Capítulo 1
Ok, la cosa es sencilla.
No se puede esperar algo grande del abismo donde me encuentro.
Perdí la cuenta de los meses que llevo aquí. Ocho, quizá diez.
Es difícil llevar la cuenta cuando lo único que aspiras es polvo, tragas porquerías y el calor por la tarde te fríe los sentidos y el frío por la noche te entumece el puñetero cuerpo.
Mi nombre es Xu Minghao, hijo de inmigrantes chinos que llegaron a Seúl mucho antes de que, en su sórdida realidad y miserable pensamiento, cometieron el error de concebirme. Crecí entre el olor a aceite quemado y del licor que mi padre preparaba como su especialidad, en un restaurante callejero que nos dejaba sobrevivir.
El resumen: abandoné la escuela a pronta edad y tengo cero contacto con mis padres. Ahora respondo al nombre que me dio el jefe, The 8. Y la única razón por la que sigo escuchando mi verdadero nombre cada día, es porque cometí el error de contárselo al bastardo que ocupa ilegalmente el refugio que me fue encomendado.
El sol se asoma en lo alto con crueldad cuando me veo en la obligación de hacer un refugio con mi mano para ver el auto llegar. El primero en semanas de abandono y escasas noticias.
Las cosas en la ciudad parecen estar bastante tranquilas desde que el jefe asedió el territorio de su rival e hizo una masacre para demostrar quién mandaba realmente en la ciudad.
El auto aparca en la entrada y bajo los dos escalones para interceptar al hombre alto que abre la portezuela y baja entre una nube de polvo. Su traje es tan impecable como siempre.
Kim Mingyu, la mano derecha del jefe, se baja los lentes lo suficiente para mirarme con su habitual desprecio y forma una sonrisa cargada de un ego tan grande como su cuerpo.
—Hey.
—Hey —respondo y dejo entre mis labios el cigarrillo que recién encendí para colocarme junto a la puerta trasera. No hay nadie allí, su visita no es rutinaria y esto apesta—. ¿Vienes por alguna de ellas?
—Mindy.
—Espera, la traeré.
—¿Cuál es la prisa? —Se recarga contra la portezuela y enciende un cigarrillo, luce inmune al infierno que lo rodea a pesar de unas cuantas gotas de sudor perlando su frente expuesta.
Entorno la mirada y doy una calada a mi cigarro. Los músculos en mi abdomen se tensan, pero no permito que nada salga a la luz.
—Siempre la tienes. ¿Qué es diferente esta vez? —Tiro la ceniza—. Déjame adivinar, ¿me extrañaste?
Inclino el rostro, Mingyu chasquea la lengua y el humo proveniente de su boca golpea certeramente mi rostro. Hijo de puta.
—El jefe quiere saber si has visto a Vernon. Debes haberte enterado ya.
Le doy la espalda para refugiarme bajo el techo del pórtico. El calor me pica la piel y el sudor se acumula bajo mis axilas como una llave a presión. Cuando sus botas lustradas crujen contra la madera, me giro a mirarlo.
—Vernon se encarga de las drogas, yo de la vigilancia, ¿qué tendría que venir a hacer conmigo? ¿Secuestraron a un puñetero muñeco de cocaína que deba esconder?
Mingyu me examina con esa mirada que exuda superioridad. Como cada vez, no se molesta en ocultar lo insignificante que soy para él en la línea de mando.
Se lame los labios con descaro y finalmente suelta una risa. Su cigarro baila entre los dos mientras me señala.
—¿No viste los mensajes de Dino?
—La señal aquí es pésima, pensé que teníamos claro que llamarme era mejor.
Arruga la frente, bajo los cristales oscuros de sus lentes, puedo sentir su mirada buscando una grieta, la más mínima que le permita colar sus asquerosos dedos bajo mi piel y descarnarme en busca de respuestas.
Aguardo dos caladas más, en el duelo de atención, mis párpados pesados ganan a su agrietada frente.
—Se lo recordaré. —Se encoge de hombros—. Por lo pronto, tenemos la indicación de dar cualquier noticia sobre Vernon. Si lo ves, capturalo, si se resiste, disparale, una pierna, un brazo, no importa. El jefe lo quiere vivo.
Arqueó una ceja. El cigarrillo se apaga bajo mi pie antes de mirarlo.
—¿Se acostó con la mujer del jefe?
—Eso a ti te importa un carajo. Llámame si sabes algo de él.
Pongo los ojos en blanco y asiento después de unos segundos.
—Bien. ¿Algo más? Iré por Mindy.
—Espera.
Me detengo en seco bajo el marco de la puerta. Tengo la mandíbula tan apretada que duele.
—Te acompaño.
—¿Temes que me pierda en mi propia casa?
—Cierra la boca.
Sonrío al mirarlo y empujo la puerta con el pie. La madera cruje y retumba por todo el espacio.
Mingyu se coloca a mis espaldas, no lo miro, pero como si tuviera ojos en la espalda, me es posible adivinar su mirada analítica y juiciosa por cada rincón. Da igual, el agujero donde vivo no tiene mucho que ocultar bajo sus mugrientos muebles y la mesa llena de comida vieja y botellas de alcohol vacías, no son precisamente una invitación a sentarse.
Sus pasos me acechan escaleras abajo, el sótano no es más que un pequeño espacio rodeado de cuatro muros y cercado por barrotes de metal. Al vernos llegar, las tres chicas encerradas, se agitan y jadean atemorizadas como cada vez que me ven.
—Mindy, sé buena chica y ven aquí —dice Mingyu.
La aludida se encoge en la esquina que ocupa, hecha un ovillo y un desastre de cabellos y ropa sucia. No es mi culpa, a mí solo se me ordena vigilarlas y asegurarme que no mueran de hambre. Esto no es un jodido hotel cinco estrellas.
—Mindy —La llamo nuevamente mientras dejo al descubierto el arma que llevo metida en el pantalón. Cualquier tontería podría costarle su último día, lo saben, pues han aprendido con el estúpido ejemplo de otras. Saco la llave y abro el candado que sostiene una larga cadena—. Vamos.
La chica avanza temerosa hacia nosotros. De reojo, noto a Mingyu acariciar su arma con el saco apretado bajo su mano. Verlo es casi perturbador.
Una vez fuera, me aseguro de volver a encerrar el resto y abandonamos el lugar. La mirada analítica de Mingyu vuelve a detenerse en cada rincón como si buscara algo. Ese bastardo.
—Es probable que lleguen visitas la siguiente semana —dice una vez que empuja a la chica esposada en el asiento trasero. Se gira a mirarme y escupe el suelo cerca de mis zapatos justo después—. Revista el puto teléfono, es lo menos que puedes hacer.
Me lamo los labios secos y enfoco al sol que comienza a desaparecer detrás de la montaña. Cada minuto junto a Mingyu es un eterno suplicio junto a una bomba a punto de explotar. Por algo es la mano derecha del jefe; cruel, analítico, despiadado.
—Superalo. —Me cruzo de brazos y asiento sin remedio—. Está bien.
—Bien.
Se mete al auto. El motor furioso ruge y alza la montaña de polvo que se cuela dentro de mis narices y se adhiere a cada parte de mi cuerpo. La idea de escupir, como mínimo su estúpido y perfilado rostro, me acompaña hasta que al auto desaparece de mi vista y la tensión abandona mi cuerpo.
No tengo ni la menor idea de lo que estoy haciendo, pero jugar con fuego es algo bastante aproximado a ello.









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