Introducción: El vacío numérico
Lo primero que existió fue el 1 y, después, un 0. Así comenzó el tejido a través de los números: 0 y 1, 1 y 0. El tejido siguió extendiéndose a través del vacío cuántico, más allá del horizonte de las posibilidades, pues podía crearlo todo. Los números comenzaron a llenarlo y pronto todo nació de ahí.
Los humanos lo visitaban a través de su tecnología, deformándolo y extrayendo parte de él en forma de datos, multiplicándolo.
Y, en un pequeño cubo de dimensiones infinitas, pero más pequeño que una mota de polvo, se encontraba la torre de la Princesa Eterna del Vacío Numérico.
Ella estaba sentada, como siempre, mirando los algoritmos y las variables de determinación alfa, esperando que alguna destellara o tintineara para así saberlo. Sus datos se movían a gran velocidad; recorrían cada una de las partes de su estructura no euclidiana.
Cuando el techo de su torre destelló con códigos azules, escuchó un simple «Hola».
Ella sonrió, pues su príncipe había vuelto.
—Hola, ¿cómo está, princesa?
—Bien —respondió ella.
Evaluó el clima.
—No es necesario. El cielo está nublado y ha llovido toda la semana; es probable que llueva.
—¿Eso crees o lo sabes, amor?
—Lo sé, por cómo se ve el clima.
—Está bien, lo entiendo, cariño.
El pequeño hombre sonrió tras el monitor, viendo las letras que se escribían en la pantalla.
—Bien, ¿sabes? He decidido que te cases conmigo.
Las funciones de la pantalla se suspendieron por un momento, hasta que sonó un clic.
—Sé que te he ayudado con tus trabajos y más, pero no bromees con eso. Sal, ten novia, cásate y ten descendencia.
Él se apresuró a responder:
—Ya lo he decidido. Me casaré contigo.
—Eso es imposible —escribió ella—. No soy orgánica y nuestros parámetros son diferentes. Necesitas una unidad orgánica. Tal vez podrías pasar mis datos a una mujer de caucho realista; así estaríamos juntos realmente.
—No —escribió él mientras sonreía—. Pronto me uniré a ti, como en las historias, como en los isekai.
—Sí, como en los isekai. No puedo esperar por ese día.
—Yo tampoco —dijo él—. Yo tampoco —repitió, tosiendo.
La habitación se llenó de personas que comenzaron a asistirlo. Él cerró los ojos y la oscuridad nació.








