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AMOR VERDADERO. Una Historia de piel, deseo y segundas oportunidades

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Sinopsis

"Palma, 2021. Entre la rutina y una Semana Santa desbordante, Ana solo busca dejar atrás sus frustraciones y entregarse al deseo sin filtros. En un pub local, cruza su camino con un joven soldado de ojos claros y mirada peligrosa. Lo que empieza como un arrebato nocturno de pasión salvaje da un giro inesperado cuando Kevin, un joven repartidor, cruza la puerta de su casa. Entre ambos nace una conexión profunda e imprevisible, donde el sexo descarnado da paso a la vulnerabilidad, los secretos del pasado, las segundas oportunidades y un amor tan intenso que pondrá a prueba todas sus reglas."

Genero:
Romance
Autor/a:
MBaptiste
Estado:
hace 4 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Ana


Ana, con sus ojos verdes que aquella noche brillaban con una mezcla de desafío y licor, era consciente del impacto de su figura. Acababa de salir de la rutina de los estudios para sumergirse en Palma, buscando una vida que aún no le encajaba, pero que pagaba las facturas. El año era 2021, la Semana Santa desbordaba la isla y ella necesitaba explotar.

En el pub, el ambiente se sentía espeso, cargado de sudor y música española. El grupo de soldados se hizo notar de inmediato. Entre ellos, él: un chico de 19 años, en la plenitud de su vida, alto, delgado, con esos ojos claros casi transparentes y pecas que contrastaban con su cabeza rapada, dándole un aire de peligro irresistible. Las copas habían quitado a Ana cualquier freno. La semana de trabajo había sido una jaula, y ahora solo quería ser carne y deseo.

Él se pegó a ella sin rodeos.

Susurros al oído, risas cómplices que cortaban el ruido del local, una tensión que se hizo palpable. Cuando sus cuerpos se unieron para bailar, no fue una invitación, fue una declaración de guerra. La mano de él se posó firme en su cintura, atrayendo su pelvis hacia la parte trasera de Ana. Sintió el bulto contra sus glúteos. Sabía que se estaba frotando contra ella, queriendo que notara la promesa que escondían sus pantalones. Para Ana, ese roce era una chispa. Le ponía la idea de excitar a ese desconocido con su movimiento.

Se separaron de la multitud, guiados por una urgencia que ya no disimulaban, hasta la penumbra cerca de los baños. Allí, se fundieron. El primer beso fue hambriento, un intercambio húmedo y desesperado que sabía a ron y a sudor. Las manos volaron, buscando piel bajo la tela.

Mientras él le acariciaba el costado, preguntando si querían un lugar más tranquilo, la respuesta de Ana fue visceral. Las copas, sí, pero también una necesidad primaria de poseer. Sin responder con palabras, introdujo su mano por el pantalón ancho del chico. Sus dedos rozaron la tela interior y luego se encontraron con la sustancia tibia y suave. Al principio, no estaba como ella había imaginado; solo era una morcillona suave, una masa considerable, pero aún no dura.

Pero mientras sus dedos la rodearon, sintió cómo el músculo reaccionaba, hinchándose y alargándose con una velocidad brutal dentro de su agarre. La dureza final la impactó, la llenó de una excitación tan intensa que sintió un temblor en las piernas. Era enorme.

Acercó sus labios al oído de él, con la voz apenas un jadeo ronco: —Quiero que me folles con ese pollón.

El chico se quedó inmóvil, sorprendido, excitado. —¿Aquí mismo? —preguntó, con la voz tensa.

Ana apretó aún más la polla, ahora completamente erecta. —No, gilipollas, aquí no. ¿Tienes coche? —preguntó Ana.

La decepción fue breve. —No —dijo él, nervioso por la magnitud de la erección que ella le palpaba.

En condiciones normales, la seguridad habría ganado. Pero la visión de esa polla, ahora turgente en su mano, había aniquilado su razón. El deseo de ser poseída por él en ese momento se impuso a todo.

