Prólogo
El agobiante llanto de aquel niño rompió el silencio del lúgubre bosque que rodeaba el pueblo. Las peleas entre sus padres eran cosa de todas las noches, pero esta vez el niño actuó diferente.
—¡Víctor, basta! —gritó desesperada—. ¡Apestas a alcohol! ¡Los niños no tienen la culpa! —gritó señalando a Connor, quien se aferraba con fuerza a su hermana mayor, Rennie.
Gloria forcejeaba con su esposo, intentando proteger a sus hijos. Tal desesperación se acrecentó cuando vio a su hijo esfumarse en un abrir y cerrar de ojos. Connor escapó con el impulso de un agónico frenesí, cruzó la puerta y se adentró a la penumbra del intimidante bosque. Gloria empujó al robusto Víctor, e intentó alcanzar a Connor, pero una dolorosa caída a escasos metros de la entrada bastó con detenerla, como consecuencia de su rodilla lastimada.
Connor ya no estaba. Solo veía árboles altísimos devorados por la niebla y la oscuridad, suficientes para provocar los peores horrores en la mente de una madre. Víctor, por su lado, ni se inmutó. Reposó sobre el enorme sofá de cuero marrón sin emitir una sola palabra, pero con una expresión de «ya volverá».
El niño de diez años ya había sacado mucha ventaja. Huía sin destino alguno, mientras sollozaba sin parar. No veía nada de lo que tenía en frente, y aunque quisiera, sus lágrimas se lo impedirían. En ese trayecto, estrelló sus piernas violentamente contra el tronco de un roble viejo, y se dio de cara contra el pasto húmedo. Al menos, el tronco era de esos árboles huecos y esponjosos, por lo que llegó a amortiguar el golpe un poco, pero causando dolorosos raspones. El cansancio, el dolor y la angustia que sentía en su pequeño pecho eran insoportables. No solo era un niño de 10 años perdido en un bosque; ¿cómo volvería a casa si no sabía por dónde había llegado? Era la primera vez que se adentraba allí. ¿Su familia podría encontrarlo a tiempo? Sus pensamientos eran amplificados por la atmósfera, al unísono de su respiración agitada y el corazón bombeando sangre a un ritmo inquietante. Ante el pánico visceral, se acurrucó sobre sí mismo esperando lo peor.
Connor sintió un hocico húmedo que rozó su mejilla. El niño, por mero reflejo, contuvo la respiración. Frente a él no se encontraba un animal salvaje ni un depredador. Por sus colores inconfundibles, se trataba de un cachorro pastor alemán que se había acercado a olerlo con curiosidad. El perrito llevaba consigo un pequeño chaleco blanco de bordes negros, y poseía tanto una correa de nailon desparramada en la tierra como una pequeña agarradera en su lomo.
El canino no tenía malas intenciones. Comenzó a rodearlo y a juguetear con él, como si de su amo se tratase. Connor esbozó una pequeña mueca risueña porque era el primer ser vivo que le transmitía cariño en mucho tiempo. Antes de que pudiera tender su mano para acariciar a su nuevo amigo, el crujido de unas pisadas le obligó a levantar la vista.
Entre las ramas de la maleza, apareció una figura que desentonaba por completo con la hostilidad y lo sombrío del bosque. Era una niña pequeña, con una piel tan blanca que irradiaba su propia luz ante la oscuridad que los acechaba, y una sonrisa que emanaba felicidad, ternura y delicadeza. Vestía un tierno pijama de color rosa, un enorme moño rojo atado en el pelo y pantuflas de conejo. En su frente, los mechones de su cabello blanco caían armoniosamente. Tanto el cabello como su piel hacían un contraste perfecto con la oscuridad de esa noche, eran de un color albino único. Sus ojos, aunque grises y brillantes como la luna, expresaban una mirada extrañamente perdida. La niña poseía su propia atmósfera que avasallaba por completo al lúgubre bosque. Por su lado, Connor intentaba mantener el silencio para no llamar la atención de la niña.
—Oh, ¡al fin te detuviste, traviesa! —suspiró la niña, sonando agotada y alegre a la vez —¿Volvemos a casa, Paris? —acariciando a su mascota.
La cachorrita respondió con un ladrido corto, como si le comunicara de algo. Ella ladeó la cabeza, repentinamente sorprendida.
—¿Uh? ¿Hay alguien ahí? —preguntó, mientras se aferraba a la agarradera del chaleco de Paris.
Connor se negaba a dar respuesta alguna. El crujir de las ramas, el soplar del viento y el sonido de los animales nocturnos hacían aún más pesada la situación. El pelo de Nyarla se veía sacudido por una fría brisa, mientras esperaba respuesta.
—Sé que estás ahí —exclamó impaciente la dulce pequeña, mientras, con ayuda de Paris, se iba acercando cada vez más a Connor —Dime, ¿estás bien? —preguntó ella.
Un ahogado sollozo involuntario de Connor le delató finalmente.
—Déjame ayudarte… —musitó la niña acercándose. Extendió su pálida y brillante mano hasta acercarla y posarla suavemente sobre el tenso hombro del niño—. No tengas miedo….
