Prólogo
El Susurro de las Murallas
Aliz abrió los ojos antes de que el sol terminara de asomar por las altas ventanas del castillo. Desde que era niña, el despertar nunca había sido libre. Recordaba todavía el aroma de lavanda que su niñera le llevaba cada mañana, el sonido de los pasos de guardias por el pasillo y la voz de su madre diciéndole: “No es que no te queramos dejar salir, hija mía; es que el destino te ha marcado”.
Durante su infancia, el mundo se reducía a jardines cerrados, salones grandes y libros que hablaban de hadas, elfos y sirenas, pero nunca le permitieron verlos en persona. Jugaba con Lior, su hermano menor, corriendo entre rosales, mientras ambos imaginaban que más allá del muro había mares brillantes y bosques cantantes. A veces Lior le decía: “Yo te llevaré un día”, pero luego bajaba la mirada y añadía: “Solo si los padres lo permiten”. Con el tiempo, esa promesa se volvió un susurro lejano.
Ahora, siendo joven, su día comenzaba igual: el agua tibia, el vestido elegante, las clases de protocolo, las reuniones donde debía sonreír y asentir. Todos la llamaban “la princesa destinada”. Nadie le preguntaba qué quería ella. Al mediodía, se acercaba a la ventana y veía la ciudad abajo: personas caminando, luces brillantes, sonidos modernos mezclados con el canto de criaturas mágicas. Pensaba en la profecía que había escuchado desde pequeña: que si cruzaba los límites, el equilibrio del reino se rompería. ¿Era verdad? ¿O solo era el miedo de quienes la amaban?
Lior llegó a su lado. Había crecido fuerte y serio. “Debes prepararte para la audiencia con el Rey y la Reina”, le dijo. Aliz lo miró: “¿Recuerdas cuando prometiste llevarme a conocer el bosque?”. Lior suspiró: “Lo recuerdo, Aliz. Pero ahora soy el encargado de protegerte. No quiero que te pierdas”. “¿Perderme o encontrarme?”, preguntó ella. Él no respondió.
En el salón principal, el Rey Theron y la Reina Elowen la esperaban. Ellos no eran crueles. Habían vivido años atrás una gran tormenta en el reino y creyeron que la profecía era la advertencia que necesitaban. “Hija”, dijo la Reina con voz tierna pero firme, “te hemos dado todo. Te hemos protegido desde que eras pequeña porque te amamos”. “Pero yo no sé quién soy si nunca salgo”, respondió Aliz. El Rey bajó la mirada: “El destino no es un juego. No queremos que pagues el precio”.
Mientras esto ocurría en el palacio, en el corazón de la ciudad, Kael ya llevaba horas despierto. Desde niño había ayudado a su familia en el mercado, cargando cajas, negociando precios, viendo cómo sus sueños parecían alejarse cada día. Recordaba a su padre diciéndole: “Para cambiar el futuro no basta con soñar; debes construirlo”. Por eso había creado un nuevo negocio: un comercio que uniera productos del bosque mágico con la vida moderna. Cada mañana se levantaba con esperanza, pero también con miedo. Muchos le decían que fracasaría. Él seguía intentándolo. No sabía que una princesa encerrada en el castillo estaba a punto de cambiar su mundo.
Esa tarde, Aliz tomó el viejo libro donde estaba escrita la profecía. No lo había leído completo nunca. Solo frases: “La luz nacida entre muros romperá el orden… caminará junto a quien construye desde abajo… y el destino será escrito o destruido”. Sentió un escalofrío. Miró a Lior, a sus padres, luego hacia la ventana. No tenía un plan completo todavía. Solo una certeza: no quería seguir viviendo como si fuera una pieza en un tablero ajeno.
El sol se ocultó detrás de las torres. El palacio se llenó de sombras y susurros. Lior vigilaba las puertas. El Rey y la Reina se reunían para reforzar la seguridad. Kael cerraba su puesto en el mercado, cansado pero decidido. Ninguno sabía que sus caminos estaban a punto de cruzarse. Ninguno sabía si la profecía se cumpliría o si ellos tendrían el poder de reescribirla. Solo sentían que el aire había cambiado. Que algo grande estaba por comenzar.




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