Capítulo 1
Camille
Hay cosas que no se denuncian. Se cargan.
Yo lo intenté. Me senté frente a un detective en New York con las manos apretadas entre las rodillas y le conté lo que pude, a pedazos, porque no hay otra forma de contarlo. Él escribió poco y me miró mucho. No había video, ni testigos, ni una sola prueba. Una semana después la denuncia se cayó, el hotel me pidió que desocupara el cuarto y ningún otro en la ciudad tenía espacio para mí. Así de fácil se borra una noche. Para el mundo, nunca pasó. Para mí, todavía no termina.
Cuando alguien te viola y después te obliga a callar, no te rompe de una vez. Te va desarmando por dentro, pieza por pieza, mientras por fuera sigues entera. Un día descubres que sonríes en automático, que contestas «estoy bien» antes de que terminen de preguntarte, que puedes pasar una conversación entera y después no recordar ni una palabra de lo que dijiste. Hay ratos en que me veo desde una esquina del techo, a una muchacha que se ríe, se arregla el pelo y dice exactamente lo que tiene que decir, y no siento que sea yo. Leí que eso se llama disociación. Ponerle nombre no me la quitó. Solo me dio una palabra más para lo que no le puedo contar a nadie.
Con Kellan todo debería ser fácil. Él me toca con un cuidado que a veces me dan ganas de llorar, me pregunta si estoy bien aunque ya se lo dije, me besa el cuello y me dice que me ama con la boca pegada a mi piel. Y mi cuerpo le responde. Se me arquea, se me escapa su nombre, se me clavan las uñas en su espalda. Pero justo ahí, en el momento en que debería ser solo de él, aparece la cara del hombre de New York. Yo no la llamo, te lo juro por mis padres que no la llamo. Llega sola, sin tocar la puerta, con la misma sonrisa de aquella noche, y se me queda detrás de los ojos mientras Kellan me abraza y me susurra mi nombre.
Lo odio con cada hueso del cuerpo, y aun así mi cabeza me lo trae a la cama de otro hombre. No entiendo qué clase de castigo es este. Siento que le estoy robando a Kellan lo único que es de nosotros dos, y él duerme tranquilo sin saber que hay un intruso entre las sábanas.
Cuando se queda dormido, me suelto de su brazo con cuidado, me encierro en el baño y abro la ducha para que el agua haga el ruido que yo no puedo hacer. Me siento en el piso, con la espalda contra la puerta y las rodillas pegadas al pecho, y lloro hasta que se me acaba el aire. Lloro por él, que no sabe nada. Lloro por mí, que ya no sé quién soy. Y cuando el agua se pone fría, me lavo la cara, vuelvo a la cama y me acuesto a su lado.
Eso es lo que aprendí en New York. A sangrar por dentro sin manchar las sábanas.
El día antes de mi fiesta de compromiso con Kellan, Grecia me encuentra en la cafetería de la universidad con un sándwich que no he tocado y el libro de Estadística abierto en la misma página desde hace media hora. Los números siguen ahí. Yo no.
—Tengo noticias —dice, y deja caer la mochila en la silla de al lado—. Conseguí los tacones.
—¿Qué tacones?
—Los tuyos, Cami. Los dorados del mall, los que costaban un ojo de la cara. Mi prima trabaja en Neiman Marcus y me los sacó por una noche. —Me roba una papita del plato—. Con una sola condición. Si les cae una gota de champán, me mata a mí, y después yo te mato a ti.
—Entonces no bebo.
—Bebe. Pero con los pies en el aire.
Ronan llega detrás de ella con la gorra al revés y dos cafés, y me pone uno enfrente sin preguntar. Desde que teníamos cinco años me trae cosas sin preguntar. Antes eran galletas de la merienda, ahora son cafés de seis dólares.
—Con leche de avena —dice, sentándose—. Porque ahora eres de esas.
—Yo no soy de esas.
—Te vas a casar con un tipo que tiene piscina en la azotea. Ya eres de esas.
Grecia se ríe con la boca llena y yo me río también. Mi risa es la mentira mejor ensayada que tengo. Antes, estar con ellos era lo único que me quitaba el estrés de la universidad. Ahora es cuando más trabajo me cuesta fingir. Los dos me conocieron sociable, alegre, la primera en llegar y la última en irse. Esa muchacha se quedó en New York, y yo llevo meses haciéndome pasar por ella.
—¿Y tú qué te vas a poner mañana? —le pregunta Grecia a Ronan.
—El traje con el que fui al funeral de mi abuelo.
—Ronan, por Dios.
—Es negro, me queda bien. —Le da un sorbo a su café—. Además, por lo que Cami cuenta de la suegra, la fiesta va a parecer un funeral de todas formas.
—Amelia no es tan mala —digo.
Los dos me miran sin decir nada.
—Ok. Sí es tan mala.
Grecia se ríe otra vez, pero esta vez se me queda mirando un poco más de la cuenta, con los ojos entrecerrados.
—Oye, ¿tú estás bien? Últimamente te ves distraída y…
—Estoy bien.
