1
El cielo estaba despejado y el enorme avión plateado cortaba las nubes blancas, llevando a sus pasajeros de regreso a Tailandia.
En la cabina solo se escuchaba el zumbido constante del motor. El vuelo había despegado a medianoche, hora local, y casi todos los pasajeros se habían quedado dormidos poco después de subir al avión.
Cruzaron el Océano Pacífico durante toda la noche y finalmente entraron en territorio tailandés.
De repente, una de las pasajeras se llevó las manos al pecho, con el rostro contraído de dolor.
El auxiliar de vuelo, que había estado atento a los pasajeros de primera clase, se acercó enseguida y le preguntó en voz baja:
—Señora, ¿está bien?
Freen Sarocha Chankimha sentía como si una mano invisible le hubiera agarrado el corazón y lo estuviera apretando sin soltarlo. El corazón le latía con esfuerzo, luchando contra esa presión, y cada latido dolía.
Respiraba con dificultad, como si estuviera atrapada en un espacio cerrado sin aire. El dolor era tan fuerte que tenía la espalda empapada en sudor y gruesas gotas le caían por la frente.
—Medicina... nitro... glicerina... —señaló con la mano temblando hacia el bolso que llevaba.
El auxiliar de vuelo tenía capacitación en primeros auxilios y actuó de inmediato: le colocó una pastilla debajo de la lengua.
Unos cinco minutos después, al ver que Freen había recuperado algo de color en el rostro, le preguntó:
—¿Se siente mejor?
—Sí, ya no me duele. No te preocupes. —Freen se recostó en el asiento y dijo con voz cansada—: ¿Me traes un vaso de agua tibia? Gracias.
—Disculpe, señora, solo tenemos agua mineral. Si quiere algo caliente, puedo ofrecerle café o té.
—Café... no, mejor té. Gracias.
En teoría, el té y el café tienen cafeína y otras sustancias que aceleran el sistema nervioso, aumentan el ritmo cardíaco y, en los peores casos, pueden provocar un ataque de cardiaco.
Pero Freen sabía de sobra que su ataque no venía de ninguna enfermedad cardíaca ni de la genética.
Físicamente, ella estaba perfectamente sana.
En los últimos meses había tenido episodios de ataques cardiacos, ella con preocupación había ido al hospital y le habían hecho de todo: electrocardiogramas en plena crisis, ecocardiogramas, un Holter de 24 horas... y ningún estudio había encontrado nada malo en su corazón.
Aun así, incluso en los días más tranquilos, cada latido venía acompañado de una sensación rara, pegajosa, como si el corazón estuviera hundido en algo espeso que no lo dejaba moverse con libertad.
Freen era cirujana cardíaca, y precisamente por eso sabía que eso no era normal. La única explicación que tenía era que era una consecuencia del viaje en el tiempo.
Tal vez era porque la persona que antes habitaba este cuerpo había muerto tras tomar una gran cantidad de pastillas para dormir, y ese recuerdo quedó grabado tan profundo que el cuerpo lo revivía una y otra vez, recreando la sensación de estar a punto de morir.
Sí, su nombre también era Freen Chankimha, pero no la Freen Chankimha que acababa de terminar sus estudios en Estados Unidos.
Al igual que la dueña original de este cuerpo, ella era cirujana cardíaca. Sin embargo, nunca había salido del país. Después de obtener el doctorado, entró directamente a trabajar en el hospital, lo cual, hay que reconocerlo, era todo un logro.
Cuando llegó a este mundo, la Freen de aquí estaba estudiando en Cleveland.
Cleveland es para los médicos lo que Jerusalén es para los creyentes: el lugar sagrado al que todos quieren llegar.
El auxiliar de vuelo le trajo un vaso de papel con té verde humeante. Freen dio un sorbo y frunció el rostro de inmediato: era demasiado amargo.
