Capitulo 1
El timbre interno del cerebro de Liam no funcionaba con horas exactas, sino con la urgencia del despertador de la mesita y los gritos cruzados desde el pasillo. La voz de su madre atravesaba la puerta de la habitación con esa cadencia de los lunes que no admitía réplica. Entre sueños, con la modorra pesada de quien apenas ha dormido tres horas, los pensamientos se le enredaban en una lógica absurda y febril:
—Ciat... claro que quiero un lsd... ah, es verdad, que no puedo tomar drogas por la medicación... nos vamos a quedar tarde para geografía...
Liam se sobresaltó de golpe, incorporándose con un latigazo en las cervicales. Notó un peso extraño sobre las mantas, una presión familiar y molesta en el costado de la cama. Al enfocar la vista, descubrió a su hermana Lara plantada allí mismo, vistiendo únicamente un sujetador deportivo y un pantalón largo de chándal, mirándole con total naturalidad.
—Pero bueno, Lara, ¿qué haces ahí en mi cama? —soltó Liam, frunciendo el ceño, todavía medio desubicado.
—Hola, Liam —respondió ella sin inmutarse lo más mínimo.
—Eres de lo que no hay, de verdad...
Laia apareció asomada por el marco de la puerta, cruzada de brazos y con una expresión de reproche mezcla de asco y sorna familiar.
—Es una pervertida, ¡es nuestro hermano! Y además sabes perfectamente que a él le gusta Ciat, no sé a qué juegas.
—¿De qué coño estáis hablando? —bufó Liam, frotándose la cara con las manos para quitarse las legañas—. Y da igual, ¡que llegamos tarde!
Salieron escopetados de casa sin probar bocado, corriendo por las aceras de Valencia con la mochila a medio cerrar y el tiempo pisándoles los talones. Al llegar a las inmediaciones del Comenius, el ambiente habitual de un lunes por la mañana brillaba por su ausencia. No había corrillos en la entrada, ni risas, ni el bullicio de los chavales apurando los últimos cigarrillos antes de que sonara el timbre.
El silencio era absoluto y espeso. Y lo peor no era el silencio, sino el rastro. Una estela de sangre fresca y arrastrada manchaba los escalones de la entrada principal, adentrándose por el vestíbulo.
Mientras ascendían por las escaleras a toda prisa, Lara sacaba el móvil para marcar de inmediato a emergencias y Laia comenzaba a grabar con la cámara temblorosa, registrando las salpicaduras rojas que tapizaban las paredes y las taquillas destrozadas. Al llegar al final del pasillo del tercer piso, la temperatura pareció desplomarse.
Allí, inmóviles y mudos de horror, se quedaron perplejos. Ya no sentían miedo; solo una rabia fría, repentina y animal.
Un autómata de diseño grotesco, una aberración de porcelana fina blanca mezclada con mecanismos industriales expuestos, estaba agachado sobre los restos mutilados de Ciat y de su amigo Josemi. El bicho los tenía empotrados contra la pared; el tórax de ambos jóvenes estaba desgarrado y devorado con precisión quirúrgica, las manos amputadas y el suelo convertido en un matadero.
—¡Huid! ¡Largo de aquí! —gritó Liam con una voz que no parecía suya.
Laia y Lara echaron a correr despavoridas hacia las escaleras de emergencia, mientras Liam se plantaba en medio del pasillo para bloquear a la criatura y darles tiempo.
Abajo, el revuelo de las sirenas y la llegada de los patrulleros cortó la calle. La policía irrumpió en el edificio con las armas en alto, avanzando con cautela por la planta baja hasta que escucharon los golpes secos y el crujir de la porcelana en los pisos superiores.
—A lo lejos se oye algo... creo que hay dos alumnos pegándose arriba —comentó uno de los agentes por la emisora, acelerando el paso.
Cuando las autoridades subieron a trompicones por el hueco de la escalera, la escena que encontraron desafiaba cualquier manual de instrucción: el autómata con forma de sirvienta de porcelana tenía atrapado a Liam, intentando desgarrarle el cuello, pero el chaval, con los nudillos ensangrentados y una furia ciega, le estaba reventando la coraza a golpes limpios, resistiendo el envite con una fuerza sobrehumana.
—¡Rápido, rompan la porcelana, joder! ¡Disparen a la puta cabeza, no puedo aguantar más! —vociferó Liam, forcejeando con el mecanismo.
Los policías, desconcertados y sin terminar de procesar si aquello era una broma macabra o una pesadilla real, abrieron fuego a quemarropa. Las balas de los reglamentarios destrozaron la cerámica en mil pedazos, reduciendo a la muñeca mecánica a una masa inútil de escombros y chatarra humeante.
Con las lágrimas cayéndole por las mejillas, con la respiración rota y el chándal empapado en sudor y sangre ajena, Liam se arrodilló junto a los restos destrozados de sus amigos, agarrando del brazo al agente más cercano.
—Por favor... por favor, mire las cámaras de seguridad. Déjame mirar las grabaciones de la entrada —suplicaba con la voz quebrada—. La que está ahí tirada es Ciat... y el de al lado es mi mejor amigo, Josemi... ¡alguien los ha metido aquí!
El agente, con el rostro pálido, ordenó a uno de los técnicos de seguridad recuperar el archivo del circuito cerrado. En la pantalla del monitor, la verdad emergió con una crudeza heladora: las cámaras mostraban a una figura en la penumbra, oculta tras un pasamontañas, arrastrando una caja de cartón de la que, segundos antes de desatar la masacre, había liberado al autómata de porcelana antes de desaparecer sin dejar rastro mientras el edificio entero comenzaba a apagarse y morir.
