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Desde atrás

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Sinopsis

En una casa de campo donde la lluvia estira las distancias, un niño juega a las escondidas con su hermana Sofía. Años después, un hombre empieza a sentir que alguien lo mira desde atrás. Dos épocas, una misma lluvia y una pregunta que nadie debería responder: ¿tú eres tú?

Genero:
Horror
Autor/a:
Teregan
Estado:
hace 13 días
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Escondidas

En esta casa siempre pasa lo mismo: apenas se viene el aguacero, las luces se apagan como si alguien las soplara desde lejos.

No es algo que sorprenda a nadie. Mi mamá ya lo tiene asumido. Apenas escucha los primeros golpes de lluvia en el techo de zinc, va directo al cajón de la cocina donde guarda las velas. Prende una, después otra en el pasillo, y dice que mejor nos acostemos temprano, aunque todavía no sea de noche.

La casa es de madera y el corredor mira hacia el patio. Desde ahí se ve el gallinero, el camino de tierra y, más allá, el potrero que llega hasta el cerco. Si uno camina hasta el final del patio y mira hacia el otro lado del campo, a veces se alcanza a ver el techo de la casa de los vecinos. Pero está lo bastante lejos como para que en las noches no se escuche nada de allá.

Ni radios.

Ni voces.

Solo el viento pasando entre los árboles.

Una vez le pregunté a mi mamá cómo se llamaba el árbol grande del patio.

Me miró raro.

Dijo que siempre lo había sabido.

Cuando empieza a llover fuerte, el campo cambia. Durante el día todo parece más cerca: el galpón, el gallinero, incluso la casa de los vecinos. Pero cuando el cielo se pone oscuro y la lluvia cae, las distancias parecen estirarse. El patio se vuelve más grande y el espacio entre una casa y otra también.

Hoy está empezando a llover.

Las primeras gotas golpean el techo con ese sonido seco que siempre aparece antes de que la lluvia se suelte de verdad.

Sofía está sentada en el suelo del corredor, apoyada contra uno de los pilares.

—Juguemos a las escondidas —dice.

No le respondo. Estoy sentado en el otro extremo del corredor con un cuaderno sobre las piernas. Había estado dibujando, pero ya casi no se ve bien porque el cielo se puso oscuro más rápido de lo normal.

—Cuenta hasta veinte —dice ella.

—No estoy jugando.

Sofía se queda en silencio. Después escucho cómo se pone de pie.

—Empieza a contar.

No cuento.

Escucho sus pasos alejándose por el corredor y luego el crujido de la puerta cuando entra a la casa.

Me quedo mirando el cuaderno mientras la lluvia empieza a caer con más fuerza sobre el techo. El sonido de la lata se vuelve continuo, como siempre pasa cuando el aguacero termina de soltarse.

Pero en algún momento me doy cuenta de que hay algo raro.

No es un ruido extraño. Es más bien lo contrario: por un instante el sonido de la lluvia parece quedar demasiado lejos, como si el patio se hubiera quedado vacío.

Levanto la cabeza.

El corredor está igual que antes.

El patio oscuro.

La lluvia cayendo.

Entonces escucho la voz de Sofía desde dentro de la casa.

—¡Oye! ¡No vale mirar!

—No miré —le digo.

Cierro el cuaderno y me levanto. No tenía pensado jugar, pero igual entro al pasillo. La madera cruje bajo mis pies y desde la cocina llega el olor de la vela que mi mamá acaba de prender.

Al final, estaba donde siempre. Agachada detrás de la puerta del cuarto del fondo. Cuando la abrí levantó la cabeza y me miró como si hubiera estado esperando ahí todo el tiempo.

—Te pillé —le dije.

Sofía salió de su escondite sin discutir y caminó hacia el pasillo.

En la cocina mi mamá estaba encendiendo otra vela junto a la estufa a leña. El olor a humo y madera húmeda llenaba la casa, mezclándose con el ruido constante de la lluvia afuera.

—Ya, basta por hoy —dijo, sin darse vuelta—. Anda a acostarte, Elías.

Me quedé mirando por la ventana de la cocina. El patio estaba oscuro y el agua corría por la tierra formando pequeños canales que bajaban hacia el gallinero.

—Vamos —dijo mi mamá después—. Con las velas prendidas no me gusta que andes caminando por la casa.

Fui al dormitorio.

Todavía no era completamente de noche, pero con la lluvia y las velas la casa ya parecía dormida.

Esa noche me costó quedarme dormido. La lluvia no aflojaba y el viento hacía crujir las tablas de la casa de vez en cuando.

Sofía, en cambio, se durmió casi de inmediato. Siempre le pasa cuando llueve.

* * *

Cuando desperté, la lluvia ya había pasado.

La luz entraba gris por la ventana y el patio estaba lleno de barro. Desde la cocina llegaba el sonido de la tapa de una olla moviéndose sobre la estufa a leña mientras mi mamá preparaba el desayuno.

Sofía seguía dormida.

El piso estaba frío y la casa todavía olía a humo de leña y a tierra húmeda. Desde la cocina se escuchaba el golpeteo de los utensilios mientras mi mamá movía algo dentro de una olla.

—¿Paró la lluvia? —pregunté.

—Hace rato —respondió sin darse vuelta—. Pero no salgas todavía al patio, está todo hecho un barrial.

Me senté en la mesa.

Sobre la mesa estaba mi cuaderno, donde había estado dibujando el día anterior.

—Si no tienes nada que hacer, dibuja un rato —dijo mi mamá—. Eso que siempre haces.

Me quedé quieto.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Mi mamá me miró desde la estufa.

