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El Borrego de La Rumorosa

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Sinopsis

La Rumorosa guarda muchas historias entre sus montañas, pero hay una que los senderistas prefieren no contar. Dicen que, cuando alguien entra a la sierra con malas intenciones, un enorme borrego cimarrón comienza a seguirlo. Primero se escuchan sus pezuñas golpeando las rocas. Después, una presencia que nunca deja de observar. Algunos creen que solo es un animal protegiendo su territorio. Otros aseguran que es algo mucho más antiguo. Porque en La Rumorosa existe una regla muy sencilla: Si escuchas tres golpes de pezuña detrás de ti, no voltees. Tal vez ya sea demasiado tarde.

Estado:
Completa
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El Borrego de La Rumorosa 🐏

En La Rumorosa existen muchas historias.

Algunas hablan de luces que aparecen entre las montañas durante la madrugada. Otras cuentan que, cuando el viento sopla con demasiada fuerza, pueden escucharse voces entre las rocas.

Pero hay una historia que pocos se atreven a contar.

La del borrego cimarrón.

Dicen que, hace algunos años, un grupo de senderistas decidió subir por uno de los caminos menos transitados de la sierra. Querían alejarse de las rutas turísticas y pasar unas horas rodeados de naturaleza.

Entre ellos estaba Daniel, quien llevaba una cámara para grabar el recorrido.

—Mira —dijo uno de sus amigos, señalando una formación rocosa.

A lo lejos, sobre una pendiente, había un borrego cimarrón.

El animal permanecía completamente inmóvil.

Observándolos.

Daniel levantó la cámara.

—No te acerques —advirtió uno de sus compañeros—. Déjalo tranquilo.

Daniel sonrió.

—Solo voy a tomarle una fotografía.

Cuando volvió a mirar por la pantalla, el borrego ya no estaba.

—¿Lo vieron?

Nadie respondió.

Continuaron caminando.

El viento comenzó a aumentar conforme se internaban en la montaña. Las ramas de los arbustos se movían y pequeñas piedras descendían por las pendientes.

Entonces escucharon algo.

Tac.

Todos se detuvieron.

Tac.

El sonido provenía de las rocas que tenían detrás.

—¿Qué fue eso?

Daniel giró lentamente.

No había nada.

Solo montaña.

—Seguramente alguna piedra —dijo uno de ellos.

Continuaron.

Unos minutos después encontraron algo en el suelo.

Un casquillo.

Daniel lo recogió.

—¿Alguien estuvo cazando aquí?

Su amigo lo miró con seriedad.

—No debería haber nadie cazando.

El borrego cimarrón era una especie protegida y la caza ilegal representaba una amenaza para sus poblaciones.

Daniel dejó el casquillo donde estaba.

—Será mejor que sigamos.

Pero ninguno volvió a hablar del tema.

Hasta que encontraron otro.

Y después otro.

Había varios casquillos esparcidos cerca de unas rocas.

Uno de los senderistas señaló una pequeña huella.

—Miren.

Era una marca reciente de pezuña.

Pero junto a ella había algo más.

Una huella de bota.

Y luego otra.

Alguien había estado siguiendo a los animales.

El grupo decidió regresar.

Sin embargo, después de caminar durante casi media hora, se dieron cuenta de algo extraño.

Habían vuelto al mismo lugar.

La misma roca.

El mismo árbol.

El mismo casquillo.

—Esto no puede ser —murmuró Daniel.

Intentaron tomar otro camino.

Pero nuevamente regresaron al mismo punto.

El sol comenzaba a desaparecer detrás de las montañas.

—Tenemos que encontrar la salida antes de que oscurezca.

Entonces escucharon el sonido otra vez.

Tac.

Esta vez estaba mucho más cerca.

Todos levantaron sus linternas.

Nada.

Tac.

Daniel miró hacia arriba.

En la cima de una formación rocosa estaba el borrego.

