El día en que un rubio de negro me arruinó el vicio
Por favor, pónganse en situación. Afuera de un hotel, una marea de mujeres esperando. Pero no cualquier grupo: todas vestidas bajo un dress code que parecía sacado de una película sadomasoquista o de una fiesta muy underground. Cuero negro, látex, encaje... una locura. El ambiente estaba cargado de una ansiedad casi desesperada, con gritos y cantos que molestaban los oídos. Yo miraba de reojo desde el costado de la calle y solo podía pensar: ¿Quién demonios es el artista que esperan con tanta locura?
La verdad, a mí me importaba poco. Estaba aburrida y perdiendo la paciencia esperando a mi amiga para irnos a un bar. En fin, me prendí un cigarrillo para calmar los nervios, aunque admito que la curiosidad me estaba ganando. Además, si alguien me miraba, perfectamente podía pasar por una de ellas. Yo amo el negro. Ese día andaba con unos pantalones de cuero ajustados, una polera con un escote de esos que no piden permiso y que resaltaba mis atributos, el pelo negro, largo y con ondas, y los labios rojos. Ya saben, el uniforme oficial de cuando te sientes una mujer empoderada, segura y lista para comerte el mundo.
De repente, el griterío explotó a un nivel extremo. Mis tímpanos casi mueren.
Miro hacia la entrada del hotel y ahí estaba: un grupo de hombres saliendo, y en el centro, “El Personaje”. El tipo levantó la mano y la masa de mujeres cayó en una histeria colectiva absurda. Unas lloraban, otras imploraban autógrafos, otras estiraban el teléfono como si les fuera la vida en ello. El tipo, hay que decirlo, era un amor de persona; con una sonrisa y una amabilidad increíble, se acercó a cumplirles los caprichos a casi todas.
Yo seguía ahí, fumando, analizándolo a la distancia como quien ve un documental de Discovery Channel. El espécimen medía más o menos 1.80, era delgadísimo, de tez muy blanca y ojos rasgados. Un asiático con toda la onda. Vestía de negro con ropa súper suelta y un gorro que dejaba ver un poco de pelo rubio. Aretes, anillos, collares... puro glamour y moda. Yo seguía sin tener la más mínima idea de quién era, pero admito que el show de las fans estaba divertidísimo. De verdad, ¿cómo puede salir un sonido tan estridente de cuerpos tan pequeños?
El tipo agarró el teléfono de una chica, se dio la vuelta para hacerse una selfie y sus guardias de seguridad —con una paciencia de santos— vigilaban el perímetro para que nadie se descontrolara.
Listo. Fotos terminadas. El rubio se empezó a despedir caminando hacia atrás, tirando besos y saludando a la distancia mientras su equipo lo cercaba para escoltarlo directo a la entrada VIP del hotel.
El problema es que el genio, distraído con los gritos, se desvió un par de pasos hacia el lateral del hotel, justo donde la estructura del edificio formaba una columna ancha. Los guardias se concentraron en contener la masa de fans que empujaba desde el frente, abriendo un punto ciego a los costados. Yo estaba apoyada justo detrás de esa columna, oculta de la seguridad, pero a un paso de la vereda. El tipo siguió retrocediendo sin mirar hacia mi esquina, apurando el paso para entrar, ¡y vi en cámara lenta cómo su espalda se venía encima de mí!
—¡Auch! ¡Fíjate por donde caminas! —le grité del susto—. ¡Chocaste con mi cigarrillo y lo botaste!
Uff, mi cara de fastidio se debió notar a tres cuadras. Al verme salir de la sombra de la columna, dos guardias se tensaron de inmediato y dieron un paso al frente, pero el rubio los detuvo con un gesto de la mano, visiblemente sorprendido.
—Oh, I’m so sorry! Are you okay? —me preguntó, inclinando la cabeza con genuina preocupación.
Yo me le quedé mirando fijamente, capté que me soltaba una especie de sermón donde reconocí palabras como ”smoke" y ”health“, pero el resto fue pura música para mí; no entendí nada.
—Sí, yes, okay... —balbuceé, moviendo las manos como si estuviera espantando moscas—. Solo... mi cigarrillo, ¿entiendes? ¡Pum! Al suelo.
El rubio soltó una risita, de esas que le achican los ojos hasta dejarlos como dos líneas perfectas. Se dio cuenta de mi cara de “perdida” con el idioma, así que sacó su teléfono con total naturalidad, tecleó algo rápido en una aplicación y me lo extendió con una sonrisa. En la pantalla se leía, en un perfecto español de traductor de Google: “Lamento el daño. Déjame reemplazarlo”. Mientras él hablaba, yo lo miraba de cerca intentando descifrar qué carajos tenía de magnético para que las tipas de afuera siguieran gritando como locas.
En eso, uno de sus guardias saltó al rescate, en un español muy entendible. Me explicó que su jefe se estaba disculpando y que, en compensación por haberme arruinado el cigarrillo, quería comprarme una cajetilla nueva. Me preguntó si iba a estar cerca más tarde para traérmela, porque el artista estaba ahogado en el hotel y quería salir a caminar un rato.
—No te preocupes, da igual, ya me voy a juntar con mi amiga —le respondí, tratando de sonar casual, aunque por dentro estaba pensando: ¿Acaso todos los asiáticos son así? Porque el guardia era altísimo, tenía un cuerpazo y estaba maravillosamente guapo.


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