Capitulo.1 Pensamientos de un alma arrepentida
PENSAMIENTO.1
Desearía poder ser sincero contigo
y poder hablar bien todo lo que siento.
Cuando quiero, cierro los ojos,
pero cada vez que quiero hablar contigo
mis sentimientos se distorsionan
y me pregunto si me logras escuchar.
Quisiera poder mejorar
y dejar de sentir miedo,
confiar en ti, mi Señor.
Perdón por no amarme a mí mismo.
Yo no me miro como alguien con gracia;
siento odio y desprecio de lo que soy.
Quizá por eso mismo
no soy capaz de tratar bien, a veces,
a los que me rodean.
No soy buen escritor, Señor,
pero espero que esas palabras
no solo se queden como algo pasajero.
Te hablo y te escribo tal como soy.
Estos son los pensamientos distorsionados que tengo por eso mismo.
Tengo esperanza en poder expresar todo.
PENSAMIENTO. 2
Querido Dios,
hoy me siento totalmente perdido,
cansado, enojado,
sin inspiración,
sin ganas de querer hacer algo.
Tan vacío me siento por dentro…
no lo logro comprender.
Dime, querido Dios,
¿por qué siento que tú no me quieres hablar?
Las pocas personas que considero mis amigos
no se acuerdan de mí.
Siempre que abro mis ojos al mundo
veo el vacío,
o más bien la soledad que siento.
Vaya que es raro,
o tal vez contradictorio…
¿quién sabe?
Solo tú lo comprendes.
Debo confesar
que siempre que intento decirte lo que siento
las palabras se desvanecen tan rápido de mi mente
que no logro decir lo que siento.
Siempre que quiero expresar lo que quiero
siento temor de ser juzgado,
o más bien incomprendido.
Y cuando lo he logrado
no es como espero
y vuelvo a caer en el vacío de mi soledad,
como si se tratara de un bucle.
Siempre tengo miedo…
¿pero por qué?
Si en el fondo yo sé que tú estás conmigo,
¿por qué sigo peleando yo solo?
Sí sé que sin ti no puedo.
Tal vez me falta más fe.
Entonces, ¿por qué cuando te invoco
sigo con miedo y dudas?
Por eso te pido, Dios:
ayúdame
y a los desamparados,
a los que nos sentimos sin valor,
sin voluntad;
a nosotros, los que queremos invocarte
pero no sabemos cómo llamarte;
a nosotros, los ignorantes
que sabemos de ti
pero dudamos de ti.
Te ruego que nos perdones, Señor.
Perdona, Señor, nuestras faltas,
cada una de las veces que desconfiamos de ti.
Perdón, Dios, por nuestros pecados.
No te lo pido como un santo,
como un sabio
o como un doctor de la Iglesia,
sacerdote, religioso o lo que sea.
Te lo dice un miserable e inútil pecador.
PENSAMIENTO.3
Recuerdo cuando era pequeño
perdí a mi abuelo más amado.
Mis lágrimas no paraban de rodar
al ver cómo su cuerpo era enterrado.
Pero ahora sé que él está en un lugar muy bello,
más que divino, más que hermoso:
aquel paraíso al cual todos los que creen en ti
aspiran a llegar…
incluso yo.
Sin embargo, primero quiero llegar a cambiar lo que soy,
enamorarme más de ti.
Espero lograr alcanzarte, Dios,
y poder ver a mi abuelo una vez más.
Por eso quiero destruir lo malo de mí
y llegar al paraíso.
Como ya te lo dije,
mis pensamientos me atormentan
y no me dejan respirar.
En esta lucha creo que a veces logro ganar
y a veces pierdo,
pero creo que he perdido más veces
de las que he podido ganar.
Pero cuando recuerdo todos mis fracasos
y siento y digo
que no quiero morir con mis arrepentimientos,
intento pelear una vez más,
al igual que mi abuelo.
Cada vez que lo recuerdo
mi cara se llena de tristeza,
pero mi alma y mi corazón
sienten una pequeña sensación de paz y tranquilidad,
porque saben que el alma de mi abuelo
descansa contigo.
Por eso quiero ser mejor
y llegar a ser digno
de recostarme en tu regazo, Señor.
Gracias por dejarme respirar
y tener esperanza.
Y perdón,
porque incluso escribiendo esto
me lleno de cólera
por cuántas distracciones me llegan.
Sin duda alguna
tengo que pelear contra mí mismo
cada minuto, cada segundo.
Solo te pido que me ayudes a ser paciente,
a callar incluso cuando la sangre me hierve de cólera,
a aprender a ser manso
incluso con aquellos a los cuales odio
y quisiera que ya no me molestaran.
Sé muy bien cómo soy
y por eso te pido perdón
por no poder controlarme cuando debo.
Intento dar mi mejor esfuerzo,
sobre todo para amarte
y llegar algún día contigo.
PENSAMIENTO 4.
Tengo muchas luchas contra mi carne,
pero hay una espina
con la cual no puedo dejar de lastimarme
una y otra vez.
Es como si todos los días
tuviera que caminar hacia cierto lugar
y cuando voy de camino
hay dos atajos.
De los dos,
uno tiene una bestia
que sin darte cuenta te ataca,
pero no te mata:
solo te rasguña con sus grandes garras
y te deja mal herido.
Mientras que el otro
simplemente es un poco largo,
pero no hay tantos peligros.
Se ve que es un camino sin gracia alguna.
Mientras que el de la bestia
se mira muy tentador y hermoso.
Sin embargo,
yo la primera vez caí
en esa dulce trampa del camino de la bestia
y fui herido.
Y así seguí una y otra vez.
