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EL SECRETO DEL ALFA

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Sinopsis

Adam tenía un secreto. Uno por el que estaba dispuesto a matar. Adam era el líder de la manada de la ciudad. Un Alfa poderoso, respetado y aparentemente intachable. Nadie cuestionaba sus decisiones. Nadie se atrevía a retarlo y mucho menos a humillarlo hasta que Jade apareció en su casa. Jade era un Omega fugitivo, un asesino en busca y captura. Todas las manadas lo estaban buscando y ya habían ofrecido un aumento de rango al lobo que lo llevara ante el Consejo. Desde pequeño, Jade sabía que su vida tenía una fecha de caducidad, pero nunca imaginó que acabaría secuestrado por el Alfa de la ciudad y encerrado de nuevo. Jade estaba dispuesto a recuperar su libertad. Adam iba hacer que ese rebelde Omega cayera sobre sus rodillas a sus pies.

Genero:
Erotica,Lgbtq
Autor/a:
VIKI
Estado:
hace 3 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo


Jade llevaba días sin comer. No era la primera vez que esto le sucedía, había aprendido a soportar el hambre y a sobrevivir con él pero aquella noche estaba en su límite. Le temblaban las manos y las piernas, se mareaba y apenas podía mantenerse en pie.

Había pasado los últimos días escondido, corriendo, huyendo, luchando y cambiando de refugio cada pocas horas. Los lobos que lo buscaban estaban cada vez más cerca. Habían encontrado dos de sus escondites anteriores y, en el último, había tenido que escapar por una ventana mientras que tres centinelas lo intentaban acorralar.

Tenía un corte profundo en el costado, varios golpes en las costillas y una herida en el hombro que había dejado de sangrar hacía unas pocas horas. Sentía su rostro pegajoso de sangre y era muy posible que tuviera algún tipo de conmoción. Su ropa desgastada también estaba cubierta de sangre. Si era de él o de alguien más, no le importaba.

Jade había estado mucho peor.

Se concentró de nuevo en la mansión que llevaba días observando.

Era enorme. Demasiado para permanecer tan silenciosa.

Estaba apartada de la cuidad, rodeada de árboles y con un muro que dificultaba que cualquiera pudiera verla desde la carretera. Jade había pasado varias noches escondido entre la vegetación, observando las ventanas oscuras sin ningún rastro humano.

Había llegado a pensar que estaba abandonada, y aquella noche decidió arriesgarse, tenía demasiada hambre y estaba casi seguro de que si no lograba comer nada en las siguientes horas, moriría.

Jade no tenía miedo de la muerte. Había estado a punto de alcanzarla en demasiadas ocasiones desde que era un niño, pero al menos, preferiría morir después de cargarse a un par de Alfas en lugar de hambre.

Patético. ¿Cómo había llegado a hasta este punto? Ah, ya. Por culpa de su hermano.

Su hermano Ruby lo abandonó y vendió a la manada del bosque. Por su culpa lo encerraron en una celda, lo condenaron a muerte y estuvieron a punto de sacrificarlo de no ser por un Alfa idiota que lo sacó de la celda.

Jade corrió lejos.

Su hermano estaba felizmente enamorado y emparejado de un asqueroso Alfa de la manada, para Jade, Ruby estaba muerto. Así que ni se molestó en ir con él o buscarlo, sabía que Ruby lo devolvería a la celda de la que había salido, y Jade aún no había terminado con su venganza.

Iba a acabar con toda la especie Alfa. Costara lo que costara.

Forzó una de las ventanas laterales.

Le costó más de lo que esperaba. Tenía los dedos entumecidos y apenas conseguía ejercer la fuerza necesaria para manipular el cierre, pero después de varios intentos escuchó un pequeño chasquido. La ventana cedió lo suficiente para que pudiera meter el brazo y empujarla desde dentro. Jade se deslizó por la abertura con poca elegancia, golpeándose el costado con el marco, teniendo que quedarse unos segundos agachado en el suelo para contener una maldición.

