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LA NOVIA (Historias para pecar_#3)

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Sinopsis

A los veintidós años, Tomás e Irene viven una relación apasionada y llena de proyectos. Pero una noche, unos mensajes comprometidos provocan una ruptura tan inesperada como dolorosa. Irene desaparece de su vida sin darle oportunidad de explicarse. Ocho años después, Tomás recibe una invitación sorprendente: Irene va a casarse con otro hombre y quiere que él asista a la boda. Junto a la invitación, una nota manuscrita contiene las disculpas que nunca llegaron. Tomás acepta, convencido de que aquel encuentro le permitirá cerrar definitivamente una historia que dejó demasiadas preguntas sin respuesta. Sin embargo, hay deseos que sobreviven al tiempo, cuerpos que conservan su memoria y pasiones que no entienden de promesas matrimoniales. ¿Puede una boda convertirse en el comienzo de una relación prohibida? **Una historia de Rebecca Brand.** https://www.inkitt.com/RebeccaBrand

Genero:
Erotica
Autor/a:
RebeccaBrand
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

LA NOVIA. HISTORIA #3

(Relato completo)

Capítulo uno. Malasaña, noviembre

(Ocho años antes)

Llovía desde el jueves, y el sábado seguía lloviendo.

La comida en casa de sus padres había sido un cocido y tres horas de sobremesa, y a las cinco y media salimos a la calle con la ropa oliendo a cocina ajena y a tabaco de un piso en el que ya nadie fumaba salvo el padre, que fumaba en la ventana con la mano fuera, como si la casa no fuera suya.

Su madre había preguntado lo de siempre, a mitad del segundo plato, con la naturalidad de quien lleva meses ensayando el tono:

—¿Y vosotros para cuándo?

Y nosotros habíamos dicho lo de siempre: que tenemos veintidós años, que queda mucho, que ya veremos. Marta, que tenía quince y estaba con el móvil debajo de la mesa, levantó la vista para decir que ya veremos era un sitio donde vivía la gente. Irene se rió, yo me reí, el padre dijo que la niña tenía razón y nadie le hizo caso.

En el metro iba empapada, con el pelo pegado a la cara y las zapatillas chorreando. Se había puesto un abrigo largo y se lo subió por el cuello, y en el vagón, con la gente apretada y el vaho en los cristales, me apoyó la cabeza en el hombro sin decir nada. Olía a lluvia y a suavizante y a cocido, y a mí me pareció una combinación perfecta.

Bajamos en la estación de metro de Tribunal. El piso estaba en la calle del Espíritu Santo, tercero sin ascensor, con un rellano que olía a fritanga y a humedad, y con Nacho, el compañero de piso, que se había ido el viernes a Soria hasta el domingo y había dejado una nota en la puerta de la nevera sujeta con un imán de un banco: se llevaba la freidora, estábamos solos, nos comportásemos.

Irene conocía bien a Nacho, de tantas tardes y noches en aquel piso. Leyó la nota por encima de mi hombro y dictaminó que Nacho era un santo. Yo le dije que Nacho se había llevado la freidora. Ella repitió que un santo con freidora, y ahí se acabó el debate.

Se quitó el abrigo empapado y lo colgó del respaldo de una silla, donde iba a seguir goteando toda la noche. Se fue a la cocina en calcetines, encendió la luz del pasillo con el codo y desde allí, girándose a medias, me levantó dos dedos con la mano derecha. Le pregunté qué era eso. Me dijo que un saludo. Le pregunté de qué, y ella explicó que era un saludo que servía para todo: para cuando estás lejos y no quieres gritar, para cuando sales de un sitio y quieres decir adiós sin decirlo, para cuando estás en una boda y no puedes hablar. Servía para todo. Le dije que era un saludo de mierda. Ella dijo que era un saludo buenísimo, y que encima me lo regalaba, el derecho de uso, como las canciones.

Apareció con la botella de vino y dos vasos, uno de ellos una taza rota del borde. Abrió el vino, los llenó, me dio la taza y se sentó en el suelo de espaldas al radiador, con las piernas cruzadas. Yo me senté enfrente, en el sofá, que era de segunda mano y tenía una mancha de café de dos años que ya formaba parte del mobiliario.

Bebimos. La lluvia repicaba en la persiana metálica y el radiador hacía ese ruido de radiador viejo que suena a clac-clac cada veinte segundos. Le pregunté si estaba enfadada por lo de su madre. Dijo que su madre preguntaba porque tenía que preguntar, que era su trabajo, y que lo que le molestaba era que yo contestara siempre como si me estuvieran haciendo un examen. Le dije que es que me lo estaban haciendo. Ella dijo que ya, pero que se puede aprobar sin estudiar. Se rió, se quedó mirándome por encima del borde del vaso, y a mí me pasó lo que me pasaba siempre: que se me olvidó la frase que iba a decir.

—Ven aquí.

Me levanté del sofá, bajé al suelo, a su lado, junto al radiador, y ella me puso la mano en la cara con la palma abierta y me miró el sitio de la boca sin mirarme a los ojos, que es la manera en que mira la gente cuando ya ha decidido algo. Nos besamos despacio, de esos besos que no llevan a nada y llevan a todo. Se me subió al regazo con los dos vasos todavía en la mano, hubo que apartarlos, el vino se derramó un poco en la alfombra y ninguno de los dos se movió para limpiarlo.

Se le había quedado el jersey —mi jersey, gris, tres tallas más grande— con el cuello caído por un hombro. Le puse la boca ahí, en la clavícula, y ella echó la cabeza atrás, y el pelo le cayó por la espalda, y el radiador siguió con su clac-clac como si nada.

—Vamos a la cama —dijo.

No llegamos a la cama.

Me agarró de la camiseta por el pecho y me empujó contra la pared del pasillo, y me besó con la boca muy abierta y una mano ya en el botón del pantalón. Se le notaba el hambre. Llevaba toda la tarde con la mano en mi rodilla por debajo de la mesa de sus padres, y ahora tenía vía libre y no iba a fingir.

Me bajó el pantalón hasta las rodillas de un tirón. Me agarró la polla por encima de los calzoncillos, apretando, me la sacó y me la miró como se mira algo que te pertenece. Se arrodilló ahí mismo, sobre las baldosas frías del pasillo, y me la metió en la boca entera, de golpe, sin calentamiento. Yo me apoyé en la pared con las dos manos porque las piernas me hicieron un amago. Chupaba despacio y profundo, con una mano en la base y la otra agarrándome el muslo, mirándome hacia arriba cada pocos segundos, y la luz del pasillo era una luz amarilla de bombilla barata que le marcaba los pómulos y le dejaba el resto de la cara en sombra. Le avisé de que me iba a correr. Se sacó la polla de la boca, se limpió el labio con la muñeca, se levantó y dijo que en la cama, y en la cama despacio.

La cama estaba sin hacer, con el edredón de invierno hecho un rebujo. La habitación tenía un radiador que no funcionaba y un armario de dos puertas con un espejo enorme en una de ellas, un espejo antiguo con el azogue picado en una esquina, que venía con el piso y que se había convertido, sin que ninguno lo dijéramos nunca, en parte de nuestras noches.

Le quité el jersey por la cabeza. Debajo no llevaba nada, y ya lo sabía, porque se lo había visto cuando se agachó a recoger el abridor en la cocina, y aun así me quedé un segundo mirándola. Me contó que llevaba todo el día sin bragas, que las había dejado en el bolso en casa de su madre porque le apretaban. El sujetador se lo había quitado al llegar al piso y lo había dejado en una silla. Le puse la mano en el vientre y bajé. Estaba mojada, y no de la lluvia. Le pasé los dedos por el coño, de arriba abajo, dos veces, sin entrar, y ella se agarró a mi hombro con las dos manos y cerró los ojos. Le metí un dedo. Luego dos. Ella empujó hacia delante, buscando, y yo le puse la otra mano en la nuca y la besé mientras la abría con los dedos, y noté cómo se le tensaba el cuello.