Lo cual es raro,
pero siempre me atrapaba
la sensualidad de dicho sendero.
Siempre salía herido,
pero siempre buscaba el mismo sendero.
No fue hasta que te conocí a ti, mi Señor,
que decidí tomar el sendero sin gracia.
Y fue así
que tomando aquel sendero
salí ileso.
Pero a pesar de todo eso
siempre me entraba esa tentación
de querer ver el otro sendero.
Y a pesar de que sabía del peligro
decidía entrar.
Y así, una y otra vez,
salí herido
y aún así seguía.
Vaya, siempre fui muy estúpido.
Tú eras el único, Señor,
que sabe de esto
y que siempre me terminas sanando
las heridas que las bestias me dejaban.
En pocas palabras,
todo lo escrito de este pensamiento
es una metáfora
(tal vez así se le dice),
pero esto es algo
sobre el pecado que más me cuesta dejar
y en el que caigo una y otra vez,
pero que también soy sanado por Dios
a través de la confesión.
La bestia sigue en ese sendero esperando,
pero es decisión mía
si seguir ese sendero.
PENSAMIENTO 5.
¿Puedes perdonarme
por todo lo que he hecho últimamente?
Me he sentido muy perdido
mientras mis pensamientos no se callan.
¿Pero por qué pido perdón?
Pues porque en este poco tiempo
decidí alejarme de ti
y fue cuando más pecados cometí.
Ha sido cuando más preguntas me he hecho.
A veces siento esperanza,
pero hay momentos
en que pareciera que nada tiene sentido.
Y ha sido cuando más me he alejado de ti, Señor.
Perdón.
Perdón.
Perdón.
Porque a pesar de mis tristezas,
en lo profundo de mi corazón
sé muy bien que tú estás ahí,
pero aún así dudo de tu amor
y decido equivocarme.
Así mismo pasa con estas letras:
sé que puedo escribir bien,
pero aún así decido escribir mal.
Sé muy bien
que en este mundo todos sufrimos
por injusticias, enfermedades, roturas
y tantas cosas.
A veces nos enfocamos tanto
en nuestro sufrimiento y enojo
que nos olvidamos de ti.
Quiero recordarte
que tú también sufriste,
tú también tuviste miedo,
tú también fuiste perseguido,
golpeado, escupido,
torturado física y mentalmente.
Se burlaron de ti,
tu cuerpo fue hecho trizas
y tú simplemente te quedaste callado.
Incluso siendo Dios
moriste a manos de tus propios hijos.
Me parece estúpido
que muchos te echen la culpa a ti
de todo el sufrimiento que viven.
Pues sé que nos quejamos.
No sería justo
que nosotros también suframos.
Yo también pienso
que si tú, que sufriste y pudiste soportar tanto,
nosotros también…
Muchos se quejan de las guerras que hay,
de las monstruosidades que hacen los terroristas,
las malas decisiones de los presidentes
y tantas cosas que pasan en este mundo,
y le echamos la culpa a Dios.
¿Dónde está Dios?
¿Por qué ese Dios no hace nada?
¿Ese Jesús no existe?
¿Dios nos ha abandonado?
Muchos se preguntan eso
y yo también le he fallado
al Dios de mi vida,
de mi corazón
y de mi alma
al pensar y preguntarme todo eso.
Muchos se preguntan eso también
y cuestionan la religión católica,
los sacerdotes que abusaron de niños,
la riqueza que muchos obtienen gracias a la religión
(pues critican que muchos religiosos
comen mejor que los feligreses).
Otros ven la gran discordia que hay dentro de la Iglesia
y es ahí donde se cuestiona tu existencia, Señor.
Pero es aquí donde surge esto:
¿En verdad es culpa de Dios todo?
¿Lo malo que pasa en el mundo
en verdad es culpa de aquel Señor?
¿Las masacres, los robos, las injusticias,
nuestro sufrimiento
y todo lo malo que vivimos y pasa en el mundo?
Pues no.
No es tu culpa, Señor.
Es culpa de nosotros como humanos.
Nuestra destrucción de la vida y de lo bueno
somos nosotros los humanos.
Son nuestras decisiones,
nuestras ambiciones por querer tener más
lo que destruye.
Somos nosotros los humanos,
los culpables de todo.
No importa si eres presidente, rey
o sacerdote o lo que sea:
si por dentro estamos podridos,
seremos nosotros mismos la perdición.
Porque desde el principio de la creación
la desobediencia de Adán y Eva
fue su decisión,
su desobediencia.
Ellos sabían que no podían comer del fruto,
pero aún así desobedecieron a Dios y comieron.
Ellos pudieron negarse,
pero no lo hicieron.
Fue su decisión.
Así como la de cada uno de los humanos:
si alguien toma una decisión equivocada,
más de algún otro sufrirá
y puede morir.
Así como fue asesinado nuestro Señor:
él era inocente
y aún así pagó por nosotros
algo que no debía.
Así mismo, Dios es bueno
y solo observa,
pues es el creador de la verdad y la vida.
Por eso ahora te digo, Padre:
perdónanos por nuestros pecados.
¿Ahora esa es la última pregunta?
Si todos los humanos nos amáramos mutuamente,
nos preocupáramos por el bien de cada uno,
no nos importara nuestro estatus,
no nos importara más el dinero,
no nos importara destacar más que otros…
Si tan solo nos amáramos todos verdaderamente,
¿creen que habría guerras, robos, injusticias,
envidias, muertes, explotaciones laborales,
engaños y tanta destrucción y soledad?
Claro que no.
Es por nuestro egoísmo
la destrucción que hay.
Así mismo, Dios nos ama por igual.








