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Llamas en el Abismo

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Sinopsis

SECUELA DE: "RAÍCES DE PUTREFACCIÓN" El mundo se está pudriendo desde sus cimientos, y Mireille podría ser la única capaz de detenerlo. Tras descubrir la inmensa amenaza que acecha a la creación, Mireille se ve obligada a adentrarse en lo desconocido junto a Aldur, el colosal y temido Dios del Fuego Primigenio. Lo que comienza como una alianza desesperada para erradicar la letal Putrefacción que devora las tierras, pronto muta en un vínculo tan profundo, íntimo y abrasador que amenaza con consumirlos a ambos. Pero caminar al lado de un dios olvidado tiene un precio altísimo. Mientras la Magia de Alba de Mireille se erige como la última luz de esperanza para un universo agonizante, Aldur lucha contra los ecos de un pasado milenario que se niega a confesar. A medida que su viaje los lleva al límite de sus fuerzas, Mireille deberá enfrentarse a una realidad aterradora: a veces, la oscuridad más letal no es la que infecta al mundo, sino la que anida en el corazón de la deidad a la que le ha entregado el suyo. ¿Podrá la luz más pura salvar a un dios que desprecia su propia existencia, o el peso de los secretos terminará por destruir lo poco que queda del universo? En el abismo, hasta las llamas más hermosas te pueden reducir a cenizas.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
TheLonely_1
Estado:
Completa
Capítulos:
28
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Cap. 1

Llevábamos cuatro días de viaje desde que dejamos nuestro pequeño refugio en la costa, y aunque mis piernas aún protestaban de vez en cuando, el entusiasmo me mantenía en movimiento. Elaruun caminaba a mi lado, su espeso pelaje gris ceniza rozando mi mano y sus profundos ojos morados escudriñando el bosque con esa sabiduría antigua que tanto me tranquilizaba.

Frente a nosotros, marcando el paso con esa arrogancia natural que parecía emanar de cada uno de sus poros, iba Aldur. Caminaba como si el mundo entero le debiera pleitesía por el simple hecho de pisarlo. Y bueno, técnicamente, así era.

Según el gran y todopoderoso dios del Fuego Primigenio, él sabía exactamente hacia dónde nos dirigíamos: a la capital real del reino de Valdoria. Directo al castillo.

Lejos de asustarme, la idea me tenía genuinamente emocionada. No era la primera vez que pisaría esos terrenos. Mi madre, Seraphina, había sido princesa de Valdoria antes de abandonarlo todo para quedarse con mi padre y vivir una vida libre de coronas y tronos de cristal. Había visitado la capital cuando era apenas una niña, en un viaje que cualquier otra persona habría considerado traumático, pero que para mí solo era un recuerdo más de lo que significaba ser la hija de Sorin.

En aquel entonces, mi padre tuvo que cumplir con su deber como Guardián del mundo. Kaelen, el sucesor del rey Valerius, había perdido por completo la cabeza. Estaba abusando de la magia robada, exprimiendo el poder del reino y amenazando con destruir el frágil equilibrio que mantenía a raya el caos. Así que mi padre intervino.

Recuerdo haber estado ahí. Recuerdo haber visto a mi padre terminar con la vida de Kaelen. Pero no hubo sangre a borbotones ni gritos desgarradores. Fue una muerte pacífica, casi compasiva, una sentencia dictada por la misma naturaleza a través de las manos de Sorin para restaurar el balance. Quizá por eso jamás me quedé traumada; porque entendí, incluso a esa edad, que a veces la muerte no era un acto de crueldad, sino de piedad hacia el mundo entero.

- Si sigues sonriendo de esa manera mientras miras a la nada, voy a empezar a creer que la Putrefacción te pudrió el cerebro en lugar de la magia, Mireille.

La voz grave, ronca y cargada de desdén de Aldur cortó mis pensamientos. Me parpadeé, sacudiendo la cabeza, y me di cuenta de que llevaba un buen rato con una sonrisa boba plantada en la cara mientras caminaba.

Aceleré un poco el paso, dejando a Elaruun atrás por un momento, hasta alcanzar el lado de Aldur.

- Estaba recordando, es todo - Le respondí, sin dejar que su tono hostil me afectara. Ya conocía perfectamente las reglas de su juego. - La última vez que estuve en Valdoria era muy pequeña. Mi padre tuvo que encargarse de Kaelen ahí mismo.

Aldur resopló, sin siquiera dignarse a mirarme. Sus ojos dorados seguían fijos en el horizonte, como si los árboles le molestaran con su sola presencia.

- Sorin hizo lo mínimo indispensable - Gruñó él, con esa superioridad que lo caracterizaba. - Mató al títere, pero dejó que el teatro siguiera funcionando. La magia corrompida de los Blackveil ya había envenenado las raíces de ese reino mucho antes de que tu padre decidiera jugar al héroe pacífico. Por eso vamos hacia allá. Valdoria es una herida abierta.

- Él hizo lo que tenía que hacer para mantener el equilibrio en ese momento - Lo defendí, aunque mi tono era ligero, sin afán de pelear. Me crucé de brazos, mirándolo de reojo. - Además, Kaelen era familia. Fue algo complicado.

