta que la lluvia finalmente cesó. Por fin, emprendimos el camino de regreso.
Al llegar a casa, algo se sentía extraño. El aire, el silencio, el viento que empezaba a soplar y los nubarrones negros que se cerraban en el cielo creaban una atmósfera que se sentía antinatural. De pronto, tuve la sensación de que aquella no era nuestra casa.
Sin embargo, la llave entró en la cerradura y la puerta se abrió con un rechinido.
Cuando se abrió del todo, lo confirmé.
Un amplio vestíbulo se extendía frente a nosotros, con paredes altísimas y pequeñas ventanas corredizas casi pegadas al techo.
«¿Quién hizo esas ventanas?», pensé. «¡Mi casa no tiene ventanas así!».
Él intentó tranquilizarme.
—Vamos, amor. La niña debe estar esperándonos.
Asentí, tomé su mano y comencé a seguirlo.
Y entonces las vi.
Tres aves. Tres urracas posadas en los marcos abiertos de las ventanas, observándonos fijamente.
El techo tenía vigas de metal, como si el techo de mi casa se hubiese transformado en una enorme bodega. Y cuanto más miraba, más convencida estaba de que aquella no era mi casa. Parecía una maqueta que había estado haciendo para mi hija unos días atrás.
Las tres urracas comenzaron a hacer su característico:
—¡Chac, chac, chac!
Como si algo les molestara.
—Mira —le dije, jalándole un poco de la mano para que volteara.
Cuando lo hizo, las aves comenzaron a gritar con furia.
Y entonces comenzaron a llegar más.
Muchísimas más.
Entraban en bandada por las ventanas abiertas, girando en círculos sobre nuestras cabezas mientras nosotros permanecíamos a medio vestíbulo.
El terror se apoderó de mí. Solo atiné a decir:
—¡Apresúrate! ¡La niña!
Sacando ese impulso de madre sobreprotectora, solté las bolsas y corrí hacia las escaleras. Él me siguió, buscando las llaves del cuarto.
Pero las aves comenzaron a lanzarse contra nosotros con una furia indescriptible.
Cuando por fin llegamos arriba, él seguía buscando las llaves desesperadamente. Me así del barandal y apenas alcancé a esquivarlas sin caer.
Entonces, una mujer salió del cuarto con una lámpara antigua en la mano.
—¿No les avisaron? —dijo con voz tranquila.
La mujer mediría, por mucho, un metro cuarenta y cinco. Su vestimenta lucía casi igual a la que usaba mi abuela cuando yo era niña: tez aperlada, cabello entrecano recogido en una trenza, complexión rolliza, mandil azul, falda y zapatos planos.
No parecía asustada.
—¿Avisarnos de qué? —pregunté, esquivando a una de las aves furiosas que casi me golpeó en la cara.
La mujer ignoró mi pregunta y se giró hacia él.
—Bueno, Alejandro… —empezó a decir.
Pero se interrumpió.
Su semblante cambió.
La mujer alzó su mano temblorosa y señaló hacia el techo. Su rostro, antes sereno y apacible, se contrajo en una mueca de terror.
Seguí la dirección de su dedo.
Y entonces lo vi.
En lo que quedaba del techo blanco, estaba escrita una frase en color rojo, como si la misma casa la hubiera exhalado. La pintura aún goteaba, espesa como sangre tibia.
Se podía leer:
«Los moldeas con Maicena y regresan a verte cuando duermes para no sangrar su olvido».
El aire se volvió denso.
Las urracas enloquecieron y se alejaron.
Y, por un instante, juré escuchar mi propia voz repitiendo aquellas palabras desde el interior de las paredes, haciendo eco por el techo hasta el más lejano rincón.
Repitiéndolas una y otra vez.
![Eres mía [#1]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_4344f13bc3a0abb8b1c504d5bd3ac0a3.jpg)