—Ves. No me dejaste terminar.
—Ibas a decir rara. Estoy bien, Grecia. Es la boda, es Amelia, son los exámenes finales de este semestre. —Me paso una mano por la cara—. Todo se me ha juntado.
Ronan me mira con la cara que pone siempre que me agarra mintiendo. Y no estoy mintiendo del todo. Solo dejo fuera la parte que me está pudriendo por dentro.
Entonces empieza.
No hay ninguna razón. Nadie me está tocando, no estoy pensando en nada, estoy en una cafetería llena de gente con un café tibio entre las manos. Pero me empieza a latir allá abajo, suave al principio, y aprieto los muslos debajo de la mesa, y eso lo empeora. Cada latido llega más fuerte que el anterior. Me sube por el vientre, se me mete en el pecho, me llega a la cara, y siento cómo se me tensa todo el cuerpo.
Esto no es deseo. Es una alarma que alguien me instaló aquella noche y que suena cuando le da la gana.
Por favor, aquí no. Delante de ellos no.
Grecia está contando algo de una muchacha de su clase de Biología que se le declaró al profesor por email, con corazones y todo. Cuando ella cuenta algo no se salta ni un detalle. Asiento con la cabeza sin oír lo que dice. Escucho su voz, pero mi cerebro no agarra las palabras. Siento cómo el vaso de cartón se me dobla entre los dedos. Se me quiere escapar un sonido. Lo siento subiendo por la garganta, un gemido bajito que, si se me sale, me va a dar ganas de matarme aquí mismo, delante de Ronan, que me conoce desde que nos estaban saliendo los dientes. Me muerdo el cachete por dentro, cada vez más fuerte, hasta que la boca me sabe a sangre.
—¿Cami? —Ronan se inclina sobre la mesa—. ¿Qué te pasa? Estás roja.
—Me quemé con el café.
—Ese café está tibio ya —dice Grecia, mirando hacia dentro del vaso—. Mira, ya casi ni tiene.
—Tengo que ir al baño.
Me levanto y las piernas no me sostienen bien. Tengo que agarrarme del respaldo de la silla para no irme de lado. Camino hacia el baño sin correr, porque si corro todo el mundo va a voltear, y cada paso es una pelea contra mi propio cuerpo. Me encierro en el último cubículo, me siento en el inodoro con la ropa puesta y me tapo la boca con las dos manos. Apoyo la cabeza en la pared de metal, que está fría. Y dejo que me pase por encima, porque no puedo hacer otra cosa, hasta que el cuerpo me suelta y me deja vacía.
Afuera alguien se lava las manos, se ríe con una amiga y se va. Yo sigo con las manos en la boca, aunque ya pasó lo que pasó.
No sé qué tengo. No sé por qué mi cuerpo me hace esto. Lo único que sé es que empezó después de aquella noche, y que cada vez que pasa, esa noche se vuelve a repetir en mi cabeza. Han pasado meses. Él está a miles de millas. Y todavía me sigue tocando.
Me vibra el teléfono.
“¿Estás bien? ¿Te bajó el periodo?”
Es Grecia. Tengo que contestarle y los dedos no me responden. Escribir tres palabras debería ser fácil. Hoy es una hazaña.
“Sí. Cólicos. Ya salgo.”
Me lavo la cara con agua fría y me arreglo el pelo frente al espejo. Practico la sonrisa dos veces antes de salir y obligo a mi respiración a calmarse. La muchacha del espejo sonríe bien. Nadie tiene que saber que está hueca.
El lugar que alquiló Amelia queda en Lake Las Vegas, a media hora del Strip, en una propiedad privada con jardines que bajan hasta el agua. El salón tiene paredes de cristal por tres lados, y detrás se ve el lago negro, con las luces de las casas de la orilla flotando encima. Al final del jardín, un muelle de madera alumbrado con farolitos se mete en el agua. Del techo cuelgan lámparas de cristal enormes, hay rosas blancas en todas las mesas y en una esquina una banda de jazz toca algo suave, con un saxofón relajante que se oye de fondo.
Los meseros pasan con bandejas de champán y unos aperitivos tan pequeños que no sé si son para comérselos o para admirarlos. Siempre me ha parecido ridículo. La gente de dinero paga una fortuna por un plato que trae poca comida y muchos adornitos que se deshacen apenas los tocas. Casi todos los invitados son de Amelia. Me sonríen y me felicitan para quedar bien con ella, y mientras tanto me recorren con los ojos de arriba abajo, calculando cuánto gasté en lo que traigo puesto. La cuenta les sale corta. Los tacones de la prima de Grecia me aprietan los dedos, y cada vez que levanto la copa me acuerdo de que son prestados y de que Grecia me mata si los ensucio.
