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Atrapada en mi mundo

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Sinopsis

O L I V I A Nací cuna de oro y pólvora. Mi apellido es una sentencia, y mi vida, un tablero de ajedrez donde cada movimiento se paga con sangre. Lo sé todo sobre los negocios de mi familia, las cenas entre capos y las reglas no escritas del bajo mundo. Pero mi mayor peligro nunca estuvo en una pistola apuntándome, sino en los ojos de Alessandro. A L E S S A N D R O Ella es mía. Aunque el mundo entero crea que solo somos los mejores amigos cuyas familias controlan el imperio. Soy protector, soy celoso y no tolero que nadie la mire más de la cuenta. Para mí, Olivia no es solo parte del negocio: ella es mi mundo entero. Y estoy dispuesto a quemar ciudades enteras con tal de mantenerla a mi lado, protegida tras los muros de nuestra mansión y custodiada hasta por nuestro fiel dóberman, Ares. Un beso prohibido en la oscuridad lo cambió todo. Ya no hay vuelta atrás. Las cenas de la mafia, los lujos, las flores y los regalos caros solo eran la superficie; ahora, ella ha cruzado la línea y le he pedido que sea mía de verdad. En un mundo donde la lealtad lo es todo, amarnos es nuestra mayor condena... y nuestra única salvación. “Eres mi debilidad, Olivia. Y quien se atreva a tocarte, conocerá el verdadero infierno.”

Genero:
Erotica
Autor/a:
Alba Bayon
Estado:
hace 2 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1. Pólvora y seda

El ruido de los cubiertos de plata chocando contra la porcelana francesa era lo único que rompía el silencio calculado del comedor principal. A nuestro alrededor, los capos de las familias más peligrosas de la costa fumaban puros caros y hablaban de rutas de contrabando, puertos asegurados y muertes silenciosas como si estuvieran comentando el clima.

Para cualquiera de afuera, aquello era una cena de alta sociedad. Para mí, era martes.

Nací envuelta en seda y sentencias de muerte. Mi apellido pesa tanto como el oro que guardamos en las cámaras acorazadas, y desde niña aprendí que una sonrisa en estas mesas vale más que una pistola cargada, aunque siempre llevara ambas conmigo.

Deslicé un dedo por el borde de mi copa de vino, aburrida de escuchar a mi padre discutir sobre porcentajes con un socio italiano, cuando una sombra familiar se cernió sobre mi hombro. No necesitaba mirar hacia arriba para saber quién era. El aroma a sándalo amaderado y el calor de su presencia me delataban el pulso antes de tiempo.

Alessandro.

Se deslizó en el asiento vacío a mi lado, demasiado cerca, invadiendo mi espacio personal de esa forma posesiva que a los demás les parecería intimidante, pero que a mí... a mí me encendía la sangre.

—Estás muy callada hoy, preziosa —murmuró cerca de mi oído, con esa voz baja y ronca que guardaba solo para mí. Su mirada recorrió el vestido de diseñador que llevaba puesto, deteniéndose un segundo más de la cuenta en el escote, y su mandíbula se tensó al instante—. Y hay demasiados idiotas en esta mesa mirando hacia este lado.

—Nadie me está mirando, Alessandro —le respondí con una sonrisa de medio lado, girando ligeramente el rostro para enfrentarlo.

—Sí que lo hacen —replicó de inmediato, con ese tono de celos enfermizos que jamás admitiría en voz alta pero que ejercía con orgullo—. Y si parpadean mal, me encargaré de que mañana no tengan ojos para hacerlo.

Solté una risa suave, divertida por su intensidad. Desde que éramos niños y corríamos por los pasillos de mármol de nuestras mansiones, Alessandro había sido mi sombra, mi cómplice y mi peor vicio. Eramos el mejor secreto a voces del bajo mundo: las familias creían que éramos hermanos de armas, los mejores amigos inseparables. Pero la verdad ardía bajo nuestra piel. Estábamos atrapados en un bucle de miradas prohibidas, de tensiones contenidas que amenazaban con destruir el imperio entero si decidíamos dejarla salir.

La cena terminó entre besos falsos en la mejilla y apretones de manos manchadas de sangre. Cuando por fin subimos a los autos blindados y regresamos a nuestra mansión, el aire pesado de la ciudad se disipó, reemplazado por la paz tensa de nuestro hogar.

