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Renaci Casado y ahora quiero a tu Tio

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Sinopsis

Kael muere en un accidente y despierta en el cuerpo de Ivonne, el hijo rico más patético: casado por contrato con Ethan, un multimillonario que lo humilla, y despreciado por su propia familia. Pero Kael no es Ivonne. Y no piensa quedarse callado. Primero: divorciarse. Segundo: quedarse con la fortuna. Tercero: vengarse de Ethan... seduciendo a su tío Daniel, el único hombre que Ethan teme. Lo que Kael no sabe es que Daniel lleva años obsesionado con él y está dispuesto a todo para destruir a su sobrino y quedarse con Kael. El problema no es el plan. El problema es que Daniel juega un juego más peligroso... y el amor no estaba en el contrato.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
DuDui
Estado:
hace 2 horas
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. Para Mí mala suerte 😵‍💫

[POV' Kael]

Nunca te han dicho lo jodida que es la vida, ¿poes? A mí tampoco. Pero es sorprendente que en vez de tocarte una buena vida, te toque la peor realidad. Poes a mí me tocó la segunda.

Sentí un fuerte dolor en la cabeza. Vidrios rotos por todos lados. Giré la cabeza y vi a mi hermano inconsciente en el asiento del conductor. Me dolía todo. Miré mi cuerpo y me doy cuenta de que soy yo quien se está muriendo, porque tengo un pedazo de vidrio en el pecho. Oigo voces afuera, pero me ahogo con mi propia sangre. Hasta ahí recuerdo. Creo que había muerto.

Y digo "creo" porque la muerte no es como te la cuentan. No hay luz al final del túnel. No hay ángeles cantando. Solo hay dolor. Un dolor que te arranca el aire y te aprieta el pecho hasta que ya no sientes nada. Y después... nada. Un vacío negro y silencioso que no se parece a dormir. Es como si te apagaran la luz de un golpe.

Comencé a despertar. ¿Acaso no había muerto? Se supone que con aquel choque, por lo menos, estaría hecho papilla.

Cuando me desperté por completo, estaba en una habitación blanca. Vi a una enfermera llamando al doctor cuando me vio despertar. Pero lo que sí me dejó perdido fue oír el nombre con el que me llamó. No entendía qué estaba pasando. Yo debería estar muerto. Me sentía desorientado.

El doctor entró, me examinó, me preguntó si recordaba mi nombre. Yo lo miré sin entender y negué con la cabeza. Me dolía toda el alma, como si hubiera estado acostado por mucho tiempo. Pero él mencionó un nombre y yo lo miré.

—Eh... —solo logré decir con una ceja alzada.

—Señor Ivonne, así se llama —dijo el doctor.

—Pero qué nombre tan ridículo —dije sin pensarlo.

El doctor me miró raro. La enfermera también. Y yo pensé: ¿qué? ¿Nunca han escuchado a alguien decir la verdad? Porque vamos a ver, Ivonne. ¿Quién le pone Ivonne a un hombre? ¿Sus papás lo odiaban? ¿Fue un error en el acta de nacimiento? No sé, pero ese nombre no le desea bien a nadie.

Me levanté de la cama como pude. Las piernas me temblaban, como si llevara días sin usarlas. La enfermera intentó detenerme, pero yo necesitaba ver. Necesitaba saber qué estaba pasando. Caminé al baño que estaba a un lado, me apoyé en el lavabo y me miré al espejo.

Y ahí me di cuenta de que no era mi cuerpo.

Tenía cabello rubio, ojos color miel, piel blanca y un cuerpo que... QUE DIOS MÍO, era ufff. Ni para qué decir. Ese cuerpo tenía mucho para volver loco a cualquiera. Y no lo digo por presumir, porque ni siquiera es mío. Lo digo porque era imposible no notarlo. Los brazos definidos, la cintura estrecha, la cara de ángel que no tenía nada que ver con mi cara de siempre. Yo era moreno, de pelo negro, con la nariz rota de una pelea callejera y cicatrices en las manos de tanto trabajar. Este tipo... este tipo parecía salido de una revista.

