El eco que se volvio lamento
Pasaba las vacaciones en la casa de mis padres, en un pequeño pueblo del estado de Guanajuato.
El cansancio de las celebraciones de Año Nuevo había vencido a todos, y dormían profundamente. Yo, como de costumbre, despertaba a ratos.
Serían alrededor de las tres o cuatro de la mañana cuando un lamento desgarrador me arrancó del sueño y me erizó la piel.
Permanecí inmóvil bajo las cobijas, conteniendo la respiración. Un segundo grito, más largo y profundo, me heló la sangre. Pensé que era mi sobrina… o tal vez mi hermana. Me incorporé con cautela y me asomé para cerciorarme de que no se tratara de alguna de ellas.
Me acerqué a mi hermana y la moví suavemente, intentando despertarla. Finalmente, lo conseguí.
—Escucha… —le susurré.
Ella, todavía medio dormida, apenas murmuró:
—No es nada, hermana. Ahorita te acompaño a ver, si quieres.
Y volvió a hundirse en el colchón.
El silencio regresó, espeso e inquietante.
Me armé de valor, bajé despacio las escaleras y me asomé por debajo del portón del zaguán. A través del resquicio, distinguí dos sombras inmóviles, apenas recortadas por la luz tenue del alumbrado público.
Corrí al cuarto de mis padres y toqué despacio. Mi madre salió enseguida.
—Hay alguien afuera —le dije—. Se oyen lamentos… como si alguien estuviera llorando.
Ella me miró con esa calma que solo tienen las madres y me dijo que volviera a dormir. Pero, antes de que pudiera insistir, un tercer lamento estremeció toda la casa.
Le pedí que no saliera, pero mi súplica fue inútil: ya estaba abriendo la puerta.
Mi hermana, que había prometido acompañarme, no se movió de la cama. Así que quedamos solo mi madre y yo, frente al umbral.
Afuera, la noche parecía contener la respiración.
Bajo la luz pálida del alumbrado vimos a una pareja.
Él era alto y delgado. Vestía completamente de negro: pantalón de mezclilla, chamarra y botas. Tenía el cabello oscuro, las entradas marcadas y unos ojos que parecían destellar fuego.
Ella, de unos veintiocho años, era robusta, de piel clara y cabello castaño. Lloraba desconsoladamente.
—¿Podemos ayudarlos? —preguntó mi madre.
El hombre respondió con una voz gutural, áspera:
—Estamos bien.
Pensando que la mujer se había lastimado, di un paso al frente.
—¿Llamo a emergencias? —pregunté.
Ella levantó lentamente la cabeza. Su rostro estaba cubierto de lágrimas, pero no había expresión alguna en él. Solo una serenidad antinatural.
—No —susurró—. Estoy bien… No me duele.
Dicho esto, levantó las manos y, bajo la luz, pude ver sus muñecas abiertas, oscuras y secas, como si la sangre se hubiera ido hacía mucho tiempo.
Entonces sonrió.
Fue una sonrisa vacía, imposible, que no alcanzaba a iluminar sus ojos.
Se tomó del brazo de su acompañante, quien volvió el rostro hacia mí. Sus ojos destellaron y una sonrisa escalofriante se dibujó en sus labios. No dijo nada, pero su expresión parecía transmitir un mensaje inequívoco:
Algún día nos encontraremos.
En ese instante, el viento entró en la casa con un gemido helado.
Y mientras aquella corriente fría nos envolvía, la pareja comenzó a perderse en la oscuridad de la noche. Viperz








