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🧚🏻‍♀️ EL HADA QUE NO PODÍA MENTIR✨One-shot✨

Sinopsis

Freen pertenece a un mundo donde las hadas jamás pueden mentir. Pero después de caer accidentalmente en el jardín de una humana llamada Becky, comienza a descubrir que la verdad puede ser mucho más peligrosa que cualquier mentira.

Genero:
Romance
Autor/a:
Queen
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1

🧚🏻‍♀️ EL HADA QUE NO PODÍA MENTIR ✨

ONE-SHOT

Freen Sarocha × Becky Armstrong

Género: Romance, fantasía, comedia romántica y drama.

I. EL HADA QUE APARECIÓ EN EL JARDÍN

Becky Armstrong tenía una regla que jamás debía romper:

No salir de casa después de medianoche.

No era supersticiosa. Al menos, eso se repetía a sí misma cada vez que recordaba las advertencias de su abuela.

«Cuando el reloj marque las doce, deja que la noche se quede con sus secretos. Hay cosas en este mundo que no están destinadas a ser encontradas».

Durante años, Becky había obedecido aquella recomendación sin hacer demasiadas preguntas.

Hasta aquella noche.

Un golpe procedente del jardín interrumpió la tranquilidad de su habitación.

Después llegó otro.

Y finalmente, un sonido parecido a un gruñido.

Becky dejó el libro sobre la cama.

—Perfecto.

Miró el reloj.

12:17 a. m.

—Definitivamente no voy a salir.

Otro golpe sacudió las ramas del viejo árbol.

Becky cerró los ojos.

—No.

Silencio.

—No voy.

Una rama volvió a crujir.

—Maldita sea.

Cinco minutos después estaba descalza en el jardín, sosteniendo una linterna en una mano y un viejo palo de escoba en la otra.

—Si eres un ladrón, te aviso que aquí no tenemos nada de valor.

—Eso es mentira.

Becky se quedó inmóvil.

La voz había surgido de algún lugar frente a ella.

—¿Quién dijo eso?

—Tú.

—¿Yo?

—Acabas de decir que no tienes nada de valor.

Becky levantó lentamente la linterna.

Y entonces la vio.

Una mujer estaba sentada bajo el viejo árbol, con una mano apoyada sobre el césped y la otra sujetándose el costado.

Tenía el cabello oscuro, largo y ligeramente despeinado. Llevaba un vestido claro que parecía tejido con hilos de luz y su piel estaba rodeada por un resplandor dorado.

Pero aquello no fue lo que hizo que Becky olvidara respirar.

Fueron sus alas.

Dos delicadas estructuras transparentes, semejantes a las de una mariposa, brillaban detrás de sus hombros. Una de ellas tenía una pequeña fisura luminosa.

Becky bajó lentamente el palo.

—Ah.

La desconocida levantó la mirada.

—Hola.

Becky parpadeó.

—¿Eres...?

—Sí.

—¿Un hada?

—Sí.

—¿De verdad?

—No acostumbro mentir.

Becky se quedó observándola.

—Esto es mucho.

El hada inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Mucho?

—Esta mañana estaba preocupada porque olvidé comprar leche y ahora tengo un hada en mi jardín.

—No pareces asustada.

—Todavía estoy procesándolo.

La desconocida sonrió.

—Soy Freen.

—Becky.

—Lo sé.

Becky levantó una ceja.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Freen señaló discretamente hacia la entrada de la casa.

—Está escrito en el buzón.

—Ah.

Hubo un breve silencio.

Becky volvió a observar sus alas.

—¿Qué haces en mi jardín?

Freen apartó la mirada.

—Tuve un accidente.

—¿Un accidente?

—Sí.

—¿Volando?

—Sí.

Becky miró las ramas del árbol.

Después contempló las alas de la desconocida.

—¿Te caíste?

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Choqué contra una rama.

Becky apretó los labios.

—¿Un hada chocó contra una rama?

—No es necesario que repitas mis desgracias.

Becky soltó una carcajada.

Freen la miró con fingida indignación.

—No tiene gracia.

—Perdón.

Becky intentó contenerse.

Fracasó.

Y, para su sorpresa, Freen terminó sonriendo también.

—Eres bastante extraña, humana.

