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Desorden en el caos

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Sinopsis

Estas son cuatro historias inquietantes entrelazadas entre ellas, donde nuestros protagonistas interactúan y conforman una sola historia con un final sorprendente e inesperado.

Estado:
hace 2 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Castigo


La alarma del radio despertador sonaba haciendo retumbar la habitación, siete y treinta y seis de la mañana, los números eran de un verde intenso. De un manotazo detuvo la alarma, era tarde seguramente no había sido la primera vez que lo había apagado ya aquella misma mañana, parar el radio despertador para darse la vuelta en la cama y seguir durmiendo un poquito más. Ahora ya eso no era una opción, se incorporó ligeramente en la cama y desconecto la alarma para siempre, sino lo hacía en diez minutos volvería a sonar.

Aun no entraba nada de luz por la ventana y la intensidad con la que los números brillaban en la pantalla se había atenuado, ya apenas era capaz de distinguir nada en su habitación, aunque por algún motivo le parecía que estaba demasiado ordenado.

No recordaba haber recogido su cuarto antes de meterse en la cama, lo más probable era que su padre se habría colado después de que ella se hubiese dormido, desde que su madre faltaba en casa había adquirido esa manía.

De nuevo se incorporó en la cama, esta vez con la intención de salir de ella, aunque en aquel justo momento le pareciera la peor de las ideas, allí estaba segura, calentita y realmente a gusto, no tenía ninguna forma de librarse de ir al instituto, pero realmente lo que deseaba con todas sus fuerzas era no salir de la comodidad de su cama, lo mejor era no seguir pensando en ese tipo de cosas, la pereza era un gran pecado, su abuela se lo había repetido infinidad de veces, tal vez demasiadas.

Así que de un salto se incorporó por completo, casi a oscuras y con los pies ya en el suelo ojeo de nuevo toda la habitación, algo era distinto, pero no era capaz de saber dónde podía estar la diferencia, su cuarto no era nada especial y todo parecía estar en su sitio. Un armario de dos puertas, al fondo, con tres cajones en la parte baja, un pequeño escritorio bajo la ventana con una silla que deseaba que se rompiera lo antes posible, era de lo más incomoda, unas estanterías con algunos libros de cuando era niña, la mayoría de ellos los había leído con su madre y alguna muñeca que se negaba a tirar, era prácticamente lo único que le quedaba de su madre y el recuerdo de recrear algunas de esas historias fantásticas que su madre le leía y con aquellas mismas muñecas que casi cobraban vida en las manos de mama, pasaban las horas viviendo verdaderos cuentos, siempre fue algo que a su madre le pareció muy divertido y ella realmente disfrutaba de aquellos momentos con su madre, la echaba muchísimo de menos.

La cama era algo más grande que antes, su padre decidido cambiarla hacia un par de años, ya era una chica mayor para una cama tan pequeña, una mesita coja pero bien calzada con una revista vieja, era un ejemplar antiguo de una de esas revistas que hablan de temas de ovnis y tonterías por el estilo, su padre decía que en cuanto tuviera un rato libre arreglaría la mesita y ya no tendría que usar la revista como calzo, un rato que no parecía llegar nunca, no había más muebles en su pequeño cuarto, algunos posters decoraban las paredes y sobre el escritorio se hubiera podido ver una fotografía de su madre, si la luz hubiese sido suficiente, las dos montaban en un dragón gigante, ella era pequeña y no recordaba donde ocurrió eso, si lo bien que lo había pasado y la fotografía era la prueba de ello, pero esa imagen no podía verse, aun no.

Dejo pasar algo de tiempo hasta que por fin decidió encender la luz, tanteo brevemente hasta dar con el interruptor junto a su cama, a su padre se le ocurrió instalarlo ahí para que pudiese encender antes incluso de levantarse, la verdad que había sido una gran idea, le dio un par de veces, pero la oscuridad seguía sin desaparecer, provo una vez más, nada, la bombilla no lucia. Se puso de pie y fue hasta la puerta, solo saco su cabeza por el hueco abierto.

- ¡Papa la bombilla se ha vuelto a fundir!, grito, nadie respondió.

Se podía oír a su padre trasteando en la cocina, era imposible que no la oyera, pero sin embargo no dijo nada, estará demasiado ocupado preparando el desayuno y atendiendo a su hermana pequeña, tan solo tenía cinco años y su padre le prestaba demasiada atención.

Antes de salir de su habitación miro fugazmente la pantalla de su despertador.

- ¡Mierda! Ya son las ocho menos cuarto, se dijo a sí misma entre dientes con un tono de incredulidad, ¿Como había sido capaz de perder tanto tiempo?, con un par de zancadas abandono su habitación para entrar al baño, una ducha rápida y a vestirse.