Me tumbó, pero no me dejó quedarme. Se dio la vuelta y se puso a cuatro patas al borde de la cama, mirando al espejo del armario, y me miró por el espejo, con la cara girada.

—Así.

Es una postura que tiene truco: si lo haces mal, es mecánica. Hay que ir despacio al principio. Me puse detrás, con las rodillas en el borde del colchón, y le pasé la polla por el coño un par de veces, de arriba abajo, mojándola, y ella se movió hacia atrás buscando, y en el tercer intento la dejé entrar sola.

Entré muy despacio. Hasta el fondo. Y los dos nos miramos por el espejo, que es lo que tiene el espejo, que no te deja mentir: ella con la boca abierta y los codos hundidos en el colchón, yo con la camiseta puesta todavía y las manos en sus caderas.

Me moví. Saliendo casi del todo y volviendo, y ella siguió con la mirada el movimiento en el espejo durante un rato y luego cerró los ojos y apoyó la mejilla en la sábana. Le agarré el pelo con una mano, en la nuca, con el puño cerrado, y ella soltó un sonido corto. A partir de ahí subí el ritmo, y cuando le pedí más fuerte ella ya no estaba para palabras: la cama empezó a golpear la pared, el vaso que había quedado en la mesilla se cayó y se rompió, y ninguno de los dos se giró a mirar. Le puse la mano en la espalda baja y le marqué el ritmo, y ella empezó a empujar hacia atrás con todo el cuerpo, a buscarlo, con esa mezcla de entrega y de mando que tenía siempre, y el espejo reflejaba las dos cosas a la vez: la sumisión y la dirección.

Le solté el pelo y le puse las dos manos en el culo, abriéndola, y aceleré. Con eso se le fue la voz. Empezó a respirar en corto, con un sonido pequeño en cada embestida, y luego ese sonido se convirtió en una palabra repetida que no era ninguna palabra.

—Para, que me corro.

No paré. Se le tensó todo el cuerpo de golpe, se le doblaron los brazos y se le hundió la cara en el colchón, y el gemido le salió amortiguado por la sábana y aun así llenó la habitación. Yo aguanté lo justo para verla, para ver cómo el culo le temblaba, y luego me dejé ir dentro, empujando hasta el fondo, con las dos manos clavadas en sus caderas y los dientes apretados.

Nos quedamos así, unidos, con las piernas temblando, y el radiador del pasillo siguió con su clac-clac. Ella dijo algo sobre el vaso roto, y sobre que era la taza del borde, y yo dije que daba igual. Se rió con la risa amortiguada por el colchón. Salí despacio, me tumbé a su lado y ella se giró, se acurrucó contra mi pecho con la cabeza en mi hombro y se quedó ahí, con una pierna por encima de las mías y la mano abierta en mi estómago, y así estuvimos mucho rato, sin hablar, oyendo la lluvia y la calle y a un vecino que discutía con alguien por teléfono en el patio de luces.

Le acaricié la espalda de arriba abajo. Le encontré la cicatriz de la rodilla —se había caído de la bici a los trece años, en un verano, y la cicatriz era un mapa pequeño y blanco— y se la toqué con el pulgar. Y luego le aparté el pelo de la oreja, porque tenía un lunar detrás, pequeño, del tamaño de una lenteja, en el sitio donde el pelo se junta con la piel, y que casi nadie había visto nunca y que a mí me parecía lo mejor de su cuerpo. Le di un beso en el lunar y ella protestó, dijo que le iba a dejar sin oreja, y se rió.

Y entonces, en la oscuridad, con la lluvia en la persiana y su respiración ya calmada, dijo que su madre tenía razón, que ya veremos no era un sitio. Se movió un poco, se puso boca arriba, mirando el techo, y explicó que ella quería una casa con la puerta azul, con un patio, y que quería que fuera siempre la misma. Le pregunté por qué tenía que ser siempre la misma, y ella se giró a mirarme y dijo:

—Porque yo quiero algo que no se vaya.

Yo tenía veintidós años, una beca de mierda y ni una sola idea de lo que quería hacer con mi vida, y en ese momento, en esa cama, con esa frase, no contesté nada. Pensé que era una frase bonita. Pensé que era la clase de cosa que se dice a los veintidós. Tardé seis años en entender que era un programa político.

Ella preguntó que qué quería yo.

—A ti.

Me contestó que eso era una respuesta de examen. Se rió, se dio la vuelta, me dio la espalda y se acurrucó contra mí, y ya no insistió.

—Voy a la cocina un momento, ahora vuelvo.

Me levanté a hacer un par de sandwiches. Teníamos hambre y en la nevera había medio tomate, una lata de atún y pan de ayer. Me fui a la cocina desnudo, dejando la puerta abierta y a ella en la cama.

El móvil se había quedado en la mesilla, enchufado al cargador, y sonó. No tenía clave. Ella lo cogió.

Y desde la cocina la oí decir, con una voz que no era la de antes:

—¡Quién es esta guarra! ¡Quién es esta guarra! ¿Me puedes decir quién es esta puta guarra?

Volví rápido a la habitación al escuchar los gritos. Estaba sentada en la cama, con la sábana por la cintura y una camiseta mía puesta. En la pantalla había una foto: una chica tumbada en una cama, completamente desnuda, con las piernas completamente abiertas, enseñando el coño con descaro. Debajo, un texto —ayer lo pasamos muy bien, espero repetir mañana— y dos emoticonos: un beso y una berenjena.

Sonó inmediatamente otro aviso. Irene abrió el segundo mensaje y lo leyó dos veces en voz alta, sin apartar los ojos de la pantalla: «Y esa manchita oscura que tienes en la polla… Me vuelve loca cuando te la chupo». Ella la conocía de sobra. Era una pequeña mancha de nacimiento en un lateral, un detalle al que nunca habíamos dado importancia y que, sin embargo, en ese momento lo cambiaba todo. Yo tampoco entendía cómo podía saberlo aquella mujer.

Le quité el móvil de la mano y lo miré absorto.

—¿Cómo puede saber lo de la mancha? —preguntó Irene. Ya no gritaba, y eso me asustó todavía más.

—No lo sé. No la conozco de nada.

—¿Y entonces por qué te manda una foto enseñándote todo el potorro?

—No sé, cariño. Tendrá una explicación. Cálmate.

—Eres un verdadero hijo de la gran puta. Cabrón. Te estás follando a otra y yo hablando contigo de planes de futuro.

—Cálmate, te juro que no la conozco. Tiene que haber una explicación.

—Encima no eres hombre para afrontar la verdad. ¡Te odio!

No esperó. Se levantó bruscamente, cogió su pantalón del suelo y empezó a vestirse de cualquier manera, con los vaqueros a medio poner, y en las prisas se olvidó del sujetador que había dejado en la silla. Se llevó puesta mi camiseta. Tomó el abrigo, cogió el bolso y se marchó llorando, dando un sonoro portazo al salir de casa.

No volvió a coger el teléfono. Ni esa noche, ni la siguiente, ni ninguna de las tres semanas que insistí día a día. Finalmente, me bloqueó.

No volví a verla. Una vez intenté acercarme a su casa, pero su padre bajó y me advirtió de que, si volvía a intentarlo, llamaría a la policía.

Se quedó con mi camiseta y yo con su sujetador. Esos fueron los únicos recuerdos que nos guardamos. Aquellos mensajes nos destrozaron la vida.

Lo cierto es que todo había sido una broma pesada de Clara, una amiga mía y otra mujer a la que yo no conocía, una tarde en la que habían bebido las dos de más. Clara le dio mi número a la otra, que se hizo aquella foto y me la mandó. Lo de la mancha también tenía una explicación: ya que su novio con el que jugaba al fútbol la había visto en las duchas, después de jugar un partido, y se lo había comentado a Clara en una conversación. Ella aprovechó el detalle para que el segundo mensaje resultara más creíble. Se rieron bastante imaginando mi cara cuando abriese el WhatsApp; no imaginaron quién iba a leerlo primero.