—Y tú eres bastante torpe para alguien que tiene alas.

—Empiezo a arrepentirme de haber caído aquí.

—Pues todavía puedes marcharte.

Freen intentó levantarse.

Una punzada recorrió su espalda y sus alas emitieron un destello irregular.

Becky dejó de sonreír inmediatamente.

—Espera. No te muevas.

—Estoy bien.

—Eso no ha sonado convincente.

—Porque no estoy acostumbrada a que los humanos me den órdenes.

—Y yo no estoy acostumbrada a encontrar criaturas mágicas heridas debajo de mis árboles. Parece que ambas tendremos que adaptarnos.

Becky se acercó y le ofreció una mano.

Freen la observó durante unos segundos antes de aceptarla.

Y cuando sus dedos se encontraron, una diminuta chispa dorada recorrió sus manos.

Ninguna de las dos supo qué significaba.

Todavía.

II. UNA REGLA MUY IMPORTANTE

Freen se quedó aquella noche.

Solo aquella noche.

Eso aseguró varias veces.

Becky le llevó una manta, una taza de té y un pequeño recipiente con miel.

—No necesitas hacer todo esto —comentó Freen.

—Estás herida.

—No es grave.

—Tienes un ala lastimada.

—Se reparará.

—¿Cuánto tardará?

Freen dudó.

—No lo sé.

Becky dejó la manta sobre sus hombros.

—Entonces tendrás que descansar.

—Los humanos sois muy insistentes.

—Y las hadas sois muy orgullosas.

Freen sonrió ligeramente.

Becky le entregó la taza.

—¿Puedes beber té?

—Por supuesto.

—¿Comes?

—Sí.

—¿Qué comen las hadas?

—Frutas, néctar, miel y algunas flores.

Becky miró el recipiente.

—Entonces he acertado con la miel.

Freen asintió.

—Gracias.

Becky se sentó frente a ella.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Puedes hacer todas las que quieras.

—¿Por qué no puedes mentir?

La sonrisa de Freen desapareció lentamente.

Miró el vapor que se elevaba de la taza.

—Es una ley de nuestra naturaleza. Las hadas estamos unidas a la verdad mediante nuestra magia. Podemos guardar silencio, podemos negarnos a responder e incluso podemos hablar con acertijos. Pero no podemos pronunciar deliberadamente una mentira.

—¿Y qué sucede si lo intentas?

—La magia nos castiga.

—¿Cómo?

Freen levantó la mirada.

—Nuestra luz se debilita. Y si insistimos, podemos perder nuestros poderes.

Becky se quedó pensativa.

—Eso debe ser complicado.

—Lo es.

—¿Por qué?

—Porque los humanos decís muchas cosas que no sentís.

Becky bajó ligeramente la mirada.

—A veces las personas mienten porque tienen miedo.

—Lo sé.

—O porque no quieren lastimar a alguien.

—También lo sé.

—¿Y nunca puedes hacerlo? ¿Ni siquiera por una buena razón?

Freen negó con la cabeza.

—La verdad no siempre es amable, Becky. A veces puede convertirse en un arma.

Aquella respuesta hizo que Becky dejara de sonreír.

Por primera vez, comprendió que la incapacidad de mentir no era un simple detalle curioso de la naturaleza de Freen.

Era una condena.

—Entonces debe ser difícil vivir así.

Freen la observó.

—Mucho más de lo que imaginas.

Becky se acomodó a su lado.

—Bueno, mientras estés aquí, no tienes que responder nada que no quieras.

Freen giró lentamente el rostro hacia ella.

—¿Por qué eres amable conmigo?

Becky se encogió de hombros.

—Porque estás sola, herida y aparentemente no sabes esquivar árboles.

Freen soltó una carcajada.

—Definitivamente eres extraña.

—Y tú definitivamente necesitas dormir.

Aquella noche, Freen descubrió algo que no había experimentado en mucho tiempo.

La tranquilidad de estar junto a alguien que no esperaba nada de ella.

III. UNA VISITANTE DEMASIADO FRECUENTE

Freen regresó a la noche siguiente.

Y a la siguiente.

Y a la siguiente.

Siempre aparecía después del anochecer, cuando las primeras estrellas comenzaban a iluminar el cielo.

