PRÓLOGO
Nunca imagino que una despedida pueda dejar tanto silencio.
Hay ausencias que se sienten en los lugares vacíos, en las conversaciones que ya no suceden y en las costumbres que, de pronto, dejan de tener sentido. Pero tu ausencia es diferente. Me acompaña a todas partes. Está conmigo al despertar, camina a mi lado durante el día y se sienta junto a mi cama cuando llega la noche.
Te has ido, Emanuel.
Y yo todavía no sé cómo se supone que debo vivir con eso.
Una parte de mí se niega a comprenderlo. Es difícil aceptar que alguien que ocupa un lugar tan importante en mi vida pueda dejar de estar en ella. Mi mente intenta encontrar explicaciones, reconstruye nuestras conversaciones y busca algún detalle que me ayude a entender en qué momento todo cambia. Quiero encontrar una respuesta que haga menos dolorosa tu ausencia, alguna razón que pueda acomodar dentro de mi pecho para dejar de preguntarme por qué.
Pero las respuestas no llegan.
Solo quedan los recuerdos.
Y los recuerdos, cuando todavía amas a alguien, pueden ser una forma cruel de compañía.
Recuerdo tu manera de hablarme, los momentos que compartimos y todas aquellas pequeñas cosas que, mientras suceden, parecen tan normales. Nunca imagino que voy a extrañarlas de esta manera. Nunca pienso que algo tan sencillo como recordar una conversación contigo puede dejarme con tantas ganas de volver a escuchar tu voz.
Me acostumbro a guardar palabras que ya no tengo a quién decirle. Hay tantas cosas que quiero contarte, tantas preguntas que necesitan una respuesta y tantos sentimientos que no encuentran dónde descansar. A veces me descubro imaginando qué haces, cómo son tus días o si en algún momento te detienes a pensar en mí.
No sé si me extrañas.
No sé si todavía me recuerdas.
Ni siquiera sé si mi ausencia significa para ti una pequeña parte de lo que la tuya significa para mí.
Y esa incertidumbre me consume lentamente.
Las noches son las más difíciles. Cuando todo queda en silencio y el mundo parece olvidarse de mí, mis pensamientos se vuelven más ruidosos. Intento dormir, cerrar los ojos y descansar de todo lo que siento, pero tu recuerdo encuentra la manera de permanecer despierto conmigo.
Lloro.
A veces intento contener las lágrimas, como si pudiera convencerme de que ser fuerte significa no derrumbarme. Otras veces simplemente dejo que caigan, porque estoy cansado de fingir que puedo con todo. Hay un dolor que no sé explicar sin sentir que las palabras se quedan pequeñas, un vacío que no consigo llenar y una tristeza que aparece incluso en los días en los que creo estar un poco mejor.
Me pregunto cuánto tiempo voy a sentirme así.
Me pregunto si algún día podré pronunciar tu nombre sin que algo se mueva dentro de mí.
Y, sobre todo, me pregunto cómo puedes seguir existiendo tan lejos de mí mientras yo todavía te encuentro en tantas partes de mi vida.
Las personas llegan. Algunas intentan acercarse, conocerme, hacerme sonreír o mostrarme que todavía existen posibilidades más allá de esta tristeza. Sé que el mundo no se detiene por una despedida y que hay personas capaces de ofrecer cariño sincero. Sin embargo, mi corazón no está preparado para recibirlas de la manera en que quizá merecen.
No quiero fingir sentimientos que no tengo. No quiero convertir a alguien en un refugio temporal para escapar de tu recuerdo. No quiero mirar a otra persona y buscar en ella tus gestos, tu voz o esa sensación que solamente asocio contigo.
Porque todavía te quiero a ti.
Y me duele admitirlo, porque ya no sé qué hacer con todo este amor. No tengo dónde entregártelo, no puedo acercarme para abrazarte y tampoco puedo pedirte que vuelvas solo porque yo sigo sintiendo lo mismo.
Aun así, hay una parte de mí que continúa eligiéndote en silencio.
No porque me pertenezcas, ni porque yo tenga derecho a esperar algo de ti. Simplemente porque mis sentimientos no desaparecen al mismo tiempo que una persona se marcha. Mi corazón necesita su propio tiempo para comprender lo que mi realidad intenta enseñarme.
Intento seguir con mi vida. De verdad que lo intento.
