Prologo
Mi vida siempre ha sido desordenada desde que tengo memoria. Mi padre me abandonó desde los ocho años, dejándonos a mi madre y a mí a la deriva, con solo unos cuantos centavos en los bolsillos. Recuerdo que desde ese día dejé de ser el mismo y, aunque mi madre daba la vida por mí, yo le pagaba mal… Seguramente se han de preguntar: ¿por qué dices eso? Y es que desde que entendí que el mundo es como uno quiere que sea, me convertí en un hombre mujeriego, tomador y parrandero; lo único que no he hecho es consumir drogas o fumar, pero incluso sin ello, era un dolor de cabeza para la única mujer que se preocupaba por mí.
Llegar a las seis de la mañana después de una gran fiesta, gastando el dinero que ella había luchado horas antes en la plaza de mercado, era lo “mejor”. Nunca me importó ayudarle a pagar el arriendo o los gastos de la casa; la palabra “trabajo” no estaba en mi diccionario. Lo admito, era un vividor, puesto que el dinero que lograba conseguir provenía de las apuestas de futbol; casi siempre ganaba, y… ¿Saben dónde quedaba ese dinero? Supongo que sí, en botellas de licor.
Yo decía que mi madre era cantaletosa al querer que yo me compusiera, pero a los veintiocho años fue que me di cuenta de muchas cosas, cómo se me puso la situación bastante dura en todos los sentidos; me figuro repensar mi ciclo de vida, dándome a entender que era un completo idiota. Actualmente, cuento con treinta y ocho años; han pasado ya diez años desde que mi vida cambió. Tenía que hacerlo, porque al estar solo, dependiendo de mi madre, que por poco y la pierdo, sufrí, anexando así la llegada de esa niña. ¿Por qué no usé condón? Era lo primero que me decía.
—¿Es en serio, padre? No me digas que ahora te arrepientes de que esta belleza haya llegado a tu vida.
—Un poco, la verdad, eres un fastidio.
—Pero… ¡Papá! No te hablaré, ahora tienes la ley del hielo, ¡hum!
Una pequeña risita brotó de parte mía y de la periodista con la que me encontraba en la cómoda sala de estar de nuestra nueva casa. Cargué a mi pequeña de diez años, sentándola en mis piernas para sonreír.
—Sabes que es mentira, mi princesa adorada, claro que lo mejor que me pasó fue que llegaras esa mañana a la puerta de mi casa; si no hubiera sido por esta pequeña fastidiosa, en estos momentos no supiera qué fuera de mi vida.
—En verdad que es una historia de admirar, señor Johnson, pero ahora sí, cuéntenos en profundidad. ¿Cómo fue que su vida cambió? Y lo más importante, ¿cómo fue que aprendió a amar?
—Primero toca contextualizar un poco, puesto que nuestra alocada historia comenzó diez años atrás, un veintitrés de enero, empezando el año más caótico de mi vida; me enteré de la grata sorpresa de que era padre, algo que, para serle sincero, nunca pensé ser.


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