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Las Velas Recuerdan

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Sinopsis

La voz de Elena me llamó desde una habitación vacía. Ella estaba a mi lado, sujetándome el brazo para que no entrara. Verano de 1993. Una antigua hacienda en Xochitepec. Fui por una chica y un fin de semana que no quería que terminara. Llegó la tormenta. Encendimos las velas. Y algo aprendió a llamarnos con las voces de quienes queríamos. Al amanecer, todos recordaban una noche distinta. Años después, una carta me obligó a preguntarme si realmente había logrado salir de aquella casa.

Genero:
Horror
Autor/a:
Victor
Estado:
Completa
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Día de Visita

La primera vez que soñé con aquella voz, la escuché llamarme desde una habitación vacía. Estuve a punto de abrir la puerta. Era una voz dulce y tierna, pero tenía algo remoto, como si hubiera atravesado muchos años para llegar hasta mí. La reconocí de inmediato: cada inflexión, cada pausa. Entonces sentí unos dedos cerrarse alrededor de mi brazo. La mujer a quien pertenecía aquella voz estaba a mi lado. Y no había abierto la boca.

Desde la habitación, al fondo del pasillo, la misma voz volvió a llamarme: —José de la Luz, ven. Me prometiste. La mujer que estaba a mi lado negó despacio con la cabeza, sin soltarme el brazo. Tenía los ojos fijos en la puerta. —No le contestes —susurró.

A la mañana siguiente de aquel primer sueño, mi única preocupación era conseguir que me dejaran entrar al Reclusorio Norte. Era un jueves de julio de 1993, o eso creo. Yo estudiaba la carrera, estaba de vacaciones y había viajado desde provincia hasta la capital para visitar a mi tío. «Delitos contra la salud», decía su expediente, como si esas cuatro palabras bastaran para explicar por qué estaba ahí. Todavía llevaba la identificación en una mano y el dinero para los custodios en la otra.

El reclusorio empezaba mucho antes de la puerta: en la fila, bajo un sol que hacía oler el pavimento a llanta quemada. Las mujeres apretaban recipientes de comida contra el pecho; los vendedores ofrecían bolsas transparentes como salvoconductos. Todos parecían conocer las reglas menos yo. Primero faltaba una copia de mi identificación. Cuando regresé con ella, dijeron que no servía. El custodio tamborileaba los dedos. Doblé un billete dentro del documento y el sello apareció de inmediato. Después pidieron para el refresco, para dejar pasar la comida, para no abrirla. Nadie decía mordida. Decían apoyo, atención, propina. Palabras pequeñas para cosas que tenían dientes. Entregaba los billetes como quien arroja pedazos de carne para cruzar un corredor lleno de perros, temiendo que la carne se acabara antes que el corredor. En la revisión me quitaron el cinturón y me hicieron vaciar los bolsillos. El cuarto olía a sudor viejo y desinfectante. Mientras unas manos ajenas me recorrían el cuerpo, detrás del muro sonó un golpe y un grito que terminó de pronto. El custodio ni siquiera parpadeó. Solo extendió la mano. Cuando finalmente entré, ya no sabía cuánto dinero me quedaba ni cuántas puertas había cruzado. La cárcel no se conformaba con tragarse al preso. Primero mordía a cada persona que iba a buscarlo.

Durante todo el trayecto froté entre los dedos el dije de la Virgen de Guadalupe que llevaba al cuello. Mi mamá me lo había regalado para mi primera comunión y había hecho que lo bendijera el arzobispo de Durango. Era de plata, igual que la cadena. De niño lo apretaba mientras rezábamos el rosario; de adulto seguía haciéndolo cada vez que necesitaba sentirme protegido.

Después de abrazar a mi tío, encontré a mi primo Genaro en una mesa apartada, conversando con una joven. Se llamaba Ximena: rubia, de ojos azules y pecas, con una presencia extrañamente luminosa para aquel lugar. Hablaban tomados de la mano, ajenos a las rejas. Cuando Genaro se levantó para ir al baño, lo alcancé.

Los dos estudiábamos leyes: yo en provincia y Genaro en la UNAM. Tenía su ironía que nos reuniéramos en un reclusorio y que ninguno de los dos pudiera hacer mucho más que llevar comida y esperar. —Hola, Genaro. ¿Cómo estás? ¿Cómo va todo?

—Pues aquí, güey, esperando que los abogados hagan algo. Le pusieron un cuatro a mi papá. Estamos que nos lleva la chingada.

Lo miré de reojo y señalé discretamente hacia la mesa.

—Pues no te vi tan triste, cabrón. ¿Quién es ella?

—Es mi novia. Se llama Ximena.

—¿Qué? ¿Cómo se te ocurre traer a tu novia aquí, güey? No mames.

Genaro sonrió, pero fue una sonrisa breve, nerviosa.

—Aquí la conocí. Su papá es piloto aviador. Lo agarraron llevando MDMA en una avioneta de Tijuana a no sé dónde. También está por delitos contra la salud. ¿Cómo ves?

—Estás loco —le dije.

—No mames. Es poca madre. Es lindísima y… no sé, nos entendemos. Ven, te la presento.

Ximena resultó educada, sencilla y capaz de hacernos reír incluso ahí. Antes de despedirnos me preguntó si iría a la graduación de mi prima Ligia, al día siguiente. Genaro confirmó que estaba invitado. —Entonces te presento a mi hermana —dijo ella—. Una cita a ciegas, ¿te animas? A sus espaldas, mi primo articuló sin voz: «Está guapísima». El trato quedó cerrado.