Cuando lo averigüé, unas semanas después, era demasiado tarde. Clara casualmente me preguntó por los mensajes y si el chochito de su amiga me había gustado. Cuando le conté lo que había ocurrido me pidió perdón, pero, a esas alturas, Irene ya no contestaba a mis llamadas.

Más adelante, comentaron que salía con otro chico.

A mí me llegó una oferta de trabajo para irme a Berlín y allí se quedó la historia. Nacho tuvo que buscarse otro piso. En uno de mis viajes a Madrid, quedamos a comer y le conté lo que había averiguado casualmente. Él sabía lo que había sufrido por aquella historia.

Tardé tiempo en olvidarla, pero con el paso de meses, conocía otras mujeres y su recuerdo se fue disipando.

Capítulo dos. La Alameda, septiembre

(El día de la boda)

La invitación había llegado en julio a mi piso de la calle del Pez, dos meses antes de la boda. Dentro del sobre, junto a la tarjeta impresa, había un papel doblado, escrito a mano por Irene. Lo sujeté a la nevera con un imán. Allí seguía el día de la boda.

«Ven a mi boda. Ya sé la verdad de la foto y te pido mil disculpas. Fue la peor manera de romper lo que teníamos. Me haría ilusión tu presencia».

Tuve que leer la nota varias veces. Hacía ocho años que no sabía nada de ella, y ahora me pedía que fuera a verla casarse con otro. Como supuse que también le habría invitado, llamé a Nacho para comentarle mi sorpresa por todo. Me contó que se había encontrado con ella por casualidad en junio y que, después de hablar un rato, le había contado la verdad de los mensajes de WhatsApp. Irene le preguntó dónde vivía y le facilitó mi dirección. No añadió gran cosa, y yo tampoco quise pedirle detalles.

Mi primera decisión fue no ir. Dejé la tarjeta de invitación en un cajón y me repetí que ya no tenía sentido volver a verla: ella había elegido su vida y yo llevaba años intentando vivir la mía. Me molestaba, además, que necesitara ocho años para creerme. Pero volvía a leer la nota que seguía en la nevera. A veces me quedaba mirando las palabras «mil disculpas» y recordaba aquella noche en Malasaña, el ruido de la puerta cuando se marchó y las semanas en que no pude hablar con ella.

Pasé casi todo agosto sin contestar. Pensaba en lo que sentiría al verla vestida de novia, no podría estrechar la mano de su futuro marido sin que se me notara nada, incluso en la posibilidad de que Irene me hubiera invitado únicamente para quedarse tranquila. Estuve varias veces a punto de romper la tarjeta. Al final confirmé mi asistencia. No porque esperara recuperar lo perdido, sino porque después de ocho años quería mirarla a los ojos y saber si aquella historia estaba de verdad terminada.

Salí de Madrid a las cuatro y cuarto. Traje azul oscuro, camisa blanca, corbata en el bolsillo del pantalón porque hacía calor y porque a las cinco de la tarde una corbata es una rendición. La autopista primero y luego cuarenta minutos de carretera de montaña con curvas y con pinos, y en todo el trayecto fui escuchando la radio sin oírla y pensando cosas que ya había pensado.

Llegué a las cinco y media. La finca se llamaba La Alameda y no tenía ninguna alameda: tenía cipreses, encinas, un camino de grava blanqueada por el sol y dos edificios de piedra unidos por un patio con una fuente seca. Detrás, una piscina con tumbonas de madera. Septiembre en la sierra, treinta y un grados, una luz dorada y horizontal de esas que hacen que todo parezca una película bien fotografiada. Había banderines entre los cipreses, un arco de flores blancas montado en el césped y dos chicas con camiseta negra clavando velas en la mesa de la tarta.

Me dieron la llave de la habitación 12, en el ala oeste, con una bolsita de bienvenida con dos pastillas de chocolate y un plano de la finca que tiré a la papelera. La habitación era pequeña, con una cama de matrimonio, un ventilador de techo y una ventana al patio. Me duché, me puse la camisa blanca que llevaba para la ocasión, me miré en el espejo de hotel, que es el peor espejo que existe, y me dije en voz baja que ya estaba. Luego me fui al patio, porque si me quedaba en la habitación iba a seguir mirándome como un gilipollas.

La vi a las seis y media.

Cruzó el patio con el vestido recogido en un puño y un cigarro en la otra mano, descalza, con los tacones colgando de dos dedos y el pelo recogido en un moño flojo con un lápiz. Iba hablando con su hermana Marta y no me vio hasta que estuvo a cuatro metros.

Entonces al verme, levantó dos dedos en un saludo. Eso fue lo peor, o lo mejor. Levantar los dos dedos en un saludo, era un gesto que le servía para todo. Para el vecino. Para el cura. Para el hombre al que había querido cinco años y que ahora tenía delante, con la camisa blanca y la corbata en el bolsillo, como un invitado más.

Y a mí me volvió de golpe una imagen de ocho años atrás: un rellano de escalera en la calle del Espíritu Santo, un jersey gris que no era suyo y unas zapatillas de estar por casa, y ella levantando esos mismos dos dedos antes de bajar a comprar el pan. Se me ocurrió que llevaba ocho años usando el saludo que había nacido en nuestro pasillo, repartido por toda su vida, y que el último sitio donde iba a usarlo era la boda en la que se casaba con otro.

—Hola, Tomás.

—Hola, Irene.

—Estás más delgado —me comentó.

—Y tú estás descalza.

—Estos zapatos me están matando. Y falta media hora para la ceremonia. ¿Has visto el arco de flores?

—Es muy bonito —le dije.

Marta me dio dos besos y me dijo que estaba guapísimo con una convicción que no se creía ni ella. Luego se fue a seguir colgando cosas, y nos quedamos los dos en el patio, con la gente montando la boda alrededor, sin decir nada durante quince segundos, que entre dos ex es como una hora.

—¿Cómo lo llevas? —me preguntó.

—Bien.

—¿Bien de verdad o bien de ex?

—Bien de ex.

Se rió y tiró el cigarrillo.

—Perdona, creo que me toca ir a terminar de arreglarme. Después charlamos.

Me sentaron en la sexta fila, a la derecha, en el pasillo. Desde ahí se le veía la nuca y la espalda y las manos, y nada más, y eso fue una putada y un alivio a la vez. Hacía calor. La gente se abanicaba con el programa de mano. A mi lado tenía a una señora con un sombrero enorme y a un señor calvo que se dormía por fases.

A las siete en punto, el cuarteto cambió de pieza y todo el mundo se giró. Apareció por el camino de grava, del brazo de su padre, y a mí se me olvidó respirar durante tres segundos, y me di cuenta de que llevaba dos meses intentando prepararme para eso y de que no había preparación posible. El vestido era de seda blanco roto, con escote en V y dos tirantes sobre los hombros. El corpiño, entallado y con las costuras marcadas, se ajustaba a la cintura; desde allí nacía una falda amplia que caía en pliegues suaves hasta el suelo. Llevaba un velo largo, rematado con encaje floral, prendido al moño bajo, del que escapaban unos mechones junto a la cara. Pendientes pequeños de perlas. Iba sonriendo, pero no sonreía a nadie en concreto: sonreía al sitio, a la idea, al arco. Pasó a un metro de mí y no me miró. Estaba muy bien entrenada, o quizá le pasaba lo mismo que a mí.

