Prólogo
Aethelgard, Escitia.
El aire del Gran Cenáculo no estaba hecho para pulmones de carne. Olía a cobre calcinado y a mineral hervido —el hedor de siempre—, salvo que esa noche cargaba una nota de salmuera que ningún filtro de latón retenía.
Una neblina azulina, Éter puro en microcondensación, flotaba en bandas horizontales sobre el mármol del Gran Cenáculo, tan pulido que reflejaba los techos abovedados como un lago helado. Los sirvientes habían aprendido a caminar por los bordes del salón: una huella sobre el mármol bastaba para que alguien de la Cúpula se quejara de la limpieza, nunca del aire.
Tres años atrás, esa misma sala había discutido dónde caería un Shedm. Esa noche discutía números. La deuda de guerra del Imperio Seleucida tenía el tamaño de una guerra nueva.
Livia Sterling, magistrada de La Vigilancia, permanecía de pie junto al mapa holográfico, con el broche de su Casa prendido en el cuello. La mancha roja seguía creciendo sobre las fronteras seleucidas. Al fondo, un escriba copiaba cifras sin levantar la cabeza.
Al otro lado de la mesa de piedra, de espaldas a las puertas de bronce y a los dos Centinelas que las custodiaban, Yulian Karadag —magistrado en un puesto que el Imperio Seleucida había comprado— ajustaba la solapa de su jubón bajo la luminaria de Éter retenido.
—Tu Imperio dejó de pagar esta mañana —dijo Livia, sin apartar los ojos del mapa—. Las casas de cambio movieron los FERC antes del mediodía.
—Escitia reclamará cada FERC —respondió Yulian.
—Escitia ya no está reclamando. Tres de las provincias de tu Imperio se están deshaciendo y alguien está metiendo armas donde hace un mes solo había ladrones de carretas. Eso no se hace solo para cobrar una deuda.
Bajo la piel casi translúcida de sus sienes parpadearon unas chispas diminutas. La Corrupción le iba robando la memoria. A los treinta y un años, Livia llevaba registros de lo que todavía recordaba. Primero fueron los nombres. Después, los rostros.
—Entonces quieren algo más que nuestro dinero —dijo Yulian, sin mirarla—. Quemaremos esas provincias antes de que reciban más armas. Para eso tenemos la Doctrina de Exterminio.
—Tus provincias. Tu Doctrina. Tu deuda. ¿Y La Catedral?
Yulian tardó en responder.
—Que bendigan las cenizas. Cornelius piensa como yo. Livia, arderán con o sin tu permiso.
El aire sabía a sal de mar.
—Qué conveniente —dijo Livia— que la ruina de tu Imperio vuelva a ser una oportunidad para mi Casa.
Sus dedos apretaron el broche. Había olvidado tres nombres aquella semana. Pero todavía recordaba cada FERC que debía cobrar su familia.
—Cóbrate lo que quieras —dijo Yulian con una risa bronca—. Tengo veintiséis años y ya sé que no llegaré a viejo.
Livia habría preferido que le discutiera las cifras. Era más sencillo tratar con un hombre cuando todavía esperaba algo de su futuro. Al fondo, la pluma del escriba seguía moviéndose.
No fue una corriente. En el Cenáculo no había corrientes, solo el zumbido regulado de los extractores de Éter. Fue una humedad que ascendió desde el mármol mismo. Nadie había reparado en que el lago tenía marea.
El zumbido se ahogó. Las bandas de neblina descendieron hasta rozar el mármol. Los extractores se apagaron uno tras otro.
Sobre las puertas, los escudos etéricos perdieron su brillo. Uno de los Centinelas se llevó las manos a la garganta. Cayó de rodillas, tratando de respirar. El segundo se desplomó junto a él. Ninguno volvió a moverse.
El escriba intentó incorporarse, pero resbaló de su silla con la boca abierta. El agua ya le había robado el grito.
Livia lo sintió antes de verlo. Las chispas de sus sienes se extinguieron de golpe. Por primera vez en años, el ruido constante dentro de su cabeza se detuvo. Quedó un silencio limpio, casi doloroso.
Él ya estaba dentro. El mármol chorreaba bajo sus pies, a tantas leguas de cualquier costa. El aire a su alrededor pesaba como si detrás de él se extendiera la columna entera de un océano.
—Leviathan —susurró Livia.
No era un nombre de los informes de la Cúpula. Era un rumor de las Fosas de Moravia, y la Casa Sterling llevaba años pagando por oír esos rumores antes que nadie.
Leviathan cruzó la neblina sin apurarse, rodeó la mesa de piedra y se detuvo frente a Yulian, a un palmo de su cara.
Con la luz encima, el agua le corría por la garganta. Ninguno de los dos magistrados habló. Sobre el hombro relucía un sello cosido en la tela empapada. Yulian miró el broche de Livia. Después, el hombro de Leviathan.
Livia no apartó los ojos del sello. Su memoria enferma no le falló.
Yulian retrocedió. Los anillos se le encendieron solos, un reflejo, antes de que pudiera levantar la mano.
No le sirvió de nada. Livia vio cómo el color abandonaba el rostro de Yulian desde dentro hacia fuera. Las venas sobresalieron bajo una piel que comenzaba a adherirse al hueso. El agua de su cuerpo escapó por cada poro en un vapor tibio que olía a salmuera. Cayó vacío. Los anillos etéricos todavía brillaban en una mano que ya no sostenía nada.
Con ella fue más lento. Leviathan ni siquiera se volvió.
La presión del fondo de un mar que no existía en ninguna costa conocida se le cerró sobre los pulmones. El cráneo cedió primero por las sienes. La oscuridad que le llenó la visión era más azul que negra.
Un pensamiento le llegó entero:
El sello.
El mismo que ella prendía en el cuello.
Había dedicado sus últimos años de lucidez a llenar las arcas de su Casa. Reconoció en aquel sello una parte del precio.
Livia, que llevaba registros de lo que aún recordaba, no tendría tiempo de anotar este último.
Los extractores volvieron a zumbar. La neblina recuperó despacio sus bandas horizontales sobre el mármol. El mapa holográfico siguió girando con su mancha roja, hablándole a nadie.
Cuando los Centinelas de refuerzo reventaron las puertas de bronce, encontraron un cuerpo vaciado y otro con las sienes hundidas, rodeados por un cerco de agua salada que se evaporaba. El escriba doblado bajo su silla. Los dos Centinelas, inertes junto a la entrada. Los anillos de Yulian todavía encendidos. Ningún arma. Ninguna huella. Segundos después, el mármol estaba otra vez seco.






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Un prólogo oscuro, intrigante y muy visual. La ambientación mezcla fantasía industrial, tensión política y horror de una manera envolvente, mientras el Éter se presenta como un poder fascinante y peligroso. La aparición de Leviathan cierra la escena con fuerza y deja varias preguntas abiertas. Un comienzo prometedor para quienes disfrutan de la fantasía oscura y los mundos complejos.