Al principio aseguraba que solo necesitaba comprobar que su ala estuviera recuperándose.

Después empezó a llevar pequeñas flores luminosas para Becky.

Más tarde descubrió que podía entrar por la puerta principal sin que nadie la persiguiera con una escoba.

Y finalmente dejó de fingir que sus visitas tenían alguna justificación.

Becky comenzó a esperarla.

Preparaba dos tazas de té, dejaba un espacio libre en el sofá y, algunas noches, incluso compraba frutas que sabía que le gustaban.

Una tarde, mientras preparaba la cena, escuchó una voz detrás de ella.

—Eso huele extraño.

Becky se giró.

Freen estaba apoyada en el marco de la cocina.

—Buenas noches para ti también.

—Buenas noches.

Becky señaló la olla.

—Estoy preparando pasta.

Freen se acercó.

—¿Puedo probarla?

—Todavía no está lista.

—¿Por qué?

—Porque necesita cocinarse.

—¿Y cuánto tiempo?

—El necesario.

Freen observó la olla.

—Los humanos complicáis demasiado las cosas.

—Dice la criatura que necesita luz de luna para reparar sus alas.

—Es un proceso perfectamente sencillo.

Becky soltó una carcajada.

Minutos después, le sirvió un pequeño plato.

Freen probó un bocado.

Becky la observó expectante.

—¿Y?

Freen masticó lentamente.

—Está demasiado cocida.

Becky abrió la boca.

—¡Oye!

—Me preguntaste.

—Podrías haber sido amable.

—Puedo ser amable y decir la verdad.

—Entonces voy a cocinarte otra cosa.

Freen negó con la cabeza.

—No necesitas hacerlo.

Becky dejó el tenedor.

—Pero quiero.

Freen la miró con una expresión que Becky empezaba a reconocer.

Era aquella mirada que aparecía cuando algo la sorprendía de verdad.

—¿Por qué?

Becky se encogió de hombros.

—Porque me gusta que estés aquí.

El silencio se instaló entre ambas.

Freen dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Nada.

—Becky.

—¿Qué?

—No dijiste nada que pueda interpretarse como nada.

Becky se rio nerviosamente.

—Solo dije que me gusta tu compañía.

Freen bajó los ojos hacia sus manos.

—A mí también me gusta estar contigo.

Becky sintió que el corazón le daba un pequeño salto.

—¿Mucho?

Freen levantó la mirada.

—Muchísimo.

Y aquella vez ninguna de las dos encontró una respuesta ingeniosa.

IV. LA VERDAD TIENE ALAS

Una noche, Becky decidió comprobar hasta dónde llegaba la honestidad de su visitante.

Se sentó frente a Freen con una expresión demasiado seria para resultar convincente.

—Tengo preguntas.

—Eso suele ser peligroso.

—Y tienes que responderlas sinceramente.

—Siempre lo hago.

Becky sonrió.

—¿Te caigo bien?

—Sí.

—¿Mucho?

—Sí.

—¿Te gusta venir a mi casa?

—Sí.

—¿Te gusta hablar conmigo?

—Sí.

—¿Te gusta cuando te abrazo?

Freen se quedó inmóvil.

—Sí.

Becky sonrió un poco más.

—¿Te gusta cuando acaricio tus alas?

—Sí.

—¿Te gusta cuando te miro?

Freen bajó la mirada.

—Sí.

Becky dejó de sonreír.

—¿Te gusto?

El hada guardó silencio.

Por primera vez, parecía estar buscando una manera de escapar de una pregunta.

Pero no podía mentir.

Finalmente respiró profundamente.

—Sí.

Becky sintió que el calor le subía hasta las mejillas.

—¿Como amiga?

Freen levantó los ojos.

—No.

El silencio que siguió fue tan intenso que Becky pudo escuchar el sonido de la lluvia golpeando los cristales.

—Oh —murmuró.

Freen se levantó.

—Te advertí que no hicieras preguntas si no estabas preparada para escuchar las respuestas.

Becky también se puso de pie.

—No estoy arrepentida.

—Deberías pensarlo.

—¿Por qué?

Freen la miró con una mezcla de ternura y temor.

—Porque no sé qué hacer con lo que siento.

Becky se acercó un paso.

