Capítulo 1.
Hoy camino por el pasillo de la universidad con la sensación de que todo el mundo puede verme de verdad… no como la chica aplicada de siempre, no como Lisa Shrak, la de promedio alto y sonrisa tranquila, sino como alguien que guarda algo debajo de la piel, algo que late y pesa. Tengo 23 años, último año de la universidad, tercer cuatrimestre, debería sentirme orgullosa. Y sí, lo estoy… o al menos lo estaba.
— Lisa —escucho a mis espaldas.
No necesito girarme para saber que es Owen. Aprieto los labios un segundo antes de voltear. Ahí está, como siempre: seguro de sí mismo, atractivo y pelirojo, con esa mirada que últimamente me incomoda más de lo que me gusta.
— Hola —respondo, intentando sonar normal.
Se acerca, me besa la mejilla, pero su mano se queda un segundo más de lo necesario en mi cintura. Antes eso me hacía sonreír. Ahora… me pone tensa.
— ¿Pensaste lo que te dije? —pregunta, bajando un poco la voz. — ¿Hacerlo por el culo?
Claro que lo pensé. No he dejado de pensarlo. Desde hace semanas insiste con lo mismo: experimentar, “probar cosas nuevas”, salir de la rutina. Lo dice como si fuera algo ligero, divertido… como si no implicara cruzar una línea que yo no sé si quiero cruzar.
— Owen… estoy en clases, ¿sí? —respondo, esquivando.
Él suspira, medio frustrado. — Siempre estás ocupada cuando hablamos del tema, Lisa.
No es cierto.
Bueno… no del todo.
Estoy ocupada, sí. Pero no solo con la universidad. Estoy ocupada sosteniendo una vida que nadie conoce, una que me ayuda con mis gastos.
— Luego hablamos sobre eso —añado, dándole una sonrisa rápida antes de girarme.
No espero su respuesta. Sigo caminando.
Mi corazón late más rápido de lo normal.
No es solo por él.
Es por todo.
Hace una semana que terminaron las vacaciones de verano oficialmente y la universidad vuelve a su ritmo completo. Ya lo estoy sintiendo: más tareas, más presión… más dinero.
Dinero.
La palabra se clava en mi cabeza mientras entro al edificio administrativo.
— Lisa Shark —dice la mujer detrás del mostrador, revisando su computadora.— Sí, aquí está.
Me mira por encima de sus lentes.
— Querida, tu beca sigue activa, pero no cubre el total del trimestre. Necesitas pagar el resto antes del viernes.
— ¿Cuánto? —pregunto, aunque ya me preparo para lo peor.
Dice la cifra.
Y siento como si el piso se mueve un poco, es mi culpa por venir a una escuela privada. Asiento, fingiendo calma.
— Está bien… gracias.
Salgo de ahí con el estómago hecho un nudo. Porque no tengo ese dinero, porque no puedo pedirlo. Y porque… ya sé de dónde va a salir.
Me siento en una de las bancas afuera de la universidad antes de que empiece la última clase, saco mi celular. La pantalla se enciende. Notificaciones, mensajes, pagos por videos cortos. Este otro mundo es completamente asqueroso, pero deja dibero mientras haya gente estupida consumiendolo.
Respiro hondo.
Nadie aquí sabe, ni Owen. Ni mi mamá. Ni siquiera mi amiga que aun no vuelve de Rusia. Nadie. Desde hace meses que vendo contenido para adultos. No empezó como algo grande. Fue una idea impulsiva, casi desesperada. Una compañera del salón lo mencionó, yo investigué… y de pronto ya estaba ahí.
Al principio me sentía culpable. Después… menos.
Ahora… no sé qué siento, solo sé que funciona. Solo sé que paga cosas. Solo sé que me está salvando… y hundiendo al mismo tiempo. Bloqueo el celular cuando escucho risas cerca. Un grupo de chicas pasa, hablando de fiestas, de viajes, de planes.
Me recuerda a mi mamá.
O más bien… a en qué se convirtió.
Desde que se separó de mi papá, ya no es la misma. No es que sea mala… solo está ausente. Prefiere salir con sus amigas, llenar la casa de gente, música, alcohol. A veces ni siquiera me pregunta cómo estoy. A veces siento que… dejó de verme y yo… tuve que encontrar otra forma de existir.
