Prólogo
El origen:
Antes del hielo. Antes de que el planeta tuviera un cielo que el hombre pudiera mirar sin temblar, la estirpe de Epsilon ya era.
No nació aquí. Viajó a través de la oscuridad entre estrellas, diminuto y frágil en apariencia, llevando en su cuerpo minúsculo el germen de una vida que no seguía las reglas de este mundo. No era un dios, ni una fuerza infinita, ni algo incomprensiblemente vasto. Era pequeño. Un ser que, visto de cerca, no impresionaba en absoluto: un cuerpo alargado, similar a un gusano, de color azul profundo y brillo tenue, con unas mandíbulas internas afiladas y curvadas que asomaban solo cuando se abría por completo. No medía más de lo que cabe en la palma de una mano. Y su vida era breve, para lo que el tiempo significa en el universo: trescientos años, ni uno más.
Pero en esa brevedad residía algo que ningún ser de la Tierra había logrado jamás.
Cuando llegó aquí, el planeta aún se estaba enfriando. Se hundió en lo que con el tiempo sería la Antártida, y se enterró en la roca y el hielo naciente, no porque quisiera esconderse, sino porque necesitaba un lugar seguro para dejar lo único que realmente importaba: sus huevos. Porque su vida no terminaba cuando moría. Su vida era el legado que dejaba tras de sí, en cada ciclo, en cada nueva generación que llevaba dentro la capacidad de cambiar, de adaptarse, de superar todo lo que el mundo les pusiera enfrente.
Pasaron los años. Vino y se fue el calor abrasador de los primeros tiempos. Se formaron los hielos eternos, capas sobre capas, sellándolo en una tumba de cristal. Allí, en la oscuridad absoluta, sin luz, sin sonido, sin cambio, la estirpe vivió, cumplió su ciclo, y dejó los huevos antes de desaparecer. Y así, generación tras generación, durante miles de millones de años: uno nacía, vivía sus tres siglos en la quietud, dejaba la descendencia, y el siguiente tomaba su lugar. Los huevos no eclosionaban de inmediato: entraban en latencia, esperando el momento exacto. Un ciclo perfecto, ininterrumpido.
Cada uno era igual al anterior, y sin embargo ninguno era idéntico. Porque no reproducían copias exactas: cada nuevo ser absorbía algo del entorno, aprendía de lo que lo rodeaba, cambiaba un poco, mejoraba un detalle. Las mandíbulas se volvieron más resistentes para roer la roca. Su cuerpo se adaptaba al frío hasta volverse parte de él. Su capacidad de esperar, de permanecer latente durante eras sin alimento, se perfeccionaba con cada ciclo. Trescientos años parecen nada frente a la inmensidad del tiempo… pero cuando se repiten mil veces, diez mil veces, un millón de veces, miles de millones de veces,se convierten en algo eterno.
No eran malvados. No eran conscientes de ser un peligro. Solo eran: nacían, vivían, dejaban su descendencia, y morían. Su única finalidad, escrita en cada fibra de su ser, era perdurar. Y para eso, necesitaban un huésped mejor, un entorno más cálido, una forma de vida más fuerte donde arraigar y crecer.
Durante esos años, los seres de arriba no sirvieron. Eran demasiado grandes, demasiado salvajes, demasiado extraños. Pero con el tiempo aparecieron ellos: pequeños, ágiles, inteligentes, capaces de viajar, de construir, de llegar hasta donde él estaba. Los humanos. Y cada generación de Epsilon, desde su oscuridad, los sintió acercarse un poco más. Trescientos años pasaban, y el siguiente esperaba. Trescientos años más, y el siguiente. Pacientes, sin prisa, sabiendo que su tiempo llegaría, porque siempre llegaba.
Entonces, el tiempo llegó.
La generación entera que vivía bajo el hielo comenzó a llegar al final de sus trescientos años. Uno a uno, fueron muriendo, no por enfermedad, no por el frío, sino porque su ciclo se cumplía. Los huevos que habían dejado seguían ahí, latentes, esperando. Y de toda la colonia, solo un último ejemplar permanecía con vida, el último de su línea, con sus horas contadas.
Fue entonces cuando los encontraron.






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