Aldur por fin giró la cabeza hacia mí. Sus pupilas verticales se estrecharon, evaluándome de arriba a abajo con una mezcla de incredulidad y burla.

- La familia es irrelevante cuando el mundo se está cayendo a pedazos - Sentenció, con una frialdad tan absoluta que me hizo tragar saliva, recordando de golpe lo que me había confesado en el bote sobre sus propios hermanos. - Los humanos y sus patéticos apegos emocionales son exactamente la razón por la que tengo que limpiar este desastre.

Le sostuve la mirada. Podía actuar como el ser más cruel y egoísta del universo, pero yo ya había visto debajo de esa coraza de escamas y fuego. Había sentido sus manos temblar al sostenerme y había escuchado el miedo en su voz al pensar que podía perderme.

- Pues qué lástima por ti, grandulón - Le dije, dándole un suave codazo en el brazo que era duro como la piedra pura. - Porque ahora estás viajando con una humana que tiene muchísimos apegos emocionales. Y te vas a tener que aguantar.

Un gruñido bajo vibró en el pecho de Aldur, pero noté cómo la tensión en su mandíbula se relajaba una fracción de segundo, y aunque intentó ocultarlo desviando la mirada hacia el camino, alcancé a ver el levísimo asomo de una sonrisa en la comisura de sus labios. A nuestro lado, Elaruun soltó un resoplido divertido, como si estuviera riéndose de nosotros, y continuó caminando.

Mientras seguíamos avanzando por la espesura del bosque, mi mente no dejaba de darle vueltas a ese último recuerdo en la capital. Si mi padre no había tenido que volver al castillo de Valdoria en todos estos años después de ejecutar a Kaelen, eso significaba que todo estaba bien, ¿no? Si el Guardián no intervenía, era porque el equilibrio se mantenía.

Pero claro, Aldur tenía razón. El daño profundo no lo había causado Kaelen, ni siquiera el rey Valerius. Esa grieta venía de mucho antes, de generaciones enteras de sus antepasados exprimiendo y corrompiendo una magia que no les pertenecía.

Me di cuenta de que, en realidad, ni siquiera sabía quién era el rey actual. Aunque nuestra casa seguía estando dentro del territorio del reino de Valdoria, vivíamos tan alejados de todo, en nuestro rincón aislado allá en Roka, que la corona siempre me pareció un mito lejano. Aun así, resultaba extraño que no nos llegaran noticias de la capital o del castillo. Aunque, para ser completamente sincera, la política, los títulos y los dramas de la nobleza jamás me habían importado lo más mínimo.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando mis botas empezaron a arrastrarse por la tierra. El agotamiento de los días anteriores aún me pasaba factura; mi núcleo seguía débil y mis piernas comenzaron a sentirse como si estuvieran hechas de plomo. Sin darme cuenta, me fui quedando atrás, y la distancia entre Aldur, Elaruun y yo se hizo cada vez más grande.

Aldur se detuvo en seco y giró la cabeza. Su mirada dorada me escaneó de arriba a abajo al instante, notando mi respiración agitada.

- ¿Por qué no te subes a Elaruun de una maldita vez? - Me espetó, con ese tono de impaciencia que usaba para ocultar su preocupación.

Como dándole la razón, el inmenso ciervo gris retrocedió hasta quedar a mi lado. Soltó un bufido suave y bajó un poco el lomo, indicándome claramente que podía montar sobre él.

Negué con la cabeza, deteniéndome para apoyar las manos en mis rodillas y recuperar el aliento.

- Estoy bien - Les dije, soltando un largo suspiro. - Solo necesito descansar un momento.

Aldur soltó un resoplido exasperado, rodando los ojos con fastidio. En dos zancadas largas y pesadas, acortó la distancia que nos separaba. Antes de que pudiera articular una sola palabra de queja, se inclinó ligeramente, pasó su enorme brazo por debajo de mis pompis y me levantó del suelo de un solo movimiento. Me sentó sobre su antebrazo como si yo no pesara absolutamente nada, acomodándome contra su pecho ancho y firme.

Solté un pequeño grito de sorpresa por la maniobra repentina y me aferré a sus hombros por puro instinto. Alcé la vista, lista para reclamarle por su actitud mandona y por tratarme como a una niña pequeña, pero al encontrarme con sus pupilas verticales fijas en el camino y sentir el calor abrasador de su cuerpo contra el mío, las palabras murieron en mi garganta.

En lugar de quejarme, una sonrisa tonta y rendida se escapó de mis labios. Podía hacerme la fuerte y la independiente todo lo que quisiera, pero la verdad era que siempre, sin importar la situación, me encantaba estar en sus brazos.

Ahora que estaba cómodamente instalada en sus brazos, sin tener que preocuparme por tropezar con cada raíz del camino, mi cerebro volvió a encenderse. Y con ello, mi lengua. Empecé a platicar, claro.

- Oye, Aldur... - Comencé, recargando mi barbilla cerca de su clavícula. - ¿De dónde salieron exactamente los nombres de ustedes tres? Ya sabes... Kaldurath, Aelurath y Aldurath.