Aunque nadie lo sepa.
— Te noto rara.
La voz de Owen me saca de mis pensamientos otra vez. No sé en qué momento se sentó a mi lado.
— Estoy cansada —respondo.
No es mentira.
Pero tampoco es toda la verdad.
— Lisa… —dice, girándose hacia mí.— No quiero presionarte, pero lo que te propuse… podría hacernos bien.
Lo miro.
Hay algo en su expresión… deseo, sí, pero también curiosidad. Como si yo fuera un territorio que quiere explorar. Y eso… me da miedo. Porque si supiera… si supiera lo que ya hago… ¿Seguiría mirándome igual?
— No lo sé —admito en voz baja.
Y es la primera vez que no digo que no.
Él lo nota.
Sus ojos cambian, se iluminan un poco.
— Podemos ir despacio —dice.— No tiene que ser nada extremo.
Trago saliva.
Porque una parte de mí… está tentada, no por él. Sino porque ya crucé límites antes. Porque ya soy alguien que hace cosas que antes jamás habría considerado. Porque tal vez… ya no soy la Lisa que cree que es.
— Lo pensaré, de verdad lo hare —repito.
Pero esta vez suena diferente.
Más real.
Más peligroso.
Miro la pantalla de mi celular, es la hora de clase, me despido de él con un beso en la mejilla y cada uno va a su area correspondiente.
Sentada en la silla, dentro del salón, mirando al frente, aunque en realidad no estoy aquí el murmullo de mis compañeros se mezcla con el sonido del proyector encendiéndose. La luz blanca ilumina la pantalla, y la profesora entra con ese aire serio que siempre anuncia algo importante.
Me obligo a enderezarme. "Concéntrate, Lisa."
— Buenas tardes —dice ella, dejando su carpeta sobre el escritorio.— Hoy vamos a hablar del proyecto final.
Mi estómago se tensa.
Proyecto final.
Claro. Tenía que llegar.
— Como saben, están en su último medio año —continúa.— Esto no es un trabajo más. Es una propuesta real. Algo que pueda implementarse en una empresa. Algo que hable de ustedes… de lo que son capaces de hacer allá afuera.
Siento cómo mis dedos se entrelazan sobre la mesa.
Real.
Empresa.
Implementarse.
No es solo teoría.
— Pueden hacerlo de manera individual o en parejas —añade.— Pero quiero algo serio. Investigación, desarrollo, presentación profesional… y viabilidad.
Viabilidad.
Esa palabra se queda flotando en mi cabeza. Viable, funcional, vendible, un proyecto que sirva.
Trago saliva.
Porque sin querer… mi mente se va a ese otro lugar. A lo que hago, a lo que vendo. A lo que ya es… increíblemente viable. Aprieto la mandíbula. No. Eso no.
— La próxima semana quiero que me entreguen una idea inicial —dice la profesora.— Algo concreto. No vagas intenciones.
Alrededor mío, todos empiezan a susurrar. Ideas, propuestas, nervios. Yo solo miro mi cuaderno. La hoja en blanco. Como si se burlara de mí.
— Podríamos hacerlo juntos.
La voz de Olivia, la misma que hablo de la pagina roja aparece, justo cuando salimos del salón. Camina a mi lado con esa seguridad de siempre.
— Tengo un par de ideas interesantes —añade.— Algo enfocado en marketing digital… campañas interactivas, ese tipo de cosas.
Marketing digital.
Mi pecho se aprieta un poco. Claro, eso es lo lógico. Eso es lo correcto, eso es lo que debería hacer.
— Suena bien —respondo, aunque mi voz no tiene mucha fuerza.
— ¿Entonces sí? —pregunta, mirándome.
Dudo.
No por el proyecto.
Por élla.
Por lo que implica estar más tiempo juntas… por si descubre algo… por esa presión constante que se cuela en todo.
— Déjame pensarlo —digo.
Otra vez. Siempre lo mismo, Olivia suelta una pequeña risa, pero es de nervios.
— Siempre dices eso, Lisa.