En lo breve de su ducha se alegró de que en su colegio usasen uniforme, era feo, pero si ahora tuviese que elegir que ponerse seguro que llegaría tarde. Se coloco los calcetines del mismo azul que los cuadros de su falda y apresuradamente y casi a la vez que se encaminaba hacia la cocina introdujo los pies en los zapatos negros que completaban su indumentaria, un par de pasos a la pata coja fueron necesarios, el zapato derecho se resistía a que su pie terminase de entrar, se ayudó con la mano y finalmente el zapato cedió.

Aún no había entrado en la cocina, pero ya se podía oler el café y también oír a su hermana.

- Papi te han salido muy ricos los cereales, dijo la pequeña.

- Sera tonta, respondió ella casi sin darse cuenta.

Su padre no la había oído, de haberlo hecho la habría regañado, ella entro sin decir nada, miro sobre la encimera, la mesa, donde solo había una gran taza con café, pero nada para ella.

-Papi hace frio, ¿me puedo poner mi chaqueta?, la voz de su hermana sonó justo tras ella, frio, que delicada, pensó, no hacía nada de frio, sin embargo, su padre sin decir nada extendió el brazo y alcanzo la chaqueta de la pequeña, paso junto a ella sin mirarla, sin decir nada y ayudo a su pequeña a ponerse la chaqueta.

Ella ante aquella escena tampoco dijo nada, era tarde y todavía tenía que llegar a coger el autobús, su padre no había preparado desayuno para ella y tampoco parecía querer saber nada de ella, ni bronca por levantarse tarde, ni una mirada acusadora, bueno mejor así.

Sola parecía prestarle atención el perro, la miraba fijamente, pudo sentirlo desde que entró a la cocina, los ojos de aquella bestia asquerosa se clavaban en ella, al entrar no supo dónde estaba, pero ahora podía verlo, como siempre bajo la mesa, a los pies de su hermana, normal son los dos igual de estúpidos, miro al perro un segundo y sin decir nada, ni hacer nada más salió de la cocina, sintiendo aun en su espalda la mirada del animal.

Ese perro la odiaba, casi tanto como ella lo odiaba a él, cargo su mochila repleta de libros y sin darse cuenta ya estaba bajando las escaleras, últimamente el ascensor nunca funcionaba, aunque ella lo veía subir y bajar justo después de haber pulsado el botón de llamada y que no ocurriera nada, hasta llegar al portal desde su quinta planta y durante esos interminables diez tramos de escaleras, no había podido quitarse al perro de la cabeza.

Llego a casa un año después de la muerte de mama, un año después de nacer la estúpida de su hermana, era un cachorro de rottweiler de tan solo tres meses.

-Si mi madre hubiese estado ese perro no estaría en casa, sus palabras salieron de su boca sin que nadie pudiera oírlas y aunque así hubiese sido a nadie le importaba su opinión.

Pero para ella era un consuelo saber que no hubiera sido la única en detestar a ese chucho, aunque su madre no odiaba a los perros, solo les tenía muchísimo miedo, razón más que suficiente para que su padre jamás hubiese traído a ese animal, aunque alguna vez escucho a su padre decirle que la mejor manera para superar ese miedo irracional era comprar un cachorrito que creciera junto a ella, verlo desde pequeño en casa cuando aún son inofensivos le daría confianza y la ayudaría a superar ese miedo, pero ella estaba segura de que si su madre siguiese viva ese animal no estaría ahora mismo en casa.

A él le encantaba ese perro, siempre deseo tener uno, aquella raza en concreto le parecía fascinante, pasear durante horas con él y poder enseñarle trucos absurdos, casi parecía que quería más a ese estúpido pero que a ella, ya llevaba dos años en casa y se había convertido en un animal enorme y siempre pendiente de la pequeña, no era de extrañar ambos eran de lo más tonto, solo a su padre le hacía reír ver a esa bestia jugar con su niñita y a la estúpida le encantaba llamarlo conejo.

-Ridícula, dijo de nuevo en voz baja para sí misma, aunque en su voz se podía sentir el desprecio que sentía por su hermana, desde que nació nunca sintió nada bueno hacia ella. Es que no tiene colita, como los conejitos papi, imitar a la idiota de su hermana diciendo cosas tan absurdas le resultaba bastante divertido y desde que empezó a hablar hacerlo se convirtió en un pasatiempo para ella, no sería tan divertido si su padre la oyese haciéndolo seguro que la castigaría, pero hasta que ese momento llegase era algo muy gracioso, al menos para ella.

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