Aldur dejó escapar un bufido prolongado, rodando los ojos con tanta fuerza que casi pude escucharlo.

- Otra vez con ese tema - Susurró, con un tono cargado de fingido cansancio, aunque no aflojó ni un poco el agarre seguro que tenía sobre mí.

Sonreí, sabiendo que en el fondo no le molestaba en absoluto. Deslicé mis brazos para rodear su cuello en un abrazo cariñoso, acercando mi rostro un poco más al suyo.

- Ya deberías conocerme, grandulón - Le dije, rozando su mandíbula con la punta de la nariz. - Sabes perfectamente que si tengo la oportunidad de sacarte información sobre el universo, la voy a aprovechar. Además, me tienes secuestrada en tus brazos, así que me debes un poco de entretenimiento.

Una vibración grave recorrió su pecho, algo muy parecido a una risa ahogada.

- Nosotros no nos pusimos esos nombres, Mireille - Explicó al fin, rindiéndose ante mi curiosidad. - Cuando la existencia comenzó, los nombres eran un concepto inútil. Éramos las únicas tres entidades en el vacío. No necesitábamos títulos para diferenciarnos; siempre nos llamábamos entre nosotros por lo que éramos: el Mayor, el Mediano y el Menor. Fueron los humanos, con su desesperada necesidad de etiquetar y comprender lo incomprensible, quienes nos bautizaron.

Ladeé la cabeza, fascinada.

- ¿Y qué significan? Porque suenan demasiado específicos.

Aldur asintió levemente, con la mirada perdida por un instante en los árboles, como si estuviera traduciendo una lengua muerta en su mente milenaria.

- En los primeros dialectos de la humanidad, el sufijo -ath significaba “La Esencia” o “El Divino” - Comenzó a relatar, y su voz adquirió un tono solemne, casi hipnótico. - Al Mayor lo llamaron Kaldurath. Kal era la raíz para la roca, la estructura, la ley inalterable. Para ellos, él era El Orden Inquebrantable. Como él dictaba las leyes de la física y mantenía la materia unida, lo veían como el cimiento eterno sobre el que pisaban. El que dictaba que el cielo estaba arriba y la tierra abajo.

Hizo una pequeña pausa, y un deje de amargura, casi imperceptible, se coló en su voz al mencionar al siguiente.

- A mi otro hermano lo nombraron Aelurath. En su lengua, Ael significaba el aliento, la semilla o el florecimiento. Él era El Aliento de la Creación. Como el Mediano era el encargado de tejer la vida, de darles alma a las criaturas y hacer que la naturaleza prosperara, los humanos lo adoraban como el padre bondadoso, el dador de la existencia.

- Kaldurath para la materia, Aelurath para la vida... - Murmuré, uniendo las piezas en mi cabeza. - ¿Y Aldurath?

Aldur soltó una pequeña risa arrogante, y el fuego pareció brillar con más intensidad en sus pupilas verticales al escuchar su propio nombre completo.

- Al significaba la chispa. El caos hirviente. El impulso - Respondió, y un destello de orgullo cruzó su rostro. - A mí me bautizaron como El Motor Ardiente o El Fuego. Mis hermanos habían creado un mundo estático, pero yo era la energía que lo hacía moverse. El calor que mantenía sus cuerpos vivos, la fuerza que los impulsaba a evolucionar y el fuego que forjaba sus herramientas.

Me miró de reojo, alzando una ceja con esa prepotencia divina que le quedaba tan bien.

- Aunque, claro, los mortales también usaban mi nombre como sinónimo de destrucción cada vez que yo decidía que sus frágiles creaciones necesitaban ser reducidas a cenizas para volver a empezar. Para ellos, yo era el dios más impredecible y peligroso de los tres.

Sonreí, acomodándome un poco más contra su pecho cálido, sintiendo el latido constante que alguna vez fue el motor del mundo entero.

- El Motor Ardiente... - Susurré, probando el nombre en mis labios. - Me gusta. Aunque creo que me quedo con Aldur. Suena menos a un dios que quiere quemar mis ciudades y más al ser que me está cargando para que no me canse.

Me acomodé mejor en su brazo, mirándolo con curiosidad, sintiendo que nuestra pequeña burbuja de confianza me permitía hacer preguntas que antes me habrían costado la vida.

- Oye, ¿y todavía odias a los humanos? - Le pregunté.

Aldur ni siquiera parpadeó. Mantuvo su vista al frente, esquivando las ramas gruesas del camino.

- Nunca los odié, Mireille. El odio requiere demasiada energía y cierto nivel de interés. Simplemente siempre me parecieron seres inútiles e insignificantes.

Sonreí, picando su pecho rígido con mi dedo índice.

- Menos yo, ¿verdad?

Aldur soltó un bufido por la nariz, bajando la mirada hacia mí por una fracción de segundo.

- Sí, menos tú - Admitió, aunque su tono seguía fingiendo desdén. - Pero no olvides que tuve que convivir contigo durante meses para llegar al punto de simplemente tolerarte.

Solté una carcajada limpia que resonó entre los árboles.

- Claro, claro, el gran dios del Fuego solo me “tolera” - Me burlé, recordando perfectamente la forma desesperada en la que me había amado hace apenas un par de días. - Qué martirio para ti.

