Pan y magia
Cada mañana, Hendrick sale de su casa y parte hacia el centro; su destino son los mercados de la ciudad. Allí, realiza distintos pedidos a los comerciantes locales, paga por adelantado y regresa a casa. A menudo suele encontrar despierto a su sobrino Hanzel una vez regresa, como si el rechinar de la puerta al salir fuera la razón de terminar con su sueño. Ambos toman asiento frente a su cuadrado comedor y desayunan lo que Hanzel ha preparado mientras su tío estaba fuera de casa. Esta rutina se ha repetido desde que Hanzel terminó sus estudios básicos hace 2 años, pero estos últimos meses una cosa cambió.
Tras terminar su desayuno, tío y sobrino regresan a los mercados para recoger los pedidos de Hendrick: costales de harina, de azúcar y de sal; frutas varias para rellenar y decorar los panes, canastas de huevo y jarrones de leche. Esto normalmente suele tomarles alrededor de tres horas, así que durante ese tiempo, ambos se convierten en un carnaval de materiales de horneo. Si tuvieran una carreta su carga se reduciría bastante, pero no tendrían donde dejarla cuando estuviera en desuso. Ambos son magos, ¿por qué no usan su magia para facilitar esta tarea? Pues dado que en donde viven, la ciudad de Robles —una pequeña localidad situada al costado de un denso bosque—, el uso de la magia en público está prohibido y no les queda más que esperar a estar en casa para hacer uso de sus habilidades. Aunque esta regla es algo que vuelve famosa a la ciudad, puesto que en la mayoría de lugares la magia está limitada y no prohibida. Como en la capital del reino, la ciudad de Centralia. Allí el uso público de la magia se permite, pues Centralia es la sede de la academia de magia más grande en el reino. Aunque tener una escuela donde enseñen diversos hechizos a adolescentes, la haga sonar como un lugar donde podrían ocurrir bastantes problemas, Centralia es de hecho un lugar pacífico —aunque esta paz solo sea en la parte de la ciudad fuera de los muros de la escuela—.
Desde pequeño, Hanzel siempre ha estado fascinado por la magia, aun con lo poco que veía de ella. En su educación básica le enseñaron los principios de la magia, cosas como evitar la enfermedad del maná, ejercicios de respiración para mantener a raya las emociones y hechizos básicos permitidos, como revitalizar, luz mágica, purificar, entre otros. Aunque a Hanzel le encantaba todo eso, siempre lo sintió como insuficiente. Estando limitado por la escuela, Hanzel buscó ayuda en otras partes, primero con su tío Hendrick, quien siempre se ha dedicado a la panadería. Hendrick no era un mago especialmente habilidoso, o al menos eso decía él mismo, pero dominar el calor de los hornos y evitar que la levadura muriera en el invierno requería un control del maná que la escuela básica jamás enseñaría. Al ver el brillo de frustración en los ojos de su sobrino, el viejo panadero comenzó a dejar que Hanzel moldeara la masa, enseñándole a infundir calor milimétrico con las yemas de sus dedos. Algo de lo que Hendrick sí presumía ante su sobrino, era su conocimiento en las runas, pues era él mismo quien tallaba en piedras las runas que usaban en casa. Normalmente, no existe un castigo para quienes hacen esto, siempre y cuando permanezcan como uso personal, pero comercializar con ellas sí que era un delito grave, por esa razón, Hendrick no le enseñó a su sobrino la escritura rúnica de forma inmediata.
Sin embargo, la curiosidad de Hanzel era un río imposible de contener. El muchacho pasaba horas en silencio, memorizando los movimientos del panadero. Observaba el ángulo exacto en el que Hendrick sostenía el cincel y cómo sus labios se movían al recitar el hechizo de activación. En cuanto su tío se alejaba para atender los hornos o despachar a los clientes, Hanzel se escabullía hasta el taller. Con el corazón acelerado, repasaba con la yema de sus dedos los surcos recién tallados en las piedras, estudiando el patrón de los símbolos y vinculándolos con el efecto que producían más tarde: una runa que mantenía el agua fresca, otra que repelía la humedad del sótano, o aquella que templaba los ladrillos de la cocina. No pasó mucho tiempo antes de que Hendrick descubriera las huellas de harina sobre sus herramientas de grabado. Al ver a su sobrino imitando los trazos en pedazos de arcilla rota detrás de la casa, el viejo panadero suspiró con una mezcla de orgullo y preocupación. Comprendió que el hambre de Hanzel por la magia no se detendría ante las advertencias. <<Si no le enseño a hacerlo bien, terminará provocando un accidente>> —pensó Hendrick, cruzándose de brazos mientras observaba al niño—. <<Y si se lo prohíbo, lo hará a escondidas hasta meterse en un problema con la guardia>>.