Debería haber pedido agua mineral. Pero la dueña original odiaba todo lo dulce, así que, para mantenerse fiel a esa imagen, Freen no tenía más opción que acostumbrarse al café y al té sin azúcar.
Miró por la ventana. El avión volaba tranquilamente en la troposfera y, de vez en cuando, podía ver edificios altos en el suelo, aunque desde esa altura no eran más grandes que hormigas.
Por un momento se quedó un poco perdida en sus pensamientos y sintió que ese seguía siendo su mundo.
Los mismos siete continentes y cuatro océanos, el mismo idioma, la misma historia... con una sola diferencia: en algún pequeño hospital de provincia faltaba una médica llamada Freen, y en su lugar había aparecido otra Freen, una talentosa doctora recién llegada del extranjero.
—Estimada señora, el avión está por aterrizar y nuestro viaje llega a su fin. En nombre de toda la tripulación, espero que haya tenido una experiencia agradable. —La auxiliar se puso en cuclillas a su lado y le habló con una atención que rozaba lo exagerado.
Y es que Freen no era huérfana en este mundo. Venía de una familia acomodada, con padres cariñosos, y su madre se había convertido en clienta VIP de la aerolínea por tantos viajes que hacía.
Freen le sonrió con amabilidad, aunque por dentro se sentía un poco abrumada por tanta atención, y solo atinó a decir:
—Gracias, fue un vuelo muy agradable.
La auxiliar intercambió algunas palabras más antes de retirarse.
Una vez sola, Freen cerró los ojos e intentó ordenar todo lo que tenía en la cabeza.
Freen Sarocha Chankimha, cirujana cardíaca. De niña, tuvo un compañero de juegos llamado Victor Chatchawit. Sus madres también eran buenas amigas... todo encajaba. Cada detalle que recordaba coincidía perfectamente con la novela titulada Se arrepintió profundamente después de la muerte de su novia. Un titulo muy largo para su gusto pensó Freen pero aun así lo leyó.
Era una novela de drama y sufrimiento en la que la protagonista moría y el héroe, devastado, empezaba a perseguir desesperadamente a quien la reemplazaba.
Al principio Freen había mirado ese tipo de libros con cierto desdén, pero durante su residencia escuchó a una compañera que estaba obsesionada con él y se lo recomendaba a todo el mundo. No solo a ella, sino hasta varios subdirectores del departamento habían terminado escuchando el resumen completo de la historia.
Tiempo después, una colega mayor le había dicho en broma que la actriz secundaria del libro tenía el mismo nombre que ella, y que tuviera cuidado de no terminar metida en esa historia.
Bueno. Su colega tenía razón.
Si pudiera regresar al pasado, le pediría a esa “gran hada” que le devolviera todos sus poderes para evitar esto.
Bromas aparte, la verdad es que Freen no esperaba volver a su mundo original. Cuando ocurrió el accidente, estaba en su cuarto del dormitorio y sus compañeras estaban de guardia. Alcanzó a llamar al número de emergencias antes de perder el conocimiento.
De todas formas, en su mundo original era huérfana. No había nadie especial por quien preocuparse demasiado.
Lo que más le pesaba, si era honesta, era el artículo que había enviado a una revista de Medicina no sabía si lo aceptarían.
Si ese artículo salía publicado, su futuro académico estaría asegurado por lo menos durante los próximos veinte años.
Qué pena. Había transmigrado dentro de un libro y ahora tenía que empezar todo de cero.
Pero lo más urgente en este momento no era pensar en su carrera. Lo más urgente era escapar del destino que le esperaba a esta “Freen” según la trama original.
Ella había salvado a muchos pacientes a lo largo de su vida, y por eso lo sabía mejor que nadie:
Solo los que siguen vivos tienen derecho a hablar del mañana.
En el libro, Freen no regresaba a Tailandia hasta la segunda mitad de la historia. Para ese entonces, la protagonista no tenía otra salida más que entregarse al héroe debido a los enormes gastos médicos de su madre.