Ares, nuestro gigantesco y fiel dóberman, nos recibió en el vestíbulo con un par de ladridos profundos antes de ir a tumbarse cerca de la chimenea. Alessandro cerró la enorme puerta de roble con pestillo, bloqueando el resto del mundo allá afuera.

Me giré para dejar mi bolso sobre la mesa de la entrada, pero antes de que pudiera dar un paso, una mano firme me agarró de la cintura y me tiró hacia atrás.

Me estrellé contra su pecho duro. Su respiración era caliente y rápida contra mi cuello.

—Alessandro, espera, el chófer todavía está... —intenté decir, aunque mi voz sonó traicioneramente débil.

—El chófer ya se fue, Olivia —me interrumpió, girándome con brusquedad contenida hasta empujarme suavemente contra la pared. Sus manos acorralaron mis caderas, aprisionándome con esa fuerza protectora y dominante que me robaba el aire—. No aguanto más esta maldita noche. No aguanto verte sonreírle a esos cabrones, ni tener que fingir que solo somos amigos frente a mi padre.

Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad febril. Estaba al límite. Yo también.

Sin pensarlo dos veces, cansada de jugar a las reglas de la mafia, alcé el rostro, pasé los brazos alrededor de su cuello y lo besé.

Fue un golpe directo. Un choque de urgencia, de meses de besos robados en la oscuridad y deseos silenciados. Alessandro soltó un gruñido ronco contra mis labios y me devoró con una desesperación feroz, como si temiera que en cualquier momento fuera a desaparecer. Sus manos se aferraron a mi cintura con tanta fuerza que sabía que dejarían marcas mañana, pero no me importó. Lo quería todo. Quería el peligro, quería el fuego, lo quería a él.

Cuando por fin nos separamos, jadeando, con los labios hinchados y el corazón galopando en el pecho, su frente se apoyó contra la mía. Sus ojos me examinaban con una devoción aterradora.

—Mía —susurró, con un tono que no admitía réplica, una orden envuelta en una promesa—. Jodidamente mía, Olivia. Ya no voy a ocultarlo más. Se acabó el juego de los amigos.

Lo miré fijamente, con una sonrisa triunfante curvando mis labios.

—Nunca fui de nadie más, Alessandro.

Él sonrió de lado, esa sonrisa peligrosa que hacía temblar a los enemigos de su padre, y me besó una vez más, lenta y profundamente, sellando nuestro destino antes de susurrar las palabras que ya sabía que diría:

—Entonces cásate conmigo, quédate en mi mundo para siempre. Te daré todo lo que pidas, quemaré el mundo entero a tus pies, pero vas a ser mi esposa.

—¿Tu esposa? —repetí saboreando la palabra en la punta de la lengua, con una mezcla de diversión y una corriente eléctrica recorriendo mi espina dorsal.

Alessandro no apartó los ojos de los míos ni un solo segundo. Su pulgar rozó con delicadeza mi pómulo, un gesto extrañamente tierno para un hombre cuyas manos estaban acostumbradas a apretar gatillos y firmar sentencias de muerte.

—Mi esposa —afirmó él con una seriedad absoluta, como si estuviera redactando un contrato que la muerte misma no podría romper—. Y dueña de todo lo que poseo. No me mires así, Olivia. Sabes perfectamente que esto iba a pasar desde el día en que nuestros padres decidieron unir los territorios. La única diferencia es que yo ya no tengo la paciencia para fingir que eres solo una amiga a la que debo proteger.

Un gruñido bajo y sordo resonó desde la chimenea. Ares, que había estado observándonos con sus inteligentes ojos oscuros, se levantó perezosamente y caminó hacia nosotros, apoyando su pesado hocico en la rodilla de Alessandro como exigiendo atención. Alessandro bajó la mirada, soltó una carcajada corta y sacudió la cabeza mientras acariciaba las orejas del dóberman.

—Incluso el perro sabe que eres mía, preziosa —murmuró, volviendo a fijar su atención en mí con esa intensidad devoradora—. Ven. Te tengo una sorpresa.

Sin darme tiempo a replicar, me agarró de la mano y me guio por los pasillos oscuros de la mansión hasta llegar a su ala privada. Mis tacones resonaban contra el mármol pulido al compás de las grandes zancadas de Alessandro y las pezuñas de Ares pisando con suavidad detrás.

Al abrir la puerta de su habitación, me detuve en seco, conteniendo el aliento.