El padre la entregó con dos frases y se sentó con los ojos brillantes. El cura era un cura joven, de los que hacen chistes, y contó una anécdota sobre una pareja de Cáceres que llevaba cincuenta y dos años casada, y la gente se rió con ganas. Yo, para no mirarla, conté las flores del arco: cuarenta y tres rosas blancas, once ramas de eucalipto y un montón de cosa verde pequeña que no supe identificar. Luego conté las lámparas de los cipreses. Luego los botones del traje del padre. Luego llegó el momento y se acabó el margen.

—Sí, quiero.

Lo dijo mirando al frente, con la voz firme y limpia, sin temblor, como se dicen las cosas que se han decidido de verdad. Y en esos dos segundos de silencio, antes del sí, a mí me pasaron por la cabeza cosas que no tenían ningún derecho a pasar: un piso de estudiantes con la nevera rota, un viaje a Cádiz en un coche sin aire, una discusión en un portal a las cuatro de la mañana, sus pies contra mis pies en una cama estrecha en enero. Y una frase dicha en la oscuridad de una habitación de Malasaña, con la lluvia en la persiana, ocho años antes: que ella quería algo que no se fuera.

Y ahora tenía algo que no se iba. Se llamaba Andrés y estaba a dos metros, con un traje azul y una flor en la solapa, y tenía la cara de un hombre al que le está pasando lo mejor de su vida y lo sabe. Le di la mano cuando pasó, en el pasillo de vuelta, del brazo de su marido, con la sonrisa más grande que le he visto en la vida. Me buscó un segundo en la sexta fila, me encontró, y me guiñó un ojo. Un puto guiño, del brazo de su marido, con la alianza ya puesta.

El cóctel se sirvió en el patio de la fuente, con mesas altas, cava, vermut, dos camareros y bandejas de cosas pequeñas que nadie comía porque hacía calor y todos tenían hambre de verdad. Me puse en la barra, que es un buen sitio para un ex: tienes las manos ocupadas y no tienes que fingir conversación.

Andrés vino a saludarme. Me dio la mano con las dos manos.

—Tomás, por fin. ¿Qué tal el viaje?

—Bien. Un montón de curvas al final, pero bien.

—Irene me ha hablado mucho de ti. Tenía ganas de conocerte de verdad.

—Espero que cosas buenas.

—Todas.

Le gusté. Eso fue lo peor: que le gusté. Marta me interceptó dos veces con una lista en la mano y una cara de sargento que llevaba toda la vida viendo a esa pareja y sabía perfectamente lo que era.

Irene pasó repartiendo besos, ya sin el velo. Iba de grupo en grupo, se agachaba a hablar con las tías, se dejaba abrazar por las amigas del colegio, posaba para el fotógrafo con una paciencia infinita. En el tercer pasillo entre las mesas, cuando ya llevábamos cuarenta minutos de fingimiento, se giró con la copa en la mano y me cortó el paso.

—El vestido tiene demasiada tela.

—Es una tienda de campaña de seda. Ven.

No pregunté a dónde. Esa es la cosa con Irene: nunca hay que preguntar a dónde.

El ala este era la que no usaba nadie. Estaba el cuarto de la caldera, un pasillo con moqueta verde de otra década, y al fondo un despacho con una mesa de nogal, una lámpara de pie encendida, un sofá de cuero viejo y una ventana grande que daba al patio. Fuera, a cuarenta metros, doscientas personas brindaban por su boda.

Entró delante, cerró la puerta con pestillo y se quedó de espaldas, con la mano en el pomo, mirando la madera.

—Hace una hora y veinte minutos que estoy casada —dijo.

—Lo sé.

—Y llevo todo el día pensando en esto.

Se giró. Tenía la cremallera por la espalda, larga, con un tirador de cristal, y levantó el pelo con las dos manos para enseñarme la nuca. Y ahí estaba otra vez, en el sitio de siempre, detrás de la oreja, el lunar del tamaño de una lenteja que casi nadie había visto nunca y que a mí me parecía lo mejor de su cuerpo.

—Baja.

El tirador bajó con un chasquido largo, dental, como si el vestido se resistiera a soltarla. Le bajé la cremallera hasta el final de la espalda, hasta el nacimiento del culo, y no tiré del vestido: solo puse la boca en la vértebra que había quedado al descubierto. Sabía a colonia y a calor de cuerpo. Ella hizo un ruido pequeño, casi de fastidio, el ruido de alguien que lleva nueve horas esperando algo. Le mordí el hombro, le bajé un tirante con un dedo, y el vestido cayó como cae la seda cuando está bien cosida: de golpe y sin ruido. Debajo llevaba un corsé color marfil, de ballenas, con el borde de encaje, unas medias con liguero y unas bragas tan finas que se veía el tono de la piel a través del tejido.

La giré. La besé como se besa a alguien que ya te conoce el ritmo: sin explorar, entrando directo. Ella me agarró de la corbata —me la había puesto al salir del baño, buena idea— y tiró de mí hasta la mesa de nogal, y se sentó encima apartando con el brazo un montón de carpetas que cayeron al suelo y que ninguno de los dos recogió.

Le abrí las piernas con las manos. Le subí el vuelo del corsé para ver el liguero completo, la cinta tensa sobre el muslo, el encaje de las bragas estirándose sobre la cadera. Le pasé el pulgar por encima, de arriba abajo, sin entrar, y ella me avisó de que ya nos conocíamos, que no me hiciera el lento.

—Vamos al turrón.

Le bajé las bragas hasta los tobillos. Ella las pisó para quitárselas y las dejó ahí, en el suelo, y yo me arrodillé delante de la mesa y le puse la boca donde llevaba todo el día queriendo ponerla.

Sabía a sal y a champán. Le agarré los muslos con las dos manos para que no cerrara, y ella se echó hacia atrás apoyada en los codos, con la cabeza colgando por el borde de la mesa, el pelo cayéndole sobre las carpetas, y empezó a decir tacos en voz baja, en un susurro ronco, porque no podíamos hacer ruido, porque su marido estaba a cuarenta metros levantando una copa. Le lamí despacio, con la parte plana de la lengua, subiendo y bajando por el coño abierto, y cuando le temblaron los muslos cambié a círculos cortos sobre el clítoris y ella me clavó los talones en la espalda. Le metí dos dedos y los curvé hacia arriba, buscando, y encontré el famoso punto G a la tercera. Lo empecé a estimular y se le cortó la respiración: literalmente se le cortó, hubo un hueco, y luego soltó todo el aire de golpe y apretó mi cabeza con las dos manos. Me pidió que parara, que si se corría ahí no le servía para nada, y yo le pregunté para qué tenía que servirle, y ella dijo que para aguantar el resto de la noche.

Me levanté. Me desabroché el pantalón y ella me miró hacerlo como si fuera una ceremonia aparte, con la cara de alguien que ve llegar algo que lleva mucho tiempo esperando. Me bajó los pantalones hasta la rodilla con los pies, me metió la mano dentro de los calzoncillos, me agarró la polla con toda la mano, sin prisa, apretando, moviéndola arriba y abajo dos veces, y me dijo que la follara.

La penetré mirándole la cara. Entré con la polla muy tiesa y los dos nos quedamos quietos un segundo, con esa estupidez de estar quietos cuando llevas un huevo sin estar dentro de alguien, reconociendo la forma, la temperatura, el sitio exacto. Luego empezó a moverse empujando hacia delante con las caderas, buscando el ritmo, y yo la seguí y le puse una mano en la cintura para que no se cayera hacia atrás de la mesa.

—Despacio.

Fue despacio. Fue de las cosas más lentas que he hecho nunca: un movimiento largo, casi entero, saliendo hasta el borde y volviendo a entrar, y luego otro, con la mesa crujiendo bajito y las carpetas del suelo moviéndose con las corrientes de aire. Le puse la boca en el cuello y le dije cosas. Le dije que se había casado con el hombre equivocado. Le dije que ya lo sabía, que ella también lo sabía, que todo el mundo lo sabía menos Andrés. Ella me agarró de la nuca y me obligó a mirarla, y dijo que Andrés era bueno, y yo lo admití, y ella dijo que Andrés era bueno y que ella estaba allí, y yo le dije que sí, que estaba allí.