Lo sé. Y odio que tenga razón.
— Es que… tengo muchas cosas en la cabeza —respondo.
Eso sí es completamente cierto. Ella me observa unos segundos, como intentando descifrarme.
— Antes no eras así.
El comentario me golpea más de lo que debería. Porque yo también lo pienso, antes no era así. Antes no tenía secretos. Antes no tenía esta sensación constante de estar dividiéndome en dos.
— La gente cambia —digo finalmente.
Y sigo caminando sin esperar respuesta, al llegar a la biblioteca un rato después, me siento en la silla mas abandonada. Abro mi laptop. Intento concentrarme.
Proyecto final. Idea. Empresa.
¿Qué sé hacer?
¿Qué podría ofrecer?
Empiezo a escribir palabras sueltas: “Estrategia digital” “Contenido” “Audiencias” “Monetización”
Monetización.
Mis dedos se quedan quietos sobre el teclado, mi mente empieza a girar. Porque, aunque no quiera admitirlo… sé cosas. Sé cómo atraer atención, sé cómo mantenerla, sé cómo hacer que la gente pague. Sé cómo crear una identidad… incluso cuando no es completamente real. Mi respiración se vuelve más lenta. Más consciente.
¿Y si…?
No.
Eso sería una locura.
¿O no?
No tendría que decir la verdad completa, podría adaptarlo. Convertirlo en algo “presentable”. Una plataforma de gestión de contenido digital, estrategias para captar la atención, modelos de suscripción, todo eso suena… profesional, todo eso es real.
Todo eso… lo hago.
El corazón me late más rápido. Porque por primera vez, el proyecto no se siente vacío. Se siente… cercano. Peligrosamente cercano.
Mi celular vibra. Un mensaje. Lo miro.
No es Owen.
Es de la plataforma, un usuario nuevo, una… mujer, lo se por su nombre de usuario "MyLady69" tranfirio una cantidad más alta de lo normal con una petición incómoda, sexo lesbico. Me quedo mirando la pantalla unos segundos, luego la bloqueo. Pero el número de la cantidad… ya se quedó en mi cabeza. Ese dinero cubriría una parte del trimestre. Tal vez más. Respiro hondo. Vuelvo a la laptop.
Miro lo que escribí.
“Modelo de contenido digital basado en suscripción y fidelización de usuarios.”
Se ve limpio.
Se ve correcto.
Se ve… aceptable.
Si alguien más lo leyera, no pensaría en nada extraño. No sabría de dónde viene. No sabría quién soy realmente cuando cierro la puerta de mi cuarto. Mis dedos vuelven a moverse, empiezo a desarrollar la idea. Y mientras lo hago… siento algo extraño. Una mezcla de orgullo y miedo, porque esto sí podría funcionar, porque esto sí es mío y porque esto sí podría abrirme puertas. Pero también… Porque está construido sobre algo que nadie debe descubrir. Cierro la laptop después de un rato, mi cabeza está llena. De ideas. De números. De posibilidades. Y de consecuencias.
Miro alrededor, todos están concentrados en lo suyo.
Normales.
Simples.
Claros.
Yo no, yo estoy caminando en una línea muy delgada. Entre lo que muestro… Y lo que soy. Y no sé cuánto tiempo más podré mantener ese equilibrio. Pero hoy… hoy ya di un paso y no hay forma de deshacerlo.
Regreso a casa con la cabeza llena de ideas.
Las clases en el área de administración siempre me dejan así: saturada, analizando todo, como si cada concepto se quedara rebotando en mi mente sin darme descanso. Empujo la puerta principal y, por primera vez en días… silencio.
No hay música.
No hay risas.
No hay voces ajenas invadiendo el espacio.
Mi mamá no está.
Exhalo lento, casi como si no me hubiera dado cuenta de que estaba conteniendo el aire. Dejo mi mochila en el sofá y camino directo a la cocina. Abro el refrigerador sin mucha expectativa. Ahí están los restos de la noche anterior: algo de pasta en un recipiente mal cerrado, una ensalada medio marchita.
Tomo la pasta.
No tengo ganas de cocinar.