Sobre la amplia cama de sábanas oscuras descansaban varias cajas de regalo envueltas con lazos pesados y una enorme montaña de rosas rojas que inundaban la estancia con su perfume dulce. Pero lo que me hizo abrir los ojos de par en par fue lo que colgaba del perchero contiguo: un vestido de alta costura, de un rojo carmesí tan intenso que parecía sangrar bajo la luz de las lámparas, acompañado de una bandeja con joyas que brillaban con una ostentación obscena.

—¿Qué es todo esto? —preguré, girándome hacia él con una ceja alzada, aunque una sonrisa involuntaria ya se estaba dibujando en mis labios.

Alessandro cerró la puerta a nuestras espaldas, bloqueando el pestillo con un clic metálico que sonó a sentencia definitiva. Se acercó a mí con paso lento, un depredador acorralando a su presa favorita, hasta acorralarme contra el borde de la cama. Sus manos se posaron con firmeza en mi cintura, quemando a través de la tela de mi vestido.

—Es para la cena de este viernes con los socios de Marsella —respondió él con total naturalidad, rozando sus labios contra el lóbulo de mi oreja, haciéndome estremecer—. Quiero que todos los capos de esa mesa sepan exactamente a quién pertenencias. Quiero que te miren y entiendan que tocarte es firmar su propia ejecución. Y las flores... —hizo una pausa, enterrando el rostro en mi cuello y respirando hondo—, las flores son simplemente porque hoy me besaste como yo llevaba meses queriendo que lo hicieras.

Incliné la cabeza hacia un lado, permitiéndole el acceso, sintiendo el calor de su aliento y el peligro latente que siempre lo acompañaba. Él era un monstruo para el resto del mundo, pero para mí era el refugio más peligroso y adictivo que existía.

—Eres un tirado, Alessandro —susurré, deslizando mis dedos por la nuca de su cabello corto, sintiendo cómo se tensaba bajo mi tacto.

—Un tirado que te daría el infierno entero si me lo pidieras, Olivia —me corrigió con voz ronca, antes de capturar mis labios en un beso hambriento, posesivo y absoluto que me dejó sin aire, sin voluntad y, sobre todo, sin ninguna intención de escapar de su mundo.

El beso se prolongó hasta que el oxígeno comenzó a faltarnos, una mezcla perfecta de urgencia, promesas tácitas y la certeza innegable de que ya no había vuelta atrás. Cuando por fin nos separamos, con el pecho agitado, Alessandro me mantuvo atrapada entre sus brazos, como si temiera que si me soltaba aunque fuera un segundo, fuera a desvanecerme como un espejismo en medio del humo de los puros.

—Mañana mismo hablaré con tu padre —sentenció de repente, su voz volviendo a ese tono frío y autoritario que usaba cuando cerraba tratos de armas o negociaba territorios—. Le diré que el acuerdo entre las dos familias ya no será una simple alianza comercial. Va a ser un matrimonio.

Solté una exclamación de sorpresa, aunque en el fondo sabía que era exactamente lo que ambos queríamos. La idea de atar nuestros destinos bajo la bendición de la sangre y el poder hizo que una chispa de emoción me encendiera por dentro. En nuestro mundo, el matrimonio no era una cuestión de romanticismo ingenuo; era la fusión definitiva de dos imperios. Pero con Alessandro, era también la victoria de lo que llevábamos años conteniéndonos.

—¿Y si se opone? —lo probé, arqueando una ceja con una sonrisa desafiante en los labios.

Alessandro soltó una risa seca, oscura y magnética. Sus ojos destellaron con un peligro absoluto.

—Que lo intente. No hay ejército, ni capo, ni bala en este continente que pueda evitar que te lleve al altar, Olivia. Eres mía desde el día en que nacimos, solo que él aún no se ha enterado.

Ares, como si aprobara la amenaza de su dueño, emitió un gruñido bajo y movió la cola, tumbándose definitivamente a los pies de la cama.

Me acerqué un poco más a su pecho, sintiendo los latidos firmes y acelerados de su corazón contra el mío, y pasé las manos por las solapas de su chaqueta. Las luces de la mansión proyectaban sombras largas en las paredes, recordándonos que allá afuera el peligro acechaba en cada esquina, que los enemigos vigilaban cada paso y que la muerte era una sombra constante. Pero en ese cuarto, rodeada de rosas rojas, de lujos obscenos y del hombre que quemaría el mundo por mantenerme a salvo, me sentía completamente invencible.