Joder.

Todo le dolía.

Permaneció inmóvil, escuchando.

Nada.

No habían voces, ni pasos, ni el sonido de un televisor encendido en alguna habitación. Sólo el silencio que llevaba días observando desde el otro lado del muro. Jade esperó un poco más antes de levantarse, apoyando una mano contra la pared para no perder el equilibrio. Olía bien.

Olfateó el aire en busca de ese rastro de olor a caramelo que hizo que todo su estómago se revolviera. Avanzó por el pasillo, con cuidado de no hacer ningún ruido, aunque a aquellas alturas ya dudaba de que hubiera alguien.

La casa parecía ordenada y limpia. A parte de a caramelo, olía a madera, y a productos de limpieza. No parecía tan abandonada como había supuesto al principio pero el hambre era mucho más fuerte y no tardó en encontrar lo que estaba buscando.

La cocina.

Cuando abrió el frigorífico, se quedó mirando el interior durante unos largos segundos.

Había comida suficiente para alimentar a una familia entera durante meses.

Agarró el primer recipiente que encontró y lo abrió.

Carne.

Se la llevó a la boca con las manos y empezó a comer como si su vida dependiera de ello. No le importaba que estuviera fría y sin cocinar. Tampoco masticar. Necesitaba llenar el estómago, recuperar las fuerzas suficientes para seguir moviéndose y encontrar un lugar donde dormir unas horas. Quizá podía quedarse allí hasta la mañana siguiente, descansar en un sitio caliente y seguro.

Olor a caramelo.

Jade gruñó, abrió otro recipiente con queso. Encontró fruta. Bebió media botella de agua y tuvo que apoyar las manos en la encimera cuando un mareo repentino le hizo cerrar los ojos.

Respiró despacio. Una vez. Dos.

No pensaba desmayarse en una cocina ajena.

—Vamos —se dijo—. Vamos, joder.

Se incorporó y volvió a buscar la comida.



Adam llevaba casi una hora esperándolo.

No era una forma de hablar. Había mirado el reloj cuando se sentó en el sillón de cuero de su despacho y vuelto hacerlo varias veces desde entonces. Le resultaba entretenido observar a la pequeña comadreja que llevaba días vigilando su casa. La primera vez que lo vio en las cámaras de seguridad, se encontraba al otro lado del muro, medio oculto entre los árboles, observando la propiedad con una cautela que habría resultado admirable de no ser porque había elegido la casa equivocada para convertirla en su refugio.

El Alfa, y líder de la manada, había estado a punto de ordenar a sus hombres que fueran a buscarlo. Habría bastado solo una llamada, sin embargo, le gustaba observar, y quería saber qué pretendía aquel Omega.

Adam había reconocido su rostro antes incluso de ampliar la imagen de las cámaras. Era difícil no reconocerlo cuando todos los informes que circulaban entre las manadas incluían su nombre, su descripción y una lista cada vez más extensa de los crímenes que se le atribuían. Jade, el Omega fugitivo. El asesino que había convertido su venganza contra los Alfas en una guerra personal. El hombre al que el Consejo quería ver encadenado ante sus puertas, dispuesto a conceder un ascenso de rango a cualquiera que consiguiera entregarlo con vida.

Era una oferta... tentadora hasta para un líder.

El Consejo de líderes pocas veces reconocían el trabajo de otras manadas, en realidad, lo único que hacían era tirarse al cuello unos de otros hasta que alguien salía herido, o como sucedía en muchas ocasiones, con los pies por delante y la cabeza colgando.

Juntar a todos los líderes de las manadas no era... demasiado pacífico, sobre todo cuando la mitad de ellos se odiaban.

Adam dejó escapar una respiración que se parecía demasiado a una risa, aunque no había nada divertido en la situación.

—Imbécil —murmuró sin saber aún si se refería a Jade por haber elegido aquella propiedad o a sí mismo por haber decidido que quería atraparlo personalmente.