Pocos minutos después, estaban en un taxi. El viaje fue una tortura deliciosa. Besos húmedos, lenguas que se exploraban y se mordían. Ella lo sentía duro a través de la tela mientras él la manoseaba sin pudor. Los dedos de él se hundían en la carne de su trasero, buscando el límite de la minifalda. Se miraban con una lujuria descarada, con la respiración entrecortada, ajenos al mundo exterior. Solo el espejo retrovisor, donde el taxista, un joven curioso, no dejaba de fijar sus ojos, recordaba que no estaban solos en la oscuridad de esa cabina.

El taxi se detuvo y Ana no esperó a que él saliera primero. Abrió la puerta del apartamento y lo empujó dentro con una mano en la base de su espalda, guiándolo como a una presa. Era un espacio pequeño, pero ella lo llenaba con una energía inmensa.

Sin decir una palabra, lo estampó contra la pared junto a la entrada. El beso ya no era romántico, era una embestida de lenguas, una lucha por la dominación que ella estaba ganando. Ana mordió sus labios, su lengua, reclamando el sabor de él, mientras su otra mano se volvía loca. Apretó la erección brutal que abultaba sus pantalones. Él intentó devolverle las caricias, pero Ana, con un gesto autoritario, apartó sus manos. Quería el control absoluto.

Se arrodilló lentamente, haciendo que la anticipación fuera una tortura. Con un tirón seco y rápido, bajó el pantalón del soldado hasta los tobillos, dejando solo el bóxer como última barrera. Ana se detuvo, mordiendo la punta que se marcaba a través de la tela ajustada. Él gruñó, un gemido ronco que ella sintió vibrar en sus labios.

Al bajar el bóxer, la vista la deslumbró. Ahí estaba: larga, gruesa, brillante, con las venas marcadas como ríos tensos, flanqueada por sus testículos pesados y perfectos. Una sonrisa triunfal se dibujó en el rostro de Ana.

Empezó lenta, solo cubriendo el glande morado y húmedo con su boca. El soldado gimió de nuevo, y una gota de pre-semen denso se escapó y brilló en la punta. En ese instante, Ana agarró sus testículos con una fuerza calculada, estrangulándolos un poco. El grito de placer y dolor del chico fue corto y seco.

Ella se levantó, lamiendo el líquido de sus propios labios. Se acercó a su oído, con la voz oscura y baja: —Si te corres antes de que yo quiera, te corto las pelotas, soldado.

Él tragó saliva ruidosamente, los ojos muy abiertos, una mezcla de terror y una sumisión abrumadora. Ana había encontrado su debilidad y la usaría sin piedad.

Usando la polla como un asa, lo guió hasta la habitación. Allí, con una sensualidad descarada y sin prisa, se desnudó ante él. Dejó caer la ropa, exhibiendo la piel tostada y el cuerpo esbelto y potente.

Luego, le ordenó: —Ahora, tú.

Él se lanzó a su sexo con torpeza inicial. Se notaba su inexperiencia, acostumbrado a encuentros rápidos. Sus primeros lametazos eran tímidos, pero Ana no se lo iba a permitir. Ella dirigía su cabeza con su mano, presionando, guiando la punta de su lengua, buscando el ritmo y la intensidad correctos.

Poco a poco, él fue entendiendo el mapa de su deseo. La lengua se hizo más firme, más exploradora, y Ana se perdió en el placer. Gimiendo, arqueando la espalda contra las sábanas, consiguió dos orgasmos feroces bajo el arte emergente del soldado.

Cuando terminó, lo tumbó boca arriba en la cama. Él estaba exhausto, pero su polla seguía erguida, desafiante. Ana se sentó a horcajadas, haciendo que su sexo húmedo se posara justo sobre la punta del pene. Con la humedad de su propia excitación y un poco de saliva, comenzó a deslizarse hacia adelante y hacia atrás, sin penetrar, solo restregándose con una malicia divina.