—Más te vale cumplir tu palabra, Alessandro —murmuré contra su cuello, saboreando el poder de saber que el monstruo más temido del bajo mundo estaba completamente a mis pies—. Porque si me aburro, te aseguro que la que va a quemar la mansión seré yo.

Él sonrió, un destello oscuro y fascinado cruzando su mirada antes de volver a atrapar mis labios en un beso hambriento que selló nuestra sentencia.

—Inténtalo, preziosa —susurró contra mis labios, con una risa contenida que hizo vibrar su pecho contra el mío—. Me encantaría verte arder con la mansión entera.

Sus manos bajaron lentamente por mi espalda hasta asentarse en las caderas, apretándome contra él con una firmeza que no dejaba espacio al escape. En su mirada ya no había rastro del chico con el que crecí compartiendo secretos tras las reuniones de nuestros padres. Había un hombre de la mafia, un capo implacable, pero la forma en que me miraba a mí era puramente devota. Como si yo fuera su único credo en un mundo lleno de traiciones.

El pitido sordo y constante de su teléfono encriptado rompió la atmósfera.

Alessandro soltó un maldición entre dientes, pero no me liberó del todo. Sacó el dispositivo del bolsillo de su chaqueta con una mano mientras la otra se mantenía posesivamente amarrada a mi cintura. Miró la pantalla y su expresión se endureció al instante, transformándose en la máscara de hielo que todos en el negocio temían.

—Habla —ordenó con voz cortante.

Escuchó en silencio durante unos segundos. No alcanzaba a oír la voz al otro lado de la línea, pero pude ver cómo la vena de su cuello se marcaba y la tensión volvía a apoderarse de sus hombros. Ares levantó la cabeza de golpe, sus orejas erguidas al detectar el cambio de energía en la habitación.

—Aseguren el perímetro —dijo Alessandro finalmente, con un tono frío que daba escalofríos—. Nadie entra y nadie sale del sector cuatro sin mi autorización. Si alguien se acerca a la propiedad de los Valenti, no pregunten. Disparen primero.

Colgó sin esperar respuesta y guardó el teléfono. Cuando volvió a mirarme, sus ojos oscuros quemaban con una mezcla de furia y protección instintiva.

—¿Qué pasa? —pregunté, manteniendo la calma que me habían enseñado a tener desde pequeña. En nuestras familias, el pánico era un lujo que no podíamos permitirnos.

—Un aviso en el puerto —respondió, acortando la distancia entre nosotros y tomando mi rostro entre sus manos grandes y tibias—. Una de las familias rivales está intentando tantear nuestros límites. Creen que el acuerdo de esta noche nos pilló distraídos.

—Que piensen lo que quieran —le dije, poniendo mis manos sobre las suyas—. Saben lo que les pasa a los que se meten con nuestras familias.

Alessandro sonrió de lado, esa sonrisa peligrosa que solo presagiaba problemas para nuestros enemigos. Se inclinó y dejó un beso firme en mi frente, prolongado y posesivo, antes de susurrar contra mi piel:

—No me preocupa el puerto, Olivia. Me preocupa que piensen que pueden tocar lo que es mío. No voy a dejarte sola esta noche. Ares se queda en la puerta y yo voy a bajar a la sala de mando a arreglar esto. Pero cuando vuelva... —su mirada descendió a mis labios con un hambre intacta—, vas a decirme que sí otra vez.

—No me voy a ir a ninguna parte, Alessandro —le prometí, sintiendo el calor de su presencia envolverme entero—. Este es mi mundo tanto como el tuyo.

Él me dio un último beso, rápido pero tan cargado de intención que me dejó sin aliento, y luego se giró hacia el perro.

—Ares, custodia.

El dóberman se posicionó de inmediato al lado de la puerta, sentado erguido y vigilante. Alessandro me dedicó una última mirada cargada de promesas antes de salir y cerrar la puerta tras de sí, dejándome en la penumbra iluminada por las luces de la ciudad, rodeada del olor a rosas, lujo y peligro que siempre acompañaba a nuestro amor.

El sonido de los pasos de Alessandro disipándose por el pasillo de mármol dejó tras de sí un silencio denso, solo roto por la respiración pausada y rítmica de Ares, que seguía impertérrito junto a la puerta con sus ojos oscuros fijos en la entrada.

