Entre las sombras

All Rights Reserved ©

Summary

Cuando te reclamen como la propiedad de un ser que, para ti, solo existía en las películas. Cuando te des cuenta de que el mundo que conocías no existe, o sí, solo que ahora es más amplio de lo que creías. Y cuando descubras que tu familia es un engaño...¿Qué harás? ¿Aceptarás el destino que se supone que tienes marcado o lucharás con todas tus fuerzas para escribir tu propio destino?

Status
Ongoing
Chapters
52
Rating
4.7 9 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

Cuando me despierto sobresaltada con el sonido del despertador, suspiro y me estiro en la cama para desperezarme. Casi siempre suena antes del alba; así me da tiempo de recoger los huevos y ordeñar a las cabras, para llegar temprano al mercado del pueblo.

Entre semana, me encargo de todo lo relacionado con las gallinas y las cabras que tenemos; después de eso, dejo en la cocina el cubo con la leche y mi abuela se encarga de hacer los quesos que vendemos en nuestro puesto, junto con los huevos.

Arriba, Alisha...

Me levanto con los ojos medio cerrados todavía y voy al baño para darme una ducha. Al salir, limpio el vaho del espejo y me miro.

Menudas ojeras...tendré que maquillarme un poco para taparlas.

Unos minutos después he terminado. Solo llevo corrector y un poco de máscara de pestañas. Todavía se me notan un poco las ojeras, pero bueno...es lo que hay, no soy una experta con el maquillaje.

Empiezo a escuchar ruidos en la cocina. La abuela ya se ha despertado. Me apresuro para vestirme y peinarme. Normalmente me hago un moño alto y despeinado que adorno con un pañuelo azul, atado a él con un lazo y me dejo unos mechones largos sueltos para enmarcar un poco mi cara. El color castaño claro de mi pelo es casi idéntico al de mis ojos.

En cuanto a la ropa, casi siempre voy con el mismo estilo, algo tipo cowboy. Unos vaqueros, botas marrones altas por fuera del pantalón, una camiseta blanca de tirantes básica y una blusa de cuadros desabrochada. Muy campera, pero es que vivo en un pueblo, no puedo ir de tacones…

Bajo corriendo las escaleras y voy a la cocina. Cuando entro, mi abuela está de espaldas a la puerta, pero me ha escuchado bajar y me saluda.

—Buenos días, mi niña.

—Buenos días, abuela.

Me acerco a ella y la abrazo por detrás.

Reconozco que no es una abuela al uso. Su pelo negro tiene ya tantas canas que parece gris oscuro; le gusta llevarlo largo, a la altura de los hombros y siempre lo lleva suelto y rizado. No se maquilla, pero es guapa, su piel es más oscura que la mía y su forma de vestir es sencilla. Vaqueros negros, un jersey y una camisa de la que solo le asoma siempre, el cuello de ella por encima del jersey.

No nos parecemos en nada, la verdad. Y para colmo, con su edad, ella es más delgada que yo. No es que yo esté gordísima, pero sí que me sobran algunos kilitos…digamos que tengo un culo y unas caderas más grandes de lo que hoy en día se considera cuerpazo. A mi favor diré que no tengo barriga y que mi cintura se ve marcada.

La abuela y yo hemos vivido juntas desde que mis padres fallecieron cuando era niña. Casi no tengo recuerdos de ellos y cuando intento recordarlos, siempre me entra un profundo dolor de cabeza y siento como si una niebla me invadiese los pensamientos.

—No tienes buena cara. ¿Has dormido bien? —me pregunta mi abuela con preocupación—. Quizás deberías quedarte en casa hoy.

—Estoy bien, abuela. Es solo que no estoy durmiendo muy bien estos días. Serán los nervios por mi inminente cita con Vincent —la miro con una fingida cara de acusación—. No debiste decirle que iría con él a cenar sin preguntarme.

Me molesta que la abuela esté intentando hacer de celestina, pero sé que no lo hace con mala intención.

—Lo siento, cielo. No pensé que fuera a molestarte; además es un buen chico. Te conviene.

—Ya hemos hablado de eso, abuela. No quiero salir con nadie. Ningún chico del pueblo me llama la atención.

Y es totalmente cierto. A veces hasta he llegado a plantearme que, mi falta de interés por los hombres fuese porque quizás me atraían las mujeres...pero tampoco ninguna me llama la atención.

Mi conclusión: tengo anafrodisia. Conozco esa palabra porque la busqué en internet. Estaba preocupada porque, a mis veinticinco años, nadie me ha atraído lo suficiente. Ya lo tengo asumido.

