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El desastre del buzón de entrada

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Sinopsis

Candela comete un error al enviar un correo, eso da pie a que le sucedan diversos incidentes haciendo que su corazón esté a punto de sufrir un infarto... Comedia romántica

Genero:
Humor
Autor/a:
MaríEn
Estado:
hace 3 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Viernes, 18:00 (o cómo arruinar tu carrera en un solo clic)

Candela tenía un pie en la calle. Literalmente. Su bota izquierda de ante ya apuntaba hacia la moqueta gris del pasillo que conducía a la libertad y, en su mente, sonaba con coros celestiales incluidos el crujido de la masa de una pizza de cuatro quesos recién horneada. Era viernes. Eran las seis de la tarde. El fin de semana se desplegaba ante ella como un oasis sagrado de sofás, maratones de series de crímenes sin resolver y cero responsabilidades corporativas.

Había sobrevivido a otra semana bajo el yugo de la nueva dirección de la firma de arquitectura. Solo tenía que mover el ratón tres centímetros a la derecha, hacer clic en el botón de “Apagar equipo” y huir antes de que el sensor de movimiento del edificio detectara su presencia y la retuviera como rehén.

Ping.

El sonido de la notificación del correo corporativo resonó en el silencio de la oficina casi vacía como si fuera la campana del juicio final. Candela cerró los ojos con fuerza. Ignóralo, se dijo a sí misma, con las manos suspendidas sobre el teclado. No lo mires. Eres un fantasma. Ya no estás aquí. Eres polvo en el viento.

Pero la pantalla parpadeó con esa urgencia maliciosa que solo tienen los correos marcados con el dichoso icono rojo de “Prioridad Alta”. Y el remitente, en negrita y con letras mayúsculas que parecían gritar desde la bandeja de entrada, era la oficina de Dirección General.

Suspiró, dejó caer la mochila sobre la silla con un ruido sordo y abrió el mensaje.

Lo que leyó hizo que se le helara la sangre en las venas y, tres segundos después, que le hirviera a una temperatura capaz de fundir el acero de los cimientos del edificio. El nuevo CEO, el intocable, inexpresivo y temido Víctor —un hombre que parecía haber sido esculpido en hielo antártico y trajes de diseño a medida—, exigía un dosier exhaustivo del proyecto de urbanismo de la zona sur. De inmediato. Para llevárselo a un “retiro estratégico” de fin de semana que no figuraba en ningún calendario, en un hotel de lujo en la costa, para reunirse con unas inversoras.

—No me lo puedo creer —murmuró Candela a la pantalla, sintiendo cómo un tic nervioso empezaba a latirle bajo el ojo derecho—. Es una broma. Tiene que ser una broma macabra. El universo me está castigando por haberme comido el último yogur de la nevera comunitaria el martes pasado.

La frustración la cegó por completo. La pizza de cuatro quesos se esfumó de su mente, reemplazada por una visión de ella misma encadenada a la silla ergonómica del escritorio hasta la medianoche, tecleando hasta que se le cayeran los dedos. Sus manos, temblando de pura indignación, volaron sobre el teclado. Iba a desahogarse. Necesitaba soltar todo el veneno antes de ponerse a compilar gráficos de viabilidad, así que abrió un nuevo mensaje destinado a su amiga Vicky, la única persona en el departamento de contabilidad que entendía su profundo sufrimiento y compartía su odio visceral por la burocracia.

Escribió en el destinatario la letra “V”, pulsó la tecla de tabulación para que el sistema autocompletara la dirección por inercia, y empezó a teclear con la furia de mil soles:

Asunto: El Tirano y su “retiro” de fin de semana

¿Me explicas en qué universo es legal que Su Majestad nos secuestre un viernes a las seis de la tarde para hacer un dosier que NO estaba en el calendario? Todo porque de repente le ha entrado el capricho de irse de paseíto de fin de semana con esas empresarias. Retiro estratégico, mis narices. Seguro que solo van a beber champán caro en copas de cristal de Bohemia mientras yo me quedo aquí consumiendo luz fluorescente y perdiendo la poca juventud que me queda. Si el lunes no aparezco, busca mi cuerpo bajo la máquina de café.

Aspiró una gran bocanada de aire, satisfecha con su nivel de dramatismo, y, sin pararse a leerlo dos veces, golpeó la tecla de Enviar con más fuerza de la estrictamente necesaria.

Fiuuu.

El correo desapareció de la pantalla. Candela se recostó en la silla, sintiéndose un uno por ciento más ligera. Estiró el cuello, lista para resignarse a su trágico destino, abrir los archivos CAD y empezar a montar el maldito dosier, cuando su mirada se desvió por inercia hacia la carpeta de “Elementos enviados”.

Leyó el destinatario de su mensaje bomba.

Parpadeó.

Se frotó los ojos con los nudillos, convencida de que las malditas luces fluorescentes por fin le habían provocado un derrame cerebral o una alucinación óptica severa.

Pero las letras seguían ahí. Nítidas. Implacables. Brillando con la intensidad de un letrero de neón que anunciaba su ruina absoluta.