Y entonces dejó de hablar. Subió el ritmo, y yo la agarré de las caderas y la llevé hasta el borde de la mesa, hasta que ella se sujetó al borde con las dos manos y yo pude empujar de verdad, con todo el cuerpo, y el corsé le subía y le bajaba con cada embestida y los pezones le asomaban por encima del borde de marfil, duros, oscuros, y me volvían loco. Le pasé la mano por delante otra vez: se la puse plana en el vientre, bajé dos dedos y la toqué mientras la follaba, con el pulgar en el clítoris y los dedos notando cómo entraba y salía mi propia polla.

Con eso ya no hubo vuelta atrás. Ella anunció que se corría y yo le dije que se corriera, y se corrió con la boca abierta y sin ruido, que fue lo más impresionante de todo: entera, larga, en absoluto silencio, con los ojos abiertos mirándome, temblando, apretándome por dentro con sus contracciones. Aguanté lo justo para verla terminar antes de salirme, agarrármela y acabar sobre el encaje del corsé, sobre el marfil, dejando una marca blanca y brillante que iba a estar ahí toda la noche debajo de la ropa.

Se quedó tumbada en la mesa un momento, mirando el techo, con una pierna colgando y el zapato a medio poner.

—¿Cuándo te vas?

—Mañana a las diez.

Dijo que vale. Y luego, con la mano en el pomo y la cara a media luz de la lámpara, volví a pensar en la nota. Ya sabía por ella que Irene conocía la verdad de la fotografía; lo que no entendía era por qué necesitaba tenerme allí precisamente aquel día.

—Irene, ¿por qué querías que viniera a tu boda?

—En junio me encontré con Nacho —dijo—. Por casualidad. Me contó lo de la broma, cómo habían conseguido lo de la mancha y lo que tú habías intentado explicarme. Me dio vergüenza pensar que no te dejé hablar. Te debía esas disculpas, Tomás.

—¿Escribiste la nota solo para pedirme perdón? —le pregunté.

Negó con la cabeza.

—También quería verte. Comprobar si podía casarme con Andrés sin seguir preguntándome qué habría sido de nosotros.

—¿Y has elegido el día de tu boda para comprobarlo?

—Si te vas a casar y el día de tu boda estás pensando en otra persona, hay que comprobarlo.

—¿Y ya lo has comprobado?

Y en ese momento, antes de que contestara, sonaron dos golpes en la puerta. Secos, con los nudillos. Y una voz de hermana pequeña al otro lado, preguntando si estaba ahí.

Irene me miró, se mordió el labio, y contestó que sí, que era ella.

Capítulo tres. La puerta

Marta llamó dos veces más, con los nudillos, secos.

—¿Irene? ¿Estás ahí?

Yo seguía con la polla fuera, medio blanda y brillante, y a un metro de la puerta. Irene se quedó quieta un segundo, y luego, sin dudar, me agarró de la camisa, me empujó contra la pared de al lado del marco y me hizo un gesto con la mano abierta: silencio. Se subió el vestido a toda prisa y se lo ajustó sobre el corsé, dejando la cremallera abierta, y contestó con una tranquilidad que no le conocía.

—Sí, soy yo.

Marta dijo que llevaba media hora buscándola. Irene explicó que estaba meando. Marta replicó que media hora, y ella, sin inmutarse, dijo que tenía el corsé, que era un proceso. Hubo un silencio al otro lado de la puerta, el tipo de silencio en el que se oye a alguien pensando. Y luego Marta preguntó si Tomás no estaba con ella.

Irene me miró. Se mordió el labio.

Y contestó que Tomás estaría por ahí. Marta dijo que le parecía rarísimo que nos hubiéramos ido los dos juntos, y ella dijo que casualidad, y Marta repitió la palabra con un retintín de hermana pequeña que llevaba toda la vida viendo a esa pareja y sabía perfectamente lo que era.

Irene cerró el asunto recordándole la foto de familia, a las nueve y media, en el arco. Se oyeron los pasos alejándose por la moqueta verde, y luego nada.

Irene se quedó apoyada en la puerta, con la frente en la madera, y empezó a reírse en silencio, con los hombros temblando. Yo me reí con ella, y en mitad de la risa ella se giró, me miró, y dejó de reírse.

—Otra vez. Pero rápido.

—Pero me acabo de correr, no podré.

—Pues te vas a correr por segunda vez. Es poco para ocho años sin follarnos. Te la voy a poner dura, no te preocupes.

Me empujó otra vez contra la pared, se agachó delante de mí con el vestido recogido alrededor de la cintura y el corsé marcándole la espalda, y me metió la polla en la boca entera, de golpe, sin ceremonia. Se rió con la boca llena y la sensación fue brutal.

Me la chupó con las dos manos en la base, la lengua por el tronco, la cabeza subiendo y bajando rápido, mirándome hacia arriba con los ojos negros. Y esa imagen —una novia arrodillada en el suelo de moqueta verde de un despacho, con el vestido subido hasta la cintura, chupándome la polla casi dos horas después de decir que sí quería— es de las que se quedan para siempre.

Le agarré el pelo con una mano y ella aceleró. Chupaba como alguien que tiene prisa y sabe lo que hace. En un momento se sacó la polla de la boca, se lamió la palma y se la pasó por encima, y me miró con una sonrisa que no se hacía con la boca. Me preguntó cuánto aguantaba. Le dije que poco. Ella dijo que entonces la parara yo, y se la volvió a meter hasta el fondo, más despacio, y siguió así hasta que le puse la mano en la cabeza para avisarla. No se apartó: se quedó. Estuve a punto de correrme en su boca, notaba su garganta trabajando con la mano apretándome muy fuerte la base para impedir el orgasmo. Soltó despacio y se levantó.

La giré sin avisar, de forma brusca. Estaba muy caliente. La incliné sobre la mesa, con el pecho apoyado en la madera, la cara de perfil y el culo hacia mí, y le levanté el vestido hasta la cintura con las dos manos. Le pasé la mano por el culo, por dentro del muslo, y la noté chorreando. La follé con la polla dura de nuevo, sin avisar, y ella soltó un gruñido que se tuvo que oír en el patio.

Empecé fuerte. Con las dos manos en las caderas, tirando de ella hacia mí en cada embestida, con el ruido de la mesa, de las carpetas y del golpe seco de nuestros cuerpos. El corsé le hacía un pliegue en la espalda. El pelo se le estaba cayendo del moño y le caía por la cara. Me pidió más fuerte, y le di más fuerte, y volvió a pedir más, y la mesa se movió entera y uno de los cajones se abrió solo. Ella se agarró al borde opuesto con los brazos estirados, apoyó la mejilla en la madera y cerró los ojos, y dejó de pedir cosas: solo respiraba en corto, con un sonido rítmico marcado por el empuje. En algún momento le puse la mano en la boca. Ella me lamió la palma y luego me mordió el pulgar, y con la otra mano le busqué el clítoris por debajo, con dos dedos, apretando en círculos, y le noté los muslos tensarse otra vez.

—Más.

Más. Y en mitad de eso, con la voz cambiada, me dijo que esta vez me corriera dentro. Eso me desarmó. Durante nuestros cinco años juntos nunca habíamos usado condón, y ahora estábamos ahí, en una boda, decidiendo si dentro o fuera.

—¿Seguro que dentro?

—Dentro. Quiero tener tu leche caliente dentro. Ya no sirve de nada hacerlo bien, estoy casada.

Se corrió antes que yo. Se corrió con la cara pegada a la mesa y un gemido largo que se le escapó entero, y a mí me apretó por dentro igual que la primera, sintiendo cómo su vagina se abrazaba a mi polla. No hubo elección: me corrí dentro, entero, empujando hasta el fondo y quedándome ahí, con la pelvis pegada a su culo, temblando los dos.