—Podríamos averiguarlo juntas.

—Soy un hada.

—Lo sé.

—Tú eres humana.

—También lo sé.

—Nuestros mundos son diferentes.

—Eso no significa que no podamos conocernos.

Freen bajó la mirada.

—Podría terminar lastimándote.

Becky tomó suavemente su mano.

—Eso también podría pasar si nunca intentamos nada.

Freen entrelazó sus dedos.

—Me gustas, Becky. Mucho más de lo que debería.

Becky sonrió.

—Creo que tú también me gustas más de lo que debería.

Las alas de Freen comenzaron a iluminarse.

Becky las señaló.

—¿Siempre hacen eso?

Freen miró hacia atrás.

—No.

—¿Entonces?

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Estoy feliz.

Becky se acercó.

—Entonces me gusta hacerte feliz.

Freen apoyó su frente contra la de ella.

Y por primera vez, el hada que no podía mentir descubrió que había verdades que podían hacerla temblar.

V. EL PRECIO DE PERMANECER

La felicidad de Freen comenzó a tener un precio.

Una noche, mientras Becky le acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja, notó que el resplandor de sus alas era mucho más tenue.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

Becky frunció el ceño.

—Freen.

—Estoy bien.

—No puedes mentirme.

El hada apartó la mirada.

Becky sintió que algo se le encogía en el pecho.

—¿Qué está pasando?

Freen respiró profundamente.

—Mi magia se está debilitando.

—¿Por qué?

—Porque llevo demasiado tiempo fuera de mi reino.

—¿No puedes regresar?

—Sí puedo.

—Entonces, ¿por qué no lo haces?

Freen tardó en responder.

—Porque cada vez que regreso a tu lado, mi magia se aferra un poco más a este mundo.

Becky la observó sin comprender.

—¿Qué significa eso?

Freen extendió una de sus alas.

La fisura luminosa había aumentado.

—Las hadas necesitamos estar conectadas con nuestro reino para conservar nuestra naturaleza. Mi magia está perdiendo ese vínculo.

—¿Y qué ocurrirá si continúa?

Freen tragó saliva.

—Mis alas desaparecerán.

Becky sintió un escalofrío.

—¿Y después?

—Me convertiré en humana.

—¿Eso es malo?

—No necesariamente.

Freen la miró.

—Pero perderé la posibilidad de regresar a mi mundo. No podré recuperar mis alas ni mi magia.

Becky bajó la mirada.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no quería que me pidieras que me marchara.

Aquella confesión dolió más de lo que Becky esperaba.

—¿Pensaste que haría eso?

—No lo sé.

—Freen...

Becky se acercó y sostuvo su rostro entre las manos.

—No quiero que pierdas algo importante por mí.

—Mi mundo es importante.

—Entonces no tienes que abandonarlo.

Freen cerró los ojos.

—Pero tú también eres importante.

Becky sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—No quiero convertirme en la razón por la que algún día te arrepientas.

Freen cubrió las manos de Becky con las suyas.

—No eres una razón de la que quiera escapar.

—No puedes saber qué sentirás dentro de diez años.

—Es cierto.

Freen abrió los ojos.

—Pero sí sé lo que siento ahora.

Becky apoyó la frente contra la suya.

—¿Y qué sientes?

—Que quiero estar contigo.

—¿Incluso si significa convertirte en humana?

Freen guardó silencio.

Después respondió:

—Incluso entonces.

VI. LA ÚLTIMA VISITA

La noche siguiente, el bosque detrás de la casa se llenó de pequeñas luces.

Becky salió al jardín y encontró a Freen de pie junto al viejo árbol.

Decenas de figuras luminosas flotaban entre las ramas.

Algunas tenían alas enormes y brillantes. Otras parecían pequeñas estrellas con rostros delicados.

Becky comprendió que no eran simples luces.

Eran hadas.

La familia de Freen.

Una de ellas se adelantó.

Era una criatura de apariencia anciana, con alas plateadas y una corona de flores blancas.

Habló en una lengua que Becky no comprendía.

Freen respondió en el mismo idioma.

La conversación parecía tranquila al principio, pero poco a poco la expresión del hada mayor se volvió severa.

Becky permaneció a unos pasos de distancia.

Finalmente, Freen guardó silencio.