Al día siguiente, Genaro llegó a la graduación con Ximena y Elena. Reconocí a Elena antes de que me la presentaran, aunque jamás la había visto. Cuando habló, se me erizó el vello de los brazos. ¿Era la voz de mi sueño? Me dije que estaba agotado por el viaje y la visita al reclusorio. Tenía que ser eso. Era más joven que Ximena, también rubia, de cabello lacio y ojos ámbar que se detenían en cada cosa un instante más de lo necesario. Su seguridad serena consiguió que olvidara, por un momento, dónde había comenzado todo.

Bailamos, bebimos y cantamos. Los cuatro encajamos como si nos conociéramos desde hacía años. Elena y yo apenas apartábamos la mirada. Más de una vez tuve que pedirle que repitiera lo que acababa de decir; culpaba al volumen de la música, pero la verdad era que, cuando ella me miraba, todo lo demás desaparecía.

En una pausa salimos a tomar aire. Elena me preguntó cómo estaba mi tío. Le contesté que bien, por costumbre, pero ella no siguió hablando. Esperó. —No sé —admití—. Ayer no supe qué decirle. —No siempre hay algo que decir. —Estoy estudiando leyes. Se supone que debería servir de algo. —Fuiste a verlo, José de la Luz. Eso también sirve. Lo dijo sin intentar consolarme ni cambiar de tema. Me preguntó cómo era él antes de todo aquello y terminé contándole una anécdota de cuando yo era niño. Nos reímos. Por primera vez desde la visita, pude pensar en mi tío sin verlo sentado detrás de aquella mesa. Cuando volvimos a entrar, busqué la mano de Elena. Ella entrelazó sus dedos con los míos.

A las cuatro de la mañana decidimos ir por unos tacos. Elena y yo salimos primero. Cuando me disponía a cruzar hacia el estacionamiento, donde estaba el auto de Genaro, ella me plantó una mano en el pecho y me detuvo en seco. Un instante después, una motocicleta pasó frente a nosotros a toda velocidad, tan cerca que sentí el aire cortarme la cara. Me quedé inmóvil, aturdido por el estruendo y por la certeza de que, sin su mano, habría dado un paso más. Volteé hacia ella. Elena me observaba con sus enormes ojos ámbar, tranquila, como si hubiera sabido exactamente lo que iba a ocurrir. —Gracias —alcancé a decir—. Pero ¿cómo supiste que…? Miré hacia atrás. Genaro y Ximena seguían en la banqueta, pálidos. —Eso habría sido un desastre —murmuré. Genaro se acercó y, procurando que Elena no lo oyera, me habló al oído: —Güey, ella a veces ve cosas. Está medio raro, pero dicen que siempre ha sido así. —No le gusta hablar de eso —añadió Ximena en voz baja. Cuando volví a buscarla, Elena ya estaba al otro lado de la calle, esperándonos bajo la luz amarillenta de una farola. Ninguno dijo nada más. Fingimos que no había pasado nada y fuimos a cenar.

Las dejamos en su casa cerca de las cinco y Genaro me llevó con mi abuela, donde me hospedaba. Apenas cerré los ojos, volví a la calle de la graduación. Elena tenía la mano sobre mi pecho, pero sus ojos eran blancos, sin pupilas. La motocicleta pasó y ella me apartó justo a tiempo. Entonces el motor volvió a escucharse desde una oscuridad donde la calle terminaba en un muro. La motocicleta apareció de la nada y la arrolló. Corrí hacia ella y la abracé, convencido de que estaba muerta. Sus dedos se cerraron alrededor de mi brazo. Con una voz que parecía salir de un pozo, susurró: «Los colgaban de las ramas». Me aparté. Detrás de ella, sombras humanas se balanceaban en los árboles, aunque no soplaba el viento. Todas tenían el rostro vuelto hacia mí. Desperté gritando. Mi abuela me sujetaba del brazo. —Hijo, José de la Luz, cálmate. ¿Qué te pasa? —Una pesadilla. Tardó unos segundos en responder. —Te habla Genaro por teléfono. Me levanté empapado en sudor y fui a la sala. En 1993 no teníamos celulares: para encontrarme había que llamar a casa y esperar que alguien contestara. El teléfono negro descansaba sobre una mesita cubierta con encaje. Tenía un disco transparente para marcar y un cordón grueso, enroscado. Lo conocía desde niño. Aun así, antes de levantar el auricular, me detuve. Al otro lado se escuchaba una respiración lenta, demasiado cerca.

Entonces la respiración desapareció y la voz de Genaro irrumpió en la línea, animada, como si llevara rato hablando. —Ándale, huevón, haz tu maleta. Elena está enamorada de ti, güey. Nos invitaron a pasar el fin de semana en Xochitepec. Tienen una hacienda poca madre allá. Regresamos el lunes. Paso por ti en media hora; compramos botana y unas botellas en el camino. Aún con el auricular apretado contra la oreja, miré hacia la escalera vacía. —¿Quiénes van? —La mamá de Ximena y Ele, su hermanito, la nana, tú y yo. Órale, cabrón, apúrate. Va a estar poca madre. Genaro colgó antes de que pudiera responder. Permanecí unos segundos con el auricular en la mano. Del otro lado ya no había respiración, solo el zumbido tenue de la línea. Aun así, tuve la impresión de que alguien seguía escuchando.

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