Capitulo 1 El funeral de los Reyes
La lluvia caía lentamente sobre Nueva York.
No era una tormenta fuerte.Era una lluvia fina, elegante... silenciosa.
Perfecta para un funeral como aquel.
Decenas de autos negros rodeaban la enorme catedral privada de la familia Reyes mientras hombres armados vigilaban cada entrada. Afuera, periodistas esperaban bajo paraguas intentando conseguir una sola fotografía de la heredera más poderosa del país.
Pero nadie se atrevía a acercarse demasiado.
Porque aquel día no solo había muerto un empresario.
Había muerto Richard Reyes.
El hombre que durante treinta años controló empresas, bancos, políticos y organizaciones enteras desde las sombras.
Y ahora... todo eso tenía una nueva dueña.
Dentro de la catedral, el ambiente era pesado.
El sonido de los zapatos resonaba sobre el mármol mientras las familias más influyentes del mundo observaban en silencio el enorme ataúd negro rodeado de flores blancas.
Algunos fingían tristeza.
Otros solo estaban allí por interés.
Todos querían ver a la nueva heredera.
Todos querían verla.
Y entonces apareció.
Rebeca Alizon Reyes.
El silencio fue inmediato.
Su vestido negro caía perfectamente sobre su figura elegante. Su cabello marrón estaba acomodado con una precisión impecable y sus ojos fríos recorrían el lugar sin mostrar una sola emoción.
Ni tristeza.
Ni dolor.
Ni miedo.
Nada.
Caminó lentamente entre las personas mientras los guardaespaldas abrían paso.
Tac.
Tac.
Tac.
Cada paso suyo parecía imponer autoridad.
Muchos bajaron la mirada apenas pasó junto a ellos.
Porque incluso antes de heredar oficialmente, Rebeca ya era alguien intimidante.
Se detuvo frente al ataúd de su padre.
Lo observó varios segundos.
Sin llorar.
Sin tocarlo.
Sin despedirse.
Solo mirando.
Como si intentara recordar algo que ya no sentía.
—La señorita Reyes es fuerte... igual que su padre —susurró un empresario.
—No parece afectada en absoluto...
—Eso da más miedo.
Rebeca escuchó cada palabra.
Pero no respondió.
Simplemente siguió observando el ataúd mientras una idea pasaba por su cabeza.
“Los muertos no sirven de nada.”
Era cruel.
Pero era lo que realmente pensaba.
Desde pequeña había aprendido que las emociones eran una debilidad.
Y Richard Reyes se encargó personalmente de enseñárselo.
A los diez años la obligó a presenciar reuniones donde personas eran destruidas financieramente sin piedad.
A los quince ya sabía manipular políticos.
A los dieciocho aprendió algo mucho peor.
Cómo matar.
Sus ojos se desviaron lentamente hacia una enorme cruz de cristal detrás del altar.
Reflejada en ella... podía verse su propio rostro.
Elegante.
Perfecto.
Vacío.
Nadie en aquella sala podía imaginar que durante las noches aquella mujer se convertía en alguien completamente diferente.
OZ.
El arma de la muerte.
Un nombre que en el mundo criminal se pronunciaba en voz baja.
Asesina.
Imparable.
Invisible.
Nadie conocía su identidad.
Nadie sabía que la heredera más importante de Estados Unidos desaparecía algunas noches para llenar sus manos de sangre.
Y honestamente...
A ella no le importaba.
Porque matar era lo único que lograba hacerla sentir tranquila.
Un abogado se acercó lentamente.
—Señorita Reyes... es hora.
Ella asintió una sola vez.
Entonces caminó hacia el frente de la catedral mientras todas las miradas se clavaban sobre ella.
El abogado abrió una carpeta negra.
—Según el testamento oficial del señor Richard Reyes... todos los bienes, empresas, propiedades, acciones y autoridad total del imperio Reyes pasan a manos de su única hija...
Hizo una pausa.
—Rebeca Alizon Reyes.
Algunas personas comenzaron a murmurar de inmediato.
Millones.
No.
Billones.
Todo acababa de convertirse oficialmente en suyo.
Pero Rebeca no reaccionó.
Como si aquello no tuviera importancia.
Y quizás realmente no la tenía para ella.
Porque el dinero nunca había sido lo que más le interesaba.
El poder sí.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Una mujer elegante de edad avanzada sonrió ligeramente mientras observaba la muñeca de Rebeca.
—Qué curioso...
Varios comenzaron a mirar también.
Y poco a poco los murmullos aumentaron.
En la muñeca izquierda de Rebeca brillaba un fino brazalete plateado.
Una antigua tradición absurda entre las familias más poderosas.
Un dispositivo moderno capaz de mostrar cierta información íntima mediante colores.
Y el color que brillaba en ese momento era imposible de ignorar.
Verde.
El silencio incómodo se extendió por el lugar.
Algunos hombres desviaron la mirada para ocultar la sorpresa.
Otros apenas lograban contener la sonrisa.
—¿En serio sigue...?
—A su edad...
—Pensé que ya estaría comprometida...
—Eso complica las alianzas.
Los ojos de Rebeca se volvieron helados.
Odiaba ese brazalete.
Lo odiaba desde hacía años.
No porque le importara lo que representaba.
Sino porque significaba una cosa:
La gente seguía viéndola como alguien incompleta.
Como un problema.
Como una mujer que aún no había cumplido “su deber”.
Asqueroso.
Patético.
Pero así funcionaba ese mundo.
Casarse.
Tener hijos.
Crear alianzas.
Expandir poder.
Y ahora que ella había heredado todo... las demás familias comenzarían a presionarla todavía más.
Entonces un empresario sonrió mientras levantaba una copa.
—Quizá sea momento de buscarle un buen esposo a la señorita Reyes.
Varias personas rieron suavemente.
Error.
Los ojos de Rebeca se clavaron lentamente sobre él.
Y el hombre dejó de sonreír de inmediato.
Porque aquella mirada...
No parecía humana.
Era fría.
Vacía.
Como mirar un arma apuntando directamente a tu cabeza.
—Vuelva a hablar de mi vida privada... —dijo Rebeca con voz tranquila— y haré que nunca vuelva a abrir la boca.
El hombre palideció.
El ambiente entero se congeló.
Nadie respondió.
Nadie se movió.
Porque todos entendieron algo en ese instante.
Richard Reyes había muerto.
Pero quizás su hija era aún peor.
Esa noche, horas después del funeral...
Rebeca observaba la ciudad desde el ventanal de su enorme penthouse.
Las luces de Nueva York brillaban bajo la lluvia.
Detrás de ella, varios asistentes hablaban sobre reuniones, contratos y futuras propuestas de matrimonio.
Ella ignoraba todo.
Solo observaba el reflejo verde del brazalete sobre el cristal.
Odiaba verlo.
Odiaba lo que significaba.
Odiaba que todos hablaran de eso como si fuera una obligación.
Entonces cerró lentamente los ojos.
Y tomó una decisión.
—Preparan el avión.
Uno de sus hombres levantó la mirada.
—¿Destino, señorita Reyes?
Ella abrió los ojos lentamente.
Fríos.
Vacíos.
Decididos.
—Perú.
El hombre dudó unos segundos.
—¿Por negocios?
Rebeca observó nuevamente el brazalete verde.
Y respondió sin emoción:
—No.
—Voy a deshacerme de un problema.







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