—Tú solamente dale una oportunidad. Disfruta de la noche con él y ya está, pero no te cierres como siempre.

—Ay, abuela...te quiero, pero a veces también quiero matarte...

—Tonterías, solo estás llevándome la contraria como te gusta hacer siempre.

Le sonrío y empiezo a comer el desayuno que me ha preparado. Cuando termino, salgo de la casa y voy a la parte de atrás, donde tenemos las gallinas y las cabras.

Una hora y media después, ya ha amanecido y he terminado por hoy con los animales. Vuelvo a casa para coger todo e irme rápidamente al pueblo.

—¡Abuela!

Entro en la cocina, dejo encima de la mesa la leche, para que la abuela haga nuevos quesos y cojo los que ya ha preparado para que me lleve.

—Tienes todo preparado, y también te he puesto ahí encima las llaves de la camioneta, cielo.

—Gracias, abuela.

—No vengas muy tarde, has de prepararte para tu cita con Vincent.

—Siiiiiii, abuela. Ya lo se.

Le dedico una cara de hastío y pongo lo ojos en blanco mientras cojo todo para irme de casa.

Al llegar al mercado del pueblo, voy directa a mi puestito para montarlo antes de que comiencen a llegar los clientes. A media mañana ya he vendido casi todo lo que tengo.

—Alisha, bonita. ¿Podrías darme una docena de huevos y medio queso?

—Hola, señora Smith —le sonrío con dulzura—. Claro que sí. Qué bueno verla por aquí; esta semana aún no la había visto.

—Sí, es que como se pasó mi nieto el martes, le pedí que me comprase lo que me hacía falta.

Vuelvo a sonreírle mientras le voy preparando lo que me ha pedido y sigo dándole conversación.

—¿Qué tal sigue el señor Smith de su catarro?

Aquí nos conocemos todos y, aunque la abuela y yo no somos del pueblo, ya llevamos nueve años viviendo en él. Hace tiempo que dejamos de ser las “forasteras” y pasamos a ser dos más, en este tranquilo pueblo.

—Ya se encuentra mejor. En un par de días más, estará dando guerra de nuevo por la asociación de cazadores.

Termino de meter todo en la bolsa y le cobro. Cuando levanto la cabeza para darle el cambio, pasa por detrás de ella un hombre que jamás había visto por el pueblo.

Nuestras miradas se cruzan por menos de un segundo. No lo he visto muy bien, pero estoy segura de que es el hombre más atractivo que he visto en mi vida. Además, esos ojos…

No sé por qué, pero me resultan familiares.

Un escalofrío me recorre el cuerpo entero y salgo de detrás del mostrador para intentar verlo mejor.

—Querida...

Intento encontrarlo entre la gente, pero ya no lo veo por ningún sitio. Me pongo de puntillas y me estiro para intentar localizarlo, por encima de las cabezas de la gente.

Nada. Ha desaparecido. ¿Me lo habré imaginado?

—Alisha, bonita. ¿Estás bien?

La señora Smith con su pregunta me devuelve a la tierra. Pestañeo varias veces antes de contestar atropelladamente.

—Disc...discúlpeme, señora Smith. Pensé que...creí que... —tartamudeo sin saber qué quiero decir—. No importa. Me pareció ver a alguien conocido.

La señora Smith me mira con los ojos entrecerrados.

—Te preguntaba si tu abuela se encuentra bien de salud. Es que hace por lo menos dos semanas que no la veo por el pueblo.

—Oh, sí. Está estupendamente. Es solo que está haciendo pruebas de dulces —una vez más, le sonrío a la anciana—. Para la semana que viene, aumentaremos nuestros artículos de venta en el puesto. Y ya le adelanto, que todos los que ha hecho están buenísimos.

Sé que le encantan los dulces, por lo que aprovecho para tentarla a que venga la próxima semana a comprarme alguno.

—Así que, si yo fuera usted, el lunes que viene, a primera hora, estaría aquí para que pueda comprar alguno.

Le guiño un ojo y la señora Smith se ríe.

—Qué bien me conoces. Sabes que diciéndome eso, no me voy a poder resistir a venir aunque no me haga falta nada más del mercado.

Me río cuando dice eso.

—Entonces la espero el lunes por aquí.

—Que tengas un buen día, Alisha.

—Igualmente, señora Smith.

Cuando me quedo sola, mi sonrisa se borra con el recuerdo de ese desconocido.

No tengo ni idea de por qué me resultan tan familiares los ojos de ese hombre que he visto pasar tan fugazmente.

Esos ojos...

Siento que lo conozco..., pero ¿cómo puede ser posible si no lo he visto jamás?