La caliento en el microondas y me apoyo en el pretil, mirando el reloj como si el tiempo pesara más de lo normal. Todo pesa más últimamente. El pitido me saca de mis pensamientos. Como ahí mismo, de pie, sin realmente saborear nada. Solo… llenando el vacío físico, porque el otro no se llena tan fácil.
Cuando termino, dejo el plato en el fregadero. Luego subo a mi habitación, cierro la puerta. Y otra vez… silencio. Mi lugar. Mi mundo. Mi mentira. Me dejo caer en la cama y miro el techo unos segundos, pero no aguanto mucho. Me incorporo, tomo mi laptop y la coloco sobre mis piernas.
El documento del proyecto sigue abierto.
Las palabras que escribí en la biblioteca siguen ahí. “Modelo de contenido digital basado en suscripción y fidelización de usuarios.” Lo leo una vez, luego otra. Se ve bien. Se ve correcto. Pero no es tan simple. Apoyo la espalda contra la pared, abrazando ligeramente la laptop como si me diera estabilidad.
¿Qué voy a hacer?
Esa es la pregunta real, orque una cosa es escribirlo. Y otra muy distinta… sostenerlo. Empiezo a pensar en opciones. Podría hacerlo “seguro”. Algo genérico. Marketing para pequeñas empresas.
Redes sociales.
Publicidad.
Todo lo que esperan de alguien como yo, sería fácil, redecible y aceptable. Pero también… vacío. Sin identidad, sin ese algo que hace que realmente destaque. Muerdo mi labio inferior. Porque la otra opción… ya la conozco.
La siento.
Está ahí, insistente.
Lo que hago, lo que nadie sabe, eso sí es real. Eso sí funciona, eso sí genera dinero, interacción, fidelidad. Eso sí… podría convertirse en un proyecto increíble. Mis dedos se deslizan lentamente sobre el teclado, sin escribir aún.
Solo sintiendo el peso de la decisión.
Si lo hago… tendría que ser inteligente. Cuidar cada palabra. No revelar demasiado. Transformarlo en algo “limpio” algo que nadie cuestione. Pero… ¿y si alguien se da cuenta? ¿Y si la profesora empieza a hacer preguntas más profundas? ¿Y si Owen…?
Cierro los ojos un segundo.
No.
Owen no puede saber.
Nadie puede.
Mi pecho se tensa, porque de pronto todo se conecta. El proyecto. El dinero. La beca. Mi doble vida. Y también… él con su insistencia. Sus ideas de “experimentar”.
Un escalofrío me recorre la espalda. Porque hay una parte de mí que entiende algo que antes no veía. Él quiere explorar. Yo… ya lo hice.
Solo que en otro lugar.
De otra forma.
Y sola.
Abro los ojos, la pantalla sigue ahí, esperando. Como si me retara.bRespiro hondo. Y empiezo a escribir.
“Propuesta: Desarrollo de una plataforma digital enfocada en la creación, gestión y monetización de contenido exclusivo mediante suscripciones, orientada a creadores independientes.”
Me detengo.
Mi corazón late más rápido. Eso soy yo aunque no lo diga, aunque lo esconda. Sigo escribiendo.
“Objetivo: Ofrecer herramientas estratégicas para aumentar la retención de usuarios, optimizar ingresos y fortalecer la identidad digital del creador.”
Cada palabra se siente… demasiado cercana. Demasiado real. Pero también… poderosa. Por primera vez desde que empezó todo esto, siento que tengo control sobre algo. Que no solo estoy reaccionando, que estoy construyendo… algo mío. Algo que podría sacarme adelante.
Pero el miedo sigue ahí. Siempre. Como una sombra.
Cierro la laptop de golpe, demasiado. Es demasiado por hoy. Me dejo caer hacia atrás sobre la cama, mirando el techo otra vez. Mi habitación está en silencio, pero mi mente no.
Nunca.
Me llevo una mano al pecho, sintiendo el ritmo mas acelerado.
— ¿Qué estás haciendo, Lisa…? —murmuro para mí misma.
No hay respuesta. Solo esa sensación constante de estar caminando en una cuerda floja. Y saber… que cualquier paso en falso… puede hacer que todo se derrumbe.