Me alejé despacio de la cama, mis tacones apenas haciendo ruido sobre la alfombra persa, y me acerqué al gran ventanal que daba a los jardines privados de la mansión. Afuera, la noche de la ciudad brillaba con luces frías y distantes, pero dentro de nuestra propiedad, el perímetro ya empezaba a moverse. Siluetas de guardias armados patrullaban los caminos de piedra, y las luces de seguridad parpadeaban con una advertencia silenciosa.

Cualquier otra persona estaría aterrorizada en medio de una guerra de mafias, con los enemigos respirándonos en la nuca. Pero yo había nacido en este fuego. Sabía cómo respirar el humo.

Extendí la mano y rozé los pétalos aterciopelados de las rosas que Alessandro me había regalado. Había algo casi poético en ello: los hombres que temblaban ante su nombre ni se imaginaban que el temible capo de los Valenti gastaba su tiempo mandando a comprar flores importadas y planificando una propuesta de matrimonio en medio de una disputa territorial. Él era un peligro con patas para el resto del mundo, pero para mí era un ancla.

“Te daré todo lo que pidas, quemaré el mundo entero a tus pies...”

Sus palabras resonaron en mi mente con la fuerza de un juramento. Sabía que no estaba exagerando. Si alguien se atrevía a poner un solo dedo encima de mí, Alessandro no dudaría en teñir las calles de rojo sin mirar atrás. Y lo más retorcido y hermoso de todo era que yo haría exactamente lo mismo por él.

Me giré hacia el tocador, donde la bandeja de joyas brillaba bajo la tenue luz de la lámpara. Entre los diamantes y el oro, vi un pequeño revólver con cacha de nácar que él mismo me había regalado en mi cumpleaños pasado, grabado con mis iniciales. Lo tomé con familiaridad, sintiendo el peso frío del metal en mi mano.

—Tranquilo, chico, tu dueño sabe cuidarse —le murmuro a Ares de reojo.

El dóberman movió levemente la oreja, reconociendo mi voz, pero no se movió de su puesto.

Sabía que la reunión en la sala de mando no tardaría en terminar. Alessandro no era de los que alargaban las negociaciones cuando alguien osaba tocar su territorio; cortaba el problema de raíz con la precisión de un cirujano y la crueldad de un depredador. Y cuando regresara, con el olor a pólvora y victoria impregnado en su chaqueta, me encontraría aquí, esperándolo exactamente como le prometí.

El juego de fingir que éramos solo amigos había terminado para siempre. Ahora empezaba lo bueno.

No tuve que esperar demasiado.

Menos de media hora después, el pomo de la puerta giró con un chasquido seco y la pesada madera se abrió. Alessandro entró a grandes zancadas. Venía sin la chaqueta, con las mangas de la camisa blanca ligeramente remangadas hasta los antebrazos y los primeros botones desabrochados, dejando a la vista la piel de su cuello y la tensión que aún palpitaba en sus músculos. El leve olor a pólvora y aire frío de la noche entró con él.

Ares se puso de pie de inmediato, agitando la cola en señal de saludo, pero Alessandro apenas le dedicó una palmada distraída en el lomo antes de clavar sus ojos oscuros directamente en mí.

Cerró la puerta de un golpe sordo, bloqueando de nuevo el pestillo, y cruzó la habitación en tres zancadas largas. No dijo una sola palabra. Sus manos, aún con restos de la adrenalina de la pelea, me agarraron de la cintura con una posesividad feroz y me levantaron ligeramente, haciéndome chocar contra su cuerpo duro como una roca.

Solté una exclamación ahogada que se convirtió en una risa corta cuando me empujó con suavidad hasta sentarme en el borde del tocador, apartando de un manotazo la bandeja de joyas para hacerse espacio entre mis piernas.

—¿Problema resuelto? —le pregunté, rodeando su cuello con mis brazos y jugando con las puntas de su cabello oscuro.

—Solucionado —respondió él con voz ronca, apoyando la frente contra mi pecho, respirando hondo como si buscaras en mí el ancla que necesitaba para calmar la bestia—. El estúpido de Marsella mandó a un par de novatos a tantear el muelle norte. Ya les mandé el mensaje de vuelta: la próxima vez no dejaré que regresen a contar el cuento.

—¿Y los novatos?

—Abajo, sirviendo de advertencia —contestó con total indiferencia, levantando la vista para mirarme fijamente—. No hablemos de escoria, Olivia. Ya desperdicié suficiente tiempo con ellos esta noche.