Pero hay días en los que avanzar significa únicamente levantarme de la cama, cumplir con mis responsabilidades y llegar al final de la jornada sin permitir que la tristeza me venza por completo. Hay días en los que sonrío y, aun así, te extraño. Días en los que consigo distraerme durante horas y, de pronto, algo me recuerda a ti y vuelvo a sentir esa ausencia que nunca termina de marcharse.
No siempre estoy llorando, pero eso no significa que haya dejado de doler.
A veces el dolor es silencioso. Se esconde detrás de una respuesta sencilla, de una sonrisa breve o de un «estoy bien» que pronuncio para evitar explicar todo lo que sucede dentro de mí.
Porque ¿cómo explico que extraño a alguien que ya no está conmigo?
¿Cómo digo que todavía guardo esperanzas cuando ni siquiera sé si tengo motivos para hacerlo?
¿Cómo acepto que una parte de mí sigue esperando algo que no puedo exigir?
No tengo respuestas para esas preguntas. Solo sé que, por más que intento convencerme de que debo dejarte ir, todavía hay noches en las que imagino que vuelves. Imagino que recibo un mensaje tuyo, que escucho tu voz una vez más o que, de alguna manera, la vida nos concede la oportunidad de hablar de todo aquello que quedó sin decir.
Me pregunto qué sentiría al verte de nuevo. Si podría abrazarte sin llorar, si tendría el valor de mirarte a los ojos o si todas las palabras que guardo terminarían convirtiéndose en silencio.
Después recuerdo que todo eso existe únicamente en mi imaginación.
Y vuelvo a estar aquí, sin ti.
No sé si algún día regresarás, Emanuel. No sé si todavía existe un lugar para mí en tus pensamientos o si nuestra historia significa para ti algo distinto de lo que significa para mí. No sé qué me espera mañana ni cuánto tiempo más voy a cargar con esta incertidumbre.
Pero todavía tengo esperanza.
Pequeña, frágil, silenciosa. Una esperanza que no sabe defenderse de la realidad y que, aun así, se niega a desaparecer.
No quiero obligarte a volver. No quiero que sientas que mi dolor te convierte en responsable de mi felicidad. Solo quisiera saber que lo que vivimos no desaparece por completo, que alguna parte de nuestra historia permanece contigo y que no soy el único que, de vez en cuando, mira hacia atrás.
Porque yo todavía lo hago.
Todavía encuentro tu recuerdo en mis días. Todavía hay palabras que quisiera decirte y abrazos que imagino sin saber si volveré a tener la oportunidad de dártelos. Todavía me cuesta aceptar que debo aprender a vivir sin alguien a quien sigo queriendo tanto.
Y aunque intento ser fuerte, aunque hay momentos en los que me convenzo de que debo soltar y aunque sé que no puedo vivir eternamente esperando una respuesta, no voy a mentir sobre lo que siento.
Te extraño.
Me dueles.
Y todavía deseo que vuelvas.
Quizá algún día deje de mirar hacia esa puerta. Quizá aprenda a recordar sin esperar, a querer sin aferrarme y a continuar sin preguntarme constantemente qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Pero ese día no es hoy.
Hoy todavía me cuesta dormir. Hoy todavía hay lágrimas que no sé cómo detener. Hoy las personas pueden acercarse y ofrecerme el comienzo de algo nuevo, pero yo sigo intentando comprender el final de lo nuestro.
Hoy tu ausencia sigue ocupando un lugar que no sé cómo llenar.
Y, en medio de todo lo que no entiendo, hay una sola petición que repito en silencio, una frase que nace de la parte más vulnerable de mí y que quisiera que, de alguna manera, pudiera llegar hasta ti.
No te pido que me prometas una eternidad.
No te pido que me asegures un futuro que no puedes conocer.
Solo quisiera escucharte decir que nuestra historia no termina aquí.
Que todavía hay algo que vale la pena recordar.
Que no soy el único que desea volver a encontrarse.
Emanuel, si alguna vez piensas en mí, si alguna vez recuerdas lo que somos y lo que hemos vivido, si en algún rincón de tu corazón todavía existe la posibilidad de volver a mirarnos, dime que regresarás.
Porque yo todavía estoy aquí, intentando aprender a vivir con tu ausencia, sin saber cuánto tiempo me queda de esta espera y sin tener la certeza de que algún día dejaré de extrañarte.
Di que regresarás… aunque hoy no sepas cuándo.








