Stereo Hearts, Vol. 1: El canto del renacimiento
PRÓLOGO — El último show
La gloria era mi lugar favorito. Había llegado a la cima y me mantenía allí con uñas y dientes. Pero algo me pasó. ¿Por qué a mí? ¡A mí! El mundo me odia… aunque, pensándolo bien, esto tiene nombre: karma.
Fui una de las mejores voces de 2015. Alguien famoso. Tenía dinero, éxito y gloria. Y, con eso, no miraba a los demás. Es más: los trataba como si fueran menos, como gente que no merecía estar a mi nivel.
Ahora digo que el mundo me odia, pero es mi culpa. A mis veinte años era demasiado engreído… solo por tener una voz increíble. Y digo «tener» porque un día, en una de mis fiestas locas y sin motivo, probé drogas y sufrí un accidente en la garganta. Mis cuerdas vocales se dañaron. Ya no pude ser el mismo. Ya no pude hablar.
Mi mundo se derrumbó. Mis supuestos amigos desaparecieron. Las mujeres con las que había estado ninguna estuvo ahí para mí. Y a la única que se quedó, la rechacé. No soportaba que me viera en aquel estado.
Toqué fondo. Creía que todos se reían de mí —no era cierto, pero mi mente me lo hacía creer—. Con el dinero que me quedaba alquilé una habitación pequeña, y allí pasé diez años. Dejé de cuidarme: mi pelo creció hasta los hombros, mi barba se volvió espesa y descuidada. En esa oscuridad descubrí la lectura. Leer era el único momento en que mi voz volvía a vivir. Me transportaba a cuando leía cuentos a mamá en su cama de enferma. Ella decía que esos eran los mejores momentos del día. Luego llegaba mi papá borracho y me golpeaba.
Pero eso ya pasó.
El dinero se acabó. Ya no podía pagar nada. Salía de vez en cuando para moverme un poco, pero solo sentía que el mundo seguía su curso sin importarle si yo cantaba o no. Me daba rabia… aunque no era rabia. Era algo que nunca pude entender.
Un día decidí intentarlo de nuevo. Me arreglé el pelo, me bañé, me afeité. No fui a buscar trabajo; solo quería salir un poco más presentable que las últimas veces.
Caminaba tranquilo cerca del mar, uno de mis lugares favoritos. El sonido de las olas era hermoso. Pero olvidé algo: era de noche, y en esos lugares abundan los delincuentes. Mala suerte: vi a una mujer a la que estaban robando. Diez años atrás la habría ignorado, pensando en mi futuro brillante. Ahora mi futuro ya no brillaba. El de ella, una chica que parecía estudiante de medicina, quizá sí.
Me arrepiento de no haber sido así antes. Fui hacia el ladrón y lo golpeé por la espalda con toda mi fuerza —que no es mucha; hace años que no hago ejercicio—. Cayó desmayado.
—¿Estás bien? —le pregunté a la chica, recuperando el aliento.
—Ah… sí, estoy bien…
No terminó la frase. El ladrón se había levantado. Sentí algo frío y metálico en la espalda. Me giré para apartarlo, pero él sacó el objeto. Lo vi: era una navaja, y tenía sangre. Mi sangre.
—¡Corre! —le grité a la chica, con dolor.
Ella corrió. Eso era bueno. Intenté pelear contra el hombre. ¿Por qué hacía esto? ¿Por qué ahora? No quería ser un mejor hombre. Eso sería demasiado cliché: el pobre desgraciado que busca redimirse en el último momento. Sin embargo, un pensamiento latía en mí: ya no me importaba morir.
Peleé contra él. Contra mi destino. Y perdí.
De todas formas, no importaba. Ya no le importaba a nadie.
Sentí otra vez el hierro entrando, pero ya no estaba frío. Mi sangre caliente lo había calentado. No me detuve. Le di un golpe en la cara. Él volvió a clavar la navaja. Esta vez fue profundo. El golpe lo desmayó, y caí sobre él para que no se moviera.