Un día, tras haber vendido la última cesta de pan, Hendrick se acercó a su sobrino y del bolsillo de su mandil sacó un viejo diario de cuero desgastado, con los bordes carcomidos por el tiempo y manchas de grasa en la portada. Ese diario era del propio Hendrick, de cuando era más joven y apenas empezaba a aprender el lenguaje rúnico. Al abrirlo, Hanzel no encontró la caligrafía perfecta de los escribas reales, sino trazos torpes, anotaciones apresuradas al margen y advertencias sobre los errores que su tío había cometido en su juventud. Para el muchacho, aquello era un tesoro invaluable; era la guía de un tejedor de runas real, con todas sus imperfecciones y secretos. Aquel diario significó un gran avance para el aprendizaje de Hanzel, aunque muy pronto se quedaría corto.
Todos los días, después de la escuela y de ayudar a su tío con algunas actividades, un pequeño Hanzel de doce años salía apresurado de casa y se adentraba en el bosque, en dirección al río que lo atravesaba. Fue ahí donde no solo siguió la guía de su tío, sino que la expandió, experimentando de diversas formas con lo que estaba anotado en las páginas. Junto a ese río, Hanzel ganó sus primeras marcas de aprendizaje —como les decía él a las heridas—. Cuando no estaba en aquel río, la magia no se alejaba mucho de él. De camino a la escuela y a su casa siempre pensaba en nuevas formas de darle utilidad a las runas, pensaba en la importancia del material y cómo afectaba al hechizo resultante en esa runa, pensaba en qué hechizos se creían incompatibles con las runas y en cómo hacerlos funcionar. Noches hubo donde en sueños se veía rodeado de montañas de piedras, libros abiertos y polvo cubriendo sus zapatos. Hanzel estaba obsesionado con esa magia, lo sabía y sintió que debía detenerse. Por supuesto que no dejaría de practicarla, pero dedicar su vida solo a las runas no era lo que él quería. Hanzel sabía que su tío no podría hacer nada más por él, así que una tarde, cuando se suponía que saldría al río a seguir practicando, se dirigió hacia el centro de la ciudad, hacia la biblioteca.
A diferencia del bullicio de los mercados, la biblioteca de Robles era un edificio de piedra, silencioso y húmedo, atendido por ancianos que rara vez prestaban atención a los jóvenes. Al principio, para un Hanzel de doce años y medio, el plan fue simple: entrar con el uniforme escolar, esconder un pequeño tomo de teoría elemental bajo su desgastada casaca y salir caminando con el corazón latiéndole en la garganta. Pero el conocimiento de la sección pública pronto se volvió tan insuficiente como las lecciones de la escuela. Los verdaderos secretos, los grimorios sobre las corrientes de maná, la transmutación avanzada y los tomos de manipulación de maná, estaban bajo llave en la Sección Este, un ala restringida protegida por pesadas rejas de hierro y sellos mágicos de alarma.
Durante los siguientes dieciocho meses, la biblioteca de Robles fue su verdadero campo de entrenamiento. Aprendió a forzar cerraduras con el mismo buril que usaba para tallar piedras runizadas. Utilizó el hechizo básico de purificación para eliminar el chirrido de las bisagras oxidadas y la luz mágica comprimida al tamaño de una aguja para leer los títulos en la oscuridad absoluta de la medianoche, cuidando de no alterar las patrullas nocturnas de la guardia de la ciudad. Su vida se transformó en un ciclo peligroso: hurtar a medianoche, copiar los hechizos a toda prisa en hojas sueltas durante la madrugada, y devolver el libro a su estante al día siguiente antes de que los bibliotecarios notaran su ausencia.
Quién diría que de toda esa seguridad, de todas esas patrullas de guardias, la persona que lo descubriría sería su tío Hendrick. Su tío había dedicado casi toda su vida a hornear y vender pan, pero este no era un límite para él, relacionarse con tanta gente durante cuarenta años le había dado la habilidad que todo comerciante anhela tener; leer a las personas. Una mañana mientras Hanzel regresaba a escondidas a casa, su tío lo sorprendió intentando entrar por la ventana trasera, fue ahí donde finalmente lo confrontó.
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