La mansión no era su residencia habitual. La utilizaba cuando necesitaba alejarse del ruido de la ciudad, cuando quería trabajar sin interrupciones o cuando las obligaciones de su posición le exigían un lugar donde recibir a determinadas personas sin que toda la manada estuviera pendiente de sus movimientos. Podían pasar semanas sin que pusiera un pie allí, pero seguía teniéndola vigilada.

Las cámaras cubrían prácticamente todos los accesos, los pasillos y las habitaciones principales. Adam había visto a Jade merodear por el exterior, regresar a la misma zona del muro y desaparecer entre los árboles. También había observado con demasiada atención cómo se llevaba una mano al costado en más de una ocasión, caminaba con dificultad y se apoyaba contra todas las superficies para recuperar el aliento.

Parecía estar en muy malas condiciones, y aunque ese Omega delgado había aniquilado a parte de sus hermanos Alfas, a Adam no le gusto demasiado verlo arrastrarse por su cocina de aquella forma.

Se levantó del sillón y se ajustó los puños de la camisa. Había llegado a la mansión aquella tarde sin intención de quedarse demasiado tiempo, pero Jade había cambiado todos sus planes. Podía haberlo detenido en cuanto hubiera cruzado la verja, haber ordenado a sus hombres que lo redujeran y lo llevaran con él.

Sin embargo, no quería que nadie más pusiera las manos sobre el Omega.

—Señor —lo llamó su mano derecha, un Omega dominante, esperando órdenes.

Adam estiró su cuello hacia un lado.

—Me encargaré yo.

Abandonó el despacho y recorrió el pasillo sin apresurarse. Podía escuchar al Omega engullendo y tragando sin parar. Adam se detuvo justo frente al umbral de la cocina, el Omega estaban tan desesperado intentando abrir otro recipiente de comida que no se dio cuenta de su presencia.

Jade lanzó el bote con rabia al suelo y la comida se abrió sobre el piso. El Omega se arrodilló y empezó a comer de él.

Adam apretó la mandíbula.

Olía a jengibre y galletas y Adam no recordaba haberle pedido a ninguno de sus guardias que hiciera una tanda de galletas.

—Espero que tengas intención de pagar por todo eso —habló Adam tranquilo.

Jade se quedó inmóvil.

No se volvió de inmediato. Sus dedos se detuvieron en un trozo de carne del suelo, mientras su cuerpo entero parecía tensarse. Giró la cabeza y sus ojos verdes se clavaron él.

Adam había visto miles de fotografías, informes y grabaciones de aquel rostro, pero nada de eso le había preparado para la realidad.

Jade era mucho más joven de lo que había imaginado. Delgado, con el rostro cubierto de sangre seca, y comida y el cabello rojizo pegado a la piel. Tenía los labios agrietados, los ojos hundidos por el agotamiento y una expresión tan feroz que podría asustar incluso a su guardia más veterano.

Su lobo se movió en la celda de su cabeza, atento.

Durante un segundo, ninguno de los dos se movió.

Jade escupió en el suelo lo que había dentro de su boca, y las aletas de su nariz se movieron.

—Alfa —gruñó mostrándose los dientes, moviéndose por el suelo con la habilidad de un reptil.

No hubo advertencia ni intento de negociación. Jade cruzó la cocina con una velocidad que no debería haber conservado en su estado y se lanzó contra él, dirigiendo el primer golpe hacia su rostro.

Adam lo esquivó por poco.

El segundo le alcanzó el pecho. El tercero pasó junto a su mandíbula. Jade no parecía interesado en medir las consecuencias de sus movimientos ni en proteger las heridas que llevaba encima. Atacaba con desesperación, sabiendo perfectamente que la única manera de salir de aquella casa con vida era conseguir aplacar al Alfa.

Adam retrocedió un paso, y dejó que volviera a intentarlo.

Jade lo golpeó con la suficiente fuerza como para empujarlo contra el borde de la encimera. Adam sintió el impacto en la espalda y estuvo tentado de inmovilizarlo de inmediato.