A nuestro lado, Elaruun avanzaba con paso tranquilo y majestuoso, ajeno a nuestra plática. Lo miré por un momento, admirando cómo sus pezuñas apenas hacían ruido contra la hojarasca, y una nueva duda asaltó mi mente.

- ¿Y sabes por qué tu hermano Aelur... - Empecé a decir, usando el apodo con una naturalidad pasmosa para referirme a un ser divino que jamás conocí - decidió crear a una especie como el Ciervo de las Raíces? Digo, míralo a él, tienen una magia muy particular y compleja.

Sentí cómo el cuerpo de Aldur se tensaba de forma casi imperceptible ante la familiaridad con la que nombré a su hermano, pero su respuesta fue tajante.

- No lo sé. Yo no estaba al tanto de todas las razones detrás de las creaciones de mis hermanos, ni me interesaba estarlo.

Ladeé la cabeza, mirándolo con el ceño ligeramente fruncido.

- Bueno, pero ahora que ha pasado el tiempo... por lo menos deberías o podrías tratar de entenderlos, ¿no crees? A fin de cuentas, eran tu familia.

La temperatura alrededor de nosotros pareció descender de golpe. La mandíbula de Aldur se cuadró, tensándose tanto que creí escuchar rechinar sus dientes.

- No - Respondió con una frialdad que me congeló la sangre. - Porque ellos jamás trataron de comprenderme a mí.

Me mordí el labio inferior. Su expresión se había ensombrecido por completo, y sus ojos dorados parecían perdidos en un rencor antiguo, denso y profundamente doloroso. Había tocado una herida que seguía sangrando. Sabiendo que el tema de sus hermanos y la Putrefacción era su mayor tormento, decidí que era mejor no presionar más. Era momento de cambiar de dirección antes de que se encerrara de nuevo en su coraza de piedra.

- Y... ¿en cuánto tiempo crees que lleguemos a la capital? - Pregunté, dándole un tono mucho más ligero y casual a mi voz.

Aldur parpadeó, sacudiendo la cabeza levemente para apartar esa sombra de su rostro, y volvió a enfocarse en la realidad del bosque.

- Estamos bastante lejos del territorio de Valdoria - Calculó, con un tono más neutral. - A este paso, probablemente nos tome más de una semana.

Asentí lentamente, asimilando el tiempo.

- Sabes que si corrieras a esa velocidad tuya, esa donde básicamente te mueves como un relámpago, llegaríamos en la mitad del tiempo o incluso menos, ¿verdad?

Aldur soltó un suspiro pesado, como si la simple sugerencia le diera pereza.

- Sí. Tal vez vaya así en un rato - Murmuró.

Me acomodé de nuevo contra él, esperando que en cualquier momento el viento nos golpeara en la cara y el paisaje se volviera un borrón verde a nuestro alrededor por el impulso de su poder. Pero pasaron los minutos y nada ocurrió. Aldur siguió caminando a su mismo paso firme y constante. Un paso rápido, sí, pero asombrosa y decepcionantemente mortal.

Fruncí el ceño, observando la línea de su mandíbula. Me pareció sumamente extraño. El Aldur que yo conocía no habría dudado un segundo en usar su poder divino para presumir o para acortar un viaje que consideraba tedioso. Menos ahora, que estábamos en una carrera contrarreloj.

¿Por qué no había aumentado su velocidad? Algo no encajaba, pero el cansancio y mis ideas locas me impidió seguir dándole vueltas al asunto, al menos por ahora.

Me dejé llevar por el vaivén de sus pasos, pero mi mente ya estaba muy lejos de ese bosque. Seguí pensando en el castillo de Valdoria. La verdad era que, aunque mi padre había ido por cuestiones de vida o muerte hace años, yo nunca había cruzado sus puertas, y la idea me causaba muchísima curiosidad.

Es decir, los lujos, vivir rodeada de ellos, tener a decenas de personas que te cuidaran todo el día y te trataran casi como a una divinidad... ¡Wow! Debería ser genial, ¿no? Me imaginé de pronto esos vestidos inmensos y preciosos que solían usar las mujeres nobles de la capital, llenos de encajes, telas brillantes y joyas bordadas. ¿Cómo me vería yo en uno de esos?

Giré el rostro para mirar el perfil perfecto y duro de Aldur, y la idea simplemente se me escapó de los labios con una emoción genuina.

- Oye, Aldur... cuando terminemos con todo esto de la Putrefacción y el mundo esté a salvo de nuevo, ¿no podrías hacer que nos construyeran un castillo? - Le pregunté, con los ojos brillando de anticipación. - Para nosotros dos.

Él ni siquiera detuvo su andar, pero giró un poco la cabeza para mirarme de reojo. Su expresión era una mezcla exacta entre incredulidad y como si yo acabara de sugerir la tontería más monumental de toda su larga existencia.

- Claro que no - Respondió, seco y tajante.

Fruncí el ceño, enderezándome un poco en su brazo, dispuesta a pelear mi punto.