Quizás lo conozca de antes de mudarme al pueblo.

Intento hacer un esfuerzo y buscar en mis recuerdos, pero se me pone un profundo dolor de cabeza al hacerlo.

Estas migrañas crónicas van a acabar conmigo...

Me presiono el puente de la nariz e intento enfocar la vista para buscar un analgésico que pueda tomarme.

De vuelta a casa me siento muy cansada. Me muero de ganas por llegar y tumbarme para descansar, pero me viene a la mente mi cita con Vincent. Chasqueo la lengua con fastidio.

No quiero ir, pero no puedo dejarle plantado. A fin de cuentas, realmente es un buen chico y un buen partido.

—¡Abuela, ya estoy en casa!

—Hola, mi niña. ¿Qué tal ha ido el día?

Encuentro a la abuela tumbada en el sofá, con una bolsa de hielo en la cabeza y los ojos cerrados. Me acerco hasta ella y me siento en el suelo, a su lado, apoyando la cabeza en su brazo.

Sé que hoy no es un buen día para ella. Hoy hace nueve años que nos mudamos al pueblo después de fallecer el abuelo. Este día, suele ponerla igual de triste que el día del aniversario de su muerte; aunque no entiendo bien por qué.

—¿Puedo hacer algo por ti, abuela?

—No, cielo. Pero gracias por preguntar.

Me pasa una mano por el cabello con los ojos todavía cerrados. Me entristece verla así. Tuvo que querer mucho al abuelo para que, año tras año, tanto el aniversario de la muerte del abuelo, como el aniversario de nuestra llegada al pueblo, la dejen tan mal.

—Abuela, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro que sí, mi niña.

—¿Por qué todos los años, en este día, te pones tan triste? Hoy solo hace nueve años que nos trasladamos a vivir a este pueblo, pero…

—Porque me recuerda que vinimos aquí porque yo no era capaz de seguir viviendo en la misma casa ni en la misma ciudad que donde lo había hecho con el abuelo...

—Ya, pero...ya habían pasado ocho meses de la muerte del abuelo cuando decidiste que nos mudaríamos…no es que hubieran pasado solo un par de días.

—No intentes entenderlo, Alisha...jamás podrías...

Siento el dolor en sus palabras. Quiero entenderlo para poder consolarla, pero el tono que usa me hace entender que no quiere hablar más del tema.

—Bueno...iré a mi habitación...

—Debes ir a arreglarte. No querrás llegar tarde a tu cita ¿no?

Suspiro con resignación.

—Iba a decir eso, cuando me has cortado y no me has dejado terminar.

—Es un buen hombre para ti, Alisha. Necesitas tener a alguien a tu lado que pueda cuidarte cuando yo no esté.

—Pero ¿qué tonterías dices, abuela? —la miro con el ceño fruncido—. Tú estás bien. Y, además, todavía no eres tan mayor. Así que, deja de decir esas cosas; que parece que te estés despidiendo y te vayas a morir uno de estos días...

Ella me mira con una sonrisa en los labios y yo sigo con el ceño fruncido.

—Me dan escalofríos solo de pensarlo.

—Es que vas a hacer que me muera un día de estos, si no consigues un marido pronto y me das nietos.

—¡¡Abuela!!

Me hago la escandalizada y comienzo a irme a mi habitación.

—Que conste, que no necesito a ningún hombre a mi lado...sé cuidar de mí misma yo solita.

—Créeme, mi niña...sí que lo necesitas...Y no sabes cuanto...

No entiendo por qué dice eso, con esa angustia en la voz...es absurdo. Prefiero no darle más vueltas al asunto, así que me voy a mi habitación para prepararme.

Busco entre mi ropa y saco unos vaqueros con efecto roto por algunos sitios. Me enfundo en ellos y me pongo por fuera mis botas altas marrones; después, lo combino con una camisa blanca de botones, de las que se abrochan al final con un nudito y dejan al descubierto una pequeña parte del vientre.

Lista. Me miro al espejo con aprobación.

No estoy nada mal.

Regreso al salón a despedirme de la abuela. Ya no está tumbada. Se pasea nerviosamente de un lado a otro del salón con una mano en el pecho.

—Abuela, ¿de verdad estás bien?

Da un pequeño bote al escucharte.

—¡Ay, cielo! Me has asustado. No te he oído llegar.

—Lo siento. Ya me voy, pero te noto rara...Más de lo habitual. Y eso ya es decir...

—Tonterías. Estoy perfectamente. Solo me sobresalté. Venga, vete ya.

Me hace un gesto con las manos como si estuviera echándome.