No lo hizo.

—¿Eso es todo? —se burlo Adam, sin apartar la mirada de él—. Te describían como alguien más peligroso.

Jade le enseñó los dientes.

—Cállate —volvió a lanzarse contra él.

Esta vez, Adam atrapó su muñeca antes de que pudiera golpearlo. Jade se retorció y consiguió soltarse lo suficiente para dirigir un golpe hacia su costado. Adam lo boqueó, y el movimiento hizo que el Omega perdiera el equilibrio.

Se recuperó antes de caer, y entonces, intentó morderlo.

Adam alcanzó a retirar el brazo cuando los dientes del Omega se cerraron en el aire.

—Voy a matarte, Alfa —escupió Jade.

Adam sonrió.

—En tu estado no creo ni que puedas mover un sólo pelo de mi cabeza.

Jade lo atacó de nuevo, Adam le sujetó el brazo, lo apartó de la encimera y lo obligó a retroceder.

Olor a galletas.

El Omega respondió con una patada que apenas consiguió rozarle el muslo antes de que sus propias piernas le fallaran, aún así, siguió luchando. Adam tuvo que emplear más fuerza de la que había previsto para derribarlo sin golpearlo. Lo sujetó cuando trató de lanzarse de nuevo contra él y ambos terminaron en el suelo, el Omega retorciéndose bajo su peso.

—¡Suéltame!

—Deja de moverte.

—¡Que te follen!

—Una encantadora propuesta.

Jade le lanzó una mirada asesina y Adam acabó inmovilizándose las muñecas y manteniéndolas contra el suelo. Jade volvió a intentar golpearlo, está vez con sus rodillas, pero apenas tenía fuerzas para coordinar los movimientos.

Su respiración se volvió irregular. El esfuerzo le estaba pasando factura, aún así, Jade continuó forcejeando con el rostro contraído de furia.

—Vamos —le gruñó el Omega—.Hazlo.

Adam frunció el ceño.

—¿Hacer qué?

—Mátame —la orden lo sorprendió más que cualquiera de los ataques anteriores.

Jade tiró de sus brazos, intentando liberarse, pero Adam no aflojó la sujeción.

—¿Eso es lo que quieres? —preguntó.

—¡Mátame de una puta vez! —el grito resonó en la cocina.

Sus ojos verdes brillaban, su rostro finalmente se había rendido y Adam pudo distinguir y contar todas las pecas de tu precioso rostro. Incluso golpeado, lo era. Y no es que Adam fuera fijándose en ello. Sus orejas Omega ahora sobresalían de su cabello. Su pecho subía y bajaba con violencia a diferencia del de Adam. Su ropa estaba desgarrada y a parte de a galletas, olía a sangre y a miedo.

—No voy a matarte —le respondió Adam.

—Maldito cobarde, ¿vas a llevarme entonces con tu estúpido Consejo? Los mataré antes de que puedan volver a condenarme, te lo advierto.

Adam dudaba de que en su estado pudiera hacerlo.

—Tampoco.

Jade se quedó muy quieto. Sus ojos recorrieron el rostro de Adam antes de sonreír.

—Asqueroso Alfa. Así que eres de esos —masculló el Omega bajo él—. Te arrancaré la polla antes de que puedas sacártela de esos ridículos pantalones de mierda.

Adam mantuvo la expresión tranquila. Aparte de odio y furia, podía sentir el pánico del Omega, incluso masticarlo. Era un sabor ácido que le revolvía el estómago y le subía hasta la garganta.

—No soy un violador.

Jade soltó una carcajada.

—Eso dicen todos —le escupió en la cara y un gruñido emergió desde la puerta.

Su mano derecha estaba ahí, preparado para sus órdenes. Listo para saltar sobre Jade y destrozarlo si Adam se lo pedía.

—Jarek —lo llamó por su nombre—. Prepara una habitación y llama al médico. Tenemos un invitado.

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author

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