Mi cuerpo empezó a sentir frío. Mucho frío. Perdía sangre. Iba a morir solo. Mi pequeño consuelo era que había hecho lo que deseaba… Mentira. Nunca hice nada.
Las lágrimas llegaron. Patético. Qué patético soy. No quiero morir, pero voy a hacerlo.
Mamá… discúlpame, nunca te dije que te amaba. Papá… nunca te odié. Discúlpame. Sé que no podré ir. Me tocará el infierno. Voy a morir solo.
Entonces, como si el destino hubiera guardado su última carta, llegó la chica con policías.
Ya era tarde. Lo sabía. La ambulancia llegó, intentaron reanimarme, pero tanto ellos como yo sabíamos que no había nada que hacer. Mi vida estaba en el límite.
Yo fui cantante. Debía decir mis últimas palabras. Mi show había terminado en esta última presentación. Me arrepiento de mis acciones y de mi forma de ser. Juro ser diferente en mi próxima vida —aunque ese pensamiento era muy tibio—.
Mis ojos se cerraron. Mis últimas palabras fueron:
—Good Festa…
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Pasó algo que no sé explicar bien. Era un lugar diferente, un mundo enorme donde yo no existía como ser físico, sino como concepto. Solo era alma. No tenía brazos, piernas, ojos, piel. Solo era aire, luz, vida en estado puro.
Entonces una mano enorme me agarró. Yo era una bola blanca. La mano me aplastó. No sentí dolor. Solo escuché una palabra: «Vive».
Abrí los ojos.
La luz me molestó otra vez. Increíble: había vuelto a nacer. Era un bebé. Mis oídos procesaban todo. Sabía que no era un sueño. Mi cuerpo y mi mente lo aceptaron.
Estaba rodeado de sirvientas —lo noté por su ropa—. Escuché palabras que no entendía, pero poco a poco fui comprendiendo. Estaban sorprendidas por el color de mis ojos y mi pelo: albino, ojos azules y fuertes. Era raro, muy raro.
Mi nueva madre, una mujer de pelo largo y azul, sonrió satisfecha al tenerme. Esa mirada que llegaba al alma… la había sentido muchas veces antes. De repente, un hombre entró por la ventana:
—¿¡Ya nació!? —gritó.
Mi madre le lanzó un zapato a la cara y dijo:
—Cariño, no creo que sea una buena primera impresión para nuestro hijo… aunque me encanta que no se haya asustado.
No iba a asustarme. Después de todo lo vivido, ver a un hombre entrar por la ventana era lo de menos.
Entonces escuché a la jefa de las sirvientas:
—Señora, creo que al niño le pasa algo. No ha llorado. En ningún otro parto los bebés dejaron de llorar. Pero este nos mira como si fuera normal.
Esa mujer era inteligente. Se dio cuenta solo con mis actos. Qué divertido. Bueno, tendré que hacer algo que no hice en mi vida anterior: llorar a todo pulmón.
Y así lo hice. Comencé a llorar. Todos se asustaron y siguieron con sus tareas. Mi madre me meció con dulzura y dijo:
—Ya, ya… tú eres especial. No esperaba tu llegada y, aun así, llegaste. Tu vida será increíble, Belly Noel Zero.
Ok. Pensé que estaba en una casa de algún rico de Europa, o quizá en un mundo de época antigua. Pero al escuchar ese apellido «Zero», supe dónde estaba. No estaba en mi mundo. Estaba en el mundo del libro Caballeros de acero.
La familia Zero es una mano importante de la familia real, y están en tiempos muy malos. No sé en qué momento de la historia he caído. Pronto llegará el nuevo rey, alguien increíble, pero su hermano es el malo de esta parte. No importa; por ahora no molestará al protagonista.
Este mundo es increíble. Mi madre se llama María Noel Zero. Mi padre, Rexel Leon Zero. El apellido «Zero» es importante porque dice que las acciones, buenas o malas, giran y pueden darte apoyo o fuerza. Tienen una ideología hermosa.
Ahora me toca ser un buen hombre.