El protagonista masculino Victor era un miserable. Después de que su “amor de juventud”, la Freen del libro, lo rechazara una vez, encontró a la protagonista, que se le parecía un poco, y la usó como sustituta. La trataba con crueldad y frialdad todos los días, y a veces incluso llegaba a golpearla, torturándola de todas las formas posibles.
Al final, la madre de la protagonista murió, y ella misma murió de depresión. Solo entonces ese miserable se dio cuenta de que se había enamorado de verdad de la protagonista. Pero en lugar de reconocer sus propios errores, le echó toda la culpa a su “amor de juventud”, así que ese canalla lo que hizo por “vengarse” era destruir a la familia de Freen.
Pero la Freen del libro al llegar a Tailandia se había enamorado perdidamente de Victor y al ver la muerte de la protagonista, Victor se vengo de su familia. La Freen del libro estaba obsesionada con Victor, pero la destrucción de su familia le pesaba en el corazón así que lo único que hizo fue morir.
Cada vez que Freen pensaba en eso, le hervía la sangre. ¿Cómo era posible que la única forma de vengarse de ese tipo fuera haciéndose daño a sí misma? Si hubiera sido ella, al menos se habría ido a las manos con ese miserable y habrían muerto juntos.
Pero por suerte, al revisar la situación, Freen se dio cuenta de que la protagonista solo llevaba un año trabajando en Bangkok TV y todavía no se había convertido en presentadora del programa de citas. Era prácticamente imposible que el protagonista masculino, que aparecería como invitado en ese programa, ya la hubiera atacado solo porque se vestía parecido a ella. Ese era la cuestión la Freen no se parecía a la protagonista en nada y solo por la vestimenta, Victor la convirtió en una sustituta, alguien debe de llevar a Victor a un Psicólogo pensó Freen. Por eso cuando renació inmediatamente cambio su forma de vestir, a la Protagonista le gustaba vestir rosa y a ella no.
Todavía había tiempo. Si era posible, Freen no solo quería salvar su propia vida, sino también darle a la protagonista la oportunidad de elegir su propio camino.
Si la protagonista y ese tipo realmente se querían de alguna forma retorcida, eso era asunto de ellos. Pero si a ella no le gustaba, entonces él no tenía ningún derecho de aprovecharse.
Esa era también la razón por la que Freen había decidido regresar a Tailandia ahora, casi dos años antes de que la trama del libro comenzara de verdad.
El avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Bangkok y el personal de aduanas recibió a cada pasajero con un cálido “Bienvenido a casa”.
Freen recogió su equipaje y salió bostezando.
—¡Bam!
Un golpe fuerte.
Sintió un dolor agudo en el hombro y aspiró aire entre los dientes. Retrocedió un par de pasos y de golpe se le fue el sueño.
—¡Ay! —Se frotó el hombro y estaba a punto de soltar algún improperio cuando levantó la vista y vio a la persona con la que había chocado.
Las palabras se le atascaron en la garganta.
Frente a ella había una chica con un vestido rosa claro. Tenía los ojos grandes y almendrados o marrones claros, el cabello largo y castaño recogido en un moño con forma de capullo de flor, y pequeñas perlas redondas en las orejas. Era como ver flores de durazno abriéndose en primavera, y le sonreía con una dulzura que desarmaba a cualquiera.
Freen siempre había sido muy considerada con las chicas, y más aún con las guapas, así que dejó el enojo de lado y dijo:
—Lo siento, iba distraída y no miraba por dónde caminaba. ¿No te lastimé?
—No pasa nada, fue mi culpa. Yo estaba mirando el teléfono. —La voz de la chica era tan dulce como su cara, como un malvavisco suave con sabor a durazno.
Freen sintió como si una cucharada de miel se le deslizara por la garganta, borrando el amargor del té y llegando directo al corazón.