Connor cerró los ojos por mero reflejo, hasta que sintió un pequeño cosquilleo en el hombro, como si fuera una suave electricidad, parecido a la mala suerte de tocar un picaporte con energía estática, pero con menor efecto. Cuando abrió los ojos por curiosidad, su perplejidad se volvió aún mayor. Vio a aquella niña brillando más de lo normal. Ya no era un destello de belleza o delicadeza; era un destello de luz, como si la niña fuera una estrella. Sus ojos se convirtieron en nebulosas blancas de una brillantez encandilante.
Por su lado, la consciencia de la niña ya no estaba en el bosque. Estaba viendo a través de los ojos de él, dejando ver su extraordinaria condición: podía ver los recuerdos de las personas. A través de la mente de Connor, observó en primera persona el terrorífico recuerdo reciente: la figura autoritaria de su padre y sus gritos amenazantes, su madre forcejeando con él, cosas preciadas de Connor siendo destruidas frente a él, y ante todo esto, podía sentir cómo el niño temía por su vida, e incluso, sin deseos de continuar con ésta. La mamá intentaba detener al violento hombre mientras su preocupada hermanita, más grande que Connor, se aferraba a él y tapaba sus oídos. Los dos hermanos, llenos de desesperación y tristeza. La visión de la niña culminó con Connor reuniendo coraje para atravesar la puerta de entrada, y escapar de casa.
La niña, con una genuina expresión de preocupación, retiró su mano del hombro de Connor. El pequeño estaba paralizado del miedo, ya no solo por su situación, sino porque no sabía qué era aquella niña.
—No eres muy feliz en tu hogar, ¿verdad? —preguntó ella.
Connor retrocedió arrastrándose por el pasto, con muchísimas preguntas.
—¿Qué…? ¿Qué me hiciste? ¿Cómo sabes lo de mi casa? —exclamó tartamudeando, luego de varios segundos sin poder expresar ni una sola palabra.
La niña soltó una risita tierna, satisfecha de que al fin consiguió una respuesta.
—Es una larga historia —dijo la pequeña— ¡Soy Nyarla! ¿Tú cómo te llamas?
—Co-Connor. Me llamo Connor. —respondió con timidez, aún algo asustado, pero siendo contagiado de manera inminente por la calidez de la niña.
—¡Gusto en conocerte, Connor! Ella es Paris, mi guía —dijo Nyarla, agachándose para acariciar a la perrita, que respondió con un par de ladridos alegres—. Mamá nos deja salir juntas para entrenarla… y entrenar yo también —dijo entre risas.
Connor observó cómo la mirada de Nyarla se mantenía fija en un punto del vacío, y la curiosidad comenzó a ganarle al miedo.
—Y… ¿puedes verme? —lanzó la incómoda pregunta de forma tímida.
—No, ¡soy ciega! —respondió con alegría.
—Pero, tus ojos… ¡¿Qué fue todo eso?! ¿Cómo sabes lo de mi casa?
—Lo vi a través de tus ojos.
—¡¿C-Cómo?!
—Es algo así, yo tampoco lo entiendo.
—Salían luces de tus manos, tus ojos se pusieron raros y… y… —dijo buscando una explicación—. ¡¿Acaso eres un alien?!
Nyarla estalló de risa.
—¡No lo soy! Es como un superpoder, ¡pero no le cuentes a nadie! —dijo rogando. —será nuestro secreto.
—¿Cómo lo haces?
—Nací así —expresó con normalidad. —¡Pero nadie puede saberlo!
—¿O sea que nadie sabe de... eso? —preguntó Connor, interesándose aún más por quien consideraba una superheroína real.
— Mis papás, algunos amigos suyos, el maestro de física… pero no importa, ¡cuéntame lo de tu casa! —dijo queriendo abruptamente de tema.
Connor sonrió tenuemente, y clavó la mirada al suelo, tragando saliva y viéndose obligado a responder esa amarga pregunta.
—No soy muy feliz en casa. Mi padre es un señor difícil.
—¡Lo vi! Parecía un hombre muy malo. —exclamó con una mezcla de preocupación y euforia.
—¿Vives en la casa del otro lado? —preguntó él, señalando con el pulgar hacia un extremo bosque.
Nyarla asintió lentamente. Su expresión cambió. Ya no estaba alegremente eufórica, ahora expresaba seriedad, raro para ella hasta ahora.
—Sí, estamos aislados, por alguna razón. No puedo hablar con nadie, ni tener amigos….
La expresión de Nyarla ya había cambiado por completo. Era como si su luz se hubiera apagado por el mero hecho de contarlo.
—No te sientas mal, yo no tengo muchos amigos que digamos.
Ambos niños se miraron en un profundo silencio, unidos por el duro sentimiento de la soledad. De pronto, un pensamiento de Nyarla hizo que sus comisuras ascendieran lentamente, y sus ojos brillaran, hasta que lo manifestó:
—¡¡¿Podemos ser amigos?!! —exclamó Nyarla.
La explosiva reacción dejó a Connor sin palabras.