Nos quedamos así un rato largo. Un minuto, quizá dos. Con la polla dentro, notando cómo se me iba ablandando, y el sudor de su espalda pegándose a mi camisa. Al final dijo que iba a tener que ir al baño de verdad, que ahora sí.

Se levantó con cuidado. Se pasó la mano por el muslo, vio lo que había y decidió otra vez que daba igual. Fue al baño del fondo del pasillo y volvió a los tres minutos con el pelo recolocado con las manos, el pintalabios retocado a base de labio mordido y una servilleta de papel mojada con la que se pasó por el escote. Le subí la cremallera de la espalda con la misma lentitud con la que se la había bajado, del culo a la nuca, y le di un beso en el último centímetro de piel. Se puso los tacones, se miró en el cristal de la ventana, se pasó las manos por el vestido y se recolocó el corsé por debajo, y quedó, de golpe, perfecta. De golpe era otra vez una novia. Una novia que diez minutos antes tenía el culo hacia arriba sobre la mesa de nogal de un despacho.

Me dijo que contara hasta cuarenta y saliera, y que si alguien me veía salir dijera que estaba buscando el baño. Después me dio un pico y se fue.

Conté hasta cuarenta. Salí al pasillo, cerré y volví al patio dando un rodeo por detrás de la casa, para no parecer que venía del ala este. Cuando llegué a la altura del arco ya estaban todos colocados para la foto de familia. Marta me vio llegar y levantó una ceja con una precisión de cirujana. Irene estaba en el centro, de pie, entre sus padres, con las manos por delante, y sonreía a la cámara. El fotógrafo disparó. Y en el hueco entre dos fotos, mientras la gente se recolocaba, ella me buscó, me encontró en el borde del grupo y levantó dos dedos.

La cena fue larga y buena. Pescado, carne, un sorbete entre medias para fingir clase, dos vinos distintos, y un menú impreso con los nombres de los novios y la fecha. Me sentaron en una mesa lateral con dos primos de Andrés, una amiga de la facultad de Irene y una pareja mayor que no hablaba. Hablaron los padres, habló el padrino, y habló Andrés, que habló bien, con gracia, sin excederse, y dijo de Irene que era la persona menos negociable de su vida, que es una frase buenísima y que a mí, cuando la oí, me dio un poco de rabia porque no se me había ocurrido a mí. Después se abrieron las mesas y empezó la barra libre y el DJ, y a las once y media la pista estaba llena de gente sudando en traje.

Bailé con Marta, que me interrogó con la elegancia de un juez. Bailé con la madre de Irene, que me dijo que siempre le había caído bien, siempre, con un énfasis que significaba algo. Y en la tercera o cuarta canción lenta, cuando el DJ puso algo de los ochenta, noté una mano en el hombro: la novia, que me preguntó si bailaba con ella. Le pregunté si le había dado permiso Andrés, y ella contestó que Andrés bailaba fatal, y me cogió la mano.

Bailamos una canción. Lenta, de esas que ponen para que la gente se arrime. Yo le puse la mano en la cintura, sobre el corsé, por encima del vestido, y ella la suya en mi hombro y la otra en mi mano, y durante tres minutos hicimos de cuenta que éramos dos invitados cualquiera. Se le había manchado el corsé y lo sabía. Se arrimó un poco más y me habló bajito, con la boca a la altura de la oreja, y me dijo cosas que no se oyen bien en una pista de baile y que por eso sirven: que tenía la sensación de llevar nueve horas haciendo algo que no era del todo suyo, y que lo suyo eran esos tres minutos. Le pregunté qué pasaba después. Y ella dijo que después ya veríamos. Entonces se acabó la canción, el DJ puso una bachata, Marta vino a reclamar a su hermana y Andrés me dio una palmada en la espalda y me ofreció un puro, y los tres nos reímos de algo que no me acuerdo.

A la una y cuarto, Irene desapareció. A la una y veinte, me llegó un mensaje: habitación 12, y que trajera el plano que había tirado, porque se había perdido en el ala oeste.

Había tirado el plano. No lo necesitaba.

El ala oeste era un pasillo con las mismas luces de emergencia verdes y las mismas moquetas, y la puerta 12 al fondo. Llamé con dos golpes, como había hecho Marta, y la puerta se abrió.

Se había cambiado de ropa: vestido corto, negro, de tirantes, por encima de la rodilla, y una chaqueta de punto abierta que le quedaba grande. Y debajo, el corsé. El corsé marfil, con la mancha. Le pregunté qué era eso. Ella dijo que se lo había traído puesto, y la mancha también. Cerré la puerta.

La tercera vez fue en una cama, que era lo único que nos faltaba.

Empezó despacio, con la luz del flexo de la mesilla y el ventilador de techo dando vueltas, y con toda la noche por delante y ninguna prisa. Empecé a desnudarla. Le saqué el vestido negro por la cabeza y fui abriendo uno a uno los siete corchetes delanteros del corsé, sin quitarle los tirantes de los hombros, con la boca en cada centímetro de piel que iba apareciendo. Le dejé las medias. Le dejé los tacones. Le dejé los pendientes de perlas, porque me gustaba la idea de follarme a alguien con pendientes.

Le puse la boca en las clavículas, en los pechos, en los pezones, que tenía duros y pequeños, y le chupé uno hasta que se le erizó toda la piel del brazo. Bajé por el vientre. Bajé por dentro del muslo. Y cuando llegué al coño otra vez ya no había prisa de boda, ni hermana en la puerta, ni cuarenta metros, ni cuarenta segundos.

Me la comí durante veinte minutos. Es mucho tiempo y se nota. Al principio ella estaba pendiente de mí, mirándome, con la mano en mi pelo, corrigiendo. A la mitad ya estaba con la cabeza hacia atrás, con una pierna doblada y la otra estirada, agarrándose a la sábana con una mano y a la cabecera con la otra, respirando fuerte. Al final estaba temblando y me decía que parara y que no parara en la misma frase, y se corrió con un grito contenido que le salió del pecho, larguísimo, con el cuerpo arqueado y los pies clavados en el colchón.

Y antes de que se le pasara, me subí y entré.

Fue lento. Más incluso que la primera vez de la tarde, porque ahora no había que llegar a ningún sitio. Se lo hice mirándole la cara, con las dos manos a los lados de su cabeza, y ella me miraba también, y en algún momento se le empezaron a llenar los ojos de agua, que es lo peor que puede pasar en una situación así, y no dijo nada, y yo tampoco.

Estuvimos así mucho rato. Cambiamos tres o cuatro veces de postura sin separarnos: ella encima, sentada, moviéndose con las manos en mi pecho y los pendientes de perlas bailándole en la cara; luego de lado, con la pierna levantada, con una lentitud insoportable; luego otra vez debajo, con los pies en mis hombros, hasta el fondo.

En algún momento, mientras se movía encima mío, me preguntó qué iba a hacer mañana.

—Coger el coche a las diez.

Le dije que a las diez, y que a las once estaría en Madrid, y que a las doce probablemente comería algo, y ella dijo que a las doce ella estaría en un avión, y le pregunté a dónde, y me dijo que a Sicilia, diez días. Dije que bien. Ella dijo que sí, que bien. Y luego, sin dejar de moverse, con un cambio de tono, me preguntó si me arrepentía de haberme ido. Le dije que no, y era verdad: que si no me hubiera ido, ahora no estaría allí, que habríamos seguido cinco años más y a lo mejor nos habríamos separado igual. Ella preguntó si lo pensaba de verdad o lo decía para que doliera menos. Le dije que lo pensaba de verdad. Y ella dijo que vale, que ella sí se arrepentía, un poco, de no haberlo intentado. Le contesté que habría durado seis meses y habría vuelto hecha polvo. Ella se rió y dijo que ya, pero polvo con Berlín, y que además no habría conocido a Andrés. Y yo dije que no habría conocido a Andrés, y los dos nos callamos un rato.