- ¿Por qué no? - Le repliqué. - Eres un dios. Estás mil veces por encima de cualquier simple rey mortal. Si alguien en este mundo merece tener un castillo gigante, eres tú. Además, tú mismo me lo confesaste hace poco: te encantaba ser reconocido y venerado por todos.

Aldur dejó escapar un suspiro tan largo y pesado que pareció arrastrar el cansancio de milenios enteros.

- Ya no es lo mismo, Mireille - Murmuró, y su voz perdió por un segundo esa arrogancia afilada para volverse más cautelosa, más sombría. - Eso fue hace siglos. He aprendido por las malas por qué es mucho mejor vivir en las sombras que sentarse en un trono a la vista de todos.

Pero, sinceramente, ni siquiera lo escuché.

Sus palabras lógicas, sabias y deprimidas me entraron por un oído y me salieron por el otro, porque yo seguía flotando en mi propia ensoñación dorada. Recargué la cabeza de nuevo, mirando hacia el cielo a través de las ramas de los árboles con una sonrisa deslumbrante.

- Solo imagínalo... - Dije en voz alta, suspirando de forma dramática. - Mireille, “la esposa del dios.”

El cuerpo de Aldur se tensó de golpe debajo de mí, pero yo seguía divagando, completamente atrapada en la fantasía de las coronas y los vestidos de seda.

- ¿Eso en qué me convertiría exactamente? - Me pregunté a mí misma, abriendo los ojos de par en par ante la realización. - ¿En una diosa? ¿Tendría que tener mi propia religión o culto? ¡Wow! No puedo ni imaginármelo.

- Será mejor que te calles - Me advirtió Aldur, interrumpiendo mi fantasía con un gruñido seco - Solo te llamé “prometida” en su momento porque necesitaba ponerte un título. Así que no dejes que se te suba demasiado a la cabeza.

Solté una carcajada limpia y sonora. Estaba demasiado feliz y emocionada con mi propia película mental como para que su amargura lograra entristecerme o apagar mi entusiasmo.

- Es demasiado tarde para arrepentirte, grandulón - Le respondí, con una sonrisa de oreja a oreja. - Si ya eres mi prometido, eso significa que en algún punto nos vamos a casar, te guste o no. Así que sí, definitivamente voy a ser la esposa de un dios. Pero, insisto, ¿en qué me convierte exactamente eso?

Mi cerebro, que cuando agarraba vuelo no había quien lo parara, conectó de pronto otro recuerdo.

- ¡Espera! - Exclamé, acomodándome de golpe en su brazo para mirarlo directamente a la cara. - Hace tiempo, antes de todo este desastre del último nido en el océano, me dijiste que tú podías hacer que yo viviera durante mucho más tiempo. ¿Eso qué significaba? ¿Que de verdad puedo pasar la eternidad a tu lado? Porque si vivimos juntos para siempre, ¡eso definitivamente significaría que sería como una especie de diosa!

Di un pequeño aplauso con las manos, genuinamente emocionada por la idea.

- ¡Me encantaría pasar la eternidad a tu lado, Aldur! - Le confesé, sintiendo un cosquilleo de pura felicidad en el estómago. - La verdad no me importa si soy una diosa, una reina o una simple humana con magia, siempre y cuando sea contigo.

Aldur se quedó en el más absoluto y pesado de los silencios. Mantuvo la mandíbula apretada y la vista fija en el camino, con esa expresión estoica que usaba cuando estaba claramente desesperado por mi inagotable habladuría y ya no sabía cómo hacerme callar sin tirarme al suelo. Pero ya era inútil, yo ya me había entretenido y mi imaginación estaba volando alto.

- Ya puedo imaginarnos. - Continué, suspirando de forma soñadora mientras volvía a recargar la cabeza en su pecho. - Tú, harto hasta la muerte de mí, rogándole al vacío que me calle por un segundo, y yo sin parar de hablar durante siglos y siglos enteros. Seríamos un par único en la historia del universo, eso te lo aseguro.

Levanté la vista hacia él, dedicándole una sonrisa cargada de complicidad y travesura.

- Pero puedo prometerte algo, mi majestuoso Dios del Fuego: conmigo nunca, jamás, estarás aburrido. ¿Desesperado? Todos los días de tu eterna vida. Pero aburrido, jamás.

- Cállate ya, Mireille - Me ordenó Aldur, con un gruñido que vibró en su pecho.

Pero, por supuesto, no me detuve. Estaba demasiado enfrascada en mi propia ilusión, cegada por la burbuja de felicidad que yo misma había creado.

- Es en serio - Continué, ajena al cambio en su respiración y a la rigidez de sus hombros. - Nunca pensé que realmente lo lograría, ¿sabes? Encontrar al amor de mi vida, saber que nos vamos a casar... Todo suena tan perfecto. Solo faltarían...

Y entonces la palabra se me escapó de los labios antes de que pudiera frenarla.

- ...los hijos.

De repente, el bosque entero pareció quedarse en pausa. Hubo un silencio. Un silencio largo, pesadísimo y abrumadoramente incómodo. Incluso Elaruun detuvo su andar a unos metros de distancia, bajando las orejas como si percibiera la tensión cortante que acababa de asfixiar el aire.