Sus manos se deslizaron por mis muslos, subiendo lentamente por la tela de mi vestido con una familiaridad abrasadora, quemándome la piel. Su mirada tenía esa chispa oscura, hambrienta y absoluta que me recordaba por qué, a pesar del peligro, de las familias y de la sangre que nos manchaba las manos, no quería estar en ningún otro lugar del mundo.

—Me dijiste que te ibas a casar conmigo —le recordé con una sonrisa traviesa en los labios, inclinándome un poco para morderle suavemente el lóbulo de la oreja.

Alessandro soltó un gruñido bajo que resonó directamente en mi boca cuando volvió a besarme. Esta vez no hubo urgencia, sino una certeza aplastante, una promesa de fuego y eternidad.

—No te lo estaba preguntando, preziosa —murmuró contra mis labios, con una sonrisa peligrosa y deslumbrante—. Te lo estoy advirtiendo. Mañana mismo empieza nuestro imperio.

—Nuestra advertencia es una sentencia, entonces —le susurré contra los labios, con el aliento ya cortado por la manera en que sus manos recorrían mi cuerpo, encendiéndome cada terminación nerviosa con una precisión milimétrica.

Alessandro no respondió con palabras. Sus manos se cerraron con más fuerza en mis caderas, levantándome un poco más sobre el tocador para borrar cualquier distancia que pudiera quedar entre nosotros. Cuando volvió a capturar mis labios, el mundo exterior —los puertos controlados, las familias rivales, los enemigos esperando en la sombra— desapareció por completo.

Fue un beso hambriento, salvaje y desesperado, una colisión de dientes y alientos donde la paciencia se rompió en mil pedazos. Su lengua se abrió paso con urgencia dentro de mi boca, explorando cada rincón en una danza posesiva y profunda que me robó el último rastro de cordura. Mis manos se aferraron con desesperación a su cabello oscuro, tirando de él para acercarlo todavía más, necesitando fundirme con su piel, sentir que no había aire suficiente para los dos.

Un gemido ahogado escapó de mi garganta mientras él intensificaba el ritmo, devorándome como si temiera que alguien fuera a arrebatarme de sus brazos.

Sin romper la conexión, Alessandro comenzó a deslizar sus labios hacia la comisura de mi boca, bajando por mi mandíbula hasta trazar una línea de fuego ardiente por mi cuello. Solté un suspiro tembloroso, arqueando la espalda de manera instintiva contra su pecho cuando sus dientes mordisquearon la piel sensible justo debajo de mi oreja.

—Alessandro... —jadeé, sintiendo que mis piernas empezaban a flaquear bajo su toque.

—Mía —gruñó él en voz baja, ronca y cargada de una posesión absoluta, mientras su boca continuaba su descenso inexorable.

Su lengua trazó círculos calientes por el hueco de mi garganta, haciendo que mi cuerpo entero se estremeciera con espasmos de puro placer. Las manos de Alessandro subieron con firmeza, desabrochando con torpeza ansiosa los tirantes y la tela de mi vestido hasta dejar mis pechos al descubierto bajo su mirada febril.

Sus ojos oscuros se clavaron en mí un segundo, brillando con una devoción casi maníaca, antes de inclinarse con hambre contenida.

Un grito ahogado y un gemido largo escaparon de mis labios cuando su boca caliente cubrió mi pecho. Su lengua húmeda y experta empezó a juguetear con la sensibilidad de mi piel, alternando succiones firmes con mordiscos suaves que me hacían perder el norte. Mis dedos se enterraron con más fuerza en su cabello, tirando de él en un intento desesperado por sostener su cabeza contra mí, mientras mi cadera se movía rítmicamente buscando el calor de su cuerpo.

—No pares... por favor, Alessandro, no pares... —gemí en un susurro roto, arqueándome aún más hacia él, sintiendo que el pecho me quemaba por dentro.

—Nunca, preziosa —su voz sonó áspera, vibrando contra mi piel desnuda antes de volver a tomarme con una voracidad insaciable—. Eres mía. Todo esto es mío. Que el mundo entero se entere de a quién perteneces.

Cada roce de sus labios y cada embestida de sus manos aumentaban el fuego en mi interior, recordándome que ya no había vuelta atrás. Éramos fuego, pólvora y una obsesión mutua de la que ninguno de los dos quería ser salvado.

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