No ponía “Vicky - Contabilidad”.

Ponía Víctor - CEO.

Candela dejó de respirar. Literalmente. Sus pulmones decidieron que aquel era un buen momento para declararse en huelga indefinida. El pánico, un pánico frío, oscuro y absoluto, se apoderó de sus extremidades. Trató de acercar el ratón al botón de “Deshacer envío”, pero sus manos temblaban tanto que tiró el portalápices de rejilla metálica al suelo, esparciendo bolígrafos y marcadores por toda la moqueta. El mensaje de “El tiempo para deshacer esta acción ha expirado” apareció en pantalla con la frialdad de un verdugo ajusticiando a su víctima.

—Oh, Dios mío —gimió, llevándose las manos a la cabeza y resbalando en la silla hasta quedar casi a la altura del teclado—. Oh, Dios mío. Estoy muerta. He fallecido laboralmente. Me va a despedir. Me va a despedir un viernes por la tarde. Me va a arrancar la cabeza, la va a poner en una pica en la sala de juntas para que sirva de escarmiento al resto del departamento de diseño, y luego me va a despedir sin indemnización.

Empezó a hiperventilar. El oxígeno no le llegaba al cerebro. ¿Podía desenchufar el servidor principal de la empresa provocando un apagón masivo? ¿Podía fingir que le habían hackeado el ordenador unos piratas informáticos rusos especializados en ofender a altos ejecutivos? ¿Podía cambiar de identidad, teñirse de rubia platino y mudarse a un fiordo noruego a criar alpacas en el anonimato?

Ping.

El sonido la hizo pegar un salto que casi vuelca la silla hacia atrás.

Un mensaje nuevo en su bandeja de entrada.

Remitente: Víctor - CEO.

Candela tragó saliva. Le temblaba hasta el alma. Con el dedo índice rígido como una tabla de planchar, hizo clic, esperando encontrar su carta de despido redactada en impecable lenguaje legal.

Asunto: RE: El Tirano y su “retiro” de fin de semana

Estimada Candela.

Para su tranquilidad, le informo de que las inversoras superan los sesenta años y padecen de acidez estomacal severa, por lo que el champán queda totalmente descartado de la agenda estratégica. Se beberá agua con gas.

Envíeme el archivo digital en PDF a este mismo correo antes de la medianoche para poder revisarlo durante el viaje. La copia física, impresa y encuadernada, puede dejarla en mi mesa el lunes a primera hora. Le sugiero que abandone su escondite bajo la máquina de café; el equipo de limpieza pasa a las ocho y detestan encontrar obstáculos no identificados en su ruta.

Salga de la luz fluorescente.

Atentamente,V.

Candela se quedó mirando la letra “V” parpadeando en la pantalla hasta que los ojos le escocieron. ¿V? ¿Acaso el mismísimo diablo firmaba con una sola inicial para ahorrar tiempo? No había un despido fulminante. No había un requerimiento de Recursos Humanos pidiéndole que vaciara su mesa en una caja de cartón de mudanzas. Solo había un sarcasmo tan cortante, seco y gélido que Candela tuvo que cruzarse de brazos para entrar en calor.

Dejó caer la frente contra el escritorio con un golpe sordo.

Vale. No estaba despedida. Aún. Pero la realidad de la situación la golpeó con la sutileza de un yunque de dibujos animados: seguía teniendo que entregar ese gigantesco dosier el lunes a primera hora, lo que significaba que su fin de semana empezaba oficialmente... nunca.

Cogió el móvil con manos temblorosas y tecleó un mensaje rápido para Vicky: “He cometido suicidio corporativo. Cancela la pizza. Venga mi muerte. Atrapada en la oficina hasta nuevo aviso”.

Tres horas después, la oficina era un páramo desolador. Las luces de los pasillos se habían apagado automáticamente, dejando solo las lámparas de emergencia y el halo blanquecino de la pantalla de Candela, que llevaba ya revisadas ochenta páginas de gráficos de viabilidad, planos de parcelas y áridas normativas municipales.

El estómago le rugió con una ferocidad que rivalizaba con un león del Serengeti. Había intentado ignorar el hambre, pero a las nueve de la noche, la necesidad de supervivencia básica se impuso al terror corporativo. Se arrastró por el pasillo en penumbra hacia la sala de descanso. El silencio era tan absoluto que sus propios pasos sobre la moqueta le sonaban ensordecedores.

Llegó frente a la máquina expendedora, esa misma bajo la que había prometido esconder su cadáver. Emitía un zumbido eléctrico deprimente. Tras el cristal, iluminado por una luz mortecina, descansaba su única opción de cena: un sándwich mixto envasado al vacío que tenía un aspecto sospechosamente pálido y que probablemente llevaba ahí desde la administración del anterior director general.

Metió las monedas con profunda resignación. La espiral metálica giró con una lentitud agonizante. El sándwich se tambaleó en el borde... y se quedó atascado.

—No me jodas —susurró Candela, pegando la cara al cristal—. No hoy. Hoy no.