—Cuidado con la carretera y pásalo muy bien. ¡Ah! y no espantes a Vincent con ese carácter tuyo. ¿Me has oído?

—Tranquila, abuela. Me portaré bien, lo prometo.

Le doy un beso y me voy directa al único bar que hay en el pueblo. Al llegar, veo a Vincent apoyado en la valla del bar esperándome.

Las comisuras de sus labios se elevan al verme, y yo aprovecho para deleitarme con la vista.

Vincent es guapísimo, hay que admitirlo.

Tiene el pelo negro y largo, más o menos, lo lleva por el cuello, pero siempre lo lleva recogido con una goma a la altura de las sienes, las cuales lleva rapadas. Bueno, rapadas no, si no con el pelo corto en esa zona y en la nuca.

Sus ojos verdes, son de esos que enamoran; intensos y profundos. Además, junto con su pelo, el tono morenito de su piel y su nariz recta, lo hacen muy atractivo. Y su cuerpo también es todo un espectáculo, trabaja en el campo…Evidentemente, está fuerte y tonificado.

Pues, aun con todo eso, no siento nada cuando flirtea conmigo. Si es que, definitivamente, soy un caso…

Bajo del coche y lo saludo como a cualquier otra persona, pero él se acerca a mí y me da un beso en la mejilla y me sorprendo. No esperaba ningún tipo de...contacto físico con él.

—Hola, Alisha. Vaya...estás muy guapa.

Es un encanto, no puedo negarlo.

—Oh...muchas gracias por el cumplido...

Desvío la mirada, me da vergüenza recibir cumplidos. Vincent carraspea antes de hablar de nuevo.

—¿Entramos? Está empezando a refrescar.

—Claro, te sigo.

Cuando estamos yendo hacia adentro, un ruido entre los matorrales me sobresalta. Me giro a mirar, pero no veo nada. Todo está quieto.

—¿Entras?

—Eh...sí, es que me pareció escuchar algo que se movía en ese matorral —digo señalando uno que hay justo enfrente, al cruzar la carretera.

—Es probable que sea algún zorro. Siempre andan husmeando cerca de lugares donde hay comida.

—Tienes razón —contesto mientras asiento y le sonrío.

Una vez dentro, nos sentamos en una de las mesas más apartadas.

—Estoy seguro de que mañana, todo el mundo estará hablando de que cenamos juntos, pero por lo menos, en esta esquina, podremos hablar más tranquilos.

—Sí...es un buen punto...

No me apetece nada ser el centro de los cotilleos de los próximos días, pero ya no puedo hacer nada al respecto, así que, me limito a sonreír.

—Me acuerdo de la primera vez que te vi...Era mi último año en el instituto y llegaste con tu ropa de ciudad y ese acento tan raro —su sonrisa al decirlo me hace sonreír a mí también—. Me hacía mucha gracia escucharte hablar; me parecías muy...dulce. Y muy guapa...

Un poco avergonzada, por lo último que ha dicho, desvío la mirada hacia la mesa.

—Pero eso ya lo sabías. Siempre te he dicho me gustas. Aunque, hasta hoy, nunca habías accedido a quedar conmigo.

—Ya, sobre eso...

—Lo sé. Sé que tu abuela ha tenido que ver en tu cambio de opinión, en lo referente a tener una cita conmigo...Pero no te preocupes, no voy a presionarte con nada. Solo quiero que disfrutemos de la noche.

—Gracias, Vincent. Es muy amable por tu parte.

Pobrecillo...Me da pena no haberle hecho caso nunca y que no me atraiga, pero me reitero en lo que pienso. Es muy guapo, está bueno y es muy lindo conmigo. Pero no es mi tipo.

Aunque, pensándolo bien, ni siquiera sé cuáles son mi tipo...

La noche pasa tranquila. Me divierto con él. Después de todo, no ha sido una idea tan mala venir a la cita.

—Me ha encantado pasar esta noche contigo... —Vincent se para, al final de las escaleras del bar.

—Yo también lo he pasado muy bien —le sonrío ampliamente porque es cierto lo que digo.

Ha sido una buena noche.

Da un paso hacia mí y se para mirándome a los ojos. Está pidiéndome permiso para besarme. Creo que intenta darme la oportunidad de que diga que no, ya que me dijo que no me iba a presionar.

Pero también me deja claro que, por él iríamos más lejos que una simple cena. No estoy segura de qué hacer, así que, me quedo quieta mirándole a los ojos; aceptando silenciosamente su pregunta no formulada.

Vincent se acerca más a mí y me aparta despacio un mechón de pelo de la cara. Baja su cabeza hacia la mía y me da un suave beso en los labios. Se queda pegado a mí y sé que debo reaccionar.