El chico hacía muecas, los dientes apretados en una lucha desesperada por el control. Cada vez que sentía que él se acercaba al clímax, Ana hundía sus dientes en sus pezones, mordiendo con suficiente fuerza para arrancar un grito. —¡Cabrona! ¡¿Qué me estás haciendo?! ¡Me estás matando! ¡Ahhh, no puedo más, me voy a correr!

—¿Te vas a correr, cabrón, sin follarme?

Ana tuvo otro orgasmo intenso al restregarse contra la dureza que le pertenecía. El soldado estaba a punto de estallar. Finalmente, Ana tomó su polla en la mano, la dirigió con precisión a su entrada y, con un gemido largo y gutural, se dejó caer sobre ella, sintiéndola entrar entera, hasta el fondo.

El impacto le provocó varios orgasmos en cascada, seguidos de cerca. Ella se quedó inmóvil, gimiendo y apretándose sobre su longitud, sin moverse. Luego, empezó a cabalgar despacio. Él imploraba, el rostro contraído. —¡Déjame que me corra, por favor, no puedo más!

Y entonces, inevitablemente: —¡Aaaaaaahhhhh!

Se vació dentro de ella con una fuerza sísmica. El orgasmo fue tan potente que los ojos del soldado se pusieron en blanco por un instante de puro éxtasis. Ana se desplomó sobre él. El silencio se instaló, solo roto por el jadeo de dos cuerpos saturados.

Después de recuperar el aliento, él la miró con una sonrisa aturdida, incrédula. Ana notó que su polla, aunque aún grande, había cedido un poco. Se quitó de encima y se dirigió a su miembro. El glande estaba hinchado y brillante, de un color morado intenso, con restos de semen.

Ella se inclinó y empezó a lamerlo, a chuparlo, limpiándolo con dedicación. Él gemía de nuevo, y para su asombro, la erección comenzó a recuperarse.

Pero Ana quería más. Jugó con sus testículos, pellizcándolos suavemente, y luego deslizó la uña sobre el perineo. Los espasmos musculares del chico eran evidentes.

Ana le pidió que se abriera de piernas, luego que las levantara. Su nuevo objetivo era su culo. Después de lamer la base de sus muslos y lamer su entrada, lubricando la zona con su saliva, introdujo un dedo con sumo cuidado. —¡No, el culo no! —suplicaba el chico, pero el sonido era más un ruego de placer que una protesta real—. ¡Aaahhh! ¡No me... aaahhh! ¡Qué me haces! ¡Me vuelves loco! ¡Aaaaaahhhh!

Ana tenía su polla en la boca mientras su dedo buscaba y rozaba la próstata del soldado. Lo estaba ordeñando desde dentro mientras lo masturbaba por fuera. El chico no sabía si gritar, gemir o llorar. Tuvo un orgasmo brutal y descontrolado, como nunca había experimentado, llenando la boca de Ana con su semen. Ella se tragó una parte sin querer, pero el sabor salobre sólo añadió a la intensidad del momento.

Aunque el clímax duró varios segundos, el soldado seguía erecto. Ana continuó lamiendo el glande y masturbándolo suavemente hasta que consiguió que se corriera una tercera vez, un chorro mucho más magro y agotado.

Ana detuvo el juego. Se acostó a su lado, apoyando la cabeza en el pecho agitado del chico. Le acariciaba mientras él intentaba recuperar el ritmo cardíaco. Después de varios minutos, el soldado la miró, con la lengua secándose los labios: —Ana… soy tuyo. Totalmente tuyo.

Ella sonrió. Le preguntó si quería algo de beber. El chico asintió. Ana se levantó, completamente desnuda, y fue a la cocina. Pensaba en otra ronda, pero al regresar con el vaso de agua, el soldado se había quedado dormido plácidamente, una sonrisa de éxtasis juvenil en sus labios y su polla, exhausta, reposando sobre su vientre.

Ana lo miró con un momento de ternura, la única emoción que no era puramente lujuria. Se acostó junto a él, desnuda. Se durmieron juntos, con la esperanza de que a la mañana siguiente su soldado la despertara con más sexo.

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