Era completamente superficial con las apariencias y tenía especial debilidad por las chicas dulces. Y esta, claramente, no estaba rechazándola. Así que su lado coqueto despertó sin pedir permiso.
—Pero chocar con una chica tan bonita como tú tampoco está tan mal. —Freen extendió la mano derecha con una sonrisa—: Permíteme presentarme. Me llamo Freen.
Algo cruzó por los ojos de la chica, tan rápido que Freen casi pensó que lo había imaginado.
La chica sonrió y le estrechó la mano:
—Encantada, doctora Freen.
Antes de que Freen pudiera reaccionar, la chica agitó su teléfono en el aire y dijo:
—Lo siento, tengo algo urgente. Me tengo que ir.
Y se alejó.
¿Doctora Freen?
Freen se quedó mirando su espalda con una expresión rara. ¿Cómo sabía esa chica que tenía un doctorado? ¿La conocía?
Pero eso no tenía mucho sentido. La Freen del libro, siendo el “amor de juventud” del protagonista, no tenía amigos cercanos en Tailandia. Siempre había estado enfocada en sus estudios y casi nunca salía a socializar. Fuera de sus padres, apenas conocía a unas pocas personas.
Si esa chica no la conocía, su reacción había sido demasiado extraña.
Además, había algo en su cara que le resultaba familiar, aunque no lograba ubicar exactamente qué era.
Bueno. Si no lo podía recordar, no había caso en darle más vueltas. Las cosas irían acomodándose solas con el tiempo.
Lo que Freen no vio al salir del aeropuerto con su maleta era que la chica no se había ido muy lejos. Estaba escondida en un rincón cercano, con los ojos clavados en su espalda. Su mirada era compleja, oscura, como un abismo sin rastro de luz.
¿Doctora Freen? ¿Doctora Freen Chankimha? ¿De verdad merece llamarse médica...?
—La salud está en tus manos, la vida depende de ti... —murmuró con amargura—. ¿Qué juramento ni qué nada? Pura basura.
Apretó los puños con tanta fuerza que las uñas casi le cortaron la palma. El arrepentimiento y la rabia se levantaron como un tsunami, arrastrando consigo cualquier rastro de calma.
Al ver a Freen cruzar la calle, por un instante quiso correr y empujarla, verla caer bajo las ruedas de algún auto que pasara.
La odiaba. La odiaba con todas sus fuerzas.
Pero se contuvo.
Sin prisa. Paso a paso. Si lo hacía bien, acabaría mandando a esa escoria al infierno, a ella y a quien la acompañara. Que disfrutaran un poco más. Por ahora.
—¿Becky? ¿Becky? —Una voz a su lado interrumpió sus pensamientos—. ¿Estás bien? ¿Estás muy cansada?
Ella guardó la rabia en algún rincón profundo, dibujó una sonrisa tranquila y fingió un poco de vergüenza:
—Lo siento, Director. Estaba pensando en el nuevo programa.
—No te exijas tanto. Lo hiciste muy bien en este viaje. Mira, hay poca gente que pueda conducir un programa sola tan poco tiempo después de graduarse.
—Lo sé. —Ella bajó la cabeza ligeramente, dejando al descubierto su cuello esbelto y elegante. Parecía una flor meciéndose suavemente con el viento—. Voy a seguir trabajando duro. No te voy a decepcionar.
Sabía exactamente qué tipo de chicas les gustaban a los hombres con poder: chicas que fueran dulces, pero con carácter, lo suficientemente frágiles para despertar las ganas de protegerlas, pero no tanto como para derrumbarse ante cualquier dificultad. Lo que más los cautivaba era precisamente eso: una flor hermosa que temblaba con la tormenta, pero no se caía.
Con el rabillo del ojo, vio al director sonreír con satisfacción.

![A Birthday Wish [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_034629ee2decde814c57c92d853aac2b.jpg)


![La cuenta pendiente con mi alma gemela [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_9fef36d5e2a402e1ba893fa490a378a8.jpg)



