Prólogo
La luz azul del teléfono era el único faro encendido en la penumbra de la habitación. Afuera, la ciudad parecía haber bajado el volumen, pero dentro del pecho de Carolina el ruido era ensordecedor.
7:45 AM.
Dejó caer el dispositivo sobre las sábanas blancas después de enviar esas dos palabras acompañadas de un emoticón casi tímido: “Buenos días”. Un gesto diminuto que, hasta hacía apenas un par de semanas, desencadenaba una lluvia instantánea de respuestas, notas de voz de cuatro minutos y bromas compartidas que le devolvían la ligereza al día. Lucas era ese destello imprevisto que había logrado romper la monotonía de su rutina.
La jornada transcurrió con la calma engañosa de una marea baja. En la oficina, las horas se sucedieron en un goteo monocromático: reuniones interminables de las que apenas registró los temas, tazas de café que se enfriaban sobre el escritorio y una sombra persistente en el fondo de su mente. Cada vez que la pantalla vibraba con una notificación del banco o una alerta absurda, el corazón de Carolina daba un vuelco estúpido para luego desplomarse.
Lucas no había respondido.
Para cuando la tarde comenzó a teñir el cielo de un gris pesado, la sospecha inocente de la mañana ("seguro está tapado de trabajo", "tal vez se le olvidó el celular" ) mutó en una red apretada de pensamientos obsesivos. Carolina repasó mentalmente la conversación de la noche anterior. Releyó cada línea buscando la palabra equivocada, el tono fuera de lugar, la grieta diminuta por donde el interés de Lucas hubiera podido colarse y evaporarse. Las mariposas en el estómago se habían transformado, sin previo aviso, en un nudo de plomo a la altura del esternón. ¿Qué había hecho mal? ¿O peor aún, qué había cambiado?
11:30 PM.
Llegó a su departamento con los hombros cargados de tensión. Se quitó los zapatos en la entrada, se puso la pijama sin prender las luces y se metió en la cama. El silencio de la casa pesaba el doble que el cansancio físico.
2:00 AM.
El segundero del reloj marcaba un compás lento y burlón. Carolina miraba fixamente el techo, atrapada entre el agotamiento absoluto y la hiperactividad de una mente incapaz de apagarse. Había perdido cualquier vestigio de esperanza. El día oficial había terminado, llevándose consigo la ilusión de que el silencio de Lucas fuera solo un malentendido pasajero. Se sentía profundamente sola, pequeña, expuesta a su propia vulnerabilidad.
A las 3:14 AM, una vibración corta y seca rompió el aire.
Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal. Estiró la mano a ciegas en la oscuridad, con la respiración contenida y la garganta completamente seca. Una parte idiota de su cerebro se aferró a la ilusión de ver el nombre de Lucas iluminado en el cristal, disculpándose por la tardanza.
Pero no era Lucas.
La pantalla proyectaba un nombre que Carolina no leía desde hacía meses. Un nombre que había intentado erradicar de su vida a base de distancia, terapia y lágrimas contenidas. Un fantasma al que le había jurado la puerta cerrada para siempre.
Mateo: Hola.
Cuatro letras. Una sola palabra. El dique que tanto le había costado construir se derrumbó en un chasquido invisible. Con la ausencia de Lucas quemándole el pecho, el pasado acababa de meter la mano por la rendija para arrastrarla de vuelta al abismo.