El murmullo de las sirenas y el llanto desconsolado de los familiares al fondo del patio quedaron en un segundo plano cuando el veterano agente de policía se acercó con paso firme hacia el grupo familiar. Llevaba la gorra antidisturbios en la mano y el ceño fruncido por una mezcla de fatiga y un profundo respeto forzado a base de ver demasiado horror en las calles de Valencia.
Se detuvo frente a los padres de Liam, que seguían abrazando a los tres hermanos con el rostro todavía pálido por el susto, y carraspeó antes de hablar.
—¿Son ustedes los padres de Liam? —preguntó el agente, con la voz grave y marcada por los años de servicio.
Su madre, aferrada a la sudadera de Liam como si fuera lo único sólido que quedaba en el mundo, asintió con la respiración entrecortada, sin saber qué más desgracia les iba a caer encima.
—Escuchen bien —continuó el policía, mirando fijamente a los ojos al padre y a la madre, y luego desviando la vista hacia el chaval, que seguía con los nudillos ensangrentados y la mirada clavada en el suelo—. Tienen que saber una cosa. Lo que ha hecho su hijo ahí dentro... no tiene nombre.
El padre, frunciendo el ceño y con el corazón en un puño, le interrumpió con un hilo de voz:
—¿De qué habla? ¿Qué ha pasado? Si solo es un crío...
—Lo que ha pasado es que un maldito terrorista ha colado una bestia mecánica en este instituto para masacrar a los chavales —sentenció el agente con rotundidad, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. Hemos revisado el acceso, las cámaras y los destrozos. Una máquina de matar diseñada para no dejar rastro. Y su hijo, sin pensárselo, se ha plantado cara a cara frente a ese monstruo mecánico y se ha enfrentado a él a pulso, a puño limpio y con una maldita barra de hierro, mientras el resto huía para salvar la vida.
El policía hizo una pausa, tragó saliva y puso una mano firme sobre el hombro de Liam, apretando con una mezcla de admiración y pesadumbre.
—Señores... su hijo ha actuado como un puto héroe. Si no llega a ser por sus reflejos y por cómo ha retenido a esa cosa, estaríamos sacando bolsas de cadáveres de todo el edificio. Ese chaval nos ha salvado la vida a varios de los que estábamos fuera y ha evitado una matanza todavía mayor.
Los padres se quedaron mudos, mirando a Liam con los ojos abiertos de par en par, incapaces de procesar que el chaval con el que habían desayunado un café con leche apenas una hora antes acababa de protagonizar una pelea a muerte contra una aberración de metal en los pasillos de su propio colegio.
Los informativos de mediodía de todas las cadenas nacionales echaban humo. La locura desatada en Valencia acaparaba cada titular con letras rojas y urgentes: "Masacre y caos mecánico en un instituto de Valencia: ¿Terrorismo o tecnología descontrolada?". Las imágenes en bucle mostraban el pánico en las calles, los corrillos de padres desesperados y la incertidumbre de una ciudad sumida en el terror absoluto.
En el salón de su casa, con la televisión parpadeando ante sus ojos, Liam permanecía en silencio junto a sus padres, tragando saliva con dificultad mientras las noticias especulaban sobre bandas criminales y contratos en la sombra con mafiosos sin rostro. Nadie fuera de esas paredes sabía la verdad.
Pero a kilómetros de allí, en la fría y silenciosa sala de control de la comisaría central, la perspectiva era completamente distinta.
Los agentes especializados revisaban una y otra vez las grabaciones brutales de las cámaras de seguridad del instituto. En las pantallas se veía cómo el terrorista abría la caja del animatrónico y huía despavorido para no ser devorado, dejando atrás una estela de muerte donde el autómata, convertido en una maza implacable, masacraba a sangre fría al conserje, profesores y alumnos.
La tensión en la sala se cortaba con un cuchillo hasta que la grabación llegó al momento clave: Liam interponiéndose para salvar a los niños supervivientes.
El inspector jefe detuvo la reproducción justo en el fotograma del impacto.
En la pantalla, el puño de Liam conectaba de lleno contra la coraza de la máquina. Pero lo que hizo contener la respiración a todos los presentes no fue solo la brutalidad del golpe, sino el estallido: unas intensas espasmos y chispas de energía morada brotaron de sus manos, haciendo tambalearse y crujir los circuitos del autómata como si de un cortocircuito sobrehumano se tratara.
El inspector se quedó petrificado, parpadeando ante el brillo violeta que aún parecía impregnar la pantalla. Se pasó una mano por la cara, soltando un suspiro cargado de resignación.
—Este tío no es normal —murculó el agente, señalando el monitor con incredulidad—. Aparte de que pudo plantar cara a una maza mecánica que estaba matando gente a la ligera... ¿habéis visto las chispas moradas que suelta? Ningún crío de su edad hace eso.
El técnico de al lado tecleó rápidamente en su terminal, arrojando los datos del expediente en la pantalla secundaria.
—Los registros dicen que tiene dieciséis años, inspector.
El inspector soltó una maldición por lo bajo, frotándose las sienes con frustración mientras sopesaba el tamaño del problema.
—Perfecto. Dieciséis años. Por lo menos la ley permite que trabaje, pero lo malo es que vamos a tener que lidiar con un montón de papeleos legales absurdos, permisos especiales y superiores respirándonos en la nuca para meterlo en cintura —zanjó, con una media sonrisa irónica reflejada bajo la luz morada—. Localizad su dirección. Si ese crío puede desatar chispas de esa categoría, más nos vale tenerlo de nuestro lado antes de que la mafia o la prensa lleguen a él.
Los sueños de Liam el día de hoy:








