Prólogo
Tras la declaración de la independencia en Tucumán, la naciente Argentina comenzó el complejo proceso de organizar su Estado, disparando un sangriento enfrentamiento entre dos modelos irreconciliables: el unitario y el federal.
Mientras las Provincias Unidas combatían el dominio español, en el interior crecía un profundo rechazo al centralismo porteño. En 1819, el Congreso de Tucumán —ya instalado en Buenos Aires— promulgó una constitución centralista y de sesgo monárquico que ignoraba las autonomías provinciales, provocando un repudio generalizado. La respuesta no tardó en llegar: en febrero de 1820, los caudillos federales Estanislao López y Francisco Ramírez derrotaron a las fuerzas porteñas en la Batalla de Cepeda, disolviendo el Directorio y el Congreso Central. El país quedó fragmentado en provincias autónomas articuladas tan solo por pactos y tratados interprovinciales, como el Tratado del Pilar.
La frágil paz se interrumpió en 1826 tras la convocatoria a un nuevo Congreso Constituyente en el marco de la Guerra del Brasil. Designado como primer presidente, Bernardino Rivadavia impulsó una Constitución marcadamente unitaria —que facultaba al Ejecutivo a nombrar gobernadores— y la polémica Ley de Capitalización, que privaba a Buenos Aires de sus rentas aduaneras.
Ante esta nueva embestida centralista, emergió con vigor la figura de Facundo Quiroga, el «Tigre de los Llanos». Desde La Rioja, Quiroga lideró las rebeliones en defensa de la soberanía e independencia de las provincias del interior. Acorralado por el levantamiento federal y acosado por el escarnio tras el controvertido tratado de paz con el Imperio del Brasil, Rivadavia dimitió en 1827. Se abría así una de las etapas más cruentas y trágicas de nuestra historia: la guerra civil entre unitarios y federales.








