El noveno instrumento
El dios tendido sobre la mesa de ejecución le pidió a Cael que se quitara la máscara.
—No —dijo Cael.
—Prefiero ver el rostro del hombre que va a matarme.
—Entonces cierra los ojos.
El dios pareció considerarlo. Tenía las muñecas encajadas en abrazaderas de hierro atornilladas a la piedra. Finos canales de oro recorrían las sujeciones, demasiado delicados para explicar el grosor de las cadenas que colgaban debajo.
—Ya lo he intentado —dijo—. Siguen aquí cuando los abro.
Cael dejó su estuche de instrumentos sobre la superficie libre más cercana.
Había cuatro guardias en la cámara: dos junto a la escalera y dos al lado de la mesa. Sobre ellos, detrás de un cristal ahumado, el canciller Vey esperaba con el médico imperial. Ninguno había bajado a presenciar la muerte de cerca.
Era una precaución sensata. Cael había visto lo que salía de los dioses al morir.
Nunca había visto a uno que pareciera tanto un hombre.
El prisionero llevaba una camisa blanca y limpia, con un puño remendado con hilo de otro tono. Se había recogido el cabello pálido sobre un hombro, lejos de las sujeciones. Aparentaba unos treinta años. No había nada en su rostro que explicara los ciento diecisiete años registrados en la puerta.
Salvo, quizá, su manera de observar a los guardias. Sabía cuál apartaría la mirada.
Cael sacó la hoja.
—Llegas tarde —dijo el dios.
—La sentencia especifica la tercera campanada.
—Me refería a un siglo.
Cael examinó el filo a contraluz.
La hoja no tenía inscripciones, ni joyas, ni el peso de un arma ceremonial. Su trabajo exigía precisión. Todo lo demás estorbaba.
El tubo acústico situado sobre la mesa emitió un chasquido.
—Declara tu nombre y tu cargo —ordenó Vey.
—Cael. Verdugo imperial. Noveno instrumento.
—Identifica al sujeto.
El prisionero giró la cabeza.
Cael leyó la placa de latón fijada a la mesa.
—Ilyan. Última divinidad soberana con vida. Condenado en virtud del Edicto del Silencio.
—Con Ilyan basta —dijo el dios.
Cael no respondió.
Vey continuó:
—Una vez concluido este servicio, quedarás libre de tus obligaciones con la Corona.
Por primera vez desde que había entrado, Cael miró hacia el cristal.
El canciller apoyó un documento contra él. Cael reconoció el sello del emperador al pie de la página. Su propio nombre ocupaba un espacio estrecho justo encima.
Libre.
Ya le habían prometido aquel documento. Nunca se lo habían mostrado.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Ilyan.
Cael volvió la atención a la mesa.
—Después —añadió el dios.
—No te muevas.
—Una ambición modesta.
Cael desabrochó el cuello de la camisa del prisionero.
Ilyan calló.
Fue un cambio pequeño. No tiró de las sujeciones, pero extendió los dedos contra la piedra. Cael se detuvo con el cierre entre el pulgar y el índice.
—¿Necesitarás que me quite la camisa? —preguntó Ilyan.
—No.
Los dedos se relajaron.
Unas marcas doradas le rodeaban la garganta y desaparecían bajo la tela. No eran joyas. Estaban bajo la piel, interrumpidas aquí y allá por cicatrices antiguas.
Cael tenía marcas semejantes en el antebrazo izquierdo.
Las suyas eran negras.
Se bajó la manga.
—Procede —dijo Vey.
Cael abrió el último compartimento del estuche. Dentro había una lanceta estrecha y un cuenco de cristal. Tres gotas del verdugo. Tres vueltas de la rueda de sujeción. Después, la hoja bajo la mandíbula, inclinada hacia arriba.
Había realizado distintas versiones de aquel rito diecinueve veces. Las criaturas a las que había matado habían suplicado, negociado, gritado con voces capaces de quebrar la piedra. Una le había ofrecido convertirlo en emperador.
Ninguna le había preguntado qué quería hacer después.
Se pinchó el pulgar y dejó caer la sangre.
Ilyan miró fijamente el cuenco.
Por primera vez, su expresión cambió sin que pudiera evitarlo.
—Espera.
Cael alargó la mano hacia la rueda.
—Tu brazo izquierdo —dijo Ilyan—. Muéstramelo.
El tubo volvió a chasquear.
—Ignora al sujeto.
Cael dio la primera vuelta. Bajo el suelo, un mecanismo respondió.