—El gallinero, los árboles… lo de siempre.

Abrí el cuaderno.

La hoja donde había estado dibujando seguía ahí: el gallinero, la cerca del patio y uno de los árboles que están junto al camino.

Tomé el lápiz otra vez.

Un momento después escuché pasos en el pasillo.

Sofía apareció en la cocina con el pelo todavía despeinado y se acercó a la mesa para mirar el cuaderno.

—Ese árbol está chueco —dijo.

—No está chueco.

—Sí está.

Le pasé el lápiz para que lo corrigiera, pero lo dejó sobre la mesa.

—Así está bien —dijo.

Desde la cocina mi mamá seguía moviendo la cuchara dentro de la olla.

—¿Qué haces ahora? —preguntó.

—Nada… estaba dibujando.

—Bueno —dijo—. Pero no vayas todavía al patio.

Sofía levantó la cabeza del cuaderno.

—Podríamos ir al gallinero —dijo.

—Después —le respondí.

—Si vas a salir más rato, como nunca haces caso, ponte las botas primero —dijo mi mamá desde la cocina—. No quiero que entres otra vez con los pies llenos de barro.

—Ya.

Mi mamá dejó la cuchara apoyada en el borde de la olla y por fin se dio vuelta.

—Y abrígate.

* * *

Al final salí igual.

Me puse las botas que estaban junto a la puerta del corredor y abrí con cuidado para no empujar el barro hacia dentro de la casa. El aire afuera estaba frío y olía a tierra mojada.

El patio había cambiado durante la noche. Donde antes había tierra seca ahora había charcos irregulares y pequeñas corrientes de agua que bajaban hacia el cerco.

Las gallinas caminaban despacio entre el barro, picoteando como si nada hubiera pasado.

Sofía salió detrás de mí sin hacer ruido.

—Te dije que fuéramos —dijo.

No respondí.

Caminamos hacia el árbol grande que estaba al medio del patio. El columpio de neumático seguía colgando de la rama más gruesa, todavía húmedo por la lluvia.

Sofía lo empujó con una mano.

El neumático se movió despacio, girando apenas sobre su cuerda.

—Está mojado —dijo.

—Obvio.

Más allá del árbol estaban las hortalizas que mi mamá había plantado a un lado del gallinero. Las hojas de las lechugas estaban llenas de gotas y algunas se habían doblado por el peso del agua.

Me agaché para tocar la tierra.

Seguía blanda.

—Mi mamá se va a enojar si pisas ahí —dijo Sofía.

—No estoy pisando.

Sofía miró hacia el potrero.

Desde el patio se veía el campo, todavía medio oscuro por las nubes que quedaban después del temporal. Más allá del cerco el pasto se movía lento con el viento.

—Anoche el perro ladró mucho —dijo.

—Siempre ladra cuando llueve.

—No por eso.

—¿Entonces por qué?

Sofía se encogió de hombros.

—Porque alguien andaba caminando por ahí.

Señaló hacia el campo.

Miré también.

Más allá del cerco se veían los potreros y, un poco más lejos, los techos de las otras casas del sector. Con el suelo todavía oscuro por la lluvia era difícil distinguir bien las cosas a la distancia.

—Debe haber sido algún vecino —dije.

Sofía no respondió.

Después volvió a empujar el columpio con el pie.

* * *

Después de un rato volvimos a entrar porque el barro empezaba a pegarse demasiado a las botas.

En la cocina mi mamá seguía cerca de la estufa. El olor a leña quemándose llenaba la casa y el calor se sentía más fuerte que en la mañana.

—Límpiate las botas antes de entrar —dijo.

Me quedé raspando el barro contra la tabla del corredor y después fui a sentarme otra vez a la mesa.

El cuaderno seguía donde lo había dejado.

Lo abrí en la misma página del dibujo del patio.

El árbol, el gallinero, la cerca.

Pero había algo más. En un rincón de la hoja había otro dibujo.

Era pequeño, apenas unas líneas hechas con el lápiz. Una figura parada cerca del cerco, mirando hacia la casa.

Me quedé mirando el papel.

No recordaba haber dibujado eso.

Pensé que tal vez lo había hecho antes de salir al patio, sin fijarme mucho.

—¿Qué dibujaste ahora? —preguntó Sofía.

Le mostré el cuaderno.

—Eso no estaba —dije.

Sofía se inclinó sobre la mesa para mirar mejor.

—Sí estaba —respondió.

—No.

—Sí.

No dijo nada más.

Se quedó mirando el dibujo, intentando entender algo.

Después se fue hacia el pasillo.

Yo cerré el cuaderno.

* * *

—Elías —dijo una voz bajita, casi pegada a mi cara.

Me desperté de golpe, pero cerré los ojos de inmediato. Me quedé completamente quieto, con la cara contra la almohada, respirando lo más lento que podía.

No era la voz de mi hermana. Tampoco la de mi mamá.

Era otra cosa.

Sonaba como si alguien tratara de hablar sin saber bien cómo hacerlo. Como si estuviera aprendiendo a imitar la forma en que hablan las personas.

Sentí que el colchón se hundía apenas, cerca de mis pies. Algo se había sentado ahí.

Después ya no pasó nada.

Solo el viento afuera y el ladrido del perro, cada vez más lejos.

Entonces ocurrió algo más.

Una ráfaga de aire frío rozó mi espalda, aunque no había ninguna ventana abierta. Por un instante sentí un olor extraño.

No sabría decir a qué.

Algo parecido a la tierra mojada, pero distinto.

No sé cuánto rato estuve despierto.

En algún momento, sin darme cuenta, me volví a dormir.

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