La emoción se me escurrió del cuerpo de golpe. Levanté el rostro y lo miré a los ojos, ahora con una punzada de vergüenza apretándome la garganta por haber hablado de más. Pero la duda ya estaba ahí, flotando entre los dos, y no podía simplemente tragarla de vuelta.

- Aldur... - Susurré, con la voz de pronto pequeña y temblorosa. - ¿Nosotros dos... podríamos tener hijos?

Él se detuvo en seco. Soltó un suspiro áspero, pesado, y, sin decir una sola palabra de advertencia, aflojó su agarre y me bajó hasta dejarme de pie sobre la tierra. El cambio brusco de temperatura, de la calidez protectora de sus brazos a la brisa fría del bosque, me hizo sentir repentinamente desprotegida.

Se irguió frente a mí, mirándome desde toda su altura. Cuando sus pupilas verticales se encontraron con mis ojos, el fuego que antes me miraba con devoción se había extinguido por completo. Solo quedaba una frialdad absoluta, un muro de hielo y escamas.

- No - Respondió, con una voz tan afilada que pareció rasgarme la piel. - Es imposible que nosotros dos tengamos hijos. Soy un dios, Mireille. No estoy “diseñado” ni soy capaz de reproducirme. Mi existencia no funciona de esa manera.

Me quedé paralizada, sintiendo cómo un nudo helado se formaba en mi estómago. Él endureció aún más la mandíbula, y sus siguientes palabras fueron dagas precisas.

- Sé perfectamente que quieres una familia. Me lo has repetido hasta el cansancio - Continuó, con un tono implacable y cruel. - Pero es algo que yo jamás podré darte. Y, sinceramente, supuse que a estas alturas ya lo habrías deducido. ¿En qué cabeza cabe que alguien como tú podría tener o darle hijos a alguien como yo?

El impacto de sus palabras me golpeó con una fuerza devastadora, doliendo por todos lados a la vez.

Dolió porque era verdad: yo siempre había querido formar mi propia familia, criar a mis propios hijos, y me había atrevido a ilusionarme con la idea de que fuera con él.

Dolió porque la pura lógica me estaba dando una bofetada de realidad: yo era una simple humana, un cuerpo de carne y hueso, frágil y mortal. ¿Y él? Ese cuerpo atractivo que tenía frente a mí ni siquiera era el real. Su verdadera forma era la de un dragón primigenio, una bestia de fuego y ceniza más grande que una montaña colosal. ¿Cómo diablos iba yo a tener hijos con un ser así? Era, en efecto, biológicamente imposible. Una fantasía ridícula.

Pero lo que terminó de romperme por dentro en ese instante no fue la dura realidad de mi anatomía, ni la negación de mi sueño de ser madre. Fue la forma en la que me lo dijo.

Frente a mí ya no estaba el hombre que me había amado con desesperación en la orilla de un lago hace apenas unos días. Volvía a ser el creador intocable, con esos odiosos aires de grandeza, mirándome desde arriba como a un simple e inútil bicho que se había atrevido a soñar con algo muy por encima de su estatus.

Y darme cuenta de que, en el fondo, él seguía viéndome así... eso fue lo que dolió más que cualquier otra cosa.

Me tragué el nudo que se me había formado en la garganta. El escozor en mis ojos amenazaba con convertirse en lágrimas de frustración, pero me negué rotundamente a dejar que cayeran.

Conocía a Aldur. Sabía perfectamente que sus palabras afiladas eran su mecanismo de defensa más antiguo. Era su forma de alejarme, de golpear primero cuando se sentía acorralado por cosas que escapaban de su inmenso poder, como su propia naturaleza o su incapacidad de darme lo que yo quería.

Así que, en lugar de encogerme, retroceder o echarme a llorar como él probablemente esperaba que hiciera, di un paso al frente. Levanté ambas manos, ignorando la tensión rígida de sus hombros, y tomé su rostro entre mis palmas. Lo obligué a inclinar un poco la cabeza hasta que sus pupilas verticales, frías y a la defensiva, no tuvieron más remedio que clavarse directamente en las mías.

- Está bien - Le dije, obligando a que mi voz sonara firme, suave y cargada de una positividad terca que me negaba a soltar. - Tienes razón. Eres un dios, y tal vez es biológicamente imposible que tengamos hijos nuestros. Pero eso no significa que no podamos tener una familia, Aldur. Podemos adoptar.

Él frunció el ceño profundamente, genuinamente descolocado, como si le acabara de hablar en un idioma que no existía.

- ¿Adoptar? - Repitió, y una sombra de desdén cruzó su rostro.

Sabía lo que estaba pensando. En este mundo, especialmente entre los nobles y la realeza con la que mi madre había crecido, la sangre lo era todo. El linaje era la única moneda de valor real, y criar a un bastardo o a un niño sin tu sangre era visto como un tabú, una locura que ningún rey o señor de tierras aceptaría jamás.

- Sí, adoptar - Insistí, acariciando con los pulgares sus pómulos tensos para tratar de suavizar su expresión. - Allá afuera hay cientos de niños, huérfanos que lo han perdido absolutamente todo por culpa de las estupideces de los humanos, de las guerras o de la mismísima Putrefacción. Y tú eres un dios, maldita sea. Podemos hacer lo que queramos.