Ilyan tiró de la muñeca derecha. El hierro le cortó la piel. Apareció una gota brillante que se deslizó hacia el canal de oro.
No se abrió ninguna herida en la piel de Cael.
Se fijó en ello. Más tarde lo recordaría.
La segunda vuelta transmitió una vibración grave a la mesa.
—Cael.
Su nombre, sin cargo ni número, sonaba distinto en boca del prisionero.
—La tercera vuelta —dijo Ilyan—. No…
—Cumple con tu deber —ordenó Vey.
Cael giró la rueda.
Las luces de la cámara cobraron intensidad.
Ilyan dejó de hablar.
Fue aquella quietud repentina, más que la advertencia, lo que estuvo a punto de hacer vacilar a Cael. Pero la orden era legítima. El mandato llevaba su sello. Más allá del cristal ahumado lo esperaba una vida en la que nadie volvería a ordenarle que entrara en una habitación como aquella.
Apoyó la mano izquierda sobre el hombro del dios.
Estaba caliente.
Era lo que había esperado. Le molestó haber esperado cualquier otra cosa.
Entonces colocó la hoja.
El primer corte se abrió bajo la mandíbula de Ilyan.
El dolor golpeó a Cael en el mismo lugar.
Retrocedió de un tirón. La hoja cayó al suelo con un sonido metálico.
Algo caliente se deslizó bajo el cuello de su uniforme.
Por un instante, nadie se movió.
Cael se llevó los dedos a la garganta. Se tiñeron de rojo.
Sobre la mesa, Ilyan miró la hoja caída y después la mano de Cael.
—Ah —dijo en voz baja.
La herida del dios era superficial. La de Cael también. Un poco más de presión habría abierto una arteria en ambos.
—Recógela —dijo Vey.
Cael miró hacia el cristal.
El médico imperial había retrocedido un paso.
Vey no.
—Canciller.
—Recoge la hoja.
Cael se limpió los dedos en la casaca. La mancha apenas se distinguía sobre el negro.
Se inclinó.
Ilyan le atrapó la manga entre dos dedos.
No debería haber sido posible. La abrazadera de la muñeca se había desplazado.
—Mírate el brazo primero —dijo.
Las marcas negras avanzaban más allá del puño.
Cael se recogió la manga. Las líneas que llevaba desde hacía años se desplegaban por la piel y se separaban en letras que no sabía leer. Una veta delgada de oro recorría cada una.
Ilyan levantó la mano derecha hasta donde la sujeción se lo permitió.
En la cara interna de su muñeca, una línea negra interrumpía el oro.
Cael se tocó la herida reciente del cuello.
El dios se estremeció.
—No —dijo Cael.
—Agradecería una observación más útil.
—¿Qué has hecho?
Ilyan miró hacia el cristal.
—Te he pedido que esperaras.
Uno de los guardias junto a la escalera se movió.
Cael lo vio bajar la tranca sobre la puerta.
El otro introdujo una llave en una caja de latón fijada a la pared.
No había cerraduras dentro de las cámaras de ejecución. No en la salida.
Cael conocía todas las del palacio.
—Apártate de la mesa —ordenó Vey.
Cael no se movió.
El segundo guardia giró la llave.
Una placa metálica cayó sobre el cristal y ocultó al médico y el documento con el sello del emperador. Unos brazos delgados de metal surgieron de los bordes de la mesa. Uno se abrió junto a la cadera de Cael.
Una abrazadera vacía.
Ilyan bajó la mirada hacia ella.
Lo que vio en el rostro de Cael le borró la sonrisa.
—¿Cuánto te han contado? —preguntó.
—Lo suficiente.
—No.
Cael descargó la bota sobre el brazo metálico antes de que pudiera cerrarse.
El golpe resonó en la cámara.
—Inmovilicen al instrumento —ordenó Vey a través del tubo.
El guardia más cercano a la mesa intentó agarrar a Cael por el codo.
Cael le atrapó la mano, se la torció y lo empujó contra la piedra. Le dio un solo golpe debajo de la oreja. El hombre se desplomó sin un grito.
El segundo guardia desenvainó.
Cael tomó el arma del hombre caído y la mantuvo baja.
—Abre la puerta.
El guardia miró un instante hacia el tubo.
Cael conocía aquella mirada. Él también la había dirigido hacia allí.
—Ábrela —repitió.
A su espalda sonó el mecanismo de una ballesta.
Ilyan tiró de su casaca y lo desvió.
El virote le atravesó el hombro.