Lo que ninguno de ellos sabe es que este vestido no salió de ninguna tienda. Lo hizo mi mamá, a mano, en la mesa del comedor, noche tras noche, con los espejuelos en la punta de la nariz y los alfileres en la boca. Ella y papá están sentados en una mesa cerca de la banda, los dos muy derechitos, con la ropa que se ponen para las ocasiones importantes. Papá se arregla la corbata cada vez que alguien le pasa por el lado. Mamá me busca con los ojos entre la gente, y cuando me encuentra me guiña un ojo. Es lo único en todo este salón que no me cuesta nada devolver.
Kellan me encuentra junto al cristal, mirando el muelle. Tiene puesto un traje azul oscuro hecho a la medida y el pelo castaño claro peinado hacia atrás, aunque siempre se le escapa un mechón que le cae en la frente. Es alto, de hombros anchos, con los ojos color miel y un hoyuelo en la mejilla izquierda que solo se le marca cuando sonríe. Cuando lo conocí pensé que era el hombre más guapo que había visto en mi vida, y todavía lo pienso. Lo que ya no sé es si lo merezco.
—Te estaba buscando —dice, y me da un beso en la sien—. Mi mamá quiere más fotos con nosotros antes del brindis.
—¿Otra vez? Ya nos tomamos como veinte.
—Dice que en ninguna te estás riendo de verdad.
Lo dice en broma, pero se me aprieta el estómago. Amelia no se equivoca nunca, y eso es lo que más miedo me da de ella.
—Tu mamá me pone nerviosa, eso es todo.
—Mi mamá pone nervioso a todo el mundo, babe. —Me agarra la mano y me pasa el pulgar por el anillo—. Pero hoy es nuestra noche, no la de ella. Si quieres nos escapamos al balcón y que el fotógrafo la retrate a ella sola. Yo le aguanto el berrinche por los dos.
Me río, y esta vez sí es real. Eso tiene Kellan. Su manera sencilla de ser es lo único que todavía me sostiene, pero no puedo dejar que cargue conmigo para siempre. Tengo que poner de mi parte, trabajar en mí y volver a ser yo. Me niego a que lo que pasó en New York me arrastre a una vida miserable al lado del hombre que amo. Ese hombre ya me quitó una noche. No le voy a regalar el resto de mi vida.
Jess llega con dos copas de champán y me ofrece una. Es la hermana mayor de Kellan y tiene su mismo color de pelo, pero a ella le cae en ondas hasta la mitad de la espalda. Lleva un vestido verde esmeralda hermoso que le queda espectacular. Es una mujer elegante y carismática, de esas que entran a un sitio y el sitio se acomoda alrededor de ella. Desde el primer día me trató con cariño, todo lo contrario de cómo me ha tratado su mamá.
—Toma, cuñada. Estás pálida y esto ayuda. Sé que estas fiestas que prepara mamá pueden agobiar. Lo he vivido por años en cada cumpleaños que ella me organiza. Es agotador.
Sonrío y agarro la copa.
—Gracias, Jess.
—No me des las gracias, que vengo a robarte a mi hermano. —Le arregla la corbata a Kellan, que se deja con cara de aburrido, torciendo los ojos—. Papá quiere hablar contigo antes del brindis. Algo de un discurso que se escribió solo y que nadie le pidió.
—En cinco minutos voy.
—En cinco no, Kellan. Ya. Tus minutos siempre se extienden cuando estás con Camille.
Kellan suspira, me aprieta la mano y se va hacia la mesa principal. Jess se queda conmigo y choca su copa con la mía.
—Mi mamá está insoportable hoy, ¿verdad? —me pregunta en voz baja.
—Está muy pendiente de todo.
—Esa es una forma bonita de decirlo. —Se ríe—. No le hagas caso. Kellan te escogió a ti, y en esta familia eso es lo único que importa.
Quiero creerle. Le doy un sorbo al champán, que está frío y dulce, y por primera vez en toda la noche siento que puedo respirar.
Entonces se abren las puertas del salón.
No sé por qué miro. Llevo toda la noche viendo gente entrar y nadie me ha importado. Pero las conversaciones se van apagando, primero en una mesa y después en otra.
Es un hombre alto, de traje negro y sin corbata, con la camisa abierta en el cuello. Tiene el pelo oscuro y camina entre las mesas con las manos en los bolsillos, sin saludar a nadie, mientras todo el mundo se le queda mirando. No viene a celebrar. Viene a cobrar algo. Recorre el salón con los ojos, buscando, hasta que me encuentra a mí.
Tiene los ojos verdes, casi grises. Son los mismos que se me aparecen cuando Kellan me toca, los mismos que tuve encima aquella noche en New York mientras yo le pedía que parara.
Llevo meses viéndolo en mi cabeza, en el baño de la universidad, en la ducha, en la cama de Kellan, y ahora lo tengo enfrente, de carne y hueso, en mi fiesta de compromiso. Mi maldita pesadilla tiene cara, tiene un nombre que todavía no sé, y acaba de cruzar esa puerta con toda la calma del mundo.
Él sonríe. Es la misma sonrisa que odio con todas mis fuerzas.
La copa se me resbala de los dedos y revienta contra el piso.
¿Qué mierdas hace aquí ese maldito infeliz?



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