Vi cómo su respiración se atascaba un segundo en su pecho. Su coraza de hielo empezaba a agrietarse frente a mi terquedad.

- Estamos por encima de lo que los nobles consideren “bueno” o “correcto” - Continué, sintiendo que la ilusión volvía a encenderse en mi interior. - Podemos tomar a un niño que no tenga a nadie y darle todo. O a dos, o a todos los niños que queramos adoptar. Y si tú tienes el poder para hacer que yo viva por muchísimo tiempo, entonces tal vez puedas hacer lo mismo por nuestro hijo.

Me paré de puntitas, acercando mi rostro al suyo, mirándolo con una devoción total.

- Podríamos tener nuestra propia familia. Solo imagínalo. Nosotros tres, o los que decidamos ser, juntos. Así ya no serías solo tú cargando con el peso del mundo. Así tendrías un hogar de verdad, Aldur, y nunca... nunca más tendrías que volver a vivir oculto y completamente solo debajo de la tierra.

Pero antes de que pudiera decir una palabra más, Aldur dio un paso atrás brusco, rompiendo nuestro contacto de golpe como si mis manos lo estuvieran quemando.

Una risa sarcástica, fría y carente de cualquier rastro de humor, brotó de su garganta. El sonido hizo que los pájaros a nuestro alrededor salieran volando, espantados.

- Al parecer lo que no logras entender, Mireille, es que yo no quiero tener hijos. Y punto - Espetó. Su voz resonó con un eco metálico, despiadado, despojándose de cualquier rastro de la calidez de los últimos días. - Los hijos, la reproducción... todo eso es una simple función biológica para mantener viva a una especie que está destinada a morir. Es un instinto de supervivencia para seres inferiores. No es algo que un dios necesite, ni algo que un dios haga.

Me miró desde arriba, con las pupilas doradas entrecerradas y rebosantes de un desprecio absoluto.

- Mis hermanos y yo creamos esa patética necesidad solo para los seres vivos de la tierra. No para nosotros. Así que, para mí, ese sueñito tuyo de jugar a la casita es completamente estúpido y carece de cualquier maldito sentido. ¿Para qué necesito yo hijos?

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones, como si me hubiera dado un puñetazo directo en el estómago, pero él no había terminado de destrozarme.

- Los humanos son la plaga con mayores números en toda la tierra - Continuó, cada palabra cayendo sobre mí como un latigazo. - Tardarían millones de años en ser erradicados por completo. Así que el hecho de que tú decidas o no tener crías no afectará en literalmente nada al universo. Eres la cosa más minúscula e ínfima que pisa este mundo, Mireille. Así que sí, la idea de tener hijos es inútil. Es inútil, es estúpida... al igual que tú, claramente.

El insulto me golpeó con tanta fuerza que di un paso involuntario hacia atrás. Me quedé helada, con los brazos cayendo flácidos a mis costados, incapaz de articular un solo sonido. El dolor en mi pecho era tan agudo que por un segundo pensé que mi núcleo mágico se había vuelto a romper.

Aldur apretó los puños, su respiración agitada por una furia repentina que parecía venir de un lugar muy oscuro en su interior. Su coraza estaba de vuelta, más gruesa y llena de púas que nunca.

- Estoy perfectamente bien siendo lo que soy: un dios - Gruñó, con los dientes apretados y el fuego amenazando con desbordarse de sus ojos. - Y estoy harto. Verdaderamente harto de que constantemente intentes humanizarme. De que quieras cambiarme para que encaje en tu patético molde mortal. Yo soy así. Siempre lo he sido y siempre lo seré.

Se dio la vuelta a medias, dándome la espalda, y me lanzó una última mirada gélida por encima del hombro.

- Y si eso no es suficiente para ti... si no puedes soportar la realidad de lo que soy, entonces podemos dejar este absurdo romance hasta aquí. Volvemos a ser simples compañeros de viaje, arreglamos este mundo, y se acabó.

El silencio que siguió a sus palabras fue ensordecedor. Me quedé quieta, sintiendo cómo cada una de sus frases se me clavaba en el pecho como cristales rotos.

Él solo podía haberme dicho que no quería hijos y ya. ¿De verdad era necesario todo lo demás? ¿Era necesario llamarme estúpida, inútil, minúscula? Una vez más, su único objetivo había sido lastimarme. Y la pregunta que siempre me atormentaba volvió a hacer eco en mi cabeza: ¿Por qué? Si supuestamente me amaba, si apenas ayer me había tocado como si yo fuera la cosa más sagrada de la creación, ¿por qué intentaba humillarme y destrozarme una y otra vez?

En serio parecía que estaba lidiando con dos seres completamente distintos atrapados en un mismo cuerpo. Uno, el que me trataba como lo más importante de todo su vasto universo; y el otro, este dios altanero y cruel que me miraba como si yo no fuera más que un parásito aferrado a su bota. Simplemente no lo entendía.

Pero, ¿qué era lo peor de todo? Lo más humillante y patético de mi propia existencia en ese momento...

Que lo seguía amando. Demasiado. Con una fuerza que me aterraba y me consumía por igual.