La anciana volvió a hablar.

Esta vez, su voz fue más firme.

Freen bajó la cabeza.

—Lo sé.

Becky se acercó.

—¿Qué ocurre?

Freen la miró.

—Han venido a buscarme.

—¿Quieren que regreses?

—Sí.

Becky sintió un nudo en la garganta.

—¿Y tú qué quieres?

Freen miró las luces del bosque.

Después contempló el cielo.

Finalmente volvió los ojos hacia Becky.

—Quiero quedarme.

La anciana hada se acercó y señaló sus alas debilitadas.

Freen respondió con serenidad.

—Conozco las consecuencias.

La criatura volvió a hablar.

Freen negó suavemente.

—No estoy confundida.

Becky sintió que una lágrima recorría su mejilla.

—Freen...

El hada se volvió hacia ella.

—No quiero que pienses que estoy haciendo esto porque no tengo otra opción.

—No lo pienso.

—Podría regresar ahora mismo. Todavía tengo tiempo para recuperar mi magia.

Becky tomó su mano.

—Entonces, si quieres regresar, hazlo. No quiero que te quedes por miedo a perderme.

Freen acarició sus dedos.

—No es miedo lo que me hace quedarme.

—¿Qué es?

Freen sonrió con una ternura que hizo que Becky olvidara todo lo demás.

—Amor.

Las alas de Freen comenzaron a desprender pequeñas partículas doradas.

La anciana hada se quedó inmóvil.

Freen volvió a dirigirse a ella.

—No estoy rechazando mi origen. Solo estoy eligiendo mi futuro.

La criatura extendió una mano.

Una diminuta luz descendió hasta la palma de Freen.

Becky observó cómo el resplandor se transformaba en una pequeña flor dorada.

—Es una bendición —explicó Freen—. Mi familia no está de acuerdo con mi decisión, pero tampoco quiere que me marche sin su cariño.

Becky sonrió entre lágrimas.

—Eso es hermoso.

Freen cerró los dedos alrededor de la flor.

Y entonces ocurrió.

Sus alas comenzaron a deshacerse lentamente.

Primero perdieron su transparencia.

Después se convirtieron en miles de partículas luminosas que flotaron alrededor de su cuerpo.

Becky dio un paso hacia ella.

—Freen...

La última chispa desapareció.

Y cuando el resplandor se extinguió, Freen seguía allí.

Sin alas.

Sin magia.

Pero con la misma sonrisa.

VII. UNA VERDAD SIN ALAS

Becky se acercó inmediatamente.

—¿Estás bien?

Freen respiró profundamente.

—Sí.

—¿Puedes sentir tus piernas?

Freen soltó una carcajada.

—Sí, Becky.

—¿Y tus manos?

—También.

—¿Y tu corazón?

Freen tomó su mano y la colocó sobre su pecho.

—Está latiendo.

Becky sonrió.

—Me alegra.

Freen la abrazó.

Durante unos segundos permanecieron así, sin hablar.

Finalmente, Freen susurró:

—¿Sabes qué fue lo más difícil?

Becky levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Pensé que perder mis alas sería terrible.

—¿Y no lo fue?

Freen negó suavemente.

—Lo más difícil fue comprender que tendría que despedirme de una parte de mí misma para comenzar otra vida.

Becky acarició su mejilla.

—No tienes que despedirte de quien eres.

—Ya no soy un hada.

—Sigues siendo Freen.

El hada sonrió.

—Ahora soy una humana.

—Una humana bastante extraña.

—Eso lo aprendí de ti.

Becky soltó una carcajada.

Freen apoyó su frente contra la de ella.

—Hay algo que quiero decirte.

—Te escucho.

Freen respiró profundamente.

—Te quiero, Becky.

Becky cerró los ojos.

—Lo sé.

—No, quiero que lo escuches de mí.

Freen acarició su mejilla.

—Te quiero cuando te ríes de mis accidentes. Cuando cocinas demasiado la pasta. Cuando me haces preguntas imposibles y cuando finges que no estás esperando mis visitas.

Becky abrió los ojos.

—Yo no finjo.

—Lo sé.

—¿Cómo?

Freen sonrió.

—Porque puedo reconocer cuándo una persona está feliz.

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