Siguió moviéndose, más despacio, y luego se inclinó hacia delante, con el pelo cayéndole sobre la cara, me besó con la boca abierta y me empujó contra el colchón con las dos manos en los hombros, y aceleró.

La última parte fue rápida y algo sucia. Ella encima, empujando hacia atrás con todo el peso, con las manos apoyadas en mis rodillas, y yo mirándola desde abajo: mirándole el coño abriéndose y cerrándose alrededor de mi polla, mirándole el culo, mirándole las tetas moverse, con las medias todavía puestas y los tacones en el suelo y los pendientes de perlas. Y ella mirándome a los ojos con una intensidad que se ve pocas veces. Me avisó de que se le iba a caer el corsé, y yo le dije que se cayera. Dijo que iba a acabar otra vez. Dijo que yo dentro. Y se corrió encima mía con la espalda arqueada y la boca abierta y sin ruido, igual que la primera vez en el despacho, apretándome con todo, y yo me corrí dentro por segunda vez en una noche y por primera vez en siete años sin ninguna clase de cálculo.

Se dejó caer sobre mi pecho. El corsé se le quedó colgando de un hombro. El ventilador seguía dando vueltas.

Preguntó qué hora era. Le dije que las tres y veinte.

—Me tengo que ir a las cuatro.

Se fue a las cuatro menos cuarto, después de vestirse en el borde de la cama, con el vestido negro, las medias, los tacones en la mano y el corsé dentro de la chaqueta, doblado en un ovillo, con la mancha. La acompañé a la puerta, desnudo, con el edredón por la cintura. Le dije que por la mañana no nos íbamos a despedir, y le pregunté por qué, y ella explicó que porque si nos despedíamos iba a parecer que aquello se acababa, y que no quería. Le pregunté si no se acababa. Y ella dijo que se acababa a las diez, cuando yo me fuera, sí, pero que no se acababa: que era distinto. Yo le pregunté que y ahora qué.

—No nos vamos a despedir.

Se quedó un momento pensándolo y luego lo dijo entero: que nada, o todo, que no sabía. Que el sábado, en Sicilia, iba a estar con Andrés en una terraza y iba a estar pensando en mí, y que eso no lo podía evitar y no quería evitarlo, y que luego volvería y tendría una vida, y que él era bueno, y que a lo mejor todo aquello era solo un día raro. Le pregunté qué pasaba si no lo era. Y ella dijo que entonces ya veríamos.

Me puso la mano en la cara. Me miró a los ojos durante tres segundos, que en una despedida son mucho. Me dio las gracias por haber venido. Yo le di las gracias por la nota. Se rió, se giró, y se fue por el pasillo del ala oeste, descalza, con los tacones en la mano, a las cuatro menos cuarto de la mañana del día siguiente a su boda.

Y yo me quedé en la puerta, desnudo, viéndola doblar la esquina.

A las siete y media desayuné. A las ocho y cuarto me duché. A las nueve facturé el traje en el maletero. A las nueve y media pedí la cuenta.

A las nueve y cuarenta y cinco apareció en el patio. Iba con Andrés, con un vestido blanco de lino y las gafas de sol en el pelo, con la maleta ya preparada para el viaje. Andrés tenía cara de haber dormido poco y de estar contento con ello. Se acercó él primero, me preguntó por el viaje, me dio la mano y luego un abrazo de medio lado, y me dijo que había estado genial que viniera, de verdad, y que a ver si nos veíamos más, que Irene decía que antes éramos muy amigos. Le dije que sí, que antes éramos muy amigos.

Irene me dio dos besos. Dos besos limpios, correctos, de invitada a invitado, ni un segundo más de lo necesario. Andrés se giró a saludar a otro coche. Y entonces, en ese hueco, sin cambiar de expresión, ella bajó la mano izquierda, me la puso en el antebrazo, apretó durante dos segundos y habló con la voz muy baja, mirando al frente.

—La mancha no se ha ido.

Me contó que el corsé lo había lavado a mano esa misma mañana y que la mancha seguía ahí. Me soltó el brazo. Se dijeron dos buenos viajes y me metí en el coche. Encendí, bajé la ventanilla.

Ella estaba en el escalón de la entrada, al lado de su marido, con la maleta a los pies y las gafas de sol ya puestas. Levantó la mano.

Dos dedos.

Ese saludo que le servía para todo.

Epílogo. Los sábados

Volví a Madrid y durante once días no supe nada.

Fue bien, en realidad. El trabajo, la rutina, la vida, y por las noches un repaso largo de las cuatro horas del despacho y de la habitación 12, sin angustia, como quien mira fotos. Los primeros días me acordé de todo con una precisión casi molesta: el lunar, la marca, el ruido del pestillo. Al sexto día ya solo me acordaba de tres cosas. Al noveno empecé a pensar que quizá había sido eso, un día raro, y que a lo mejor ni me escribía.

No escribí yo primero por un motivo muy simple: porque la nota la había escrito ella en julio, la tarde la había propuesto ella en el patio, y si el siguiente paso también lo daba yo, iba a parecer que el asunto era mío. Quería que fuera suyo. Quería que fuera su decisión, con su marido, en su casa, en su vida.

Al duodécimo día, un jueves, a las once y veinte de la noche, me llegó un mensaje de un número que no tenía guardado y que reconocí igual.

Una foto. Un primer plano: una mesa de terraza en Sicilia, un plato de pasta con algo verde por encima, un vaso de vino blanco con condensación en el cristal, y en el borde derecho, medio fuera de encuadre, un brazo de hombre con un reloj. Debajo, un texto.

Esto es Sicilia. Está bien. Bien de verdad. Pero el sábado, cuando volvamos, tengo una tarde libre entre las cinco y las ocho. Dime algo.

Y dos minutos después, un segundo mensaje:

Y no me digas “ya veremos”.

Contesté con una sola palabra, la primera que ella me había escrito a mano en aquel papel de julio que yo había pegado con un imán en la nevera. Tardé cuatro minutos en decidirme, que es mucho para una palabra, y la mandé a las once y media de la noche de un jueves.

Ven.

Ella respondió en cuarenta segundos con una sola cosa: una hora. Las cinco.

El sábado limpié el piso como un imbécil. Vivo en un tercero con ascensor en la calle del Pez, dos habitaciones, una de ellas vacía con dos cajas y una bici, y en tres años no había limpiado el baño con esa dedicación ni una sola vez. Cambié las sábanas. Compré vino, pan, tomates, fruta, y dos cosas que no hacían falta, porque comprar comida para alguien que viene tres horas es una manera de decir cosas sin decirlas. Bajé la basura. Tiré el periódico viejo. Puse la ventana abierta y el ventilador.

Y a las cinco menos veinte me senté en el sofá a esperar, con las manos en las rodillas, como en una consulta.

Llegó a las cinco y cinco. Sandalias, un vestido claro de algodón, el pelo suelto, una bolsa de tela pequeña colgada del hombro. Se quedó en el umbral, con la mano en el marco, y dijo:

—Hola.

Le dije hola. Pasó. Se quitó las sandalias en la entrada y las dejó juntas contra la pared, una al lado de la otra, y ese gesto —una mujer casada dejando los zapatos ordenados en el recibidor de otro hombre— fue de las cosas que más me apretaron el pecho de todo el mes. Luego se dio una vuelta por el salón sin pedir permiso, mirando las cosas: los libros, el póster de una exposición que ya no existía, la mesa con el ordenador cerrado, la bici apoyada en la pared del pasillo. Abrió la nevera por curiosidad y se rió de que hubiera comprado fruta. Y luego vio la taza. La taza rota del borde, la de Malasaña, que se había venido conmigo en la mudanza porque no había manera de tirarla. La cogió, le pasó el pulgar por el borde roto y no dijo nada, y yo tampoco, y en ese silencio se dijo todo.