La enfermera me sostuvo del brazo, arrastrándome de nuevo a la cama. El doctor terminó de evaluarme mientras yo pensaba: ¿acaso acabo de reencarnar en el cuerpo de otra persona? Porque no le encontraba otra explicación. No estaba soñando. El dolor en mi pecho era real. El sabor metálico de la sangre todavía estaba en mi boca. Y el espejo no mentía.

Cuando el doctor salió, me miró con lástima. Dos enfermeras hablaban afuera. Nadie había venido a visitar a Ivonne en toda la semana.

Una semana. Eso me dijo una de ellas cuando pregunté. Una semana en coma y ni un alma. Ni flores, ni llamadas, ni un mensaje. Nada.

—Oye —llamé a una de las enfermeras que pasaba—. ¿Dónde está mi familia?

La mujer se detuvo en seco. Me miró con una expresión que no supe descifrar. Era una mezcla de incomodidad y algo parecido a la pena.

—Señor Ivonne, su esposo llamó para decir que vendría cuando pudiera. Sus padres... bueno, ellos no han llamado.

—¿Esposo? —pregunté, sintiendo que el mundo se me caía encima.

—Sí, el señor Ethan Vargas. —La enfermera bajó la voz—. ¿Seguro que se siente bien? El doctor dijo que el golpe en la cabeza fue fuerte...

—Sí, sí, estoy bien —mentí—. Solo... necesito descansar.

Cuando se fue, me quedé mirando el techo blanco. Tenía un esposo. Un tal Ethan Vargas. Y por lo que parecía, ni él ni mi nueva familia se habían molestado en venir a ver si estaba vivo o muerto.

—Qué bonito —murmuré para mí mismo—. Una semana en coma y ni una visita. Qué familia tan jodidamente encantadora.

Cerré los ojos y respiré hondo. No sabía quién era Ivonne, ni qué clase de vida tenía, pero algo me quedaba claro: si nadie había venido en una semana, no era precisamente el centro de atención de nadie. Y eso, en mi experiencia, significaba una de dos cosas: o a nadie le importaba una mierda, o había algo más podrido de lo que parecía.

Me quedé un buen rato ahí, mirando el techo, escuchando los ruidos del hospital. Las máquinas pitando, los pasos en el pasillo, las voces ahogadas de los médicos. Y en todo ese tiempo, nadie entró a mi habitación. Nadie preguntó por mí. Nadie se sentó en la silla que estaba junto a la cama, esa silla vacía que parecía burlarse de mí.

—¿Sabes qué? —le dije a la silla, como si fuera a contestarme—. Creo que a este tal Ivonne no lo quería nadie. Ni su esposo, ni sus papás, ni nadie. —Suspiré—. Pero bueno. Ahora estoy yo aquí. Y yo no soy tan fácil de ignorar.

Porque eso era lo que había aprendido en mi otra vida. Que si no luchas por ti mismo, nadie lo va a hacer por ti. Y yo había luchado toda mi vida. Por mi mamá, por mi hermano, por salir adelante. Y al final, ¿de qué sirvió? De nada. Terminé con un vidrio en el pecho y la sangre ahogándome.

Pero ahora tenía otra oportunidad. Otro cuerpo. Otra vida. Y no pensaba cometer los mismos errores.

—Muy bien, Ivonne —dije en voz baja—. O como sea que te llames. Vamos a averiguar qué está pasando aquí. Y cuando lo descubra... —sonreí—. Bueno. Ya veremos.

Me recosté en la cama, sintiendo el cansancio de un cuerpo que había estado en coma. Cerré los ojos.

Mañana sería otro día. Y tenía mucho que investigar. Pero por ahora, lo único que podía hacer era descansar. Y esperar.

Porque si algo tenía claro, era que nadie me había venido a ver en una semana. Y eso, para un hombre casado, no era normal.

Ni de cerca.

Antes de dormirme, pensé en mi hermano. En el auto. En la sangre. En si él estaría bien. En si alguien le habría dicho que yo... bueno, que yo ya no estaba. Sentí un nudo en la garganta, pero lo tragué. Llorar no servía de nada. Nunca lo había hecho. No iba a empezar ahora.

—Estoy bien —me dije, aunque no lo creía—. Estoy bien.

Y me quedé dormido en esa habitación de hospital, con el pitido de las máquinas de fondo y la silla vacía a mi lado.

Pero al menos estaba vivo.

Y eso era más de lo que tenía ayer.

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