“Es un buen chico, Alisha...dale una oportunidad.” Las palabras de mi abuela cruzan mi mente y sé que tiene razón, así que paso las manos por su cuello y le beso. Lo hago intentando provocar una chispa entre ambos...

Quiero sentir algún tipo de conexión con él. Quiero sentir deseo por él...pero nada...

Vincent baja la mano desde mi cintura hasta mi culo, para acercarme más a él. Sus besos comienzan a ser más profundos cuando un fuerte golpe hace que demos un bote y nos separemos.

Él tiene la respiración acelerada por nuestro encuentro. Yo no...

—¿Qué demonios...?

Miramos en la dirección de donde ha venido el sonido y nos damos cuenta de que una rama enorme, de alguno de los árboles, ha caído en el capó de la camioneta de Vincent.

Corriendo, nos acercamos hacia ella. La camioneta tiene la parte delantera bastante aplastada y los intermitentes están parpadeando al ritmo de la alarma, que ha empezado a sonar después del impacto.

Vincent comienza a maldecir mientras mira el desastroso estado de su camioneta y yo tengo los ojos como platos.

—¡Madre mía! ¿Cómo se ha podido partir una rama así, de repente? Ni siquiera hay un poco de viento...

Veo a Vincent cerrar los ojos y resoplar, intentando calmarse antes de contestarme.

—No tengo ni idea. Seguro que estaba podrida y, simplemente, se ha partido por el peso de tantas hojas que tiene. —noto el enfado en su voz, aunque sé que no es conmigo—. No te preocupes, iré mañana al taller para pedir que vengan a por la camioneta y la reparen.

—¿No deberíamos llamar a la grúa ahora? —pregunto.

—Sinceramente, me niego a dejar que esto me fastidie la noche. Aunque vengan a por ella ahora, habrá que mirar si ha sufrido daños el motor, así que, como no se puede solucionar, ya me encargaré de todo mañana.

Me acerco para mirar detenidamente la rama. No parece que esté podrida...pero ¿qué más podría haber pasado?

—¿Te importaría llevarme a mi casa?

La pregunta de Vincent me distrae de la rama.

—Claro, es lo mínimo que puedo hacer —le sonrío y comienzo a caminar hacia mi camioneta.

Nos montamos en ella y lo llevo a su casa.

—Gracias por traerme, Alisha. De no haber sido por lo de la camioneta, hoy hubiera sido una noche perfecta.

Se desabrocha el cinturón de seguridad, y se acerca de nuevo para besarme. Respondo a sus besos hasta que siento que empiezan a demandar más...

—Vincent...

Me separo de sus labios y él asiente resignado.

—Lo se. Lo siento —aunque el tono de su voz es de remordimiento, en sus ojos veo decepción—. Prometí no presionarte. Y teniendo en cuenta que la noche ha superado con creces mis expectativas, creo que debería darte las buenas noches antes de cagarla sin querer.

—No, no podrías cagarla...Es solo que yo no..., no..., no me gustaría dar un espectáculo en plena calle.Ya sabes...es demasiado pequeño el pueblo.

¿Cómo se te ocurre, Alisha? Casi le dices que eres virgen a tus veinticinco años...

Me regaño mentalmente por casi cagarla de esa forma. Hubiera sido demasiado vergonzoso.

—Bueno, me alegra saber que es porque estamos en la calle y no porque no te gusto.

Fuerzo una sonrisa intentando morderme la lengua para no decirle que, en verdad, prefiero que solo seamos amigos.

—¿Te veré mañana en la feria del pueblo? —pregunta, esperanzado.

—No...le prometí a mi abuela que iba a arreglar unas cosas en el granero y, además, tengo que encargarme de los animales. Creo que me llevará todo el día.

A veces me sorprende mi capacidad de inventar mentiras tan rápidamente.

No hay nada roto en el granero, y, los fines de semana, la abuela se encarga de los animales para que yo descanse.

—¿Y el domingo?

Si me invento más excusas se va a notar mucho.

—Sí, el domingo iré con mi abuela a la feria.

—Entonces, allí nos veremos.

Vincent sonríe y me da un suave beso en los labios.

—Que descanses, Alisha. Y gracias por traerme.

—Igualmente. Y suerte con la camioneta.

—Gracias.

Cuando se baja del coche y cierra la puerta suspiro frustrada. Me gusta su forma de ser, y todo él entero también me gusta. No sé por qué no puedo excitarme cuando se acerca a mí y me besa...

Arranco y me voy a casa enfadada con “mi situación”