Apoyó ambas manos en el cristal y le dio una sacudida a la máquina. Nada. Le dio un golpe con la cadera, arriesgándose a un hematoma. El sándwich la miraba desde el borde, burlándose de su miseria con su triste loncha de queso asomando. Estaba a punto de quitarse la bota para usarla como arma contundente cuando escuchó el traqueteo de un carrito metálico a sus espaldas.

Se giró de golpe, pálida como el papel.

Allí estaba Rosa, la veterana jefa del turno de noche del personal de limpieza, empujando su carro lleno de productos de desinfección. Rosa era una mujer de unos sesenta años, pequeña, enérgica y con una mirada sabia que decía claramente que a lo largo de su carrera había limpiado cosas peores que las lágrimas de una arquitecta frustrada un viernes por la noche.

—¿Aún por aquí, chiquilla? —preguntó Rosa, deteniendo el carro y apoyándose en el mango de la mopa—. Es viernes. A tu edad deberías estar bailando en algún sitio, tomándote un vino, no peleándote con una máquina tragaperras que solo da disgustos y colesterol del malo.

—La máquina me ha robado la cena, Rosa —gimió Candela, señalando el sándwich atrapado con un dramatismo digno de una tragedia griega—. Y mi jefe me ha robado la vida. Es un tirano. Un dictador sin alma que se alimenta del sufrimiento de sus empleados y de mi tiempo libre.

Rosa chasqueó la lengua, sacó un enorme manojo de llaves del bolsillo de su delantal azul, abrió el panel lateral de la máquina expendedora con la destreza técnica de una ladrona de bancos profesional, y sacó el sándwich cautivo. Se lo entregó a Candela dándole unas palmaditas compasivas en la mano.

—Todos los jefes son iguales, hija. Mucho traje caro, mucho maletín de cuero, pero luego no saben ni dónde se tiran los cartuchos de la impresora. —Rosa le guiñó un ojo divertido—. Anda, cómete eso, aunque te advierto que sabe a cartón piedra, y vete a casa. Que las paredes de esta oficina se encogen por la noche y te vas a quedar en los huesos.

—Ojalá pudiera —suspiró Candela, abriendo el tirante de plástico del sándwich con los dientes—. Tengo que dejar un dosier perfecto en la mesa de Su Majestad para el lunes a primera hora. Me juego el puesto. Literalmente. No te haces una idea de la estupidez épica que he cometido hoy por correo electrónico.

—Pues no te entretengas mucho revisando comas. Y no te preocupes tanto, chiquilla. El lunes el sol vuelve a salir para todos, hasta para los estirados de la planta de arriba que se creen los reyes del mambo.

Rosa siguió su camino por el pasillo, arrastrando el carrito mientras tarareaba por lo bajo una canción antigua. Candela se quedó sola en la sala de descanso, masticando un pan de molde que, efectivamente, sabía a tristeza, a conservantes y a cartón mojado.

Volvió a su escritorio arrastrando los pies. Durante las siguientes dos horas, no hubo nada más en todo el piso que el tecleo frenético, el clic nervioso del ratón y el zumbido constante de la impresora escupiendo folios a todo color. A las once y media de la noche, exhausta y con los ojos ardiéndole por la dichosa luz fluorescente, Candela colocó la última página, alineó los bordes con precisión quirúrgica y grapó el documento. Cien páginas de perfección urbanística pura y dura.

Tomó el dosier entre los brazos como si fuera un bebé recién nacido de incalculable valor y caminó hacia la zona noble de la oficina. El despacho de Víctor estaba al final del pasillo principal, custodiado por puertas dobles de cristal esmerilado que imponían un respeto reverencial incluso estando cerradas y a oscuras.

Entró con cuidado, sintiéndose como una intrusa en un santuario prohibido. El despacho olía a limpieza, a café recién molido muy caro y a un levísimo pero embriagador rastro de colonia amaderada. Estaba inmaculado. No había un solo papel fuera de lugar, ni un clip suelto, ni un mísero Post-it de colores rompiendo la armonía. Era el escritorio de un psicópata del orden. O, definitivamente, de un hombre de hielo.

Depositó el dosier justo en el centro geométrico de la impoluta mesa de caoba.

Retrocedió dos pasos en silencio, observando su obra. Estaba hecho. Había sobrevivido al fatídico viernes. Pero mientras se abotonaba el abrigo y caminaba hacia los ascensores para abandonar por fin el edificio, el estómago se le encogió de nuevo en un nudo doloroso, y esta vez no era por culpa del sándwich caducado de la máquina.

El lunes tendría que volver a cruzar esas puertas de cristal. Y esta vez, el monstruo de hielo estaría sentado en su silla ejecutiva, con sus trajes a medida inquebrantables y su sarcasmo letal, sabiendo perfectamente que ella lo había llamado “Tirano” por escrito y había amenazado con morir bajo la cafetera.

Que Dios, o quien quiera que estuviera al mando de los recursos humanos del universo, se apiadara de su pobre y caótica alma.

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