Apreté los puños a mis costados, tragándome el nudo ardiente que amenazaba con ahogarme. Me estaba pidiendo que eligiera. Me estaba poniendo contra la espada y la pared: o soltaba mi estúpido sueño mortal de tener una familia, o lo soltaba a él. Y la respuesta, por más que me doliera admitirlo, era desgarradoramente simple.

Claro que lo elegía a él.

Sí, formar una familia y tener hijos siempre había sido mi sueño. Pero encontrar el amor verdadero también lo era. Y yo lo había encontrado en él; un amor feroz, inmenso, crudo y real. Los hijos, la casita, la familia perfecta... todo eso era solo una idea en mi cabeza, algo hipotético que ni siquiera sabía si alguna vez pasaría. Pero Aldur no. Aldur era real. Estaba parado frente a mí, con su fuego, su amargura, sus traumas y esa forma tan torpe y destructiva de amarme.

Podía vivir sin los hijos. O, al menos, eso fue lo que me repetí a mí misma en ese instante, forzando a mi corazón a aceptar el sacrificio.

Tomé una bocanada de aire temblorosa, parpadeando para alejar cualquier rastro de lágrimas, y levanté la barbilla. Di un paso hacia su espalda, acortando la distancia que él había puesto entre los dos.

- No - Dije, y mi voz salió sorprendentemente firme, sin un solo quiebre. - No vamos a dejar nada hasta aquí, y no vamos a volver a ser solo compañeros de viaje.

Aldur se tensó, pero no se giró.

- Tienes razón - Continué, obligándome a enterrar mi propio sueño bajo tierra para que él no viera cuánto me había costado soltarlo. - Los hijos son solo una idea hipotética. Una tontería. Pero tú eres real, Aldur. Estás aquí. Y si tengo que elegir entre una vida con una familia imaginaria o una eternidad contigo, te elijo a ti. Siempre a ti.

Me acerqué un poco más, extendiendo la mano hasta que mis dedos rozaron la tensión rígida de su brazo.

- Así que no, no voy a huir solo porque te asustaste y decidiste escupir veneno para alejarme. Puedo vivir sin hijos. Pero no quiero vivir sin ti. Así que deja de intentar sabotearnos, porque no me voy a ir a ningún lado.

Aldur se giró lentamente para mirarme. La frialdad en sus pupilas verticales no desapareció ni un poco, pero asintió con un movimiento tenso y rígido de cabeza.

- Has tomado la decisión correcta - Sentenció, con esa voz implacable que sentía como una losa de piedra sobre mis hombros. Luego, con un gesto seco hacia el camino, añadió: - Súbete a Elaruun de una vez y sigamos avanzando. Si seguimos perdiendo el tiempo con estas estupideces, jamás llegaremos al castillo.

No dije nada más. Mi garganta dolía demasiado como para intentar hablar. Asentí en silencio, seria y con un peso enorme aplastándome el pecho, y caminé hacia el inmenso ciervo. Elaruun soltó un bufido suave y pareció entender perfectamente mi estado de ánimo, porque bajó la cabeza y se inclinó para facilitarme la subida.

Una vez sobre su lomo, me abracé a su cuello. Hundí y oculté mi rostro en su espeso pelaje gris ceniza, cerrando los ojos para no tener que mirar la espalda de Aldur mientras caminaba frente a nosotros.

Elaruun comenzó a trotar con un ritmo suave y constante. Físicamente, seguíamos avanzando. Seguíamos juntos. Había “salvado” nuestra relación, pero no podía olvidar sus palabras crueles resonando en mi cabeza como un eco venenoso. Y, por más que intentara reprimirlo, tampoco podía olvidar el hecho irrefutable de que... jamás tendría hijos.

Mientras el bosque pasaba a nuestro alrededor, yo solo podía pensar en eso.

Trataba de racionalizarlo. Sí, era joven. Antes de todo este infierno de la Putrefacción, antes de conocer la verdadera identidad de Aldur y de que el fin del mundo me respirara en la nuca, yo misma me repetía constantemente que era demasiado joven. Que aún no estaba lista para ser madre ni de broma.

Pero saber de golpe que nunca lo sería era una cosa totalmente distinta.

Antes, no estar lista era mi decisión. Tenía la opción. El futuro era un camino abierto que yo podía explorar a mi propio ritmo. Pero ahora, esa puerta se había cerrado de golpe frente a mis narices, con seguro y para siempre.

Apreté los puños sobre el pelaje de Elaruun, intentando tragarme la amargura. Me repetí a mí misma, una y otra vez, que tal vez era lo mejor. Es decir, ni siquiera sabía cómo sería como madre. ¿Qué tal si era horrible? ¿Qué tal que, en lugar de ayudar, amar y guiar a mis hijos, terminaba haciéndoles daño o cometiendo errores irreparables? Quizás mi destino no era criar, sino destruir la Putrefacción. Quizás la vida me estaba ahorrando el dolor de fallarle a alguien más.

Sí. Tenía que ser así. Tal vez esto era lo mejor.

Solo él y yo.

Por siglos y siglos. Viendo pasar las eras, las guerras y los reinos. Para toda la eternidad.

Nosotros dos. Completamente solos.

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