—¡Ups! Lo siento —se disculpó Nyarla rápidamente—. Es que solo puedo salir por las noches a tomar un poco de aire… y ver las estrellas a través de los ojos de Paris —levantó su rostro hacia el cielo nocturno—. Me gustaría ser una estrella, para estar rodeada de otras y no estar tan sola.
La confesión golpeó el frágil interior de Connor. Conmovido, y con una determinación nueva, se armó de valor.
—Sí, podemos ser amigos.
Y probablemente sea la primera oportunidad en su vida en exclamar esa frase. El niño no tenía la habilidad de forjar amistades fácilmente, o integrarse en grupos; aquellos que se formaban naturalmente en escuelas o clubes, pero que le excluían siempre. Comprendía perfectamente a Nyarla.
—¡¡Yey!! —gritó Nyarla, lanzándose hacia adelante para darle un abrazo, intentando adivinar dónde estaba parada Connor—. ¡Este será nuestro lugar secreto! Nos veremos aquí todas las noches.
Connor sonrió, aunque calculando fríamente la logística de sus escapes.
—Mis padres no me dejarán venir por las noches, ni tampoco todos los días… ¿qué tal en las tardes?
—Tengo clases hasta las tres, así que… ¡¿qué tal a las cinco estar aquí?!
—¿Vas a la escuela del pueblo?
Nyarla miró cierta extrañeza.
—Uhm, no. Recibo clases en casa.
—Entiendo.
Hubo un breve silencio antes de que Nyarla retomara su hiperactividad.
—Si alguno no puede venir, ¡viene y deja una nota en el árbol! —dictaminó—.
¡Ya sé, ya sé! Traeré galletas mañana. Me gusta cocina.
—¡Delicioso! —respondió Connor —pero… ¿cómo haces para...?
—Cocino a través de los ojos de mamá.
Connor sonrió. No tenía sentido lo que estaba escuchando, pero no tenía sentido ser incrédulo tras la experiencia vivida, por lo que se limitó a insistir.
—Y, dime… ¿cómo es ir a la escuela? —preguntó Nyarla.
—Bueno, es un poco aburrido. Ya sabes, a veces los maestros son amargados, las clases aburridas, mis compañeros me….
—¡¡CONNOR!!
Un grito angustiante interrumpió la charla bruscamente, sobresaltando a los dos infantes. De entre la maleza apareció Rennie, la hermana mayor. A diferencia de su hermanito, ella se había adentrado en ese lúgubre bosque, ahora convertido en una zona de amistad exclusiva, por mera valentía y conociendo el camino.
—¡¡Vuelve a casa, por favor!
El pánico volvió a apoderarse de Connor, sabía que tenía que volver a su realidad.
—¡No volveré! ¡Papá está loco!
—Papá se quedó dormido. Mañana recuperará la consciencia y hablaremos. Mamá está angustiada, está al borde del colapso. ¡Vuelve! —insistió su hermana, con la respiración agitada y uniendo las palmas de sus manos en una súplica.
Connor dudó. Tragó saliva, encogió los hombros y miró hacia el suelo, sabiendo que debía obedecer a su hermana mayor y volver. Fue entonces cuando su hermana notó a la niña blanca.
—Hey, no sabía que tenías una amiga….
Nyarla le dedicó una enorme sonrisa, acompañada de un alegre cierre de ojitos. Estaba oyendo la discusión entre hermanos, pero se mantenía pulcra.
—¡Soy Nyarla, mucho gusto! ¿Tú cómo te llamas? —dijo con entusiasmo, extendiendo rápidamente su mano, aunque fallando por pocos metros hacia la dirección en donde estaba parada la joven.
La adolescente soltó una pequeña risa entre tanta tensión, un poco sorprendida por la desbordante energía de Nyarla, y por su peculiar aspecto físico.
—Mucho gusto, Nyarla. Me llamo Rennie, soy la hermana de Connor. —saludó con su mano.
Rennie y Connor se miraron entre sí, dándose a entender con su mirada que, en efecto, la niña era ciega.
El niño se acercó a Nyarla, sintiendo el peso de la despedida inminente.
—Me tengo que ir, fue un gusto conocerte —dijo, esbozando una risa—. Y le dio un fuerte abrazo.
Nyarla rió con mucho esbozo, y le devolvió el abrazo más fuerte que había dado jamás.
—Nyarla, ¿vas a volver sola? ¿no quieres que te acompañemos? —preguntó Rennie con preocupación.
—¡No pasa nada! Vivo al otro lado —dijo Nyarla sonriendo.
—¿Y cómo vas a volver? Es muy peligroso aquí —.
—Paris es mi guía. Ella me lleva a todos lados. ¡No te preocupes! —dijo con una sonrisa adorable e imborrable. En respuesta, Paris lanzó más ladridos.
Rennie, ante la ridícula e inentendible situación, confió en Nyarla y en su fiel compañera. No solo porque era convincente, sino porque quería que la noche terminara ya. Estaba tan confundida como impresionada, pues no veía a Connor como un niño sociable con amistades secretas. Los tiernos amigos se saludaron por última vez aquella noche. Rennie y Connor se marcharon, dejando a Nyarla sola en la quietud del bosque, acariciando a su perrita.



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