Era enorme.

Mucho más grande que cualquier borrego cimarrón que hubiera visto antes.

Sus cuernos eran largos y curvados.

Y sus ojos reflejaban la luz de las linternas.

Nadie se movió.

El animal los observó durante varios segundos.

Después comenzó a bajar.

Una pezuña.

Luego otra.

Lentamente.

Sin apartar la mirada.

—Tenemos que irnos —susurró alguien.

El grupo comenzó a retroceder.

El borrego continuó descendiendo.

Entonces Daniel escuchó algo detrás de él.

Una respiración.

Se giró.

No había nadie.

Cuando volvió a mirar hacia la montaña, el animal había desaparecido.

—¿Dónde está?

Nadie respondió.

Porque todos estaban mirando hacia el suelo.

Había huellas alrededor de ellos.

Decenas.

Huellas de pezuñas.

Pero algunas eran diferentes.

Eran demasiado grandes.

Y parecían rodearlos.

Una linterna se apagó.

Después otra.

El viento dejó de soplar.

La montaña quedó completamente silenciosa.

Entonces escucharon un golpe.

Tac.

Otro.

Tac.

Y uno más.

Tac.

Daniel recordó algo que su abuelo le había dicho muchos años atrás.

Una frase que siempre había tomado como una simple superstición.

«Si algún día escuchas tres golpes de pezuña detrás de ti en La Rumorosa, no voltees.»

Daniel cerró los ojos.

—No se den la vuelta —dijo.

—¿Por qué?

—Solo háganme caso.

Detrás de ellos comenzó a escucharse una respiración profunda.

Pesada.

Como si un animal enorme estuviera parado a pocos centímetros de sus espaldas.

Nadie se atrevió a mirar.

Entonces una voz susurró:

—¿Quién disparó?

Daniel sintió que el cuerpo se le congelaba.

La voz volvió a hablar.

—¿Quién disparó contra ellos?

Uno de los hombres comenzó a llorar.

—Nosotros no cazamos...

La respiración se detuvo.

Durante unos segundos no se escuchó nada.

Después, un golpe seco.

¡CRAC!

Una roca cayó detrás de ellos.

Todos corrieron.

No supieron cuánto tiempo estuvieron huyendo.

Solo corrieron.

Cuando finalmente llegaron a la carretera, ya había oscurecido por completo.

Ninguno quiso hablar de lo ocurrido.

Daniel, sin embargo, conservó la cámara.

Al día siguiente revisó las fotografías.

Había cientos.

Paisajes.

Rocas.

Árboles.

Senderos.

Y una última fotografía que ninguno recordaba haber tomado.

En ella aparecía el grupo caminando por la montaña.

Y detrás de ellos, observándolos desde una formación rocosa, estaba el enorme borrego.

Daniel amplió la imagen.

Entonces vio algo que le hizo soltar la cámara.

Junto al borrego había varias figuras humanas.

Todas sostenían rifles.

Y todas estaban muertas.

Desde entonces, algunos senderistas aseguran haber visto un enorme borrego cimarrón sobre las montañas de La Rumorosa.

Dicen que no ataca a quienes respetan la naturaleza.

Pero aquellos que entran a la sierra para cazar ilegalmente aseguran escuchar tres golpes de pezuña.

Tac.

Tac.

Tac.

Y después sienten que alguien los observa desde las rocas.

Los habitantes de la zona tienen una explicación para ello.

Dicen que el borrego no protege solamente a su manada.

Protege la montaña.

Y que cada vez que alguien dispara contra uno de los suyos...

él regresa para cobrar la deuda.

Así que si algún día decides caminar por La Rumorosa y escuchas unas pezuñas detrás de ti...

No corras.

No grites.

Y, sobre todo...

no voltees.

Porque quizá el borrego cimarrón que te está siguiendo no sea un animal.

Y quizá ya sepa exactamente por qué estás ahí.

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