Sobre la mesa, la tela blanca se oscureció en el mismo lugar.
Al dios se le cortó la respiración. Las rodillas le cedieron contra las sujeciones de los pies.
Cael lo miró fijamente.
La herida de la muñeca, la que se había hecho antes de la tercera vuelta, nunca había aparecido en él. Las del cuello y el hombro, sí.
Lo había hecho la rueda.
Alargó la mano hacia ella.
—En la otra dirección —dijo Ilyan.
Cael se detuvo.
—En el sentido de las agujas del reloj libera las sujeciones. En el contrario, reinicia al receptor.
Receptor.
La palabra se le quedó clavada en algún lugar detrás de las costillas.
—No toques esa rueda —dijo Vey.
Cael la giró en el sentido de las agujas del reloj.
Todas las cadenas bajo la mesa quedaron flojas.
Ilyan cayó hacia delante.
Cael lo sostuvo porque el suelo era de piedra y, al parecer, aquello también se había convertido en su problema.
Durante un instante tuvo los brazos llenos de un peso cálido, cabello pálido sobre la boca y la mano del dios aferrada al hombro sano.
—¿Puedes mantenerte en pie?
—Sí.
Cael lo soltó.
A Ilyan le fallaron las rodillas.
Cael volvió a sostenerlo.
—Eso era mentira.
—Una valoración optimista.
El ballestero estaba recargando.
Cael empujó a Ilyan detrás de él y lanzó el estuche de una patada por el suelo. Los instrumentos se esparcieron bajo los pies del guardia. El hombre tropezó.
—¿Puedes hacer algo útil? —preguntó Cael.
Ilyan miraba el suelo.
Más exactamente, las líneas doradas entre las losas.
—Puedo abrir la puerta —dijo.
—Hazlo.
—El hombre de la llave tiene que soltarla.
Cael cruzó la distancia antes de que el guardia pudiera desenvainar. Le inmovilizó la muñeca contra la caja de latón y le hundió el hombro en el pecho.
El dolor estalló en la herida.
A su espalda, Ilyan dejó escapar un sonido breve y furioso.
Cael volvió a golpear.
La llave quedó libre.
Ilyan apoyó la palma desnuda sobre la mesa.
La luz recorrió los canales de oro.
La tranca se alzó.
Sobre sus cabezas, algo enorme dejó de girar.
Por primera vez, Cael oyó la ciudad al otro lado de los muros: una campana que perdía impulso, un grito lejano y, después, muchas voces.
Las lámparas de la cámara se apagaron.
En la oscuridad, Ilyan encontró su muñeca.
—A la izquierda —dijo.
Cael tiró de él y lo sacó por la puerta.
Subieron seis escalones antes de que el dios tropezara. Cael se pasó su brazo por encima del hombro y cargó con su peso.
—Has dicho que podías abrir la puerta.
—Y la he abierto.
—¿Qué más has abierto?
Ilyan no respondió.
Las luces rojas de emergencia se encendieron a lo largo de la escalera.
Junto al rellano colgaba un plano del palacio. Cael había pasado a su lado al bajar sin prestarle atención. Conocía los recorridos. No necesitaba un mapa.
Ahora las líneas iluminadas estaban cambiando.
El oro se retiraba de la cámara inferior. En las calles más allá de los muros, un distrito tras otro se oscurecía.
La prisión del último dios estaba conectada a todas las lámparas de la capital.
Cael se detuvo.
Ilyan siguió su mirada.
—Sí —dijo.
Una puerta se abrió por encima de ellos. Resonaron botas en el tramo superior.
Cael arrastró al dios hacia el hueco estrecho detrás de un pilar de mantenimiento. Apenas cabían. El aliento de Ilyan le calentaba el lado del rostro que no cubría la máscara.
Cael le tapó la boca con una mano.
Los ojos dorados se encontraron con los suyos.
Ilyan miró la mano y volvió a mirarlo a él.
Cael la retiró.
Ninguno habló.
La voz de Vey llegó a través de los tubos que recorrían la escalera, despojada ya de toda solemnidad.
—Sellen el palacio. Capturen al sustituto con vida.
Las palabras se repitieron en la planta superior.
Capturen al sustituto con vida.
Cael miró el oro bajo su propia piel.
A su lado, Ilyan se cerró despacio el cuello desgarrado de la camisa.
—No te han traído aquí para matarme —dijo.
Abajo, las sujeciones vacías empezaron a golpear la mesa.
—Te han traído para ocupar mi lugar.