Nos sentamos en el sofá y no nos tocamos durante veinte minutos. Eso fue lo nuevo. En el despacho no habíamos hablado casi nada. En la habitación 12 habíamos hablado en la cama, en mitad de otra cosa. Pero veinte minutos de conversación en un sofá, con la luz de la tarde entrando por la ventana y el ruido de la calle, era la primera vez en ocho años que estábamos los dos sentados, vestidos y sin nada urgente que hacer.

Me contó Sicilia. Me contó el barco, el calor, un museo, un día de resaca, la cara que puso Andrés cuando ella se empeñó en subir a un mirador. Me contó que había pensado en mí tres veces, y me dijo en cuáles: en un barco, en una terraza a las dos de la tarde y una noche en la que él se durmió antes que ella y ella se quedó despierta mirando el techo de un hotel. Me contó que se había comprado un bañador que no le gustaba y que no había devuelto por pereza. Me preguntó por mi trabajo, por mi padre, por si seguía sin fumar. Le dije que sí. Ella dijo que se había dado cuenta en la boda, en el patio, cuando me vio la corbata en el bolsillo.

Y en algún momento, en mitad de una frase sobre su hermana Marta, dejó de hablar y me miró, y nos quedamos los dos quietos.

Nos besamos en el sofá, despacio, sin la urgencia del despacho. Le puse la mano en la nuca y ella me puso la suya en el pecho, y así estuvimos un rato largo, solo besándonos, como dos adolescentes que acaban de empezar y no tienen cama propia. Le bajé un tirante del vestido. Ella se lo quitó entero por la cabeza, sin levantarse del sofá, y se quedó en bragas y en un sujetador de algodón blanco, y le dije que era la primera vez que la veía con algo tan poco de boda. Me contestó que la ropa buena era para los invitados.

La llevé a la cama andando de espaldas, con ella colgada de mi cuello, y hubo que parar dos veces porque nos reíamos.

La cama de la tarde fue la mejor de las cuatro, y no por nada técnico. Fue la mejor porque no había reloj, ni puerta, ni marido al otro lado, ni vestido que no se podía manchar. La tumbé y la desnudé despacio, sin ceremonia, con la ventana abierta y el ventilador moviendo el aire y el ruido de la calle entrando a bocados. Le quité el sujetador, le bajé las bragas por las piernas, y me quedé un rato mirándola entera en la luz de las seis de la tarde, que es la peor luz del día para casi todo el mundo y a ella le sentaba bien. Le puse la boca en el estómago y ella se rió porque tenía cosquillas, y luego dejó de reírse.

La comí sin prisa, sin buscar el final. Con las dos manos abiertas en sus caderas y la lengua lenta, subiendo y bajando, parando cuando empezaba a tensarse, volviendo a empezar. La primera vez se corrió en la primera pausa y me lo dijo con la mano, empujándome la cabeza, y la segunda vez, ya sin fuerzas, se corrió casi de sorpresa, con un gemido corto y las dos manos en la sábana.

Luego me subí y entré despacio, con ella todavía temblando, y ella me abrazó las dos piernas a la cintura y me agarró de la espalda con las uñas. Follamos así mucho rato, muy lento, con la cama crujiendo bajito y el ventilador dando vueltas y los dos callados. En un momento me paré dentro, quieto, solo respirando, y ella abrió los ojos y me preguntó qué pasaba, y yo le dije que nada, que quería acordarme. Y ella dijo que de eso se acordaría ella por los dos, y me clavó los talones para que siguiera.

Cambiamos. Ella encima, sentada, con las manos en mi pecho y el pelo cayéndole por la cara, moviéndose despacio y luego menos despacio, y yo mirándola desde abajo con las dos manos en sus muslos. Luego de lado, con la pierna levantada y su cabeza en mi brazo, hasta el fondo, con una lentitud insoportable. Y al final otra vez debajo, con los pies en mis hombros, rápido y sin cuidado, los dos sudando, con la sábana hecha un rebujo y el ventilador sin servir para nada.

—¿Y ahora qué? —dijo, con los ojos cerrados.

—Ahora tres horas.

Ella se rió con la voz ronca y dijo que eso ya lo sabía. Le pregunté si le preocupaba la hora.

—¿Y a las ocho?

—A las ocho te vas a cenar con tu marido.

Se quedó un momento callada, con mi mano en su pelo, mirando el techo.

—¿Y después?

—Después ya veremos.

Ella dijo que ya veremos, ya veremos, y que ya veremos era un sitio donde vivía la gente, y a mí me dio un vuelco porque se lo había oído decir a su hermana Marta ocho años antes, en una mesa de cocido, con quince años y el móvil debajo del plato. Se lo dije. Ella se giró a mirarme y me preguntó si me acordaba de eso, y yo le dije que me acordaba de todo, y ella se quedó mirándome un rato largo sin decir nada, y luego se acurrucó contra mi costado y se le llenaron un poco los ojos, y no lo dijo, y yo tampoco.

Nos duchamos juntos, que es una cosa muy poco erótica y muy íntima, y en la ducha ella me lavó la espalda con una esponja y me contó que en su casa tenía dos esponjas y que una era de Andrés. Después, con la toalla en el pelo, salió al salón en camiseta mía y se puso a rebuscar en la cocina, y encontró el vino y sacó dos vasos, y sirvió sin preguntar, y en mitad de eso se le cayó la mirada en la chaqueta, la chaqueta de la boda, que estaba colgada del respaldo de una silla del salón porque yo no la había guardado en tres semanas.

Se acercó. Metió la mano en el bolsillo interior y sacó el papel doblado, el sobre no, solo el papel, con la letra de colegio de monjas y las mayúsculas demasiado grandes, y con dos dobleces gastados.

—¿Por qué llevabas esto encima?

—No lo sé.

Lo leyó en voz baja, con los labios moviéndose, y luego se quedó un rato con él en la mano, de pie, en camiseta mía, en mitad de mi salón, con el pelo mojado. Lo dobló otra vez por las mismas dobleces, con cuidado de no marcarlo distinto, y lo dejó encima de la mesa. Y luego abrió la bolsa de tela que había traído, sacó un bulto doblado y lo desplegó: el corsé marfil. Lavado a mano, con el borde de encaje y las ballenas, y con una mancha pálida y difusa en el centro del pecho que el agua y el jabón no habían podido quitar del todo.

Lo colgó en mi armario, en una percha, entre dos camisas mías. Dijo que para que no se perdiera. Y yo pensé, sin decirlo, que un corsé de novia colgado en el armario de otro hombre es una de las cosas más raras y más claras que existen.

A las ocho menos veinte empezó a vestirse. A las ocho menos cinco estaba en la puerta, con las sandalias puestas y la bolsa vacía, porque el corsé se quedaba. Se miró en el espejo del recibidor, se pasó la mano por el pelo, y se giró.

—El sábado que viene también tengo libre.

Le dije que vale. Ella abrió la puerta, salió al rellano y llamó al ascensor, y cuando el ascensor llegó y se abrió, con la mano en el marco y medio dentro ya, sin girarse del todo, levantó dos dedos.

Otra vez.

Ese saludo que le servía para todo.

Cerré la puerta. El piso olía a ella, a su champú y a mi jabón mezclados, y en la cocina había dos vasos con un dedo de vino y en la mesa un papel doblado en dos y en el armario, entre dos camisas, un corsé marfil con una mancha que no se iba.

Y así siguieron los sábados. Primero fueron las cinco y las ocho, y luego fueron las cuatro y las once, y luego un sábado se quedó a cenar en mi casa y otro se quedó a desayunar, y en noviembre cumplimos dos meses sin que ninguno de los dos hubiera dicho todavía la palabra, esa que se dice para poner las cosas en orden y que a lo mejor es la que lo desordena todo.

Pero eso ya es otro relato.

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